Ahora lo sabe. Sabe que lo amo. No tengo porqué ocultarlo...
Lestat de Lioncourt
—¿Alguna vez serás sincero
conmigo?—preguntó mientras las velas iluminaban dulcemente su
rostro. La noche había caído hacía horas. Me había paseado a
galope del caballo algún tiempo, regresando a su lado y dejando que
el respaldo de aquella confortable silla me diese cierto confort.
Pero él arruinó todo con esas palabras.
—¿En qué aspecto?—dije
jugueteando con un racimo de uvas.
—Sólo sé que has venido de
Francia...—musitó.
—Claro, como las cigüeñas—respondí
entre risotadas. Alcé las manos cerca de mi rostro y comencé a dar
palmadas contra la mesa. Me reía de él, de su inocencia fingida y
de su inocencia real. Era inocente de todo pecado, pues no le
concedería jamás el secreto mejor guardado de mi alma. Yo le amaba
y no quería que lo supiera, pues era un síntoma de debilidad.
—No te burles de mí, ¿por qué lo
haces siempre?—susurró frunciendo el ceño.
Sus ojos eran torvos. Había cinismo en
ellos. Podía fácilmente atacarme y destruirme, pero prefería
hacerse el manirroto mientras soñaba con días de gloria que no
existieron. Tan burgués, tan criollo. Su mirada siempre ha poseído
un color verde muy llamativo, el de la esperanza y, por ende, el
color que Dios debió darle a su propia voz. Si existe o existió
algún Dios, pues aún me burlo de su existencia y divago demasiado
sobre ello. En fin, no es el caso. La cuestión aquí, como en ese
momento, es que posee siempre una belleza inmaculada envuelta de una
maldad que no es fácil de ver. Tiene malicia provocadora y eso me
encanta. Desea ser bueno, pero nunca podrá llegar a ser siquiera
santo de en mis labios y bajo mi cuerpo.
—Intento quitarle hierro al
asunto—dije apoyando mis codos en los brazos del asiento.
—¡Cuál asunto!—gritó exasperado.
—Te centras en lo que sé y no sé;
pues puede que no sepa nada, y no en lo que siento—susurré
sosegado.
—¿Y qué sientes? Codicia—sentenció
con crueldad—. Codicias mi dinero, los lujos, la cubertería cara
que te plantan frente a ti con ésta copiosa comida que ni probamos,
así como codicias las telas caras de tus prendas llamativas y el
contemplarte al espejo como si fueras Dios mismo. Eres el Diablo.
—Sí, poseo codicia—respondí sin
poder negar que codiciaba algo, al igual que un cuervo un pequeño
tesoro que brilla en la casa de cualquier pobre infeliz—. Sin
embargo, codicio algo que tú no me quieres dar.
—¡Te he dado todo!—gritó.
—No—mi cabeza se negó suavemente y
me levanté de la mesa.
No me daba su amor. No quería dármelo.
Sin embargo, a su lado yo era feliz. Pese a esa tortura me sentía
feliz.
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