En escasos días sería fin de año y
me encontraba inmerso en los decorativos. Cada detalle contaba,
inclusive si era un detalle de última hora. Contaba con un séquito
de mortales que preparaban todo para mí después de describir que
deseaba con lujo de detalles. Siempre me agradó rodearme de seres
frágiles y bellos como ellos, pues su belleza radicaba en su propia
fragilidad. La muerte podía sobrevenir en cualquier momento y
truncar sueños, esperanzas y proyectos. Sin duda alguna podías ver
a través de ellos, en su alma y en sus seductores gestos, la vida
recorriendo sus venas y alimentando sus sentimientos.
Sin embargo, a pesar de la ayuda de mi
diverso equipo, decidí seguir la evolución gracias a sendos
informes que pedí que enviaran a mi dirección de correo. Detestaba
en realidad trabajar online, aunque era una ventaja, ya que me
agradaba el trabajo hecho a mano con sudor y esfuerzo. Pero no iba a
ponerme exquisito, además era una perdida de tiempo. Necesitaba
rapidez para manejar la situación.
Entonces, cuando me hallaba
prácticamente desnudo acomodado en mi cama, escuché sendos pasos
por el pasillo. Rowan no se encontraba en la mansión. Ella
necesitaba trabajar aquel día, así como los siguientes, en el
hospital. Los casos de quemados, accidentes de tráfico o infartos se
multiplicaban e incluso triplicaban en estas fechas. Tenía un propio
refugio hecho a su medida en los almacenes inferiores, en una sección
prohibida si no eras un Mayfair y cuyo código únicamente poseía
ella. Allí descansaba quedando lejos de mí y mis cuidados. Hazel
tenía ciertos cuidados e informaban a mi mujer de cualquier
evolución o problema en la pequeña. Era una mujer abnegada en su
trabajo, pero ahora que era madre se había transformado en una fiera
que no permitía que nada ni nadie dañara una hija que suponía para
ella, al igual que para mí, un milagro y cierta esperanza. No
obstante los pasos eran de un ser fuerte y formidable, igual que
ella, y los restantes inmortales habían decidido huir de la mansión
hasta que la nueva decoración no surgiese. Muchos de ellos querían
sus días en soledad y otros simplemente habían salido a cazar lejos
de New Orleans, amparados por los numerosos accidentes que ocurrían
en carreteras.
Las pisadas se volvieron más firmes
hasta que se detuvieron justo tras la puerta, el pomo giró
lentamente y cuando esta se abrió contemplé su figura. Rápidamente
cerré el portátil dejándolo a un lado en la mesilla auxiliar que
poseía mi habitación y procedí a cerrar la puerta, pues el
sorpresivo invitado ni siquiera tuvo el decoro de cerrarla. Él
vestía con un traje impecable, de sastre, color azul marino y una
camisa aguamarina. Sus duras facciones agradecían aquella tonalidad,
sobre todo porque sus ojos poseían esos mismos colores y danzaban
entorno a mi figura.
-Memnoch, ¿qué haces aquí? Es mi
habitación-respondí buscando mis pantalones, pues no deseaba estar
en ropa interior frente a semejante sujeto- Dijiste que... -murmuré
notando como su pesada mirada se aseveraba- Me aseguraste que no me
visitarías en estas fiestas permitiéndome estar completamente libre
de tu presencia.
-Tú no me das órdenes-dijo llevando
su mano derecha al gemelo de la manga izquierda, acomodándolo,
mientras me miraba de soslayo de forma indiferente.
-¡Te recuerdo que me aseguraste que
así sería!-espeté apretando los puños sintiéndome engañado y
comprometido. Él en mi habitación sin duda era la prueba
irrefutable que algo había aún entre ambos. No me gustaba siquiera
pensar que Rowan pudiese olfatear su pegajosa, aunque agradable,
colonia y ni mucho menos ese toque a madera quemada que en ocasiones
le acompañaba.
-Sueñas-sonrió llevando sus manos
tras su espalda mientras sus cabellos caían ligeramente sobre su
rostro, dejando que su melena cobrara cierta vida a pesar de estar
perfectamente peinada.
-¡En absoluto fue un sueño! ¡Me lo
aseguraste!-grité golpeando el aire y señalándole de paso-¡Tú!
¡Demonio!
-¿Por qué tan nervioso?-susurró
riendo socarronamente mientras se aproximaba a mí. Sus pasos eran
cortos, elegantes y sonaban suavemente sobre la madera del piso.
Tenía unos elegantes mocasines que sin duda había imitado a la
perfección a unos que yo mismo poseía. Todo él era un ramillete de
virtudes y belleza, por supuesto si olvidábamos que era el mismísimo
anticristo revoloteando por la habitación cual incauto mortal
intentando seducirme- ¿Temes volver a gritar como una puta?-aquello
me molestó enormemente, sobre todo porque me había tomado del
mentón y alzado ligeramente mi rostro hacia él-Putita.
-Largo-siseé empujándolo cargado de
rabia.
-Me excita sentirte tan airado ¿vas a
golpearme?-se carcajeó y terminó acorralándome en uno de los
rincones de la habitación.
-Si eso hiciese que te fueras sí, lo
haría encantado. Pero sé que no lograría nada y no estoy seguro si
me permitieras ese lujo-arrugué la nariz intentando poner una
barrera entre ambos con mis brazos, pero eran débiles en comparación
con su fuerza y también porque sabía que podía salir perdiendo.
Noté entonces su aliento cerca de mis
labios y sus imponentes ojos provocando que dejara de forcejear,
llevando mis brazos a quedar sobre sus hombros mientras sus manos
tiraban del elástico de mi ropa interior, deslizándola hacia abajo
y provocando que quedaran en los tobillos. Mis labios buscaron los
suyos, pero me negó algo que al menos no me dañaría en absoluto.
Un beso no era más que el símbolo de la pasión, si bien él me
estaba castigando por mi reacción.
-Eres una perra casquivana que no
permite que te domestique. Al parecer olvidas rápido las lecciones y
quizás deba dejar huella en ti en un lugar como este, con tu cama
donde yaces cada noche con tu mujer y donde rezuma tu felicidad
plástica- su pesada figura me aplastaba contra la pared, provocando
que sintiera el papel pintado que Rowan había elegido, mientras sus
fuertes manos me agarraban de las muñecas para hacerme girar.
Sentí entonces el cierre de su
pantalón en mis nalgas, así como el bulto que estaba generándose
detrás de la bragueta. Quise contener un jadeo pero fue imposible.
Reaccionaba como una puta barata que ya conoce bien su oficio.
Rápidamente tiró de mis brazos, echándolos hacia atrás pegándolo
a la espalda, mientras su mano diestra abría mis piernas e
introducía uno de sus largos dedos. Aquel dedo índice se hundía
buscando mi próstata mientras su aliento caía sobre mi espalda.
-Basta...-murmuré jadeando con los
ojos cerrados y los labios abiertos dejando escapar largos gemidos.
-¿Por qué debería hacerlo?-preguntó
con voz dominante-Eres una mascota así que atiende a tu amo.
-No, no...-gemí agachando mi cabeza y
permitiendo que mis cabellos rubios taparan mi rostro arrobado,
perlado por el sudor ya que empecé a sentir un fuego interno
abrasador y permitiendo de ese modo tapar la vergüenza.
Introdujo entonces dentro de mi recto
un segundo dedo provocando que mis piernas temblaran. Mis rodillas se
aflojaban mientras mis brazos se retorcían. Quería girarme y ver su
rostro, aunque fuera el de un monstruoso ser que me torturaba y
hundía en los infiernos sin salir de mi propia habitación, porque
deseaba desesperadamente que me besara. Mis labios boqueaban aunque
no precisaba de aire cuando mis rodillas cedieron provocando que me
cayera de bruces.
-Mira nada más como te enloquecen mis
dedos, Lestat-murmuró con un tono aún más masculino que me hizo
que gimiera. Miré por encima del hombro viéndolo a él, con su
rostro masculino y aquellos ojos encendidos que me derretían
apagando la llama del odio.
-Mi amo...-logré decir con la voz
quebrada para recibir como respuesta un tercer dedo y una fuerte
carcajada.
-Sí, tu amo-soltó mis brazos para
agarrarme por la cintura, no sin antes arañarme los costados y darme
una buena nalgada.
Mis caderas se movían serpenteando
mientras notaba como el líquido preseminal goteaba. Estaba llegando
al orgasmo con sólo su trato brusco, su aliento y unos dedos que me
hacían llegar al mismo centro del edén, justo bajo el manzano y
saboreando la fruta fresca en mis labios. Sin embargo, lo único que
saboreé fue un fuerte orgasmo nada más sentir un fuerte mordisco en
mi cuello que me hizo caer por completo al suelo. Manché la madera y
salpiqué el papel pintado, así como provoqué que su mano saliera
de mí. No quería su mano fuera de mi orificio y protesté como un
animal salvaje.
-Tranquila putita. Tu amo te dará todo
el placer que desees, pero debes tener paciencia-masculló alejándose
de mí para desnudarse.
Empezó a quitarse primero los gemelos,
dejándolos sobre la cómoda, para luego desanudar su corbata y
desabrochar su chaqueta. Yo me recosté en el suelo con las piernas
inutilizadas, pues temblaba demasiado como para poder moverme. Había
tenido un delicioso orgasmo sin siquiera tocar mi miembro. En aquel
momento no existía Rowan y creo que ni siquiera existía yo. Sólo
existía él, sus caricias y el placer que me regalaba.
-Lame todo lo que has manchado ¿a caso
pretendes que yo lo limpie?-dijo clavando su mirada en mí.
Con dificultad me giré para poder
empezar a lamer la madera. Cada mancha la fui tragando y saboreando
aquellos espesos fluidos, mientras él se desvestía quedando desnudo
con su miembro erecto augurándome una noche llena de dolor y a la
vez de una intensa lujuria. Se aproximó de nuevo a mí tomándome
del mentón, deslizando dos de los dedos de su otra mano contra mis
mejillas y rió al comprobar que estaba perdido. Él había ganado.
No podía resistirme a su trato o el timbre de su voz.
-Tantos años de lucha, Lestat...
tantos...-susurró dejando su rostro próximo al mío-Tantos años
que no te han servido.
Me tomó entonces del brazo y me
incorporó del suelo para hacerme volar hasta la cama. Aquel
movimiento brusco y salvaje era masculino, firme y cruel. Reboté en
la cama y el cabezal se quejó golpeando la pared. Después su
imponente figura cayó sobre la mía mientras extendían sus alas.
Antes me aterraban, pero en ese momento deseaba que me arrancara el
corazón para dejar de sentir el deseo que me generaba. Entonces,
cuando se disponía a ofrecerme lo que parecía un beso, la puerta se
abrió de un sólo golpe. Ninguno de los dos habíamos sentido la
presencia de Nicolas, el cual se apareció con los ojos encendidos en
ira y celos, pues estábamos demasiado ocupados jugando a la presa y
la fiera.
-¡Hijo de puta! ¡Bastardo!-gritó
acercándose a ambos, empujando al asombrado Memnoch para comenzar a
golpearme como si su vida dependiera de ello- ¡Cómo te atreves!
¡Cómo! ¡Me destrozaste la vida! ¡Me rompiste la vida! ¡La
convertiste en miserable! ¡Ahora que he regresado me quieres
arrebatar lo único que me importa! ¡Púdrete!-no podía apartar sus
manos de mí, tan fieras y con unas garras similares a las de un
águila. Nicolas la enterraba en mis hombros y me golpeaba con una
furia similar a la de un Titán.
-¡Detén tu ataque!-gritó agarrándolo
de los hombros y sin sus alas, transformado en un hombre común de
una belleza impresionante, para que éste se apartara.
-¡No!-dijo furioso y la respuesta que
tuvo fue una bofetada.
-No has aprendido nada en absoluto, me
decepcionas-dijo en tono herido, aunque sin dejar ese aire de poder
que le envolvía.
Rápidamente pude observar como la ropa
de Nicolas volaba hecha jirones por la habitación, cayeron algunos
trozos de tela sobre la cama y otros sobre mi propio cuerpo. Además,
también sobre las alfombras y suelo. Me quedé aturdido en la cama
pues al contemplar su cuerpo recordé aquella primera vez, además de
las siguientes noches en la taberna y posteriormente en París. Aquel
cuerpo delgado y marcado por los trabajos físicos que a veces tenía
que desempeñar, pero suavemente definido.
Me aproximé a él colocando una mano
sobre el torso desnudo de Memnoch. El diablo iba a ejercer su castigo
más cruel, quizás arrancarle el corazón, pero yo no lo permitiría.
A pesar de todo aún tenía ciertos sentimientos hacia Nicolas, los
cuales solía guardar en el más profundo silencio y lo encadenaba a
la añoranza castigándome por no haber permanecido a su lado,
protegido su mente y aguardado mejor momento antes de conferirle el
inmortal lazo de mi sangre.
El diablo quedó en silencio,
observando pensativo la escena. Parecía un ángel con el cabello
enmarañado y el rostro perlado por las gotas de sudor. Quizás era
un ángel que llevaba una invisible corona de espinas y que se
apiadaba de aquel desgraciado ser que se retorcía esperando su
final. Sin embargo, no era más que un viejo amante con los ojos
llenos de lágrimas al tener frente a frente al hombre que logró
arrancarle de su gris final en Auvernia y le confirió una luz mágica
llena de esperanza.
Me incliné aún más acercando mi boca
a la suya, para rozarla en un beso de perdón, y él no lo negó. Sus
manos fueron a mi rostro mientras las lágrimas brotaban de sus ojos
tan cristalinas, cálidas y hermosas como las de aquella primera vez.
Dios se había apiadado de mí devolviéndolo, eso pensé, aunque en
realidad fue obra del demonio que en cierta medida se sintió
molesto. Los celos de Memnoch crecieron cuando comprobó que ambos
nos besábamos como lujuriosos amantes mientras él me abrazaba.
-Perdóname-dije cuando pude apartarme.
-Nunca-replicó apartándose para
refugiarse en el nuevo ser al cual veía como su salvador, nuevo amor
y futuro. Se refugió en su propio verdugo y lo miró como jamás me
había mirado a mí- Perdóname-balbuceó.
-¿Qué debo perdonarte? ¿Tu escena de
celos o que te beses como una ramera frente a mí?-el rostro de
Nicolas se ocultó en el torso de Memnoch mientras sollozaba.
Durante aproximadamente un minuto los
tres permanecimos en silencio. Admito que fue doloroso guardar las
palabras que brotaban de mi mente y deseaban con desesperación poder
ser dichas, sobre todo cuando Memnoch lo arrojó a la cama e
introdujo en él su dedo índice y corazón. Su mano izquierda, la
cual estaba libre, me aproximó a él y me abrió las piernas para
realizar la misma acción.
-Os ofrezco un trato-dijo con una
sonrisa cruel que me preocupó y perturbó, aunque comencé a sumirme
en el placer de sentir aquellos dedos que me guiaban al nirvana. O
bueno, eso que llamaban nirvana algunos hipócritas cuando siempre
fue el placer más intenso y bajo. Pues así muchos jóvenes llamaban
a los orgasmos y la droga. Según ellos era nirvana de sensaciones-
Un trato que no rechazaréis. Lestat ¿deseas probar las maravillas
de Nicolas? Ha aprendido mucho en compañía y puede ofrecerte
placeres que nunca hallarás en esa bruja que tanto amas. Es una
auténtica puta, como esas que te gustaba visitar hace algunos años.
Nicolas gemía y comenzaba a sudar. Sus
pezones estaban duros y podía ver como contraía su vientre mientras
su miembro se endurecía. No pude negarme y comencé a besarlo. Él
sólo aceptaba los besos porque así quería el diablo, aunque quiero
creer que también añoraba el sabor de mi boca. Memnoch alejó sus
dedos y yo me introduje en él, pues mi miembro había alcanzado
cierta erección.
Entrar en él fue descubrirme a mí
mismo con escasos veintiún años, en una pensión mugrienta y sobre
unas sábanas usadas. Nicolas me acariciaba el rostro y lo cubría
con sutiles besos, pero en ese momento, lejos de mis ensoñaciones,
él tan sólo me miraba con sus labios abiertos y sus caderas
moviéndose de una forma extremadamente erótica. Sin embargo, no fue
el único que participó en ese momento y pude notar como el miembro
del demonio entraba en mí. Los tobillos de Nicolas acariciaban mis
costados, clavándose en ellos, mientras las manos de Memnoch
pellizcaban mis pezones.
Nos movíamos suavemente, pero de un
momento a otro terminamos desenfrenados. Podía sentir un placer
insaciable pero pleno. El trasero de Nicolas seguía siendo
redondeado, suave y estrecho. Sus manos buscaban poder tocar al
diablo, unas manos que Armand amputó en su momento. Aquel pobre
infeliz había hallado de nuevo la luz en otros infiernos, unos
peores que los míos. Si soy sincero sentí celos.
-Te amo-escuché decir al violinista
del diablo a su auténtico amor, aquel que no era yo- Amo, te amo. Te
amo- lo decía de una forma tan sincera y entregada que me provocó
moverme más rápido arrancándole unos gemidos profundos y
desesperados.
Memnoch rió ante mi reacción, pues
para él era profundamente divertido. Aunque podía sentir que le
desagradaba que ambos nos tocáramos en exceso porque ambos éramos
suyos, sus juguetes o mascotas. Finalmente Nicolas llegó al final,
lo cual provocó que yo también lo hiciera al sentirme
deliciosamente apretado entre las paredes de su entrada. El diablo se
apartó arrojándonos a ambos al suelo y nos ofreció su miembro, el
cual ya estaba manchado, y parecía querer estallar en nuestras
bocas.
-Vais a compartirme mis queridas
perras-agarró a Nicolas por el pelo recogiéndoselo, para luego
introducir su miembro y moverse de forma violenta.
Con la mano que tenía libre me agarró
de la nuca y me hizo posicionarme cerca de sus testículos. No tuvo
que decir nada, pues ya intuí que quería que los chupara. Ambos nos
comportábamos como auténticas putas parisinas y él parecía
completamente seducido por la idea. Sin embargo, cuando menos lo
esperaba echó su cabeza hacia atrás y llenó la boca de esperma a
Nicolas.
-No lo tragues y comparte, he
dicho-dijo tomándonos a ambos del pelo para ponernos frente a
frente.
Besé entonces a mi antiguo amante y él
lo hizo conmigo, pero justo cuando nos emocionábamos compartiendo la
esencia del demonio este nos apartó y volvió a ofrecernos su sexo.
Esta vez quería que lo limpiáramos antes de desaparecer.
Nicolas me miró confuso y después me
ofreció su peor mirada. Me observó como si fuera insignificante y
que aquella tregua no duraría. Efectivamente, nada más poder
incorporarse del suelo, ya que le temblaban las piernas, me abofeteó
y pateó antes de marcharse jurando venganza. Yo quedé en el suelo
recordando cada momento y aceptando aquellos golpes, pues me sentía
culpable por toda la serie de desgracias que él había padecido.
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