Bonsoir mes amis
¡Tenemos nuevo fanfiction! Esta vez Mona y Memnoch. ¡No se lo pierdan!
Au revoir,
Lestat de Lioncourt
Blackwood Farm parecía
un poblado fantasma. Las viviendas parecían haber cobrado un aspecto
macabro y el murmullo de las copas de los árboles crecía con el
rugir del viento. Las calles parecían aguardar una terrible
tormenta, las temperaturas habían descendido y los rincones cerca de
la carretera de acceso estaban más oscuros que nunca. El cielo
estaba completamente encapotado y nadie en su sano juicio saldría de
casa. Las terribles lluvias de hacía unos años les hacían ser
previsores y temer a los cielos, pero yo no era un humano común y
corriente. No tenía un hogar propio al cual regresar que no fuera el
Sheol y sí una misión.
Me enervaba la actitud de
Nicolas y Lestat. Habían comenzado a competir por tener mayores
privilegios ante mi persona. Nicolas, inclusive, preso por su ira me
había puntado con un cuchillo y jurado venganza por haber estado en
la cama de Lestat. Sin embargo, finalmente accedió a mis caricias y
prefirió ofrecerme orgasmos a desmedidos insultos. Pero la
competencia seguía. Ambos me colocaban en una posición detestable y
prácticamente me sentía objeto de una trifulca que tan sólo
contaba con sus egos y no con mis deseos.
Durante dos largas noches
escuché el fluir de mis pensamientos dejando que la soledad,
oscuridad y tibia frialdad de uno de mis lugares favoritos en la faz
de la tierra. Mis manos habían aguantado mi mentón y mis codos se
clavaban en mis muslos, poseía una pose similar a la de una
escultura. Prácticamente no había pestañeado ni movido un
centímetro mi cuerpo. Allí, arrojado a mis maquinaciones, tomé la
difícil, aunque muy deseable, decisión de tener un nuevo afer con
otro tipo de ser, quizás más explosivo y seductor que los amantes
con los cuales ya contaba.
Si ellos me hacían
decidir yo haría que observaran que el demonio siempre tiene la
última palabra, por ello decidí colocarme en el cementerio cercano
a la vivienda con una forma peculiar. Me transformé en un horrible
ángel de piedra con las manos cubriendo mi rostro. El grisáceo de
la escultura sin duda parecía de piedra, tenía incluso un tacto
poroso. Mis cabellos habían sido convertidos en una masa retorcida y
marcada con cincel. La túnica que llevaba parecía moverse al son
del viento, pero era sólo producto de un engaño óptico. Las alas
apuntaban hacia el cielo desde la mitad de mi espalda, lo cual en una
escultura habitual significaba que había muerto en una edad próxima
a la adolescencia.
Mona solía pasear por
aquel lugar rememorando quizás viejos momentos del pasado, sabía
que ese día iría allí. Contemplaría las tumbas, muy
probablemente, y se arrodillaría frente a éstas para hacer pasar
sus finos dedos por los nombres allí grabados. En ocasiones traía
uno o dos amantes, al igual que al viejo cementerio de la ciudad, se
remangaba su vestido y permitía que lo hicieran sobre las lápidas.
Realizaba aquel ritual desde que tenía algo menos de trece años y
lo hacía con primos, jóvenes atractivos o maduros que podrían
llenarla de halagos.
Pasados unos diez minutos
ella apareció con un escaso vestuario que constaba con un vestido de
falda corta, de color negro lleno, con un enorme escote que resaltaba
sus pechos. Tenía un pecaminoso cuerpo pese a su escaso tamaño, las
pecas salpicaban parcialmente su rostro y tenía unos labios
seductores al igual que sus ojos de color verde. Sus pies estaban
descalzos y llevaba en la mano derecha unas pequeñas botas con un
tacón bastante pronunciado. La hierba había crecido y acariciaba
sus tobillos de una forma muy sugerente.
Detuvo su caminata en
seco observándome con el cabello alborotado debido a las ráfagas de
aire. La noche estaba desapacible y lúgubre. Mi presencia en aquel
lugar era sin duda escalofriante y sorprendente. La curiosidad podía
avivarse en ella y esa era una carta que usaría en mi favor.
Sus ojos verdes se
clavaron en mí como si fuera un extraño objeto. No esperaba la
presencia de una escultura semejante en aquel lugar. Había visitado
las escasas tumbas desde que Tarquin la invitó hacía más de una
década. Mostraba gran sorpresa y posiblemente intentaba averiguar su
significado. Cuando se aproximó a mí permití que me tocara con la
punta de sus finos dedos. Rápidamente bajé las manos y ella se
apartó sorprendida.
-Soy Memnoch- dije con
voz cavernosa mientras ella daba un par de pasos hacia atrás- No
temas, no vengo a causarte mal alguno. Sin embargo, creo que es
momento que ambos nos conozcamos.
-¿Qué deseas de
mí?-preguntó con visible curiosidad, aunque sabía que podía estar
guardando el momento en el cual marcharse si la situación no le
convenía.
-Deseo ayuda-expliqué
dejando que mis brazos cayeran a ambos lados de mi cuerpo- El
carácter de Lestat es demasiado para mí. Vengo en tu búsqueda por
consejo para poder reconducirlo. Sé que tú eres la única que puede
ayudarme-mi voz había cambiado a un tono más suave y agradable al
oído, aunque profundamente masculino. Prácticamente no se apreciaba
demasiado el movimiento de mis labios, aunque estos se movían al son
de mis palabras.
-¿Por qué debería
hacerlo?-su voz era dulce y sus labios seductores. Podía observarla
con mayor claridad desde aquella posición privilegiada sobre un
pequeño montículo. Su piel era clara, sus pecas se veían marcadas
por su palidez aunque algunas a penas se apreciaban, y sus ojos
tenían destellos similares a los de una esmeralda.
-Por piedad hacia el
diablo- repliqué llevando mi mano derecha al hueco de mi pecho donde
estaba el corazón.
-¿Piedad?-murmuró sin
comprender porque debía ser piadosa conmigo.
-Necesito una solución a
su comportamiento y tú lo conoces bien-dije colocando mis manos
juntas como ruego- Has vivido con él, eres su hija y también has
mostrado cierto valor anteponiendo tus deseos a los suyos. En
numerosas ocasiones le has plantado cara y has sabido ganar- debía
regalar su oído y ofrecerle mi sincera opinión, pues no distaba
demasiado de la realidad. Ella había logrado que Lestat flaqueara.
-Continúa-dijo colocando
sus manos sobre sus caderas.
-Mona, necesito
urgentemente que me expliques como dominar a Lestat. Sólo logro
acorralarlo por unas escasas horas, pero en cuanto cruza la puerta
hace y dice cualquier cosa menos lo debido- comenté dando un paso al
frente mientras estiraba mis brazos hacia ella- Por favor, necesito
que te apiades de mí y me des un simple consejo.
-Lestat posee un carácter
similar al mío. Cuanto más lo provoques, expliques que es imposible
o simplemente des credibilidad a sus berrinches menos lograrás un
efecto en él. Necesitas alejarte, ofrecerle una venganza digna y
ofrecerle un rechazo absoluto a sus súplicas. Si quieres que Lestat
atienda a tu llamada tendrás que detenerlo con el vacío de tu
silencio- explicó sin inmutarse.
Su aspecto era aniñado y
seductor. Sus pechos parecían salir de su ropa mostrando sus rosados
pezones, sin embargo simplemente había cruzado sus brazos ofreciendo
una encantadora vista a su escote. Tenía unas rodillas muy
peculiares, completamente simétricas la una de la otra, y unas
piernas largas pese a su estatura. Sin duda una pequeña muñeca de
porcelana hecha de carne, hueso e inmortalidad.
-Te necesito
entonces-aseguré.
-¿Por qué? ¿Para qué?
Ya tienes tu consejo- dijo mirándome a los ojos con templanza y
seguridad.
-Necesito que seas tú el
factor de su dolor y sus celos- susurré inclinándome hacia ella
dejando mi rostro a pocos centímetros de ella.
-¿Yo? ¿Por qué?- dijo
encogiéndose de hombros-¿Por qué debería de hacerlo?- comentó
frunciendo el ceño suavemente para terminar girándose e intentar
marcharse.
-Él te desea a pesar que
ama a Rowan. Lanza sobre ti miradas libidinosas, sonrisas de lujuria,
y se aparta cuando te aproximas quizás porque la tentación es tal
que provocaría en él la perdida de conciencia y arrojo- entonces al
escuchar mis palabras y volteó únicamente su cabeza. Sus cabellos
se movían como si fueran fuego danzando en medio de la oscuridad.
-Continúa- parecía
desear saber que tramaba y por su cabeza rondaba cientos de preguntas
y posibilidades. Se miraba las uñas como si no le interesara en
absoluto lo que tuviera o no tuviera que decir.
-Eres una mujer
extremadamente atractiva. Sinceramente pocas mujeres han llegado a
ser tan deseables y atractivas a mis ojos. Eres inteligente,
calculadora, a veces con una lengua tan afilada que haría daño
incluso a Dios, pese a que jamás escucha a nada ni nadie salvo a él-
aseguré lentamente cambiando de forma. Mi aspecto cambió al
habitual en dadas las circunstancias.
Mi cabello rubio
levemente oscurecido, ojos claros, boca de sonrisa bondadosa y
pómulos marcados con un cuerpo atlético que rebosaba su estatura
con creces. Ella era bajita y de peligrosas curvas, mi cuerpo era
masculino aunque delgado sin embargo a su lado parecía más robusto.
-¿Qué pretendes?
¿Seducirme?-dijo sonriendo de forma burlesca acomodándose el
cabello.
-Hagamos un pacto-dije
guardando silencio unos instante- Si nos damos ese placer a cambio
soy capaz de hacer lo que tú quieras. Pactemos tú y yo en este
lugar y ahora mismo- tomé su rostro con mi mano derecha acariciando
su mejilla con la punta de los dedos.
-No- aquella respuesta me
molestó, pero no lo hice ver. Un no temprano podía ser un sí
futuro.
-Piénsalo- susurré-
Destrozaría su orgullo al encontrar a su amante el demonio con la
mujer que sólo puede desear y no tiene, puesto que esta incluso ya
se alejó de él y sus reglas. Sería un golpe certero a su orgullo-
añadí con una mirada seductora clavada en sus ojos. Era mi
oportunidad para que cediera.
-Un orgullo que quedaría
fragmentado en pedazos-dijo para sí misma saboreando aquellas
palabras que serían posiblemente una merecida lección para su
creador, el orgulloso y engreído Lestat.
-No quedaría mucho de
ese orgullo que tanto esfuerzo le ha costado labrarse- respondí
dejando mis manos sobre sus menudos hombros y esperé reacción
alguna por su parte.
Estaba vestido con tan
sólo una túnica blanca, la cual cubría levemente mi cuerpo y se
movía con el viento que soplaba en la zona. Mi cabello parecía
parte del trigo que nunca se sembró en las tierras y ella era el
fuego que lo quemaba. Hermosa, atractiva y malévola la hacían
perfecto para mi plan. Deseaba tenerla para mí en ese peculiar
instante, el cual parecía prolongarse hasta que decidí inclinarme y
robar un beso de sus labios. Fue un roce tímido y provocador que
buscaba sin duda alguna que aceptara.
Sus labios rozaban los
míos segundos más tarde, sus manos se apoyaron en mi pecho y las
mías descendieron a sus caderas. Rápidamente terminé estrechando
su cuerpo contra el mío, besando sus labios de forma hambrienta y
permitiendo que jugara con sus manos con la tela de la túnica.
Mordió mi labio inferior y obtuvo unas gotas de sangre mientras me
miraba a los ojos. Permití que lo hiciera sin importar demasiado.
Mi labio inferior quedó liberado y mi lengua se introdujo en su
boca. Podía sentir con la punta de mi lengua cada uno de sus
pequeños y perfectos dientes. Saboreaba su sabor y ella el mío
mientras notaba como desanudaba mi túnica haciéndola caer al suelo.
Rápidamente se arrodilló
frente a mí, como si fuera a rogar por su alma y el castigo eterno
que ésta tendría por cada uno de sus actos, y comenzó a lamer de
forma erótica mi glande. Eché hacia atrás la cabeza moviendo
suavemente mis caderas. Deseaba ir mucho más rápido, pero temía
que mi plan pudiera desvanecerse. Me controlaba, sobre todo cuando
agachaba mi cabeza y la contemplaba lamiendo mi extremidad para
comenzar a succionarla.
Sus labios rodeaban todo
mi miembro dejando que su lengua se enroscara tirando de mi piel,
erizando mis sentidos y mi vello. Cada movimiento de su cabeza era de
una maestría deliciosa. Terminé agarrándola por la nuca, pegándola
a mí y permitiendo que entrada en su totalidad mi sexo. Ella me miró
con aquellos enormes ojos verdes dejándome sin respiración. Movía
la pelvis de forma rítmica y ella aceptaba aquellos movimientos con
total agrado. Sin embargo, no era todo lo que quería.
Saqué mi miembro de su
boca y la recosté en la hierba. Allí, rodeado de tumbas y pasto,
decidí abrir sus piernas y perderme en ellas. Primeramente lamí sus
rodillas y besé sus ingles, mordí su vientre y comencé a succionar
su clítoris. Su sabor era algo salino y estaba tan húmeda que podía
paladear perfectamente sus labios inferiores. Mi lengua se introducía
en ella lentamente, jugando con el borde de su sexo y hundiéndome de
nuevo. Mona jadeaba con las piernas bien abiertas y sus manos
colocadas sobre mi cabeza, hundiéndome en ella.
Alcé mi rostro para
verla completamente perlada por sudor sanguinolento, con aquellos
ojos brillando como gemas, su boca sonrojada y sus pezones duros tan
rosados que apetecía morderlos. Coloqué mis labios sobre el derecho
y lo succioné lentamente, pasé la punta de mi lengua por el aro de
su pezón y lo mordí tirando de él, retorciéndolo y dejándolo a
un lado para hacer lo mismo con el izquierdo. La voz de Mona era
audible pero sólo decía entre jadeos lo mucho que le complacía.
Mis manos no se habían quedado detenidas, acariciaban su vientre,
palpaban sus caderas y el dedo corazón de la mano derecha se hundía
en su vagina.
Besé sus labios cortando
un poco mi lengua para dejar un par de gotas en su boca, las cuales
ingirió, dejando escapar un hondo gemido. La miré a los ojos y ella
sonrió provocadora moviendo sus caderas. Giré su cuerpo bajo el mío
dejando suaves lamidas en sus hombros, cruz y baja espalda hasta
hundirme en su ano. Mordí sus nalgas, primero un glúteo y después
el otro, para finalmente colocar la punta de mi miembro dentro de su
cálida, húmeda y deliciosa vagina. Mona tenía un suave vello
público que estuve tentado a tocar, pero no lo hice, y tan sólo
hundí mi pene en su interior.
Un profundo gruñido de
satisfacción brotó de mi garganta, pero ella sólo jadeó elevando
sus caderas. Me miró por encima del hombro de una forma que me
calentó hasta perturbarme y finalmente empecé a embestir lentamente
contra ella, sacando mi miembro y volviéndolo a meter. Sin embargo,
ese ritmo lento me estaba matando y finalmente tomé uno más brusco
agarrándola firmemente de las caderas. Ella empezó a gemir como si
fuera un animal en celo bramando mi nombre, haciéndome sentir más
excitado que antes y provocando que fuera más busco. La mano derecha
se despegó de su cadera y empecé a golpear sus nalgas de forma
dura. Tomaran color rojo, tan lechosas que eran era normal que
rápidamente tomaran color aunque se desvaneciera por segundos.
Ella llegó a su orgasmo
tirando del pasto entre sus manos, hundiendo sus uñas mientras gemía
moviendo sus caderas y apretándome en su interior. Sin embargo, yo
no lo hice y en cuanto ella acabó la empujé girándola para
masturbarme frente a frente. En cuestión de segundos varios disparos
de cálido semen cubrieron su pecho y salpicaron su rostro. Ella pasó
sus manos por encima de su vientre hasta sus pechos pellizcando sus
pezones, mezclando mi semen con su sudor, mientras permanecía con
las piernas bien abiertas.
-Quiero que Julien vuelva
a la vida. Sé que tú puedes hacerlo- dijo mirándome fijamente de
una forma tan seductora que me perturbó profundamente- Eso quiero a
cambio de esto.
-Tendrás que esperar
unas semanas. Necesito su vitrola, su cuerpo y un lugar tranquilo-
respondí tomando mi túnica para desaparecer.
Unas semanas, era un
tiempo más que suficiente, para que Julien volviera a la vida.
Posiblemente complicaría el romance con Rowan y mataría dos pájaros
de un tiro.
1 comentario:
... No sé cómo empezar... Siempre he preferido el "romance" de los que anteriormente narraron, Grito al cielo tiene la culpa.
Mona, a pesar de no ser de mis favoritos, hoy recordé lo hermosa que es. Lo peligrosamente seductora que resulta hasta para el mismo diablo. Y bueno, Memnoch me encanta, no creo que deje de hacerlo.
Muchas gracias.
Publicar un comentario