Y aquí ataca Armand de nuevo con su momento emo. Por favor, clinex para el muchacho.
Lestat de Lioncourt
Tal vez mi corazón se está
ennegreciendo, convirtiéndose en una esmeralda oscura o un trozo de
alquitrán. Es posible que el rencor que anida en mí me convierta en
un monstruo, cada vez más horrendo y perverso, que camina entre los
hombres con el aspecto de un muchacho. Estoy perdiendo la batalla.
Mis sueños se han ido muriendo, igual que el mundo, convirtiéndose
en humo para después disiparse. Veo la verdad en los ojos de otros,
pero en los míos sólo muestro una máscara perfecta.
Creen amarme. Realmente creen amarme.
Me dicen palabras tiernas, rodean mi cuello y besan mis mejillas como
si fuese su ángel de la guarda. Sin embargo, sólo soy la muerte con
hermosos ojos castaños. Soy quien trae para ellos el último
momento. Sus besos, sus palabras cargadas de pasión, se convierte en
veneno mientras dreno sus venas. Quedo convertido en el miserable que
soy. Cada vez más abatido. Por eso, y por muchos otros motivos, me
deleito con la sangre de otros como yo. Me he convencido que es lo
correcto y con ello puedo vivir, por eso puedo permanecer firme.
¿Qué queda del niño que había sido
bendecido por Dios? ¿Queda algo de él en mí? ¿Sigo siendo el
futuro monje que quedaría recluso, casi a pan y agua, para ver a
Dios en sus sueños y pesadillas? No lo sé. Creo que él murió hace
mucho tiempo en Kiev, quedó sepultado por las últimas nevadas del
invierno y su corazón, tierno y soñador, quedó cubierto de una
pátina de hielo. He sentido tanto daño, he conocido la maldad en su
más pura expresión y, por último, la bondad más misericordiosa y
limosnera de las manos de un amante.
Él fue mi Dios. Él me liberó y a la
vez me arrancó las alas, pluma por pluma, cuando me convenció que
jamás volvería a sufrir. Pero no fue así. No sólo tuve que sufrir
mi destino en un burdel, las palizas de aquellos que me secuestraron
de los brazos de mi padre, y las humillaciones de los clientes. No.
Tuve que asumir que él había desaparecido de mi vida, y con él los
lujos y lisonjas. Todo lo que llegué a amar en Venecia quedó
reducido a cenizas, humo y sueños.
¿Qué fue lo peor? Saber que seguía
vivo. Él, tan grandilocuente y aventurero, pudo salvarme y no quiso.
Me convertí en un lastre, una figura desdibujada en su historia, y
narró las maravillas que vivió mientras yo sufría. Me despojaron
de todo lo que creía, me arrojaron a una fe cargada de retorcidas
afirmaciones y quedé vacío. Me vaciaron el corazón. Mi alma quedó
en una celda confinada.
Ahora, después de siglos de
sufrimiento y momentos trágicos, me miro al espejo y sigo sin
reconocerme. Soy una bestia sedienta, un ser grotesco, con una
encantadora sonrisa que enloquece a todo aquel que me observa. Soy el
cazador y el lobo, la noche es mi reino y en mi reino arranco los
corazones de los cuales bebo sin descanso. El mío, como he dicho,
quizás se está convirtiendo en piedra.
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