Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 26 de noviembre de 2013

Una noche con el diablo

Bonsoir mes amis

¡Tenemos nuevo fanfiction! Esta vez Mona y Memnoch. ¡No se lo pierdan!


Au revoir,
Lestat de Lioncourt



Blackwood Farm parecía un poblado fantasma. Las viviendas parecían haber cobrado un aspecto macabro y el murmullo de las copas de los árboles crecía con el rugir del viento. Las calles parecían aguardar una terrible tormenta, las temperaturas habían descendido y los rincones cerca de la carretera de acceso estaban más oscuros que nunca. El cielo estaba completamente encapotado y nadie en su sano juicio saldría de casa. Las terribles lluvias de hacía unos años les hacían ser previsores y temer a los cielos, pero yo no era un humano común y corriente. No tenía un hogar propio al cual regresar que no fuera el Sheol y sí una misión.

Me enervaba la actitud de Nicolas y Lestat. Habían comenzado a competir por tener mayores privilegios ante mi persona. Nicolas, inclusive, preso por su ira me había puntado con un cuchillo y jurado venganza por haber estado en la cama de Lestat. Sin embargo, finalmente accedió a mis caricias y prefirió ofrecerme orgasmos a desmedidos insultos. Pero la competencia seguía. Ambos me colocaban en una posición detestable y prácticamente me sentía objeto de una trifulca que tan sólo contaba con sus egos y no con mis deseos.

Durante dos largas noches escuché el fluir de mis pensamientos dejando que la soledad, oscuridad y tibia frialdad de uno de mis lugares favoritos en la faz de la tierra. Mis manos habían aguantado mi mentón y mis codos se clavaban en mis muslos, poseía una pose similar a la de una escultura. Prácticamente no había pestañeado ni movido un centímetro mi cuerpo. Allí, arrojado a mis maquinaciones, tomé la difícil, aunque muy deseable, decisión de tener un nuevo afer con otro tipo de ser, quizás más explosivo y seductor que los amantes con los cuales ya contaba.

Si ellos me hacían decidir yo haría que observaran que el demonio siempre tiene la última palabra, por ello decidí colocarme en el cementerio cercano a la vivienda con una forma peculiar. Me transformé en un horrible ángel de piedra con las manos cubriendo mi rostro. El grisáceo de la escultura sin duda parecía de piedra, tenía incluso un tacto poroso. Mis cabellos habían sido convertidos en una masa retorcida y marcada con cincel. La túnica que llevaba parecía moverse al son del viento, pero era sólo producto de un engaño óptico. Las alas apuntaban hacia el cielo desde la mitad de mi espalda, lo cual en una escultura habitual significaba que había muerto en una edad próxima a la adolescencia.

Mona solía pasear por aquel lugar rememorando quizás viejos momentos del pasado, sabía que ese día iría allí. Contemplaría las tumbas, muy probablemente, y se arrodillaría frente a éstas para hacer pasar sus finos dedos por los nombres allí grabados. En ocasiones traía uno o dos amantes, al igual que al viejo cementerio de la ciudad, se remangaba su vestido y permitía que lo hicieran sobre las lápidas. Realizaba aquel ritual desde que tenía algo menos de trece años y lo hacía con primos, jóvenes atractivos o maduros que podrían llenarla de halagos.

Pasados unos diez minutos ella apareció con un escaso vestuario que constaba con un vestido de falda corta, de color negro lleno, con un enorme escote que resaltaba sus pechos. Tenía un pecaminoso cuerpo pese a su escaso tamaño, las pecas salpicaban parcialmente su rostro y tenía unos labios seductores al igual que sus ojos de color verde. Sus pies estaban descalzos y llevaba en la mano derecha unas pequeñas botas con un tacón bastante pronunciado. La hierba había crecido y acariciaba sus tobillos de una forma muy sugerente.

Detuvo su caminata en seco observándome con el cabello alborotado debido a las ráfagas de aire. La noche estaba desapacible y lúgubre. Mi presencia en aquel lugar era sin duda escalofriante y sorprendente. La curiosidad podía avivarse en ella y esa era una carta que usaría en mi favor.

