Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 1 de enero de 2014

Llévame a tus infiernos

Bonsoir

Este es el primer fanfic del año 2014 ¡Feliz año nuevo! Mañana subiré uno sobre la fiesta que se celebrará con un pequeño concierto. Hay fiestas de noche vieja y también de año nuevo. 

El fic trata del encuentro entre Armand y Memnoch. Disfruten y tengan la consideración de comentar. He tenido que dejar mi fiesta para venir aquí, a publicar, algo que han hecho nuestros compañeros. 

Lestat de Lioncourt

Llévame a tus infiernos.


Había decidido salir del calor del hogar, allá donde la chimenea estaba encendida y el árbol aún estaba cargado de luces parpadeantes y hermosas bolas de plástico de colores llamativos. Se podía percibir cierto olor a pino y leña chamuscándose, pero también el dulce aroma de la mujer que tanto amaba, de mi adorable Sybelle. Ella entonaba alegres canciones con el piano en aquel momento, Benji veía un entretenido documental sobre la vida moderna y su escasa comunicación física, Santino se había marchado algunas horas pero sus ratas aún recorrían ciertos rincones buscando calor en una noche fría y los sirvientes se habían marchado hacía horas a sus distintos apartamentos.

New Orleans estaba cubierta de celebración, grandes risotadas y cierta esperanza que ahondaba incluso en el corazón de los más pesimistas. Si soy sincero incluso yo, un ser que había vivido tantos finales de año, sentía cierta emoción por escuchar las campanadas, matasuegras y distintas canciones entonando al unísono por ebrios que sin sentir el frío, o el cansancio, empezarían a llenar las distintas calles.

La fiesta anual había comenzado con gran estruendo y olor a pólvora en el aire, se podía escuchar el murmullo seco de cientos de botellas de champán, brindis y aplausos despidiendo el año. Sí, un año más para mi larga lista. Mis ojos pardos habían visto un incesante baile de cifras y me preguntaba cuándo empezó realmente a ser tan divertido decir adiós, sin embargo era habitual en el ser humano dejar claro que había vivido un año más y lo había sobrellevado con sus perdidas y ganancias. No era una fiesta especial para un ser como yo, aunque comencé a dejarme embriagar por la nostalgia.

Acomodé bien mi chaqueta de paño negra, así como mi larga bufanda en color cían, y guardé rápidamente mis manos enguatadas en los bolsillos. Tenía aspecto de chiquillo perdido. Mi escasa estatura provocaba que muchos me confundieran con un niño, sobre todo por mis ojos grandes y mis cabellos revueltos bajo un gorro de idéntico color a la bufanda. Más de un mortal se había aproximado y preguntado si sabía como llegar a casa. Sus nobles corazones a veces se veían expuestos a un engendro que sólo sabía saciar su apetito voraz.

La algarabía estaba en cualquier punto de la ciudad, incluso en la calle Bourbon donde rápidamente me deshice de ciertas miradas huyendo por unas calles aledañas. Allí todo era algo más calmado, aún más cuando terminé en una pequeña plaza dejando que la noche me aguardara. Quería ver los fuegos artificiales, pero no deseaba estar en compañía alguna más allá que mis propios sentimientos. Aún tenía en mente aquel sueño en el cual Marius aparecía de nuevo en mi vida, sin yo tener que llamarlo completamente desesperado y sin necesidad de sentir sus manos torturándome mientras me mentía. No, no había tenido que soportar algo así en aquel dulce y merecido sueño. Cerré los ojos alzando el rostro y dejé que un par de lágrimas bordearan mis mejillas y llegaran a mis labios.

-Feliz año nuevo-una voz masculina rompió el encantador silencio que existía a mi alrededor. Ni siquiera había escuchado pasos o sentido su vibrante, poderosa y pesada energía-Armand-añadió mi nombre provocando que los vellos de mi nuca se erizaran.

Jamás había escuchado aquella voz, pero sabía que no era un ser humano común. Me giré deseando ver a mi interlocutor, pero allí no había nadie. Sólo se hallaba una farola que tintineaba y la maleza que brotaba entre las baldosas de aquella plazuela. Supuse que había sido mi imaginación, aunque jamás había poseído una con tan detallada y perturbadora, no obstante mi sorpresa fue mayúscula al girar nuevamente mi cuerpo y encontrarme frente a mí a un hombre cuyos rasgos me provocaron fascinación.

Vestía un implacable gabán que cubría parcialmente un traje de sastre, posiblemente hecho a medida, en el mismo tono negro que el abrigo. Poseía una corbata negra, bien anudada entorno a su cuello masculino aunque esbelto, y una camisa blanca que parecía ser de algodón. Llevaba además una bufanda que caía a ambos lados de su cuerpo sobre sus anchos hombros, aunque también estaba su cabello, un rubio deslumbrante, que rozaba sus mejillas y hombros enmarcando su rostro masculino aunque con algunos rasgos de mujer. Tenía una boca apetecible, la cual poseía una sonrisa pícara, acompañada de unos ojos azules penetrantes que cautivaría a Dios mismo. No me fijé demasiado en sus zapatos, pero juraría que eran mocasines recién cepillados. Sin duda alguna, porque no debía existir debido a su elegancia, era uno de los seres más fascinantes que jamás había tenido oportunidad de contemplar de cerca.

-¿Me conoce?-pregunté con desbordada curiosidad mientras mis ojos almendrados recorrían sigilosamente su figura.

-Mejor de lo que crees-respondió con una ligera y cálida sonrisa que me pareció encantadora, aunque sabía que tras las sonrisas más hermosas podía ocultarse el infierno.

-¿Quién le habló de mí?-ni siquiera había movido mi cuerpo, pues seguía sentado en un banco esperando que él hablara. El frío estaba calando mis huesos y empezaba a sentir que no era la mejor idea quedarse allí.

-Sé quien eres prácticamente desde tu nacimiento-confesó provocando que apretara la mandíbula sintiendo que podía ser una broma pesada- Mi nombre es Memnoch.

-Memnoch-balbuceé con sorpresa provocando que me incorporara de inmediato-¡El diablo!

-Prefiero Memnoch-susurró dejando escapar una risotada breve.

-¿Qué desea el demonio de mí? ¿A caso no se divierte persiguiendo a un rubio maleducado, egocéntrico e inútil que pone a todos en peligro en cuanto decide que desea emprender una nueva aventura?-estaba describiendo a Lestat con una certeza increíble.

-Cuanto resentimiento-habló con un tono seductor que lograba doblegarme.

Las voces extremadamente masculinas me enloquecían hasta tal punto que sentía como la excitación navegaba por mis venas, circulaba por todo mi cuerpo y explotaba en mis mejillas que rápidamente se enrojecieron gracias a la sangre de mis víctimas. Él dio un par de pasos hacia mí y yo terminé levantándome para estirar mi mano hacia él, un gesto caballeroso con el cual deseaba establecer si no era únicamente parte de una ilusión.

Tomó mi mano derecha, la cual se alargaba con timidez y fascinación hacia aquel ser que parecía tan vulgar, aunque hermoso, como lo era yo mismo. La punta de mis dedos llegó al centro del dorso de su mano, debido al insignificante tamaño que poseía la mía, mientras que él la cubría por completo. La zurda cayó pesadamente, aunque se movió con gracia y rapidez, sobre mi hombro diestro y pude apreciar como se inclinaba hacia mí. Sus cabellos se movieron con una suave brisa que me transportó su aroma, la cual era de un penetrante perfume con ciertos aromas asociados reiteradamente al infierno, y pude ver como su rostro se aproximaba al mío. Por instinto cerré los ojos permitiendo que su boca rozara la mía. Sentí entonces un hormigueo que se extendió a cada trozo de mi ser, el cual se agitó, mientras con timidez abría ambos para dar paso a su lengua. Percibí como la mano de mi hombro recorría el corto espacio de este hacia mi nuca. Sin duda alguna era su nueva presa. Nuestras manos se soltaron mientras subía mis brazos hacia sus hombros y mis pies se colocaban de puntillas, igual que una bailarina dispuesta a ejercer su mejor papel, mientras su derecha viajaba por mi espalda hasta mis nalgas, deteniéndose en ellas subiendo mi abrigo para acariciarlas y apretar con su dedo corazón entre mis glúteos.

-Esta noche pintaré tu cuerpo con las caricias del infierno, querubín-logré escuchar mientras un largo jadeo se escapaba de mis enrojecidos labios- Te convertiré en un ángel caído en una jaula de pecaminoso placer.

-Si deseas llevarme a los infiernos hazlo, pero no te detengas-respondí aún con los ojos cerrados, aunque empecé a dejar que mis párpados se movieran y finalmente lo observara con una cargada de una desenfrenada lujuria.

Sentí como el suelo se movía bajo nuestros pies, todo giraba a nuestro alrededor transformando la plaza en un torbellino que agitó mis cabellos e hizo que se perdiera mi gorro de lana. Cuando logré mirar a nuestro alrededor nos encontrábamos en una habitación de papel pintado negro, con algunos cuadros sugerentes y una enorme cama concebida para el placer, pecado y perdición en la pereza. Se veía mullida, agradable, con las ropas blancas perfectamente colocadas y abiertas para poder ser usada. Había algunas alfombras grises y también un hermoso diván del mismo color con la madera pintada en pan de oro, como el resto de muebles.

Con esmero comenzó a desnudarme mientras le ofrecía mis labios llevando mis manos a ambos brazos, los cuales rodeaban parcialmente mi cuerpo. Mi ropa caía a mis pies y estos a su vez, con desesperación, logré dejarlos desnudos. Cuando estuve desnudo sentí sus pulgares apretando mis pezones, con sus manos bajo mis axilas, y su mirada llena de una terrible fascinación.

Mi cuerpo era delgado, pequeño y de piel blanquecina. Parecía una muñeca de porcelana antigua con aquellos tirabuzones rojizos cayendo a ambos lados de mi rostro, aunque estaban algo enmarañados debido al viento, mi piel tenía pecas pero eso realzaba mi atractivo. Mis ojos eran café y avellanados de forma ciertamente algo almendrados. La boca era pequeña aunque jugosa, con labios simétricos y lengua deseosa de sentir cuan sensible era el miembro de un demonio.

Sin esperar órdenes me arrodillé frente a él oliendo su bragueta, lamiendo sobre la tela y buscando con mis dientes la cremallera que logré bajar con facilidad. Con mis colmillos rompí el botón del cierre e hice que cayera sus pantalones hasta sus tobillos. Mi lengua de nuevo fue protagonista porque dejé sendas lamidas sobre su ropa interior en color negro, como su ropa. Mordí la zona donde debían estar sus testículos y después hice lo mismo con el glande, para después viajar hasta el borde de su ropa interior y tirar de ella hacia abajo. No usaba mis manos porque deseaba desvelarle una de las habilidades que excitaba a Marius, el cual posiblemente se encontraba solo en su palazzo. Todo aquello lo hacía mirándole a los ojos esperando una reacción, la cual fue sin duda una sonrisa cómplice instándome a seguir.

Al contemplar finalmente su miembro, ya que el estrecho calzoncillo cedió, decidí besar la punta para luego morderla y comenzar a succionar. Lengueteaba mientras movía mi cabeza suavemente, sus manos fueron a mis cabellos apartándolos para ver bien mi labor y finalmente me agarró de ambos pómulos y me doblegó. Sin embargo, para mí aquello era excitante. Aquellas manos que parecían agradables al tacto rápidamente parecían más ásperas. Sus gruñidos eran los de una bestia. No, no podían considerarse humanos y tampoco el sabor de su miembro era el habitual. Podía saborear aquella sensible piel paladeándola. Ningún otro hombre tenía un porte como el suyo, ni siquiera Marius, y un sabor tan adictivo.

Mi sexo estaba erecto, pero ambos estábamos centrados únicamente en el suyo. Sus dedos se enredaban en mi pelo cuando las despegaba de mis pómulos, las guiaba hasta mi nuca y hundía por completo su miembro entre mis labios desencajando mi mandíbula y provocando que cayera un pequeño hilo de saliva por la comisura de mis labios. Mis ojos estaban bien abiertos y mis labios apretaban con deseo, así que cuando la retiró tuve el instinto de seguir sintiéndola en mi boca. Él no me detuvo en un primer momento y permitió un par de lamidas, besos y mordidas en sus testículos para luego ver como me arrojaba en el suelo con las piernas abiertas esperando recibirlo.

Moví suavemente mis caderas como si estuviera poseído por un ente maligno, mis brazos se despegaron de mis costados para que mis manos jugaran con mi larga melena pelirroja, mis piernas estaban inclinadas y mi vientre tenía un vaivén que lo hipnotizaba. Reí cuando descubrí que le gustaba aquel cuerpo pequeño y frágil en apariencia. Estiré mi pierna derecha alcanzando su miembro erecto, acariciándolo así con mi pie, y le siguió la izquierda. Ambos masturbaban su húmeda erección. Abrí mis labios en forma de o y lo miré rogándole que me penetrara fuerte y violento. Él pareció aceptar la invitación abriéndome en uve las piernas, sosteniéndome los tobillos con sus grandes manos, para rápidamente penetrarme sin siquiera haber atendido a un mínimo de estimulación. No iba a romperme ni a llorar, pues era algo a lo que estaba acostumbrado, sino que dejé escapar un largo gemido que fue secundado por otros igual de largos y elevados. Mis pezones estaban duros y él no tardó en saborearlos succionándolos afanosamente. Mis manos fueron a sus cabellos peinándolos para dejar que la punta de mis dedos pequeños y finos, sobre todo finos, acariciaran sus omóplatos y la cruz de su espalda.

Podía escuchar el ritmo de su sangre recorrer sus venas, unas venas con un delicioso manjar que deseaba ver brotar por mero instinto, el olor a su sudor golpeaba mi nariz sin desagradarme mientras su miembro golpeaba con saña mi próstata. Podía notar cada una de las venas que estrangulaban su miembro tan duro como una piedra, el cual laceraba mis entrañas y provocaba que gimiera como cualquier puta barata. También percibía al fricción de mi espalda contra el suelo de mármol negro, mis uñas arañando y enterrándose en él, mi propio sudor y mis colmillos clavarse suavemente en mi labio inferior.

Aquello era el paraíso en mitad de los infiernos, o tal vez sólo una puerta más al horror. Fuese como fuese yo estaba allí llenando la habitación de gemidos, suspiros, gritos de tortuoso placer y moviendo las caderas completamente enfervorecido. Entonces lo supe. Estaba a punto de llegar al orgasmo manchando su vientre y nada más lograrlo él se escapó, sin embargo los dedos de mis pies se habían cerrado y mis ojos se volvieron dejando que tan sólo se viese la parte blancuzca del globo ocular.

Él se apartó sin haber llegado al orgasmo, pero con su miembro duro y con deseo en el borde de sus pupilas. Me incorporé lamiendo su vientre manchado por mi esperma, para luego limpiarme a mí mismo chupeteando mis dedos con ansiedad. Entonces, sin previo aviso, me tomó del pelo tirando de mí hacia unas argollas, las cuales aún no había visto.

-¿Qué me harás?-pregunté con curiosidad antes de ver las tiras de cuero, aunque supongo que era otro material resiste cuyo origen sería desconocido para la humanidad, en mis muñecas para luego quedar de cara a la pared.

Rápidamente supe que iba a pasar allí, sobre todo cuando llevó sus manos a mis pezones y los retorció logrando que gimiera. No iba a gritar cuando sentía aquello como si fuera un canto celestial. Mis piernas también se vieron pegadas a la pared y abiertas. Sus manos acariciaron mis costados y los arañó hasta llegar a mis caderas. Durante unos segundos, muy angustiosos, dejé de sentirlo para de improvisto notar como un látigo de siete colas empezaba a golpear mis nalgas. Empecé a gemir mientras de cada corte brotaban gotitas de sangre y se cerraba nuevamente. El látigo lo pasó también entre mis piernas, acariciando mis testículos y el interior de mis muslos.

Aquello era tan sumamente excitante y delirante que tensaba mis brazos y movía suavemente mis caderas. Se pegó a mí mordiendo mi cuerpo, inclusive dejando durante algunos segundos su marca. Era como si quisiera que todo el infierno supiera que yo había sido parte de su harem. Para mí el sexo podía ser agotador y cruel, pero siempre magnífico. Los azotes prosiguieron después de varios minutos y lo hicieron con mayor rapidez. De mis labios seguían botando gemidos y él reía con entusiasmo. Estaba seguro que ni siquiera Nicolas tenía ese punto sádico que parecía brotar de mí con tanta facilidad.

Allí colgado, como si fuera una obra de arte de algún pintor olvidado, entró en mí soltando antes mis piernas, dejando que estas se pudieran cerrar para aprisionarlo mejor. Él jadeaba pegado a mi oído, susurrándome cuanta perversión era capaz de recordar y yo simplemente sonreía mirándolo por encima del hombro. Sus labios rozaban mi oreja derecha y su lóbulo, así como su aliento cubría parte de mi mejilla y cuello.

-Zorra-murmuró-Con zorras como tú el infierno es tan divertido.

Aquello sólo encendió la llama que ya estaba brotando. Mis caderas se movieron y él tuvo que agarrarme de la cintura clavando sus uñas, enterrándolas hasta anclarse bien, para poder dominar mi ritmo y elevarlo. Mi glande, y todo mi sexo en realidad, rozaba la pared oscura de la habitación. Mis pezones hacía rato que se frotaban enérgicamente del mismo modo que mis labios no podían cerrarse. En cierto momento quedó enterrado en mí, vaciándose, e hizo reacción en cadena. No tuve más remedio que llegar notando como su espeso, cálido y pegajoso esperma llenaba mi ano.

Al retirarse pude notar como caían sus fluidos por mis muslos, dejando un camino de lujuria bastante claro, sin embargo ni él ni yo estábamos satisfechos. Las cuerdas desaparecieron y mi cuerpo cayó, pero no rebotó en el suelo sino en sus brazos que se extendieron para recogerme. Nuestras miradas se cruzaron y no tuve miedo alguno. Mi boca se fundió con la suya en un beso cargado de deseo y placer. Mi lengua se enredó en la suya mientras mis brazos, adoloridos por estar soportando mi peso y ciertos movimientos bruscos, lo rodearon por el cuello.

-Condúceme al infierno porque ansío sentir su fuego abrasando mi alma, torturando mi cuerpo y ofreciéndome el placer de la carne-a penas podía hablar más allá de balbuceos entre jadeos, pero tomé fuerzas para decirle aquello una vez separados de aquel oportuno beso.

Él se echó a reír quizás jactándose por sus artes y su belleza, lo cual me torturaba. Yo creía en Dios, deseaba ser parte de su rebaño, y añoraba el momento en el cual pintaba imágenes del Corazón de Jesús. Sin embargo, él me arrastraba al bucle infinito de las sectas, el pecado de la carne y su placer. Giró sobre sí mismo mientras reía y me tiró a la cama permitiendo que mi cuerpo cayera de forma erótica.

Mis brazos quedaron sobre la almohada, mis piernas levemente inclinadas hacia el lado izquierdo y el cuerpo tenía una leve inclinación hacia la derecha. Parecía la representación de un ángel imitando a su salvador. Él quedó contemplándome mientras encendía una vela. Mordí mi labio inferior mientras jugaba a enredar mis bucles rojizos entre mis dedos. Sonreía en mis fueros internos comprendiendo que aquella noche sería inolvidable y que debía disfrutarla con cada roce, penetración, mordisco, lamida o murmullo.

Se aproximó hasta mí comenzando a derramar la cera que se había derretido, la cual salpicó mi vientre y torso, mientras mis dedos seguían jugando con mis cabellos y mi cabeza empezaba a negar. Levanté mis caderas y las moví abriendo mis piernas, dejando que se viera aún la marca visible de la huella del placer de ese demonio, el mismo que me estaba torturando. Después, me aproximó la llama de la vela al rostro y soplé como si pidiera un deseo de cumpleaños. Mi mayor deseo era sin duda quedar satisfecho de aquel encuentro, sin importarme nada.

Tiró la vela al suelo y después me agarró de los tobillos tirando de mí mientras se sentaba. Sin mucho cuidado dejó mi torso sobre sus muslos y comenzó a dejarme azotadas fuertes en las nalgas, para después sin importarle lo más mínimo sacó su esperma, o mejor dicho los restos que aún quedaban, para hundir esos mismos dedos en mi boca. No dudé en succionar. No tenía porque dudar. Una nueva erección, debido al sabor y sus malas artes al jugar con el dolor corporal algo que me fascinaba, apareció para mí y pude notar que él también lo estaba.

-Hablan de pactos...-balbuceé jadeando aún con su sabor en mis labios- Dame cinco minutos sobre ti, sólo eso. Después admito cualquier tortura.

Se detuvo como respuesta y de aquel modo, sentado en el borde de aquella cama, me encaramé sobre él rodeándolo con mis piernas para penetrarme a mí mismo. Su miembro era ancho, de gran tamaño y sobre todo tenía una forma perfecta que se adaptaba a mi próstata. Su rostro se hundió en mi torso y mordió mis pezones hasta casi arrancarlos. Y yo, lejos de detener aquellos mordiscos, pegué su rostro a mi cuerpo mientras movía con ritmo rápido mis caderas botando sobre él. Si bien, fueron cinco minutos y nada más sentir que yo llegaba él salió dejando que mi miembro eyaculara libremente, alcanzando otra vez más el edén prometido, mientras me tiraba al suelo y me giraba.

Una vez en el suelo, sintiendo como mi rostro quedaba pegado al mármol de la habitación, pude escuchar los roncos gemidos de su garganta auspiciando una nueva corrida. Él llegaba, de nuevo, a otro orgasmo y ésta vez decidió arrojar su esperma sobre mi espalda. Si bien, eso no lo detuvo y me giró para que hiciera la mejor de mis labores.

Yo gemía ahogado con aquel miembro entre mis labios y él me miraba como un auténtico bastardo sin sentimientos, cosa que aún me excitaba aún más. Memnoch me agarraba del cráneo como si fuera a romperlo con sus grandes manos, concentrándose en mantener mi cabeza quieta, mientras su caderas le ayudaban a bombear un ritmo insoportable para cualquier mortal. Después, sin cuidado, como solía hacer, volvió a penetrarme pero ésta vez de lado. Mi pierna derecha se alzó dejando el talón apoyado contra el hombro izquierdo, mi entrada quedó a la vista y él decidió hundirse en ella. Mis palabras de placer cada vez eran más elevadas y él parecía regocijarse. El ritmo era una auténtica tortura, sobre todo cuando paró y decidió liberar su esencia en mi rostro. Por supuesto con eso logró que yo también llegara. Mis piernas flaqueaban y casi no podía moverme.

Mis ojos se cerraron pesadamente hasta casi la ensoñación. Cuando desperté lo hice con la cálida manta que Santino me arrojaba. Estaba en el jardín de la pequeña casa que había adquirido. No sabía como había llegado allí, pero era cosa del demonio. Él no hizo preguntas y agradecí que no las hiciera, pues prefería guardar el secreto que quizás escandalizaría a todos en aquel hogar. Me tomó entre sus brazos y me llevó a mi dormitorio, después le pedí que me diera privacidad.


Arrojado en mi lecho de mullidos cojines y confortable colchón deslicé mis manos por mi torso, llevándolas hasta mis muslos para a continuación hundir mi dedo corazón e índice. Comencé a gemir recordando aquellos ojos dominantes, su voz y el sabor de su miembro. Sin duda seguía amando a Marius y Santino, a ambos a mi modo, pero aquel demonio me había ofrecido una maravillosa despedida de fin de año.  

1 comentario:

Lucy Keenan dijo...

El paraíso en letras, para mi esto es el paraíso en letras. Podría leerlo noche tras noche, día tras día y no me cansaría en lo absoluto de ello. La manera tan descriptiva del relato es maravillosa y asombrosa; mi favorito. Entre todos, elegiría este porque es cortante y fuerte la manera en que dos personajes tan "explosivos", por asi decirlo, tienen este encuentro. Una obra maestra ver como Armand y Memnoch se juntan de esta manera ya que de alguna forma lograste juntar esos cables pequeños con diferentes eslabones haciendo una sola situación increíble. Si pudiera describir este relato lo haría con palabras como 'explosivo', 'único' y 'bárbaro'. No hay nada sin igual y eso me agrada, por lo cual odie leer la ultima oración. Supongo que algunas personas odian cuando algo se acaba.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt