Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Dark City - Novela - Capítulo 19 - Lluvias de otoño y nieves de invierno I




Est
e es el penúltimo capítulo. Sí, como leen. Ha sido una obra larga y dura. Cuando termine el 20 ya no habrá vuelta atrás, pero les digo que será un final abierto... pero con todas las metas cumplidas. Después me dedicaré a pequeñas obras, no tan extensas.

Necesito publicar esas obras por mi bien, no por el bien de los lectores.

Son historias que quiero contar y creo que nada ni nadie puede impedirlo. Algunas son vivencias, otras retazos de vidas anteriores quizás...


Por ahora, disfruten de la historia de un miserable genio con el karma persiguiéndolo hasta el último momento.
De política, intriga, romance e impotencia.




Capítulo 19


Lluvias de otoño y nieves de invierno.

Dicen que el tiempo no se puede detener, ni retroceder y tampoco vender puesto que no se puede acumular. El tiempo simplemente viene y cada momento tiene su hora señalada en el reloj, también su día marcado en el calendario. El tiempo se pasa y no regresa. El tiempo es sólo tiempo.

Tienen razón en muchas de estas afirmaciones, pero no creo que sea sólo tiempo. Para mí son experiencias, recuerdos, cosas por vivir y por lograr. Las victorias y fracasos se pueden acumular, al igual que las fechas de un calendario, hasta el día que nuestro reloj se detiene y descansamos al fin.

El tiempo que pasé lejos de Phoenix, la ciudad, los encuentros imprevistos y todo lo que no se anotaba en mi agenda fue duro. La promoción, los conciertos y las nuevas creaciones absorbían mi tiempo como si fuera una esponja la lluvia. Llegó un momento en el cual no pude absorber más y me sentí tan cansado, además de viejo, que creí que tendría que arrastrarme por el andén de la estación. Regresábamos a casa cansados, pero satisfechos.

Faltaba una semana para las fechas festivas. Phoenix estaba comprando todo casi a última hora, lo encontré ensimismado en el ordenador y el niño corría prácticamente de un lado a otro del salón. Ya no era tan pequeño, seguro que había notado que le había abandonado unos meses por un sueño de juventud.

-¿No vienes a saludar a papá?-pregunté dejando las maletas en el suelo.

-¡Papá!-gritó corriendo hacia mí para aferrarse a mis piernas.-¡Papá!-repetía una y otra vez moviendo sus piernas y su cabeza.

-¡Atsushi!-gritó Phoenix dejando a un lado el ordenador.

La ciudad seguía tan gris como siempre, la lluvia se deslizaba lentamente por sus calles y carreteras. El tráfico en algunas zonas era un caos, en otras inexistentes y di gracias que no tuve que soportar demasiado tiempo en aquel taxi. Pero todo el recorrido de la estación a casa mereció la pena por esos abrazos, por sentir que había vuelto a casa.

Incluso María se abrazó a mí, dejó lo que estaba haciendo y vino a saludarme. Fue un placer volverla a ver, volver a verlos a todos y sobretodo a él. Phoenix parecía haber recobrado el color de años atrás, incluso su vitalidad. La enfermedad había remitido por completo, pero no era lo único que le hacía lucir de esa forma. El mejor tratamiento de belleza para mi pareja era su trabajo. María estaba más en casa porque él no podía ocuparse de todo, ni echar una mano.

En mis meses fuera había estado en contacto con todos, pero no era lo mismo sentirlo y verlo en persona que tras una cámara. Así que sin más di el resto del día libre a María. Lo hice porque quería estar frente a frente a mi pareja, quería tenerlo para mí.

Dejamos a Jun jugar con sus nuevos juguetes en el parque que teníamos para él. Ni notó que lo dejábamos solo, aunque con el interfono para bebés próximo. Era feliz con aquellos osos de peluche, guitarras de juguete, cacharros que hacían multitud de sonido y que tenían luces inclusive. Él era feliz, nosotros aún más.

