Bonsoir
La última noche del año la empieza Nicolas con un poema para Memnoch.
Lestat de Lioncourt
Caminaba desesperado por la habitación,
igual que una fiera indomable. Después del último encuentro había
renovado su ira y el odio le calcinaba como si fuera un fuego
imposible de controlar. Sus ojos se habían hundido en la
desesperación y finalmente alzado entre los escombros de la agonía.
Nicolas estaba seguro que recurriría a la venganza, pues así la
ansiaba. Sin embargo, tomó un tintero y una pluma para comenzar a
escribir en una de las pulcras paredes de su apartamento.
No estaba solo. Desde hacía algunos
minutos alguien le acechaba en medio de la penumbra. Los ojos de
aquel monstruo frío y cruel que le provocaba tal ansiedad, deseo
irrefrenable y celos. Unos celos que jamás había sentido. Por él
le arrancaría esos ojos para que no pudiera ver a otro como le
miraba, pero ese ser era mucho más poderoso y peligroso. Memnoch
sonreía complacido por los pensamientos de aquel atormentado
violinista. Entonces, antes de mover siquiera un músculo, Nicolas
comenzó a tocar el violín mientras recitaba el poema que había
escrito para él.
Desgarraré mi alma junto a la tuya,
te haré beber el elixir del pecado
y sentirás que el cielo te fue
concedido.
Ven, acompáñame a contemplar esta
luna.
En medio de la penetrante oscuridad
te mostraré la maldición de este
mundo
donde tú y yo somos almas atadas
a un ramillete de estúpida curiosidad.
La música ya está sonando, escucha.
Aprenderás a sentir con el alma
y dejarás que ésta divague
entre trozos de fría escarcha.
Beberás la sangre de la inmortalidad
y caerás a los pies de la locura
y antes de poder encontrar la cura
notarás que ya no posees humanidad.
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