Viejas memorias de Julien Mayfair para todos ustedes. Posiblemente, él jamás me aceptará, sin embargo, a mí eso no me importa. Intentaré por todos los medios que me acepte... aunque sea publicando estas historias que nos ofrece.
Lestat de Lioncourt
Me hallaba frente a la cuna, con mis
manos delgadas acariciando ésta como si fuera el cofre de un tesoro.
Dentro de aquella pequeña jaula de hermosos barrotes de madera,
elegantes sábanas blancas y colcha malva, se hallaba mi mayor pecado
hasta la fecha. Sus mejillas sonrojadas y llenas, sus labios pequeños
aunque carnosos, y esos ojos enormes que me devolvían la mirada
cargándome de una culpa terrible. Mi figura era oscura, casi como
una sombra desdibujada, con aquel sobre todo negro que cubría mi
delgado cuerpo. Bajo aquel elegante traje color humo, camisa blanda
de algodón almidonada y corbata rosé, temblaba como una hoja contra
la ligera brisa que avecinaba tormenta.
A pocos metros de nosotros, con un
camisón color hueso, y varias mantas suaves, se hallaba mi hermana
recostada como si fuera un cadáver. Sus largas pestañas negras
reposaban mientras sus párpados habían echado el cierre. Prefería
que durmiese, gracias a las pastillas y diversas hierbas naturales,
que a verla despierta acusándome por mi reciente noviazgo con una
chica de sociedad, como debía ser.
Ella siempre me había amado y yo,
monstruo cruel, acepté el trato con ese maldito demonio para que
tuviéramos una hija, la cual sería para la familia la salvación y
la debacle, llena de dolor, para mi hermana. Había tenido que
enterrar a su esposo y ahora, de la nada, soportar la carga de ser la
madre de un hermoso monstruo de facciones perfectas. No podía amarme
frente a todos y yo había puesto distancia.
—Es hermosa, como tú—escuché la
voz de Lasher apareciendo sutilmente a mi lado.
Aquellos ojos pardos, sus labios finos,
esa barba corta y el traje oscuro, tan pulcro, me recordaban que él
era quien decidía en la familia. Desde hacía décadas nos
acompañaba y señalaba sus deseos. Había vuelto loca a mi madre y
pretendía hacer lo mismo con mi hermana, aunque fuera por mediación
mía.
—Eres un demonio—susurré
apartándome de la cuna para salir de la habitación.
Aquella casa, diseñada por mi cuñado,
era un laberinto hermoso lleno de habitaciones, con un elegante
ascensor que a penas usábamos y un mobiliario de lujo. Era la cárcel
de mi hermana y el símbolo de mi desdicha, el cual se convertiría
en un icono de New Orleans, del poder familiar y también del legado.
—¿Dónde vas?—preguntó
apareciendo frente a mí en el último tramo de la escalera.
—Aléjate de mí—dije rompiendo a
llorar—. Mira qué me has obligado hacer—sus frías manos se
colocaron sobre mis mejillas, aún jóvenes y bien afeitadas—.
Yo...
Quería pedir perdón, aunque fuese
ante él, como si eso lo solucionara todo. Jamás amé a otra mujer
más que a mi hermana, pero a ella nunca la amé como pareja. Mi amor
residía en un deseo incontrolable de proteger lo único noble que
tenía y, para colmo de males, yo la intoxicaba. Mi mujer, la chica
con la cual estaba prometido, no significaba nada. Sí, la quería a
mi modo... pero ¿amar? Nunca he amado a una mujer. Jamás me he
sentido realmente atraído por una mujer hasta el punto de caer
enloquecido en sus brazos, aunque sí me han atraído como si fueran
hermosas rosas abiertas. Ellas dan a mi vida una especie de consuelo,
pero eran los brazos de mis amantes masculinos los que me excitaban,
casi hasta el punto del delirio, y que a lo largo de mi vida me
dieron aliento para continuar todo aquello. Si Richard me hubiese
conocido en aquella época, cuando era un joven que no le temía a
los riesgos en los negocios, una figura importante en la sociedad, y
a la vez un niño aterrado por el poder de convicción de aquella
bestia, posiblemente se hubiese alejado completamente loco.
—Que risa—musitó antes de atrapar
mis labios mientras me rodeaba con sus brazos, pegándome a él como
si se tratara de un fogoso amante, dejándome desarmado.
Allí, en mitad de la mansión de First
Street, me dejaba devorar por un fantasma exigente. Estaba al borde
del penúltimo escalón, mis elegantes mocasines rozaban casi el aire
con la puntera y su lengua, porque realmente la sentía, hacía un
excelente trabajo. Cuando logré recuperar la compostura estaba
terriblemente excitado, sin saber siquiera porque había estado
furioso segundos atrás.
—Te amo Julien, te amo—dijo dejando
un par de besos en mis encendidas mejillas.
Deshice el camino andado, subí por las
escaleras hacia el despacho en mi habitación, y me dirigí a mi
victrola. Quería que la música lo alejara para poder pensar con
cautela, pero él me lo impidió. Sabía que si había música él
quedaba derrotado, así que no me permitió hacerlo. Lasher comenzó
a besar mi cuello, atacó metiendo una mano en mi pantalón y
mientras notaba como pellizcaba mis pezones.
—Julien, te amo—volvió a decir esa
sucia mentira, aunque no sé hasta que punto lo era.
Sofocado me quité la ropa mientras me
retorcía. Podía notar su altura colosal pegada a mí, observar sus
ojos profundos clavados en los míos, mientras me encaminaba a mi
cama de hierro de colchón mullido. Me arrojé como una fulana en
busca de un buen cliente. Abrí mis piernas y permití que él cayera
sobre mí. Pude ver su cuerpo desnudo y atlético una vez más, sus
largos cabellos negros precipitándose sobre mi pecho delgado y como
sus manos acariciaban mis costados. Eran manos gigantescas. Su boca
no tenía piedad y rápidamente volvió a besarme, justo cuando noté
como su miembro se introducía entre mis nalgas. Aquello fue rudo,
como si hubiésemos discutido como cualquier otro amante y
estuviéramos disculpándonos con sexo, puro y erótico sexo.
Mi piel era sensible, y por aquella
época casi no tenía una miserable arruga. Mis cabellos negros se
pegaban a mi frente, mis cejas se fruncían y mis labios se abrían
buscando aire. Podía notar como las sábanas y la colcha se pegaban
a mi espalda, igual que si fuera una segunda piel, debido al sudor
que me perlaba. Me aferré al colchón y levanté mis caderas, pues
quería más contacto con aquel demonio que me penetraba tan rudo que
movía la cama, provocando que golpeara contra la pared e hiciera un
terrible escándalo.
—Lasher, Lasher, Lasher... —decía
moviendo la cabeza en ambas direcciones.
Era tan salvaje que sentí rápidamente
los calambres típicos en mi vientre, como se tensaba aún más mi
sexo y finalmente como me vine salpicando mis muslos, vientre y cama.
Mis ojos azules observaron la oscilación de aire en la que se
convertía, como si fuese el calor que desprende a su alrededor una
llama.
—Te amo—dijo de nuevo antes de
desaparecer.
Una vez recobrada la compostura me eché
a llorar. Mi elegante ropa estaba regada por todas las direcciones
posibles, la pared estaba desconchada por el movimiento salvaje de mi
cama y las sábanas tan revueltas que parecía haberse producido allí
una guerra. Me dolían los muslos, tenía la sensación aún de tener
su miembro en mi interior y mi vientre hormigueaba.
—Maldito cabrón...
¿Amé alguna vez a Lasher? No lo sé.
¿Tuve algún sentimiento más allá del miedo y el dolor? Quizás.
No puedo negar que sentía una extraordinaria satisfacción cuando él
me tocaba o simplemente mataba a alguien. El poder me intoxicaba y
poco después de aquella noche, en la cual me odié ante Mary Beth,
supe cuan valioso era tener contento a Lasher. Varias empresas
locales, las cuales se dedicaban a vender y distribuir algodón, se
vieron con los almacenes incendiados y recurrieron al de mi
plantación. Lasher me envió un mensaje, me hablaba de amor y poder.
Por eso, sin duda alguna, el amor no puede desvincularse de los
negocios... pues yo aprendí a amar fielmente al dinero y todo lo que
podía conseguir con él.
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