Llevé a Phoenix a la cama, a pesar de mi cansancio me podía la necesidad y todo el estrés lo echaría a volar sobre el colchón. Me arranqué prácticamente el traje que llevaba, era el único que quedaba limpio de todo lo que traía. Sus pantalones ajustados no dejaban nada a la imaginación y costaron deslizarlos, pero lo hice, su ropa interior la rompí así como la camiseta.

Mi boca se pegó a su cuello saboreando su piel mientras mis manos palpaban su vientre, sus muslos y por último el interior caliente de sus nalgas. Él gritaba que me amaba, lo hacía entre gemidos, gemidos que me impulsaron a ser mucho más bestia que lo acostumbrado.

Me aparté masturbándome mientras lo observaba mostrándose apetecible y dispuesto a cualquier plan macabro, plan para dejarlo sin caminar días. Su respiración agitada y sus labios entreabiertos me daban una idea de qué hacer con él. Lo tomé del colchón y lo pegué a mis caderas, introduje mi miembro en su boca de una sola vez. Sus ojos se abrieron para luego entrecerrarse mientras su lengua acariciaba lentamente mi piel, humedeciéndola y tirando leve de ella. Aún no estaba en toda su extensión, pero él logró que se endureciera rápidamente.

-He podido acostarme con jovencitas de veinte años, con mujeres casadas en busca de una aventura qué contar y chicos que deseaban que fuera el primero.-sonreí de lado tirando de sus cabellos para obligarle a realizarlo aún mejor, menos sutil y más necesitado.-Y he vuelto deseando para que me hicieras esto.

Lo tiré a la cama como si fuera un muñeco inservible y lo giré para que me diera la espalda. Me incliné sobre él y mordí fuerte su cuello, aunque no le hice daño porque sabía controlarme. Mientras le mordía y lamía su garganta, hombros y cruz de la espalda, me masturbaba hasta que entré en él casi sin acomodarlo ni darle tiempo a pensar que sucedería.

Se lo hice de forma violenta, tan brusco que le hacía gritar de dolor y de placer a la vez. Cuando terminé él ya lo había hecho, no pudo aguantar demasiado al igual que yo. Lo recosté bien en la cama y me abracé a su cuerpo como si fuera mi presa.

-Paulo ha enviado unos papeles.-susurró.-Dice que es para mañana.-murmuró tan cansado que no me dio tiempo a decirle que lo sabía, se quedó exhausto.

Yo dormí junto a él hasta que Jun comenzó a llamarnos, tan sólo fue una media hora. Él tenía hambre, quería que le atendieran de una vez. Después de darle la maldita papilla de cereales y fruta pidió ir al orinal. Me bañé con él y cuando salimos del baño le hice dormir una siesta.

Al regresar al cuarto Phoenix se incorporó y me abrazó besándome el cuello, pidiendo caricias que yo en ese momento estaba dispuesto a ofrecerle. No le había dicho que le amaba, llevaba meses con ese juego y funcionaba. Estaba sumiso aunque a veces se enfrentaba a mis silencios repochándomelo.

-Ai Shiteru.-susurré antes de volver a tumbarme a su lado.

Los asuntos en la ciudad me tenían sin cuidado, no me perturbarían demasiado. Sin embargo, tenía ciertos deseos de volverme a encontrarme a mis amigos y me informaran de una vez cómo había trascurrido el tiempo en la metrópolis de la oscuridad. Porque la ciudad tenía un encanto extraño, como si una sirena nos induciera en un sueño y nos llevara al origen de nuestros más oscuros deseos.

Quería fundirme con la lluvia, el mal tiempo de un otoño casi invierno. Pero sobretodo quería hacerlo en unas calles demasiado familiares, más que aquellas lejanas ciudades en las que pasé mi infancia y juventud. Mi vida estaba en su apoteosis, por eso quería disfrutarlo donde los recuerdos me cuidaran y maldijeran a cada paso. Y esos recuerdos servirían para refugiarme de arduos días de horas de sueño perdidas, comida de avión, ensayos interminables, el calor de los focos y las multitudes coreando mi nombre.

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt