Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta louis y claudia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta louis y claudia. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de diciembre de 2014

Castigo y salvación

Louis ha vuelto a dejar constancia de su amor por Claudia. Ahora comprendo porque la rememora... si no se acuerda de ella se volverá aún peor. 

Lestat de Lioncourt


Yo, un monstruo como cualquier otro, soy tachado de humano. Mis ojos verdes poseen un encanto especial. Puede que la escasa empatía que aún guardan brillen en medio de la oscuridad, igual que los de un gato pardo en medio de un callejón en plena noche. No lo sé. Desconozco como me observan otros ojos, pues hace mucho tiempo que no reparo en sus miradas frívolas o cálidas. He dejado de mirar a mis víctimas, pues sólo ofrezco muerte como si fuera un ángel cuya empresa es únicamente matar.

Ella se llevó todos mis pecados. Arrastró consigo cada trozo de mí. Lo que murió en París no fue ella, sino yo. Mi alma murió con sus rizos dorados, sus pequeños labios y sus manitas que jamás volvería a sentir entre mis cabellos. Todo ocurrió tan rápido como un suspiro de amor, pero esto fue un encantamiento peligroso donde mi alma se arrastró al averno.

Mantuve cerca de mi pecho, en bolsillos ocultos de mi ropa, una fotografía que ella logró, casi como un pequeño prodigio de la naturaleza, hacerse. Aún en blanco y negro ella parecía cobrar vida. Era como si su alma, tan retorcida y terrible, mostrase la escasa inocencia y amor que tenía. Sus ilusiones, sueños y esperanzas quedaron cubiertos con una pátina de duelo y dolor. Acepto que fue mi culpa, mi maldita culpa. No sólo Lestat cometió grandes pecados, pues los míos fueron igual de terribles.

Aún recuerdo sus temores cuando tan sólo era una recién nacida. La acunaba entre mis brazos, despejaba su frente de esos rizos tan hermosos, y cantaba nanas como si fuera un padre común. Era una imagen quizás terrible, pero para mí era parte de mi felicidad. El padre vampiro cantando dulces canciones a su hija vampiro. Canciones sobre estrellas fugaces, princesas, misterios cargados de magia y milagros.

No hubo milagros para ella. No hubo misterio en su muerte. Tan sólo se fue. Soltó una noche mi mano y esa misma mañana era una estatua dantesca de cenizas.

Amar es terrible cuando no sabes medir. Quizás esa es mi condena. Debo cargar la cruz de su muerte, como cargué por siempre la de mi hermano. Es por eso quizás porque ya no me importa matar. Ahora sé que ella me odia. No hay consuelo para este padre. Nunca lo habrá. No sé como Lestat es capaz de aceptar esta condena. Desconozco cual es el truco y quizás, sólo quizás, no quiero saberlo.


Ella ahora se reduce a las transcripciones de un diario, un traje amarillo y una fotografía. Es sólo eso. Un fantasma que se aparece cargado de rencor. Un alma en pena. Mi niña, mi damita, mi pequeña... es un alma en pena que nos odia y nos arrastraría a su infierno si pudiera. Y tal vez ahí es donde debemos estar. Pues un infierno junto a ella no debe ser tan malo.  

jueves, 31 de julio de 2008

Para mi Hija y mi Amante eterno




Claudia



Te echo de menos desde que no estás. Aún recuerdo el perfume de tus cabellos, la sonrisa en tu rostro de porcelana y la fingida inocencia. Recuperé el traje amarillo de la última vez, lo usé para un conjuro y esperé. Lo guardé en el fondo de mi armario en una caja del color de tus ojos, la tapé con cientos de libros releídos durante los años que nos han separado.

Eras nuestra hija, mi princesa y su muñeca. ¿Cuántas veces vi sonreír a Louis mientras te cepillaba el cabello y tú recitabas poesías? En ocasiones cierro los ojos y por arte de magia vuelvo a estar en ese edificio de Nueva Orleáns. Allí donde fuimos tan felices, donde tuvimos ese sueño de setenta y cinco años. Puedo observarte en el piano tocando conmigo, tus frágiles dedos pulsando cada tecla y yo asintiendo. Louis, mi amado Louis, recostado en el sofá sonriendo mientras nos contempla. Parecíamos padre e hija, más allá de nuestro vínculo en las tinieblas. Eras de cabellos dorados, ojos azules y piel delicada. Si Gabrielle te hubiera conocido pensaría que te tuve con alguna mujer y te oculté de ella.

Te oculté tantas cosas, mentí tantas veces y todo mientras te trataba como a una niña. Nuestro juego favorito, el de Louis y mío, era comprarte muñecas. Nos ilusionaba verte como a nuestro maniquí. Sin embargo, eras una mujer y deseabas que te miráramos como tal. Nos amabas como ama una mujer y yo te dañaba. Te hice mil crueldades, te grité a la cara que jamás serías como las chicas que veías pasar. Pero es que, tú nunca lo serás. No por tu cuerpo, no por tu inmortalidad, sino porque eras nuestra pequeña. Por mucho que un hijo crezca para un padre siempre será un niño, y tú eras nuestra niña. Jamás dejarás de ser mi pequeña, mi dulce niña eterna. Aunque te haya hecho volver, aunque estés viva, no dejaré de tratarte como a mi hija e intentaré protegerte de mí.



Louis



-Te quiero.-susurraste sin más. Era como si en tu inconsciencia pudieras encontrar palabras que removieran los cimientos de mi alma.

-Y yo más.-murmuré inclinándome mientras cerraba el ataúd.

Era casi el alba, sí el alba. La mañana ya estaba comenzando y nosotros en la cripta. Te había arrastrado conmigo por todo el país. No querías estar a mi lado y sin embargo estabas. Es algo extraño. Alguna fuerza te impulsaba para permanecer a mi lado y eso me hacía feliz. Sí, irónicamente me agradaba poseerte contra tu voluntad. ¿Por qué no fuiste jamás capaz de decirlo despierto? Eso me enfurecía, quería indagar en tus sueños y no podía. Era frustrante. Me dolía. Nunca sospechaste cuanto anhelaba que lo hicieras y cuando decías que parte de ti se sentía atado a mí sonreía, pues tenía la ligera idea que era un sentimiento de afecto. Yo sí te lo dije, yo sí fui sincero…¿y tú? ¿Alguna vez me quisiste como dijiste?


Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt