Bonsoir
Este es el primer fanfic del año 2014 ¡Feliz año nuevo! Mañana subiré uno sobre la fiesta que se celebrará con un pequeño concierto. Hay fiestas de noche vieja y también de año nuevo.
El fic trata del encuentro entre Armand y Memnoch. Disfruten y tengan la consideración de comentar. He tenido que dejar mi fiesta para venir aquí, a publicar, algo que han hecho nuestros compañeros.
Lestat de Lioncourt
Llévame a tus infiernos.
Había decidido salir del calor del
hogar, allá donde la chimenea estaba encendida y el árbol aún
estaba cargado de luces parpadeantes y hermosas bolas de plástico de
colores llamativos. Se podía percibir cierto olor a pino y leña
chamuscándose, pero también el dulce aroma de la mujer que tanto
amaba, de mi adorable Sybelle. Ella entonaba alegres canciones con el
piano en aquel momento, Benji veía un entretenido documental sobre
la vida moderna y su escasa comunicación física, Santino se había
marchado algunas horas pero sus ratas aún recorrían ciertos
rincones buscando calor en una noche fría y los sirvientes se habían
marchado hacía horas a sus distintos apartamentos.
New Orleans estaba cubierta de
celebración, grandes risotadas y cierta esperanza que ahondaba
incluso en el corazón de los más pesimistas. Si soy sincero incluso
yo, un ser que había vivido tantos finales de año, sentía cierta
emoción por escuchar las campanadas, matasuegras y distintas
canciones entonando al unísono por ebrios que sin sentir el frío, o
el cansancio, empezarían a llenar las distintas calles.
La fiesta anual había comenzado con
gran estruendo y olor a pólvora en el aire, se podía escuchar el
murmullo seco de cientos de botellas de champán, brindis y aplausos
despidiendo el año. Sí, un año más para mi larga lista. Mis ojos
pardos habían visto un incesante baile de cifras y me preguntaba
cuándo empezó realmente a ser tan divertido decir adiós, sin
embargo era habitual en el ser humano dejar claro que había vivido
un año más y lo había sobrellevado con sus perdidas y ganancias.
No era una fiesta especial para un ser como yo, aunque comencé a
dejarme embriagar por la nostalgia.
Acomodé bien mi chaqueta de paño
negra, así como mi larga bufanda en color cían, y guardé
rápidamente mis manos enguatadas en los bolsillos. Tenía aspecto de
chiquillo perdido. Mi escasa estatura provocaba que muchos me
confundieran con un niño, sobre todo por mis ojos grandes y mis
cabellos revueltos bajo un gorro de idéntico color a la bufanda. Más
de un mortal se había aproximado y preguntado si sabía como llegar
a casa. Sus nobles corazones a veces se veían expuestos a un
engendro que sólo sabía saciar su apetito voraz.
La algarabía estaba en cualquier punto
de la ciudad, incluso en la calle Bourbon donde rápidamente me
deshice de ciertas miradas huyendo por unas calles aledañas. Allí
todo era algo más calmado, aún más cuando terminé en una pequeña
plaza dejando que la noche me aguardara. Quería ver los fuegos
artificiales, pero no deseaba estar en compañía alguna más allá
que mis propios sentimientos. Aún tenía en mente aquel sueño en el
cual Marius aparecía de nuevo en mi vida, sin yo tener que llamarlo
completamente desesperado y sin necesidad de sentir sus manos
torturándome mientras me mentía. No, no había tenido que soportar
algo así en aquel dulce y merecido sueño. Cerré los ojos alzando
el rostro y dejé que un par de lágrimas bordearan mis mejillas y
llegaran a mis labios.
-Feliz año nuevo-una voz masculina
rompió el encantador silencio que existía a mi alrededor. Ni
siquiera había escuchado pasos o sentido su vibrante, poderosa y
pesada energía-Armand-añadió mi nombre provocando que los vellos
de mi nuca se erizaran.
Jamás había escuchado aquella voz,
pero sabía que no era un ser humano común. Me giré deseando ver a
mi interlocutor, pero allí no había nadie. Sólo se hallaba una
farola que tintineaba y la maleza que brotaba entre las baldosas de
aquella plazuela. Supuse que había sido mi imaginación, aunque
jamás había poseído una con tan detallada y perturbadora, no
obstante mi sorpresa fue mayúscula al girar nuevamente mi cuerpo y
encontrarme frente a mí a un hombre cuyos rasgos me provocaron
fascinación.
Vestía un implacable gabán que cubría
parcialmente un traje de sastre, posiblemente hecho a medida, en el
mismo tono negro que el abrigo. Poseía una corbata negra, bien
anudada entorno a su cuello masculino aunque esbelto, y una camisa
blanca que parecía ser de algodón. Llevaba además una bufanda que
caía a ambos lados de su cuerpo sobre sus anchos hombros, aunque
también estaba su cabello, un rubio deslumbrante, que rozaba sus
mejillas y hombros enmarcando su rostro masculino aunque con algunos
rasgos de mujer. Tenía una boca apetecible, la cual poseía una
sonrisa pícara, acompañada de unos ojos azules penetrantes que
cautivaría a Dios mismo. No me fijé demasiado en sus zapatos, pero
juraría que eran mocasines recién cepillados. Sin duda alguna,
porque no debía existir debido a su elegancia, era uno de los seres
más fascinantes que jamás había tenido oportunidad de contemplar
de cerca.
-¿Me conoce?-pregunté con desbordada
curiosidad mientras mis ojos almendrados recorrían sigilosamente su
figura.
-Mejor de lo que crees-respondió con
una ligera y cálida sonrisa que me pareció encantadora, aunque
sabía que tras las sonrisas más hermosas podía ocultarse el
infierno.
-¿Quién le habló de mí?-ni siquiera
había movido mi cuerpo, pues seguía sentado en un banco esperando
que él hablara. El frío estaba calando mis huesos y empezaba a
sentir que no era la mejor idea quedarse allí.
-Sé quien eres prácticamente desde tu
nacimiento-confesó provocando que apretara la mandíbula sintiendo
que podía ser una broma pesada- Mi nombre es Memnoch.
-Memnoch-balbuceé con sorpresa
provocando que me incorporara de inmediato-¡El diablo!
-Prefiero Memnoch-susurró dejando
escapar una risotada breve.
-¿Qué desea el demonio de mí? ¿A
caso no se divierte persiguiendo a un rubio maleducado, egocéntrico
e inútil que pone a todos en peligro en cuanto decide que desea
emprender una nueva aventura?-estaba describiendo a Lestat con una
certeza increíble.
-Cuanto resentimiento-habló con un
tono seductor que lograba doblegarme.
Las voces extremadamente masculinas me
enloquecían hasta tal punto que sentía como la excitación navegaba
por mis venas, circulaba por todo mi cuerpo y explotaba en mis
mejillas que rápidamente se enrojecieron gracias a la sangre de mis
víctimas. Él dio un par de pasos hacia mí y yo terminé
levantándome para estirar mi mano hacia él, un gesto caballeroso
con el cual deseaba establecer si no era únicamente parte de una
ilusión.
Tomó mi mano derecha, la cual se
alargaba con timidez y fascinación hacia aquel ser que parecía tan
vulgar, aunque hermoso, como lo era yo mismo. La punta de mis dedos
llegó al centro del dorso de su mano, debido al insignificante
tamaño que poseía la mía, mientras que él la cubría por
completo. La zurda cayó pesadamente, aunque se movió con gracia y
rapidez, sobre mi hombro diestro y pude apreciar como se inclinaba
hacia mí. Sus cabellos se movieron con una suave brisa que me
transportó su aroma, la cual era de un penetrante perfume con
ciertos aromas asociados reiteradamente al infierno, y pude ver como
su rostro se aproximaba al mío. Por instinto cerré los ojos
permitiendo que su boca rozara la mía. Sentí entonces un hormigueo
que se extendió a cada trozo de mi ser, el cual se agitó, mientras
con timidez abría ambos para dar paso a su lengua. Percibí como la
mano de mi hombro recorría el corto espacio de este hacia mi nuca.
Sin duda alguna era su nueva presa. Nuestras manos se soltaron
mientras subía mis brazos hacia sus hombros y mis pies se colocaban
de puntillas, igual que una bailarina dispuesta a ejercer su mejor
papel, mientras su derecha viajaba por mi espalda hasta mis nalgas,
deteniéndose en ellas subiendo mi abrigo para acariciarlas y apretar
con su dedo corazón entre mis glúteos.
-Esta noche pintaré tu cuerpo con las
caricias del infierno, querubín-logré escuchar mientras un largo
jadeo se escapaba de mis enrojecidos labios- Te convertiré en un
ángel caído en una jaula de pecaminoso placer.
-Si deseas llevarme a los infiernos
hazlo, pero no te detengas-respondí aún con los ojos cerrados,
aunque empecé a dejar que mis párpados se movieran y finalmente lo
observara con una cargada de una desenfrenada lujuria.
Sentí como el suelo se movía bajo
nuestros pies, todo giraba a nuestro alrededor transformando la plaza
en un torbellino que agitó mis cabellos e hizo que se perdiera mi
gorro de lana. Cuando logré mirar a nuestro alrededor nos
encontrábamos en una habitación de papel pintado negro, con algunos
cuadros sugerentes y una enorme cama concebida para el placer, pecado
y perdición en la pereza. Se veía mullida, agradable, con las ropas
blancas perfectamente colocadas y abiertas para poder ser usada.
Había algunas alfombras grises y también un hermoso diván del
mismo color con la madera pintada en pan de oro, como el resto de
muebles.
Con esmero comenzó a desnudarme
mientras le ofrecía mis labios llevando mis manos a ambos brazos,
los cuales rodeaban parcialmente mi cuerpo. Mi ropa caía a mis pies
y estos a su vez, con desesperación, logré dejarlos desnudos.
Cuando estuve desnudo sentí sus pulgares apretando mis pezones, con
sus manos bajo mis axilas, y su mirada llena de una terrible
fascinación.
Mi cuerpo era delgado, pequeño y de
piel blanquecina. Parecía una muñeca de porcelana antigua con
aquellos tirabuzones rojizos cayendo a ambos lados de mi rostro,
aunque estaban algo enmarañados debido al viento, mi piel tenía
pecas pero eso realzaba mi atractivo. Mis ojos eran café y
avellanados de forma ciertamente algo almendrados. La boca era
pequeña aunque jugosa, con labios simétricos y lengua deseosa de
sentir cuan sensible era el miembro de un demonio.
Sin esperar órdenes me arrodillé
frente a él oliendo su bragueta, lamiendo sobre la tela y buscando
con mis dientes la cremallera que logré bajar con facilidad. Con mis
colmillos rompí el botón del cierre e hice que cayera sus
pantalones hasta sus tobillos. Mi lengua de nuevo fue protagonista
porque dejé sendas lamidas sobre su ropa interior en color negro,
como su ropa. Mordí la zona donde debían estar sus testículos y
después hice lo mismo con el glande, para después viajar hasta el
borde de su ropa interior y tirar de ella hacia abajo. No usaba mis
manos porque deseaba desvelarle una de las habilidades que excitaba a
Marius, el cual posiblemente se encontraba solo en su palazzo. Todo
aquello lo hacía mirándole a los ojos esperando una reacción, la
cual fue sin duda una sonrisa cómplice instándome a seguir.
Al contemplar finalmente su miembro, ya
que el estrecho calzoncillo cedió, decidí besar la punta para luego
morderla y comenzar a succionar. Lengueteaba mientras movía mi
cabeza suavemente, sus manos fueron a mis cabellos apartándolos para
ver bien mi labor y finalmente me agarró de ambos pómulos y me
doblegó. Sin embargo, para mí aquello era excitante. Aquellas manos
que parecían agradables al tacto rápidamente parecían más
ásperas. Sus gruñidos eran los de una bestia. No, no podían
considerarse humanos y tampoco el sabor de su miembro era el
habitual. Podía saborear aquella sensible piel paladeándola. Ningún
otro hombre tenía un porte como el suyo, ni siquiera Marius, y un
sabor tan adictivo.
Mi sexo estaba erecto, pero ambos
estábamos centrados únicamente en el suyo. Sus dedos se enredaban
en mi pelo cuando las despegaba de mis pómulos, las guiaba hasta mi
nuca y hundía por completo su miembro entre mis labios desencajando
mi mandíbula y provocando que cayera un pequeño hilo de saliva por
la comisura de mis labios. Mis ojos estaban bien abiertos y mis
labios apretaban con deseo, así que cuando la retiró tuve el
instinto de seguir sintiéndola en mi boca. Él no me detuvo en un
primer momento y permitió un par de lamidas, besos y mordidas en sus
testículos para luego ver como me arrojaba en el suelo con las
piernas abiertas esperando recibirlo.
Moví suavemente mis caderas como si
estuviera poseído por un ente maligno, mis brazos se despegaron de
mis costados para que mis manos jugaran con mi larga melena
pelirroja, mis piernas estaban inclinadas y mi vientre tenía un
vaivén que lo hipnotizaba. Reí cuando descubrí que le gustaba
aquel cuerpo pequeño y frágil en apariencia. Estiré mi pierna
derecha alcanzando su miembro erecto, acariciándolo así con mi pie,
y le siguió la izquierda. Ambos masturbaban su húmeda erección.
Abrí mis labios en forma de o y lo miré rogándole que me penetrara
fuerte y violento. Él pareció aceptar la invitación abriéndome en
uve las piernas, sosteniéndome los tobillos con sus grandes manos,
para rápidamente penetrarme sin siquiera haber atendido a un mínimo
de estimulación. No iba a romperme ni a llorar, pues era algo a lo
que estaba acostumbrado, sino que dejé escapar un largo gemido que
fue secundado por otros igual de largos y elevados. Mis pezones
estaban duros y él no tardó en saborearlos succionándolos
afanosamente. Mis manos fueron a sus cabellos peinándolos para dejar
que la punta de mis dedos pequeños y finos, sobre todo finos,
acariciaran sus omóplatos y la cruz de su espalda.
Podía escuchar el ritmo de su sangre
recorrer sus venas, unas venas con un delicioso manjar que deseaba
ver brotar por mero instinto, el olor a su sudor golpeaba mi nariz
sin desagradarme mientras su miembro golpeaba con saña mi próstata.
Podía notar cada una de las venas que estrangulaban su miembro tan
duro como una piedra, el cual laceraba mis entrañas y provocaba que
gimiera como cualquier puta barata. También percibía al fricción
de mi espalda contra el suelo de mármol negro, mis uñas arañando y
enterrándose en él, mi propio sudor y mis colmillos clavarse
suavemente en mi labio inferior.
Aquello era el paraíso en mitad de los
infiernos, o tal vez sólo una puerta más al horror. Fuese como
fuese yo estaba allí llenando la habitación de gemidos, suspiros,
gritos de tortuoso placer y moviendo las caderas completamente
enfervorecido. Entonces lo supe. Estaba a punto de llegar al orgasmo
manchando su vientre y nada más lograrlo él se escapó, sin embargo
los dedos de mis pies se habían cerrado y mis ojos se volvieron
dejando que tan sólo se viese la parte blancuzca del globo ocular.
Él se apartó sin haber llegado al
orgasmo, pero con su miembro duro y con deseo en el borde de sus
pupilas. Me incorporé lamiendo su vientre manchado por mi esperma,
para luego limpiarme a mí mismo chupeteando mis dedos con ansiedad.
Entonces, sin previo aviso, me tomó del pelo tirando de mí hacia
unas argollas, las cuales aún no había visto.
-¿Qué me harás?-pregunté con
curiosidad antes de ver las tiras de cuero, aunque supongo que era
otro material resiste cuyo origen sería desconocido para la
humanidad, en mis muñecas para luego quedar de cara a la pared.
Rápidamente supe que iba a pasar allí,
sobre todo cuando llevó sus manos a mis pezones y los retorció
logrando que gimiera. No iba a gritar cuando sentía aquello como si
fuera un canto celestial. Mis piernas también se vieron pegadas a la
pared y abiertas. Sus manos acariciaron mis costados y los arañó
hasta llegar a mis caderas. Durante unos segundos, muy angustiosos,
dejé de sentirlo para de improvisto notar como un látigo de siete
colas empezaba a golpear mis nalgas. Empecé a gemir mientras de cada
corte brotaban gotitas de sangre y se cerraba nuevamente. El látigo
lo pasó también entre mis piernas, acariciando mis testículos y el
interior de mis muslos.
Aquello era tan sumamente excitante y
delirante que tensaba mis brazos y movía suavemente mis caderas. Se
pegó a mí mordiendo mi cuerpo, inclusive dejando durante algunos
segundos su marca. Era como si quisiera que todo el infierno supiera
que yo había sido parte de su harem. Para mí el sexo podía ser
agotador y cruel, pero siempre magnífico. Los azotes prosiguieron
después de varios minutos y lo hicieron con mayor rapidez. De mis
labios seguían botando gemidos y él reía con entusiasmo. Estaba
seguro que ni siquiera Nicolas tenía ese punto sádico que parecía
brotar de mí con tanta facilidad.
Allí colgado, como si fuera una obra
de arte de algún pintor olvidado, entró en mí soltando antes mis
piernas, dejando que estas se pudieran cerrar para aprisionarlo
mejor. Él jadeaba pegado a mi oído, susurrándome cuanta perversión
era capaz de recordar y yo simplemente sonreía mirándolo por encima
del hombro. Sus labios rozaban mi oreja derecha y su lóbulo, así
como su aliento cubría parte de mi mejilla y cuello.
-Zorra-murmuró-Con zorras como tú el
infierno es tan divertido.
Aquello sólo encendió la llama que ya
estaba brotando. Mis caderas se movieron y él tuvo que agarrarme de
la cintura clavando sus uñas, enterrándolas hasta anclarse bien,
para poder dominar mi ritmo y elevarlo. Mi glande, y todo mi sexo en
realidad, rozaba la pared oscura de la habitación. Mis pezones hacía
rato que se frotaban enérgicamente del mismo modo que mis labios no
podían cerrarse. En cierto momento quedó enterrado en mí,
vaciándose, e hizo reacción en cadena. No tuve más remedio que
llegar notando como su espeso, cálido y pegajoso esperma llenaba mi
ano.
Al retirarse pude notar como caían sus
fluidos por mis muslos, dejando un camino de lujuria bastante claro,
sin embargo ni él ni yo estábamos satisfechos. Las cuerdas
desaparecieron y mi cuerpo cayó, pero no rebotó en el suelo sino en
sus brazos que se extendieron para recogerme. Nuestras miradas se
cruzaron y no tuve miedo alguno. Mi boca se fundió con la suya en un
beso cargado de deseo y placer. Mi lengua se enredó en la suya
mientras mis brazos, adoloridos por estar soportando mi peso y
ciertos movimientos bruscos, lo rodearon por el cuello.
-Condúceme al infierno porque ansío
sentir su fuego abrasando mi alma, torturando mi cuerpo y
ofreciéndome el placer de la carne-a penas podía hablar más allá
de balbuceos entre jadeos, pero tomé fuerzas para decirle aquello
una vez separados de aquel oportuno beso.
Él se echó a reír quizás jactándose
por sus artes y su belleza, lo cual me torturaba. Yo creía en Dios,
deseaba ser parte de su rebaño, y añoraba el momento en el cual
pintaba imágenes del Corazón de Jesús. Sin embargo, él me
arrastraba al bucle infinito de las sectas, el pecado de la carne y
su placer. Giró sobre sí mismo mientras reía y me tiró a la cama
permitiendo que mi cuerpo cayera de forma erótica.
Mis brazos quedaron sobre la almohada,
mis piernas levemente inclinadas hacia el lado izquierdo y el cuerpo
tenía una leve inclinación hacia la derecha. Parecía la
representación de un ángel imitando a su salvador. Él quedó
contemplándome mientras encendía una vela. Mordí mi labio inferior
mientras jugaba a enredar mis bucles rojizos entre mis dedos. Sonreía
en mis fueros internos comprendiendo que aquella noche sería
inolvidable y que debía disfrutarla con cada roce, penetración,
mordisco, lamida o murmullo.
Se aproximó hasta mí comenzando a
derramar la cera que se había derretido, la cual salpicó mi vientre
y torso, mientras mis dedos seguían jugando con mis cabellos y mi
cabeza empezaba a negar. Levanté mis caderas y las moví abriendo
mis piernas, dejando que se viera aún la marca visible de la huella
del placer de ese demonio, el mismo que me estaba torturando.
Después, me aproximó la llama de la vela al rostro y soplé como si
pidiera un deseo de cumpleaños. Mi mayor deseo era sin duda quedar
satisfecho de aquel encuentro, sin importarme nada.
Tiró la vela al suelo y después me
agarró de los tobillos tirando de mí mientras se sentaba. Sin mucho
cuidado dejó mi torso sobre sus muslos y comenzó a dejarme azotadas
fuertes en las nalgas, para después sin importarle lo más mínimo
sacó su esperma, o mejor dicho los restos que aún quedaban, para
hundir esos mismos dedos en mi boca. No dudé en succionar. No tenía
porque dudar. Una nueva erección, debido al sabor y sus malas artes
al jugar con el dolor corporal algo que me fascinaba, apareció para
mí y pude notar que él también lo estaba.
-Hablan de pactos...-balbuceé jadeando
aún con su sabor en mis labios- Dame cinco minutos sobre ti, sólo
eso. Después admito cualquier tortura.
Se detuvo como respuesta y de aquel
modo, sentado en el borde de aquella cama, me encaramé sobre él
rodeándolo con mis piernas para penetrarme a mí mismo. Su miembro
era ancho, de gran tamaño y sobre todo tenía una forma perfecta que
se adaptaba a mi próstata. Su rostro se hundió en mi torso y mordió
mis pezones hasta casi arrancarlos. Y yo, lejos de detener aquellos
mordiscos, pegué su rostro a mi cuerpo mientras movía con ritmo
rápido mis caderas botando sobre él. Si bien, fueron cinco minutos
y nada más sentir que yo llegaba él salió dejando que mi miembro
eyaculara libremente, alcanzando otra vez más el edén prometido,
mientras me tiraba al suelo y me giraba.
Una vez en el suelo, sintiendo como mi
rostro quedaba pegado al mármol de la habitación, pude escuchar los
roncos gemidos de su garganta auspiciando una nueva corrida. Él
llegaba, de nuevo, a otro orgasmo y ésta vez decidió arrojar su
esperma sobre mi espalda. Si bien, eso no lo detuvo y me giró para
que hiciera la mejor de mis labores.
Yo gemía ahogado con aquel miembro
entre mis labios y él me miraba como un auténtico bastardo sin
sentimientos, cosa que aún me excitaba aún más. Memnoch me
agarraba del cráneo como si fuera a romperlo con sus grandes manos,
concentrándose en mantener mi cabeza quieta, mientras su caderas le
ayudaban a bombear un ritmo insoportable para cualquier mortal.
Después, sin cuidado, como solía hacer, volvió a penetrarme pero
ésta vez de lado. Mi pierna derecha se alzó dejando el talón
apoyado contra el hombro izquierdo, mi entrada quedó a la vista y él
decidió hundirse en ella. Mis palabras de placer cada vez eran más
elevadas y él parecía regocijarse. El ritmo era una auténtica
tortura, sobre todo cuando paró y decidió liberar su esencia en mi
rostro. Por supuesto con eso logró que yo también llegara. Mis
piernas flaqueaban y casi no podía moverme.
Mis ojos se cerraron pesadamente hasta
casi la ensoñación. Cuando desperté lo hice con la cálida manta
que Santino me arrojaba. Estaba en el jardín de la pequeña casa que
había adquirido. No sabía como había llegado allí, pero era cosa
del demonio. Él no hizo preguntas y agradecí que no las hiciera,
pues prefería guardar el secreto que quizás escandalizaría a todos
en aquel hogar. Me tomó entre sus brazos y me llevó a mi
dormitorio, después le pedí que me diera privacidad.
Arrojado en mi lecho de mullidos
cojines y confortable colchón deslicé mis manos por mi torso,
llevándolas hasta mis muslos para a continuación hundir mi dedo
corazón e índice. Comencé a gemir recordando aquellos ojos
dominantes, su voz y el sabor de su miembro. Sin duda seguía amando
a Marius y Santino, a ambos a mi modo, pero aquel demonio me había
ofrecido una maravillosa despedida de fin de año.
1 comentario:
El paraíso en letras, para mi esto es el paraíso en letras. Podría leerlo noche tras noche, día tras día y no me cansaría en lo absoluto de ello. La manera tan descriptiva del relato es maravillosa y asombrosa; mi favorito. Entre todos, elegiría este porque es cortante y fuerte la manera en que dos personajes tan "explosivos", por asi decirlo, tienen este encuentro. Una obra maestra ver como Armand y Memnoch se juntan de esta manera ya que de alguna forma lograste juntar esos cables pequeños con diferentes eslabones haciendo una sola situación increíble. Si pudiera describir este relato lo haría con palabras como 'explosivo', 'único' y 'bárbaro'. No hay nada sin igual y eso me agrada, por lo cual odie leer la ultima oración. Supongo que algunas personas odian cuando algo se acaba.
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