Sus ojos verdes se clavaron en mí como si fuera un extraño objeto. No esperaba la presencia de una escultura semejante en aquel lugar. Había visitado las escasas tumbas desde que Tarquin la invitó hacía más de una década. Mostraba gran sorpresa y posiblemente intentaba averiguar su significado. Cuando se aproximó a mí permití que me tocara con la punta de sus finos dedos. Rápidamente bajé las manos y ella se apartó sorprendida.

-Soy Memnoch- dije con voz cavernosa mientras ella daba un par de pasos hacia atrás- No temas, no vengo a causarte mal alguno. Sin embargo, creo que es momento que ambos nos conozcamos.

-¿Qué deseas de mí?-preguntó con visible curiosidad, aunque sabía que podía estar guardando el momento en el cual marcharse si la situación no le convenía.

-Deseo ayuda-expliqué dejando que mis brazos cayeran a ambos lados de mi cuerpo- El carácter de Lestat es demasiado para mí. Vengo en tu búsqueda por consejo para poder reconducirlo. Sé que tú eres la única que puede ayudarme-mi voz había cambiado a un tono más suave y agradable al oído, aunque profundamente masculino. Prácticamente no se apreciaba demasiado el movimiento de mis labios, aunque estos se movían al son de mis palabras.

-¿Por qué debería hacerlo?-su voz era dulce y sus labios seductores. Podía observarla con mayor claridad desde aquella posición privilegiada sobre un pequeño montículo. Su piel era clara, sus pecas se veían marcadas por su palidez aunque algunas a penas se apreciaban, y sus ojos tenían destellos similares a los de una esmeralda.

-Por piedad hacia el diablo- repliqué llevando mi mano derecha al hueco de mi pecho donde estaba el corazón.

-¿Piedad?-murmuró sin comprender porque debía ser piadosa conmigo.

-Necesito una solución a su comportamiento y tú lo conoces bien-dije colocando mis manos juntas como ruego- Has vivido con él, eres su hija y también has mostrado cierto valor anteponiendo tus deseos a los suyos. En numerosas ocasiones le has plantado cara y has sabido ganar- debía regalar su oído y ofrecerle mi sincera opinión, pues no distaba demasiado de la realidad. Ella había logrado que Lestat flaqueara.

-Continúa-dijo colocando sus manos sobre sus caderas.

-Mona, necesito urgentemente que me expliques como dominar a Lestat. Sólo logro acorralarlo por unas escasas horas, pero en cuanto cruza la puerta hace y dice cualquier cosa menos lo debido- comenté dando un paso al frente mientras estiraba mis brazos hacia ella- Por favor, necesito que te apiades de mí y me des un simple consejo.

-Lestat posee un carácter similar al mío. Cuanto más lo provoques, expliques que es imposible o simplemente des credibilidad a sus berrinches menos lograrás un efecto en él. Necesitas alejarte, ofrecerle una venganza digna y ofrecerle un rechazo absoluto a sus súplicas. Si quieres que Lestat atienda a tu llamada tendrás que detenerlo con el vacío de tu silencio- explicó sin inmutarse.

Su aspecto era aniñado y seductor. Sus pechos parecían salir de su ropa mostrando sus rosados pezones, sin embargo simplemente había cruzado sus brazos ofreciendo una encantadora vista a su escote. Tenía unas rodillas muy peculiares, completamente simétricas la una de la otra, y unas piernas largas pese a su estatura. Sin duda una pequeña muñeca de porcelana hecha de carne, hueso e inmortalidad.

-Te necesito entonces-aseguré.

-¿Por qué? ¿Para qué? Ya tienes tu consejo- dijo mirándome a los ojos con templanza y seguridad.

-Necesito que seas tú el factor de su dolor y sus celos- susurré inclinándome hacia ella dejando mi rostro a pocos centímetros de ella.

-¿Yo? ¿Por qué?- dijo encogiéndose de hombros-¿Por qué debería de hacerlo?- comentó frunciendo el ceño suavemente para terminar girándose e intentar marcharse.

-Él te desea a pesar que ama a Rowan. Lanza sobre ti miradas libidinosas, sonrisas de lujuria, y se aparta cuando te aproximas quizás porque la tentación es tal que provocaría en él la perdida de conciencia y arrojo- entonces al escuchar mis palabras y volteó únicamente su cabeza. Sus cabellos se movían como si fueran fuego danzando en medio de la oscuridad.

-Continúa- parecía desear saber que tramaba y por su cabeza rondaba cientos de preguntas y posibilidades. Se miraba las uñas como si no le interesara en absoluto lo que tuviera o no tuviera que decir.

-Eres una mujer extremadamente atractiva. Sinceramente pocas mujeres han llegado a ser tan deseables y atractivas a mis ojos. Eres inteligente, calculadora, a veces con una lengua tan afilada que haría daño incluso a Dios, pese a que jamás escucha a nada ni nadie salvo a él- aseguré lentamente cambiando de forma. Mi aspecto cambió al habitual en dadas las circunstancias.

Mi cabello rubio levemente oscurecido, ojos claros, boca de sonrisa bondadosa y pómulos marcados con un cuerpo atlético que rebosaba su estatura con creces. Ella era bajita y de peligrosas curvas, mi cuerpo era masculino aunque delgado sin embargo a su lado parecía más robusto.

-¿Qué pretendes? ¿Seducirme?-dijo sonriendo de forma burlesca acomodándose el cabello.

-Hagamos un pacto-dije guardando silencio unos instante- Si nos damos ese placer a cambio soy capaz de hacer lo que tú quieras. Pactemos tú y yo en este lugar y ahora mismo- tomé su rostro con mi mano derecha acariciando su mejilla con la punta de los dedos.

-No- aquella respuesta me molestó, pero no lo hice ver. Un no temprano podía ser un sí futuro.

-Piénsalo- susurré- Destrozaría su orgullo al encontrar a su amante el demonio con la mujer que sólo puede desear y no tiene, puesto que esta incluso ya se alejó de él y sus reglas. Sería un golpe certero a su orgullo- añadí con una mirada seductora clavada en sus ojos. Era mi oportunidad para que cediera.

-Un orgullo que quedaría fragmentado en pedazos-dijo para sí misma saboreando aquellas palabras que serían posiblemente una merecida lección para su creador, el orgulloso y engreído Lestat.

-No quedaría mucho de ese orgullo que tanto esfuerzo le ha costado labrarse- respondí dejando mis manos sobre sus menudos hombros y esperé reacción alguna por su parte.

Estaba vestido con tan sólo una túnica blanca, la cual cubría levemente mi cuerpo y se movía con el viento que soplaba en la zona. Mi cabello parecía parte del trigo que nunca se sembró en las tierras y ella era el fuego que lo quemaba. Hermosa, atractiva y malévola la hacían perfecto para mi plan. Deseaba tenerla para mí en ese peculiar instante, el cual parecía prolongarse hasta que decidí inclinarme y robar un beso de sus labios. Fue un roce tímido y provocador que buscaba sin duda alguna que aceptara.

Sus labios rozaban los míos segundos más tarde, sus manos se apoyaron en mi pecho y las mías descendieron a sus caderas. Rápidamente terminé estrechando su cuerpo contra el mío, besando sus labios de forma hambrienta y permitiendo que jugara con sus manos con la tela de la túnica. Mordió mi labio inferior y obtuvo unas gotas de sangre mientras me miraba a los ojos. Permití que lo hiciera sin importar demasiado. Mi labio inferior quedó liberado y mi lengua se introdujo en su boca. Podía sentir con la punta de mi lengua cada uno de sus pequeños y perfectos dientes. Saboreaba su sabor y ella el mío mientras notaba como desanudaba mi túnica haciéndola caer al suelo.

Rápidamente se arrodilló frente a mí, como si fuera a rogar por su alma y el castigo eterno que ésta tendría por cada uno de sus actos, y comenzó a lamer de forma erótica mi glande. Eché hacia atrás la cabeza moviendo suavemente mis caderas. Deseaba ir mucho más rápido, pero temía que mi plan pudiera desvanecerse. Me controlaba, sobre todo cuando agachaba mi cabeza y la contemplaba lamiendo mi extremidad para comenzar a succionarla.

Sus labios rodeaban todo mi miembro dejando que su lengua se enroscara tirando de mi piel, erizando mis sentidos y mi vello. Cada movimiento de su cabeza era de una maestría deliciosa. Terminé agarrándola por la nuca, pegándola a mí y permitiendo que entrada en su totalidad mi sexo. Ella me miró con aquellos enormes ojos verdes dejándome sin respiración. Movía la pelvis de forma rítmica y ella aceptaba aquellos movimientos con total agrado. Sin embargo, no era todo lo que quería.

Saqué mi miembro de su boca y la recosté en la hierba. Allí, rodeado de tumbas y pasto, decidí abrir sus piernas y perderme en ellas. Primeramente lamí sus rodillas y besé sus ingles, mordí su vientre y comencé a succionar su clítoris. Su sabor era algo salino y estaba tan húmeda que podía paladear perfectamente sus labios inferiores. Mi lengua se introducía en ella lentamente, jugando con el borde de su sexo y hundiéndome de nuevo. Mona jadeaba con las piernas bien abiertas y sus manos colocadas sobre mi cabeza, hundiéndome en ella.

Alcé mi rostro para verla completamente perlada por sudor sanguinolento, con aquellos ojos brillando como gemas, su boca sonrojada y sus pezones duros tan rosados que apetecía morderlos. Coloqué mis labios sobre el derecho y lo succioné lentamente, pasé la punta de mi lengua por el aro de su pezón y lo mordí tirando de él, retorciéndolo y dejándolo a un lado para hacer lo mismo con el izquierdo. La voz de Mona era audible pero sólo decía entre jadeos lo mucho que le complacía. Mis manos no se habían quedado detenidas, acariciaban su vientre, palpaban sus caderas y el dedo corazón de la mano derecha se hundía en su vagina.

Besé sus labios cortando un poco mi lengua para dejar un par de gotas en su boca, las cuales ingirió, dejando escapar un hondo gemido. La miré a los ojos y ella sonrió provocadora moviendo sus caderas. Giré su cuerpo bajo el mío dejando suaves lamidas en sus hombros, cruz y baja espalda hasta hundirme en su ano. Mordí sus nalgas, primero un glúteo y después el otro, para finalmente colocar la punta de mi miembro dentro de su cálida, húmeda y deliciosa vagina. Mona tenía un suave vello público que estuve tentado a tocar, pero no lo hice, y tan sólo hundí mi pene en su interior.

Un profundo gruñido de satisfacción brotó de mi garganta, pero ella sólo jadeó elevando sus caderas. Me miró por encima del hombro de una forma que me calentó hasta perturbarme y finalmente empecé a embestir lentamente contra ella, sacando mi miembro y volviéndolo a meter. Sin embargo, ese ritmo lento me estaba matando y finalmente tomé uno más brusco agarrándola firmemente de las caderas. Ella empezó a gemir como si fuera un animal en celo bramando mi nombre, haciéndome sentir más excitado que antes y provocando que fuera más busco. La mano derecha se despegó de su cadera y empecé a golpear sus nalgas de forma dura. Tomaran color rojo, tan lechosas que eran era normal que rápidamente tomaran color aunque se desvaneciera por segundos.

Ella llegó a su orgasmo tirando del pasto entre sus manos, hundiendo sus uñas mientras gemía moviendo sus caderas y apretándome en su interior. Sin embargo, yo no lo hice y en cuanto ella acabó la empujé girándola para masturbarme frente a frente. En cuestión de segundos varios disparos de cálido semen cubrieron su pecho y salpicaron su rostro. Ella pasó sus manos por encima de su vientre hasta sus pechos pellizcando sus pezones, mezclando mi semen con su sudor, mientras permanecía con las piernas bien abiertas.

-Quiero que Julien vuelva a la vida. Sé que tú puedes hacerlo- dijo mirándome fijamente de una forma tan seductora que me perturbó profundamente- Eso quiero a cambio de esto.

-Tendrás que esperar unas semanas. Necesito su vitrola, su cuerpo y un lugar tranquilo- respondí tomando mi túnica para desaparecer.


Unas semanas, era un tiempo más que suficiente, para que Julien volviera a la vida. Posiblemente complicaría el romance con Rowan y mataría dos pájaros de un tiro.  

1 comentario:

Ga dijo...

... No sé cómo empezar... Siempre he preferido el "romance" de los que anteriormente narraron, Grito al cielo tiene la culpa.
Mona, a pesar de no ser de mis favoritos, hoy recordé lo hermosa que es. Lo peligrosamente seductora que resulta hasta para el mismo diablo. Y bueno, Memnoch me encanta, no creo que deje de hacerlo.
Muchas gracias.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt