Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 16 de abril de 2008

Hijo del Hielo



siempre he pensado que Iason (ai no kusabi) podría ser un buen Marius.

Este texto se lo dedico a mi Marius, lo siento Nerissa el de tu foro es un bodrio. Mi marius es mi pareja, alguien que tan sólo puede interpretar ese papel. ¿Por qué? Pintan, aman el arte, son igual de perseverantes, algo pervertidos (debo reconocer que por mi culpa) y mil cosas que Marius y mi Gabri son idénticos.

Te amo, pronto será medio año.







Desperté en medio de una tormenta de hielo

La dama de las nieves se mecía estremeciendo el firmamento

Soy yo, grité, el dios de los infiernos

¡Que las ciudades caigan en mis aposentos!

Vampiro hijo de las sombras, revive entre muertos

¿Quién vive? ¿Quién muere? ¿Quién tiene aliento?

Tú serás mi próximo alimento

Serás mi presa y te llevaré al más cruel tormento.

Renació la bestia, el odiado rey de los inmortales

Condenado por su desdén hacia Dios

Cayó en una red de portales

Estos le trajeron a esta época, el fin de la vida y el hola al adiós.

¡Sé que me odias!

¡Sé que me desprecias!

Pero he conseguido más que tú en toda mi vida

He conseguido cambiar mi esencia

Ahora soy más fuerte

Tengo más soberbia

En esta época escéptica y de decadencia

Bienvenido a mi mundo de poder

A mi reino de dolor

Bienvenidas a tus lágrimas de impotencia

A mi despótico mundo sin color

Ven y dame tu sangre

Calienta mi cuerpo

Haz que hierva en mí la vida

Entrégame todo y yo te daré quizás la felicidad momentánea

Véndeme tu alma

Sacrifícate por mí

Yo no te daré promesas

Yo te mostraré la verdad

El caos lo domino

Domino incluso tu destino

Así que no te interpongas a mis pasos

Ven y déjate llevar

Ven y déjate caer en mis manos.

No tienes porqué adorarme

Tan sólo ten fe en tus miedos hacia mí

No tienes porqué temerme

Tan sólo ten fe en que a los infiernos sobreviví

Este es el destino del mundo, mi propio destino y con ello el tuyo

SILENCIO…El show va a comenzar…

Había estado dictando mis palabras a un radiocasete, palabras llenas de prepotencia e ira. Era alguien distinto, muy distinto, a lo que una vez fui. Era un ángel sin alas, me habían desterrado de los cielos y me habían condenado al lamento. Me escapé del dedo divino y me encaramé a luchar por mi propio recorrido. Tardé años, casi dos cientos, en despertar de entre las nieves de una montaña cercana. Ahora tras caminar helado, sin ropa y sin una moneda en mis ropas ajadas, me encontraba en el calor de mi mansión mientras los leños se quejaban por la quema.

-El hombre es un libro en blanco, poco a poco lo va llenando todo de mentiras como la Biblia.-comenté arrojando una a aquel incandescente fuego.-Que hermosa, arde de maravilla.-susurré cerrando los ojos mientras mis manos quedaban yertas sobre los brazos del sofá, mi cabeza rozaba el cabezal y mis labios se dibujaban burlones.

-Maestro.-susurró uno de mis alumnos posándose a mi lado.

Era un muchacho muy parecido al Louis ese de las novelas, sí el vampiro. Tan humano, tan perfecto, tan mío. Su rostro angelical, sus ojos verdes esperanzados en algo que no sucedería y esos cabellos de noche tan largos que caían hasta su cintura.

-Louis.-así lo bauticé. Llevaba un hermoso gato en sus brazos, lo acariciaba con sigilo y me miraba con minuciosidad.

-Siéntate en mis piernas, escuchemos a la madre naturaleza devastar naciones enteras. La diosa de las nieves, el dios de las lluvias y el padre de las catástrofes se están cobrando lo que los humanos hacen.-susurré besando su rostro. Hizo lo que le había pedido, sus piernas colgaban un poco. Era frágil, más pequeño que yo, así que era notable el cambio de mi cuerpo algo robusto al suyo.

-Cuéntame leyendas, Maestro. Cuéntame leyendas de los Celtas, de Dioses Egipcios, de hermosas cortesanas o de guerreros venidos de las tierras Vikingas.- aquel chico era todo un caso, adoraba mis fantasías, aunque no eran realmente tales, y mis desmemorias.

-Hermoso mío.-dije posando mis labios sobre su cuello. No puedo describir tales sensaciones, era un placer agradable que volvía locas a mis papilas gustativas y a mi piel. Qué hermoso sabor, que placer tan carnal.

Dejó escapar al felino y este se fue junto al fuego, sobre un lado de las alfombras. Otro de mis pupilos entró en la sala. Este era pelirrojo, me recordaba a un viejo amigo y a un hijo que una vez tuve, y se quedó frente a mis rodillas. Pronto nos acompañó el tercero de todos. Un niño rubio como la cebada, con los ojos azules profundos y penetrantes, como los míos, que se quedó con sus carrillos sobre mis hombros.

¿He olvidado comentar que estaba desnudo? ¿Qué todos ellos lo estaban? Eran mis hermosos muñecos, mis pequeñas sensaciones de placer.

-Vayamos a la cama hijos míos, haced que mi esencia se pase por vuestros cuerpos.-me levanté del sofá y caminé con ellos junto a mí. Bajé a mi hermoso Louis, tomé de la mano a Simón y a Leonel tan sólo le indiqué. Mi poderoso metro noventa se hacía presente como la estatura de un Dios, ellos apenas llegaban al metro setenta y sus edades comprendían de entre los tiernos dieciséis hasta los trémulos diecinueve. Leonel era el mayor de todos y el más espigado. Era el cachorro más fuerte de la manada y a veces temía por mi seguridad. Fuerte e impulsivo, sediento de mundo y sangre, se mostraba burlón e irónico haciendo que mis piernas se volvieran trémulas.

Recosté a Simón, el pelirrojo, en la cama, y a los demás abrazándolo mientras lo adoraban. Comencé a masturbarme escrutando sus miradas impacientes. Yo era de esos que no mostraban su miembro sin vello, pues lo veía algo demasiado moderno para un inmortal tan antiguo. Ellos sí, tan tersos y delicados como ángeles.

-Hoy le toca a mi hermoso Leonel.-tiré de él y acto seguido se enganchó en mi miembro. Inició una succión desquiciante, pero antes me lamió mi virilidad lentamente hasta llevar todo mi porte en su interior. Los dos más jóvenes jugueteaban sonriéndome.-Vamos mi flamante rubio.-le tomé de los cabellos, sin antes no tirar de ellos y jugar con mis dedos sobre su cráneo.-Vamos.-susurré moviendo mis caderas con rapidez, con una velocidad poco común en un humano, para que su boca sintiera lo que sería mi ritmo en sus nalgas.-Ayudadle.-sugerí con una sonrisa amable.

Ellos se situaron a su lado y entre ambos lo masturbaron. Aquellos seis ojos pendientes a mí, eufóricos, me dieron una idea que solía ejercer con ellos.

-Los tres de rodillas en el suelo.-jadeé emergiendo lentamente del rubio.-¡Ahora!-todos se movieron rápidos abriendo sus bocas, temblando y con sus palpitantes miembros descubiertos.

Tiré de los cabellos rojizos y lo introduje con fuerza, con una bestialidad inesperada. La cabeza de mi miembro tocó su campanilla y este se arqueó fatigado. Lo dejé a un lado buscando al moreno, Louis me miraba ansioso y no me decepcionó. Él no se arqueó a punto del vómito, sino que me miró con delicia y sonrió internamente. Tras esto me quedé en el centro y les acaricié por igual.

-Atacad.-puse mis manos tras la espalda y ellos pasaron a la vez sus lenguas por mi verga. Uno tomaba un testículo, otro el siguiente y el tercero el glande. Iban rotando las posiciones y cuando supe que me iba a venir los aparté. Fue justo a tiempo para eyacular en el parquet. Con una mirada en ese instante ya sabían que hacer, lamerlo como pequeños animalitos disfrutando de mi esencia.

Tras esto no me quedé satisfecho y les tomé uno por uno de la muñeca. Les puse frente al resto y comencé a masturbarlos. Primero tomé a Louis, era quien se veía más necesitado, e inicié mis caricias por su torso, pellizcando sus pezones y deslizando mi mano por su vientre, hasta agarrar su miembro erecto. Los otros muchachos le miraban deseosos, ansiosos de la sensación de su eyaculación en sus rostros y labios. Desde la punta hasta la base, un ritmo lento y constante, hasta hacerle perder la conciencia. Sabía que él ya no era mi pupilo, sino un animal cubierto de la fragancia del sexo. Cuando aceleré su rostro se volvió un poema de lujuria. Vertió su esencia sobre los labios de mis dos amantes, de mis otros hijos, mientras estos lamían cada gota. El siguiente fue mi pelirrojo, mi bello niño, que delicadamente empecé desde el primer instante acelerando el ritmo, un movimiento fuerte y desolador. Sus frágiles piernas temblaban y se vertió por completo en los labios del moreno. Leonel esperaba impaciente, para él fue el mejor de los premios al ser el más experto y quién llevaba más tiempo junto a mí. Me arrodillé frente a él y succioné con fuerza su virilidad. Sus manos se posaron en mis hombros, su espalda se arqueaba y su piel se erizó por completo. Cuando eyaculó pude notar la punzada de placer desde el inicio de sus testículos hasta mi garganta.

Los levanté del suelo a los dos que quedaban, los situé junto a Leonel y los conduje hasta la cama. Allí los dejé con el pecho sobre el colchón, con sus rodillas en el suelo y sus nalgas bien abiertas. Empecé por el pelirrojo, era el más holgado a pesar de ser el más joven. Mis caderas se movían rítmicamente mientras con mis manos azotaba, y también acariciaba, las nalgas de sus compañeros.

-Cogeros.-dije alzando el rostro del rubio, que sin pensarlo dos veces montó a Louis.

Los gemidos de mis pequeños, tan atronadores, eran incesantes y eso me desquiciaba. Cuando me cansé de Simón lo dejé a la disposición de Leonel. Louis me aceptó con gula moviéndose como una perra en celo. Al observar que mi pupilo, el mayor de todos, estaba a punto de venirse dentro de mi preciado pelirrojo me adentré en él. Lo arrojé al suelo y frente a frente lo desquicié. Alcé una de sus largas piernas por encima de mis hombros, me moví con fuerza y al final le hice eyacular por segunda vez. Sobre él coloqué al moreno y de espaldas lo domé, para que el pequeño de todos nos observara. Por último me senté en el suelo y Simón recostó su espalda contra mi pecho, abrí bien sus piernas y alcé un poco sus nalgas. Con un movimiento rápido en pocos segundos se vino.

-Lameros, limpiad vuestros torsos y nalgas. Después venid a disfrutar de mi última muestra de placer.-sin prisas, pero deseosos, hicieron lo que dije y se colocaron junto a mí.

Nuestras bocas se enlazaban, me masturbaban o simplemente gemían extasiados por mi virilidad.

-Traed un vaso.-dije en alto esperando que alguno cumpliera lo que pedí. Lo hizo Leonel, y al observar la cantidad de mi esencia casi comenzó a festejarlo, sin embargo era algo líquida y clara. Tras esto di un sorbo a cada uno junto a un beso de buenas noches.

¿Podía un hombre pedir más? Estuve acostumbrado a la soledad, a estar tremendamente afligido, y ahora, yo El Romano, disfrutaba de mi propio edén.

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt