Un nuevo escrito de Armand. Parece que está de humor para escribir, así que dejemos que sus traumas vengan a nosotros.
Lestat de Lioncourt
Si bastase una sola palabra para que
comprendieras mi sufrimiento, o simplemente sintieras todo lo que
albergo en mi pecho, la gritaría tan fuerte que haría estallar
todos los cristales del apartamento, explotarían las bombillas,
también los espejos y los viejos cristales de tus gafas. Haría que
todo explotara, incluso el microondas. Rompería las barreras que nos
dividen como si fuesen paradógicamente todo lo que nos rodea.
Una vez pedí que fueran mi Dios, mi
salvación, que me tuvieran como la ofrenda a un ente superior que me
cuidaría y resguardaría incluso de sí mismo. Lo hice. Pedí con
fuerzas, o más bien rogué con toda mi alma, que así sucediese. Sin
embargo, nada ocurrió. No se obró milagro. Caí como cualquiera en
una red de dulces mentiras, preferí los hilos de seda que aquel
maestro de frías manos de mármol me ofreciera y me dejé hundir por
la pomposa vida que me rodeaba. Pero no me amó lo suficiente. No
tuvo el arrojo necesario, ni la hombría mínima, para rescatarme del
dolor, limpiar de nuevo mis lágrimas y lamer todas mis heridas. Él
me abandonó, como lo has hecho tú. Has abandonado éste mundo y aún
así tengo que observarte.
He mentido tantas veces sobre porque te
mantengo vivo, yo un ser despreciable que arrojaba a los que eran
como tú al fuego. Sí, no he podido destruirte. Eres mi única obra
maestra. Fue un terrible pecado el creer que podía ser feliz
contigo, que jamás te cerrarías a mí y que siendo bondadoso con
tus caprichos conseguiría tu corazón. Pero hice que tus manos se
alejaran de mis mejillas, para comenzar a construir casas como si
fuese lo único que te ata a éste mundo.
Me he sentado sobre tus rodillas,
cuando has terminado esa gigantesca ciudad llena de rascacielos
imposibles. He visto que era Barcelona. Recuerdo cuando te perseguí
por sus calles, incluso bajo éstas por el metro, y te detuve en uno
de los vagones para besar tus labios. No te sorprendió, pero sí te
alarmó sentir mis colmillos. Nos habíamos encontrado mil veces, no
era fruto de las coincidencias. Insistía en tenerte a mi lado, en
mantenerte conmigo. Nunca pude superar esa necesidad de acariciar la
piel de tu cuello, deslizando mis dedos por tu nuca y perderme por
completo, como si fuera un niño en un jardín, en esos enormes ojos
violetas que posees. Y lo he estado haciendo toda la noche, ¿no es
así? Tocar tu cuello, deslizando mis dedos por tu nuca y luego
palpar, como quien toca algo extremadamente delicado, tus párpados
lisos y pestañas espesas. Hoy, como cada noche que te visito,
cortaré mi lengua y te besaré. Sólo de ese modo reaccionas a
veces, me rodeas como si fueras a dejarme sin una gota y apartas tu
rostro consternado. Vienes al mundo, me ves siendo tu diablo con
rostro de ángel, y prácticamente me apartas para huir lejos de
todo, incluso de ti mismo. Permite que aún no lo haga, que pueda
tocarte y decirme a mí mismo que no te irás, que tú serás mi
Dios.
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