Rowan me mostró que soy afortunado. A pesar de todo lo que he vivido sigo siendo el mismo. Louis no. Louis se ha convertido en algo trágico.
Lestat de Lioncourt
No sé que nos ha pasado. Desconozco el
motivo de tanto dolor. Aprendimos a caminar por la senda del jardín
y nos separamos. Es como un triunfo para el dolor y la miseria, para
las consecuencias nefastas de la vida. El amor no todo lo puede, pues
a veces se consume como una vela y no queda nada. Te he visto
convertirte en un monstruo. Eres un peligro incluso para ti mismo.
Tal vez te has caído tanto, has sufrido demasiado, y yo jamás me he
parado a pensar que pudieras soltar mi mano. ¿Cuándo la soltaste?
¿En qué momento? Pues en multitud de ocasiones pude sentir tus
dedos entrelazados con los míos, tu presencia a pesar de la
distancia, y el calor de tu alma convertida en una llamarada
incandescente.
Tu rostro reflejaba cierta bondad y una
tragedia tras otra. Pude ver en tus ojos un alma atormentada. Eras la
expresión del sufrimiento, de una vida marcada, y deseé rescatarte
como si pudiera con ello salvar mi propia alma. Te condené
innecesariamente, pero fue por amor y desesperación. Un amor que
dejó una marca que no puedo borrar, aunque tampoco lo deseo. No
quiero olvidar todos los buenos momentos, así como los tormentosos y
nefastos, que vivimos juntos. El trato que hiciste conmigo te vincula
para siempre a mí, te ata y consume, pero a la vez te libera de una
muerte anunciada.
Recuerdo tu aliento a vino de taberna
barata, como tropezabas entre las mesas y buscabas la salvación
entre los pechos de una puta desdentada. No podías encontrar nada
bueno. Ibas por el camino de los perdedores, justo a la fosa, para
ser desterrado del mundo de los vivos. Yo fui tu ángel. Te tomé
entre mis brazos alzándonos por los aires, sumergiéndote en el
delirio y el delito de ser eternos. Tan eternos como Dios y el
Diablo.
Han pasado tantas historias, la mayoría
desafortunadas, en algo más de dos siglos. Y cada día es un eslabón
más a tu condena. Me he convertido en el demonio y éste mi peculiar
infierno. Tú has aportado las llamas, las cenizas, la condenación y
las palabras místicas mientras conjuras una oración acariciando tus
crucifijos. Mírame con esos ojos, mírame. Quiero ver el monstruo
que ahora eres, la serpiente colérica en la cual te has convertido,
que desprecia la vida y tienta a quien sea por un poco de sangre.
No debí salvarte aquella vez. Lo que
rescaté fue tu cuerpo, pero no tu alma. Te convertí en un monstruo.
Desprecias todo lo que te ofrezco, el amor de aquellos que siempre
estuvieron allí e incluso, a veces, incluso repudias el recuerdo de
esos cabellos dorados que fueron nuestra perdición. La maldad que
pudre tu corazón es terrible. Todo es terrible. Yo me compadezco de
ti, de mí y de todo lo que tuvimos. Ya no puedo amarte. No puedo
soportarte. No quiero estar a tu lado. Siento que mi corazón se
deshace en un mar de lágrimas cuando me miras, con ese desprecio y
desdén, mientras, con tus palabras cínicas, me llamas aún con
pomposidad como si me desearas a tu lado. Sólo quieres acabar
conmigo, igual que las sirenas a un marinero. Te has convertido en
esclavo del odio, el desprecio y la ira.
Lo siento, lo siento. Ya no eres el
filósofo, el mártir, el ángel de la dulce y benevolente muerte.
Sólo eres el bastardo que aniquila sin piedad, que caza incluso sin
deseo, porque la sangre brotando en tus labios calma tu instinto.
Eres una elegante alimaña con gloriosos ademanes de caballero.
Nos perdimos, pero tú más que yo.
Mi único deseo es que encuentres el
lugar donde la felicidad llegue, aunque sea en un pequeño rayo de
esperanza. He logrado ser feliz, a pesar de todo, y lo único que
deseo para ti es que consigas encontrar el amor o la paz para tu
alma.