Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 18 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 10 - You are my disease VI


Reconozco que he sido bastante malo hoy... He interpretado desde ayer a esta hora a Yoshiki en mi Twitter... junto a un amigo que hacía de Kurou. Todo para hacer que una estúpida dejara de acosarle sexualmente... me lo asustaba.

Yo por mis amigos hago lo que sea, sobretodo porque son personas que me han hecho muy feliz.

Así que hoy reconozco que estoy más Yoshiki que nunca.




Eché a reír tan fuerte que ella se despertó. Sonrió abrazándome aún algo adormilada. No dudé en ponerla en el suelo tomándola de la mano. Acomodé su ropa y sus cabellos, inclusive me quedé de rodillas observándola. Quería que tuviera el mejor aspecto frente a su abuelo, él que tanto había pedido tener algo así en el final de su vida.

David, aquel imponente coloso, apareció ante nosotros acomodándose sus gafas y colocando bajo su bazo el periódico de la mañana. Miró fijamente a su hijo emitiendo un breve, pero bien sonoro, gruñido desaprobando su comportamiento. Al quedar frente a la pequeña la contempló largamente, ella se aferró a su pierna sonriendo fascinada por la altura de aquella mole con canas.

-Es bonita, tiene una sonrisa muy bonita.-dijo sonriendo de forma bastante encantadora, respondiendo a la pequeña.

Alzó a la niña del suelo, cayendo así el periódico. Ella rió moviendo sus piernas, sintiendo quizás que flotaba, después la pegó contra él besando sus mejillas. Sin embargo, echaba miradas eléctricas a Kurou. Mi esposo simplemente contemplaba la escena, como si fuera un cuatro, aunque bien sabía que se sentía arrepentido.

-David.-dije acariciando sus cabellos con cierta ternura.-¿Me dejas que te abrace?

-¡Por supuesto!-exclamó antes de abrazarme de forma enérgica.-¡Estás más guapo cada día! ¿Has adelgazado?

-He estado muy nervioso estas semanas, porque Kurou se marchó para dejarme pensar tranquilo y me sentí muy solo.-comenté tomándolo del rostro.-Me encanta tu sonrisa, deberías de hacer que él aprendiera.-besé su mejilla mientras se apartaba.

-Kurou ¿eso es cierto?-preguntó algo molesto.-¿Le dejaste solo?

-Papá también estuvo llorando.-murmuró acercándose a su abuelo.-¿Me das un abrazo?

-¡Claro! ¡Cientos te voy a dar!-dijo alzándola del suelo.-Uta, quiero que compres esos dulces de la tienda que hay al final de la calle. Yo iré haciendo té.

-No, gracias.-dije sonriendo.-Ya merendamos. Con el té tendremos de sobra, así podremos hablar de algo que tengo planeado.

Mi esposo me miró largamente, estaba serio y se sentía muy preocupado. Yo únicamente me acerqué a él tomándole de la mano, apreté leve sus dedos y sonreí. Así provoqué una tímida sonrisa, sabía que habíamos pasado por cientos de trances más peligrosos y desesperados. En ese momento estábamos más unidos que semanas atrás, teníamos un vínculo más fuerte.

Entramos dentro y pude sentir la calidez de los muebles, así como la dulzura que poseía Uta y su talento. Era una amante de la pintura, más bien una apasionada. Tenía lienzos de bodegones de flores, paisajes asiáticos y leyendas japonesas por toda la casa. Ella había pintado cada uno de los lienzos, podía ver su firma en cada esquina.

-Sentaos en los sofá del centro, son los más cómodos.-comentó con una leve sonrisa.-Ven cielo, ven con la abuela.-dijo tomando a la niña en brazos.

La pequeña se quedó mirándola anonadada. Parecía fascinada por los dulces rasgos de Uta. Ambas parecían encantadas de conocerse, como si existiera una conexión especial. Me di cuenta al instante que la pequeña estaba enamorada de los rasgos asiáticos.

-Hola abuela.-dijo antes de rodear su cuello.-Hueles muy rico.

-La llevaré a la cocina, tal vez quiere un zumo o un refresco.

No tenían servicio, a pesar de ser personas con un alto nivel adquisitivo. Sabía que la madre de Kurou detestaba tener personas a su cargo, puesto que terminaba tomándoles cariño y odiaba tener que verlos irse a mejores destinos. Una vez tuvo una mujer cuidando a Kurou, estuvo en la casa hasta que cumplió dieciocho años porque era incapaz de echarla. Es de esas mujeres que toman cariño rápidamente a las personas, y por supuesto todos a ella.

Uta significa canción. Un nombre muy apropiado para una mujer con la voz tan aterciopelada. Jamás levantaba la voz, salvo cuando reía porque lo hacía como si el mundo se fuera a hundir en ese preciso instante. Aún hoy me imagino su voz susurrada a los pequeños oídos de Kurou, meciéndolo dulcemente e intentando que todo saliera bien para su pequeño. En ocasiones, me recuerda a mi madre y deseo abrazarme a ella rogando perdón por todo el daño que hice.

Mi suegro se sentó en su silla, tomó su pipa y comenzó a fumar mirándonos atentamente. Señaló a Kurou un par de veces, para luego dar una honda calada a su pipa mientras clavaba sus ojos en los suyos. Yo tenía mis manos entrelazadas a una de sus gigantescas manos.

-Es de Isabela.-comentó.-Es la única mujer con la que te he visto.

-Sí.-dijo con la voz tomada.-Fue un error volver con ella durante unos días, lo hice desesperado.

-Claro, claro.-dijo suspirando pesado.

-Estaba celoso, asustado y tenía ganas de evadirme. Padre, no tengo porque darte explicaciones a ti.-dijo aferrándose a mis manos con las suyas.-Sólo a mi esposo, pero él lo ha aceptado todo sin...

-Sin saber siquiera toda la verdad.-comentó con fastidio.

-No hace falta.-dije con una leve sonrisa.-¿Sabe lo feliz que soy? He querido ser padre desde que era un niño. No podía tener hermanos, mis padres no querían darme un hermano.-comenté apoyando mi cabeza en el hombro de mi esposo.-Él me lo ha dado, me ha hecho padre. Ella será muy distinta, con amor y buenos modales será más hija mía que de esa estúpida.

-En eso tienes razón.

La pequeña entró riendo con sus manos ocupadas en una pequeña caja de zumo. Mi suegra llevaba una tetera con té para todos. Dentro de aquel salón se sentía uno en paz, envuelto en una dulzura espiritual no muy común. Todos parecíamos felices, salvo mi gigante que tenía la mirada dispersa en otros asuntos.

-Luego, cuando vayamos hacia el hotel.-dije acomodando sus cabellos tras la oreja.-Me cuentas qué ocurre.-susurré justo antes de abandonar un beso en su cuello.

Estuvimos con ellos unas horas, después dejamos a la pequeña para que la cuidaran. Estaban encantados. Los dos pensaron que la vieja habitación de Kurou sería perfecta. Anne disfrutaba de sus atenciones, siempre quiso conocer a sus abuelos y también tener una familia prácticamente normal. Se notaba en su mirada la ilusión de ser querida por más de una persona, más allá de los brazos de su padre.

Nosotros pedimos un taxi. Kurou seguía serio y parecía tener atorada en la garganta palabras amargas. No dije nada, tan sólo le miraba fijamente y él jugaba con el último botón de su americana. Parecía tan aturdido, como si un mal presentimiento sobrevolara su cabeza. Besó mi frente antes de tomarme entre sus brazos y finalmente suspiró aliviado. No era algo muy común en él, sólo lo hacía cuando estaba mal.

-Estaba casado cuando te conocí, huía de todo. Había tenido malas experiencias a pesar de mi edad.-acariciaba mis cabellos contándome aquello.-Tú estabas saliendo con aquella pretenciosa mujer de negocios, esa con nombre imposible.

-Eudoxia.-respondí recordándola.

-Sí, ella.-comenté.-En uno de esos días volvió mi ex, pidiéndome dinero como siempre. Había dado conmigo porque mi abogado se puso en contacto con ella. Quería que me diera el divorcio, pero logré tener sexo con ella y un no de su parte. Decía que era más divertido así, más emocionante para ella.

-Era muy golfa.-susurré.

-Sé que piensas algo más que todo eso, lo sé.-balbuceó.-No sé porqué regresé durante unos meses con ella, cada día tenía sexo de una forma brusca y desesperada. Unas semanas más tarde me dijo que estaba gestando, pero que abortaría. Yo no quería nada de ella, siempre me he visto como un monstruo y a ella como una viuda negra.

-Pero la tuvo.-dije con una leve sonrisa.-Es lo único bueno que ha dado ella a este mundo.

-No hubiera existido esa niña si tú no me hubieras puesto tan celoso, cada vez que la mencionabas me ardía.-susurró estrechándome aún más, haciéndome sentir como un muñeco entre sus brazos.

-Entonces, esa niña es hija nuestra por derecho.-le tomé del rostro y sonreí como si fuera un niño ilusionado.-Kurou, ella ya no está y no nos hará daño. Tenemos una hija que cuidar.

Aceptó mis palabras con cierta dulzura. Sus ojos me hablaban más que sus palabras, me contaban historias que por pudor se callaba. Esa expresión doliente se disipó con rapidez y quedó sólo la calma. Besé sus labios lentamente, perdiéndome en su boca mientras el taxi nos llevaba cómodamente al hotel donde me hospedaba.


lunes, 17 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 10 - You are my disease IV





Sólo alguien que tiene hijos, supongo, puede comprender como me sentí en ese momento. Mis piernas temblaban, así como mis manos, estaba tan emocionado que prácticamente lloraba. Miré a Kurou con aquella expresión perdida en medio del más puro amor. Él sólo sonrió orgulloso, no era una sonrisa falsa sino una de esas escasas sonrisas que podía contemplar en él.

-Tiene mucha imaginación. Siempre me ha recordado a ti, creo que por eso os quiero tanto.-dijo con su voz imponente, pero con el aspecto de un enorme gigante bonachón que deseaba un abrazo.

Por extraño que parezca sentí como si esa niña fuera un trozo de mí, que todos mis deseos se hubieran convertido en una diminuta hada de ojos café. Sus ojos me miraban sumergidos en ese nerviosismo infantil. No dudé en palpar nuevamente cada tirabuzón de su cabello, cada ondula y mechón lacio que caía a ambos lados de su nuca. Tenía un cabello rebelde, tan salvaje como el mío.

Me sentí como Gepetto frente a su maravillosa obra. Aquellos brazos cálidos rodeándome me causaban tal ternura que me abrumaban. Besé su sien mirando a Kurou. Él permanecía serio y perdido en sus pensamientos. Sin embargo, podía notar el brillo de sus ojos parecido al los de Anne. Mi niña y mi gigante, dos seres perfectos haciéndome perder el contacto con la realidad. Temí que fuera un cuento y despertara aferrado a un muñeco. Tanto deseé ser padre que terminé creyendo que sería imposible.

Se levantó a pagar todo mientras yo seguía jugando con los dedos de la pequeña. Me gustaban sus manos, como las movía y su forma de tomarme del rostro. Una niña tan dulce era lo que yo necesitaba en mi vida, así como él en la suya. Sin embargo, comenzó a dormirse y yo no dudé en abrigarla con mi chaqueta. Caminé hasta la puerta, sin esperar a Kurou, para poder llamar a un taxi y tenerlo listo cuando él saliera.

“Gorrión que naciste de un almendro,
te convertiste en flor de invierno.
Gorrión que te cubriste de amapolas,
de esas que deshojas a solas.
Tus sueños los velaré,
les daré buenas noches y un beso.
Tus pesadillas las destruiré,
para luego abrazarte con un beso.
Mis alas negras de cuervo te cubrirán,
serán plumas que se enredarán en tus dorados cabellos.
Y yo seré ese ángel guardián...
yo seré el bohemio que vela tus sueños.
Te amo, te necesito...
besos de nube y rayos de luna para cubrir tu cuerpo...
Gorrión, en tu nido te buscaré de nuevo.”

-Yosh.-le escuché a mis espaldas mientras él me acariciaba la cintura, me tomaba pegándome a su torso.-Yosh, gracias por todo.

-¿Por no matarte a golpes?-pregunté meciendo lentamente a la pequeña.-No quiero mostrarme violento delante de nuestra hija.

-La has aceptado como si fuera tuya.-murmuró.-Eso me sorprende.

-¿Te sorprende? Es mi hija Kurou.-dije serio antes de girarme y mirarle.-Te has casado conmigo, es mía por lo tanto y voy a cuidarla.-me puse a la defensiva, sin tener motivos y tampoco sabía bien porqué.-Lo siento, ha sido demasiado estrés.

-No pienso quitártela, ni hacer que te vea con otros ojos. Sin embargo, parece más tuya que mía.

-No quiero hablar más de esto.-respondí.-Es nuestra, da igual si tiene mi sangre o no.

-Te amo.

Aquellas palabras sonaron más sinceras que nunca, además fueron pronunciadas con una dulzura poco habitual. Su sonrisa tímida apareció junto a un fuerte sonrojo, así como un nerviosismo que le hizo temblar segundos después. Dio un par de pasos hacia mí, mostrándose como un enorme gigante rendido a mis pies, para terminar besando mi frente.

-¿Sólo me vas a dar ese beso?-pregunté mirándole a los ojos sin temor alguno, buscando una reacción más tierna y nerviosa.-¿Sólo eso?

Se inclinó entonces, para permitir que le besara en los labios. Mi boca se hizo con la suya sin dejar de mecer a la pequeña. Él me tomó del rostro acariciando mis mejillas, haciéndome sentir en un mundo fantástico donde todo era posible y perfecto. Sin embargo, detrás de nosotros llegaba el taxi que había pedido, sonando su ruidoso claxon.

Montamos atrás, yo quería tenerlo a mi lado junto a ella. Mis dedos recorrían sus mejillas y sonreía orgulloso. Me sentía realmente padre, casi de la noche a la mañana. Kurou acariciaba mis cabellos, aunque parecía no estar muy satisfecho del peinado que llevaba. Si bien, él no era capaz de replicar algo en contra de mi estilismo.

-No te gusta.-murmuré.

-Me gusta más cuando no te peinas.-susurró cerca de mi mejilla, para terminar besándola.

Observé el paisaje cuando llegué a Londres, pero ahora no me importaba. Kurou dio la dirección de mis suegros, mientras yo me dedicaba a contemplar a la pequeña. Dormía como duermen los ángeles, con una dulce sonrisa y una calma tan agradable como su colonia infantil. El tiempo pasó volando, aunque estuvimos casi una hora encerrados en aquel vehículo. Ellos vivían en las afueras, donde todo era más calmado que en aquel bullicioso centro y sus barrios periféricos.

Mi esposo bajó para abrirme la puerta, como todo caballero ante una damisela. La damisela, nuestra damisela, seguía dormida y tal vez jugando con hadas en sus sueños. Bajé con cuidado mientras él pagaba. No quería separarme de ella ni siquiera para los trámites más habituales en mí.

Kurou suspiró pesado quedando frente a la puerta de aquella casa. Tenía un estilo encantador, muy clásico, con un enorme jardín y en un barrio residencial que parecía de personas con alto nivel adquisitivo. Algunos niños jugaban con cometas en una casa cercana, un par de adolescentes paseaban de la mano y el tráfico era escaso. Supuse que vivirían en un lugar tan cálido como inglés.

-¡Kurou!-escuché decir a su madre saliendo tras unos arbustos.-¡No llames que tu padre descansa de un terrible dolor de cabeza!

-Hola madre.-dijo serio mirando hacia la nada, ella tuvo que abrirle los brazos.-Lo siento, no te vi.

-Con lo enorme que eres nunca ves nada, siempre tan despistado.-comentó apartándose, para quedarse mirándome o más bien mirándonos.-¿Quién es la pequeña? ¿Una sobrina tuya Yosh?

-No.-sonreí mientras negaba.-Es nuestra hija.

Se quedó quieta, muy seria. Creí que se desplomaría por la impresión. Sin embargo, sólo vino hacia mí para ver como dormía en mis brazos. Acarició sus mejillas y me miró a mí, después a su hijo y nuevamente a la niña.

-¿Es tuya?-preguntó girándose hacia su hijo.-Dime.-le gruñó antes de tomarlo por sus orejas y hacer que la mirara.-¡Kurou!

-Mamá, todo tiene una explicación.

-Kurou tenía miedo de contarnos que tenía una niña, pero yo la he aceptado como hija mía y creo que deberíais aceptarla vosotros. No preguntéis mucho sobre cómo o porqué, tan sólo amadla. ¿No querías contarle cuentos y cantar nanas? Ya tienes una pequeña princesa para adorar. Tu esposo igual.-dije interviniendo.-Mamá, por favor.

-A veces pienso que eres tú mi hijo, no él.

Escuché un largo y hondo suspiro por parte de mi esposo, justo antes de aquel beso tan tierno de parte de mi suegra hacia mi pequeña. Besó su frente, así como besó la mía y la mejilla de su hijo. Aquella mujer era tan dulce y comprensiva como Kurou serio y pudoroso.

-¡Cariño!-gritó comenzando a correr hacia la puerta trasera.-¡Cariño! ¡Están aquí los chicos! ¡Traen a nuestra nieta! ¡Tenemos una nieta!

Eché a reír tan fuerte que ella se despertó. Sonrió abrazándome aún algo adormilada. No dudé en ponerla en el suelo tomándola de la mano. Acomodé su ropa y sus cabellos, inclusive me quedé de rodillas observándola. Quería que tuviera el mejor aspecto frente a su abuelo, él que tanto había pedido tener algo así en el final de su vida.

domingo, 16 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 10 - You are my disease III



Quienes me conocen personalmente saben de mi amor por los Beatles, los Rolling, Bowie, Ozzy, Queen... Mi grupo favorito es Beatles, mi cantante favorito inglés es Bowie. Los siguientes serían Queen, por supuesto. Por eso creo que esta canción debía aparecer aquí... hablamos de Londres, de caminar por sus calles y de regresar a donde uno es feliz... ¿no es así? ¡GET BACK!




Después de aquel beso estuve contemplándolo como un idiota, porque era algo increíble. Estaba de nuevo al lado de Kurou y con aquella hermosa niña. Parecía una muñeca a pilas, pero tan cálida y real que me hipnotizaba. Volvía a sentirme feliz. Aquello parecía la recompensa a tantos años, más de una década, sintiéndome vacío.

Decidimos ir a caminar por Londres. La pequeña iba entre nosotros, tomándonos a ambos de las manos, con una enorme sonrisa sin importarle que le faltaran algunos dientes. Sus largos cabellos rubios eran como hebras de cebada convertidas en oro, y estas hechas los sedosos cabellos de un ángel. Kurou se veía serio, pero sus ojos tenían un brillo especial muy parecido al que tenía en nuestra primera cita. Caminábamos al fin como una familia completa, sin importar miradas curiosas o simplemente que el viento nos despeinara.

Terminamos sentados en una cafetería bastante pequeña y acogedora. El suelo y las paredes eran de madera, tenía hermosas pinturas de campos floridos y ríos bravos. En el ambiente se podía sentir el aroma a cacao y café recién hecho. La pequeña se sentó en mis piernas aferrada a mi chaqueta. Yo sólo acariciaba sus cabellos absorto en el movimiento de sus dedos. Tenía manos pequeñas, como las de cualquier niño, pero finas y parecían perfectas para tocar el piano.

-Mi ángel.-dije en un murmullo.-Porque tú eres mi dulce y pequeño ángel.-ella me miró riendo divertida por mis palabras.-¿Te gustaría aprender a tocar el piano? Yo toco muy bien el piano, puedo enseñarte.

-Sí, me gusta el piano.-murmuró antes de abrazarme y besar mi mejilla.-¿También enseñarás a papá? Papá sabía antes tocar el saxofón, cuando niño, pero dice que lo dejó cuando se hizo grande.

-Papá es idiota.-respondí provocando su risa una vez más.

-¿Tienes que enseñarle eso a la niña?-preguntó algo molesto mientras miraba la carta.

-Me lo enseñó tu madre, yo sólo sigo sus lecciones.-respondí colocando mi mano derecha sobre mi pecho.-Lo juro, sobre mi propio corazón.

-¿Conoces a la abuela? Yo no.

Miré de muy mala gana a Kurou. Incluso había ocultado a la pequeña a sus padres, algo que no entendía en absoluto. Tanto misterio por una pequeña que, aunque fue hecha por accidente, era un encanto y nadie podría resistirse a su dulzura.

-Tu madre te va a matar.-comenté.-Si no lo hago yo antes.-dije colocándola bien sobre mis piernas.-Vamos a ir después del café, iremos para que conozcan a la niña y esta noche la disfrutaran. Van a conocer a su nieta, tenerla para contarle cuentos como bien quiere tu padre y seguro que tu madre está encantada de hacerle peinados. Ya sabes lo que dijeron una vez sobre hijos en nuestro matrimonio.-ni pestañeé cuando solté todo aquello, porque sabía que él lo recordaba bastante bien.

Pocas horas antes de la boda los conocí. Su padre era un bromista y su madre muy dulce. Desde el principio todo fue tomado como broma, salvo cuando empezamos a conversar seriamente. Nos quedamos hasta altas horas aquel día, el de antes de la boda, hablando sobre nuestros planes futuros. Por supuesto, sus padres no saben a qué nos dedicamos realmente y piensan que sólo somos grandes hombres de negocio. Aquel día propusieron que fuéramos padres, que gracias a las nuevas leyes podríamos tener nuestra propia familia.

“Por mucho que este se niegue, mételo en cintura y hazle saber que un matrimonio sin hijos no es matrimonio. Da igual si es entre un hombre o una mujer, dos hombres, dos mujeres o dos perros. Todos los seres de este mundo necesitan descendencia. No importa si lleva vuestra sangre, la de uno de vosotros o si no la lleva. Da igual. Lo importante es tener alguien a quien cuidar y que te responda con cariño puro, real.”

Recordé el rostro serio de su padre y como su madre sonreía de forma dulce. Ellos querían ser abuelos, no les importaba que su hijo se casara con un hombre. Lo único que deseaban, como si fuera un hermoso sueño, era tener una nieta o un nieto.

-Yoshiki, tengo miedo.-murmuró.-Recuerdo cuando rompía jarrones que mi padre compraba para las rosas de mi madre. Lo recuerdo muy bien.-hizo un inciso y suspiró.-Me miraba con aquellos ojos de fiera y me lanzaba su temida frase de “¿por qué lo escondes? Un hombre debe dar la cara por todo lo bueno y malo que haga, sobretodo lo malo”-apoyó sus manos en la mesa y miró hacia abajo.

-Sigues siendo el mismo niño que rompe jarrones. Ocultas cosas a tus padres, son los seres que más nos pueden amar.-dije abrazando bien a la pequeña, mientras notaba que ella jugaba con una servilleta.-Ocultar a esta niña, como si fuera un jarrón roto.-dije en un tono severo, una regañina que me hacía ver más grande y mucho mayor que él.-¿A quién se le ocurre? Si es una preciosa bailarina, un ángel.-suspiré pesado, intentando no molestarme porque me dolería la cabeza.-Díselo y pide perdón. Ellos te quieren y te perdonarán, aceptarán a la niña y la malcriarán como buenos abuelos.

-¿Tú crees?-preguntó nervioso.

-Sí, yo creo.

En ese momento, la camarera vino para tomar nota del servicio. Pedí un café con un pequeño dulce de crema de vainilla, ella pidió uno de fresas y chocolate junto a un cacao caliente. Sin embargo, Kurou sólo pidió té. Estaba tan nervioso que su estómago estaba cerrado. Jamás demostraba su nerviosismo si no era con la falta de apetito.

Estuve hablando con la pequeña durante todo el tiempo. Me habló de sus dibujos favoritos, que echaba de menos su colegio de antes y que quería conocer a Misifú, mi gato, además que deseaba volver loco a Sebastian con pequeñas bromas. Ella desconocía que Sebastian era el rey de las bromas, que él me enseñó a gastárselas a Kamijo. Me reía como nunca, y creo que eso lo notó mi esposo.

Era feliz, la pequeña también y él parecía disfrutar de todo aquello como si fuera un sueño. Pero era todo real, si bien daba esa gloriosa impresión. Había sufrido mucho mi hermoso gigante, sobretodo cuando era niño.

Muchas veces me contó como ocultaba a sus padres las burlas de otros niños. Era un niño dulce, fantasioso y siempre estaba diciendo que algún día volaría como superman. Todos los niños tienen fantasías, sueños que son imposibles, pero la imaginación es preciosa y debe conservarse aún de adultos. Él la perdió con sólo ocho años. Se burlaban porque era muy delgado y alto, era muy torpe y siempre se estaba cayendo. Dejaban de lado a mi hermoso gigante.

“Los sueños se desvanecían,
como si la arena fuera humo.
Quedó en nada su castillo,
los pájaros murieron sin poder volar.
Los sueños se perdían,
y él jamás los tuvo.
Quedó sentado en el descansillo,
intentando por todos los medios no llorar.
Se convirtió en asesino, en matón.
Pero algo me dice que el niño, ese niño pequeño,
sigue vivo muy en el fondo de su mar interior.
Está a la deriva en un tablón,
de eso estoy seguro... como que esto es real.”

Acabó consumiéndose y agriándose su carácter y deseando mejorar su equilibrio sólo para dar un buen golpe. Terminó siendo un matón. Ese fue su destino hasta que conoció a Isabela. En ese momento quiso ser un caballero, ella le decía que podía hacer posible cualquier sueño erótico que se le propusiera.

Era un adolescente, no se puede pedir mucho de un bulto lleno de hormonas. Se enamoró de ella, o más bien de su figura angelical y ojos de serpiente. Se casaron jóvenes, pero no le quiso dar el divorcio jamás.

Supuse que iba a buscarlo cuando él se sentía débil, o quizás él la buscaba a ella. No quería saber en ese momento nada de la concepción de Anne. Ella era mi hija. No la habría concebido yo, ni habría dado mi esperma para que aquella golfa abriera sus piernas. Sin embargo, la niña fue mi hija desde el primer abrazo que nos dimos. Era mía y haría que no se pareciera en nada a ella, sino que fuera igual que su dulce padre sin perder su preciosa imaginación, su gusto por el arte y por soñar.

-Dime Gigante ¿has pensado cómo vamos a decorar el hermoso cuarto de nuestra bonita Rapunzel?-dije tras un largo sorbo de café, el último.-He pensado que podríamos pedir que algunos de mis sobrinos, así como amigos de ellos que se dedican a pintar, lo hicieran.-ella sonrió mirándome.-Creo que un hermoso prado con bailarinas con alas de cisne, gatos alados, arcoíris salidos de las plumas de un pavo real y notas musicales.

-¡Sí!-gritó entusiasmada.-Y también flores de cerezo, me gustan los árboles de cerezo.

-Ya la has oído.-murmuré antes de besar su frente.

-Imaginé todo esto de forma distinta.-dijo algo avergonzado.

-Tú siempre supones mal, lo único que supones bien es cuando tengo ganas de jugar.-pestañeé antes de sonreír de forma muy pervertida, claro que la niña no me vio.

Él se sonrojó muchísimo, con esa pose tan dulce que le hacía verse pequeño. Su rostro era un enorme tomate. Estaba muy gracioso con aquella taza de té a punto de llegar a sus labios, detenida en el aire por fuerzas misteriosas, y esos ojos enormes que se hacían pequeños guisantes. Realmente mi esposo sólo se expresa bien cuando los sentimientos le colapsan demasiado.

-Te amo.-dije provocando la risa de Anne.-¿Por qué ríes?

-Sois dos personajes de cuento.-comentó girándose para quedar frente a mí.-Tú eres un príncipe que parece princesa, pero tienes alma de dragón. Él es un guerrero enorme al que todos temen, pero en realidad es bueno. Tenéis que ser enemigos... y al fina os enamoráis. Entonces, una bruja buena va a vuestro reino y os regala una niña. La niña se hace grande y se convierte en una princesa cisne. Puede bailar ballet en el río como cisne, y en la tierra como mujer con los cabellos de Rapunzel.-la miré completamente fascinado.

Mis manos se quedaron sobre sus mejillas, pero pronto acaricié sus cabellos con aquella sonrisa de orgullo. Me fascinaba su forma de ser, tan imaginativa y artística además de fresca. Sentía sus palabras como una bocanada de aire puro venido directamente del mar, pero con el aroma de un hermoso jardín con flores de chocolate.

-Sí, sí amor.-susurré besando su frente.-Sí.

-¿Me contarás un cuento así alguna vez?-preguntó inquieta.-¿Me harías una canción con tu piano?

Sólo alguien que tiene hijos, supongo, puede comprender como me sentí en ese momento. Mis piernas temblaban, así como mis manos, estaba tan emocionado que prácticamente lloraba. Miré a Kurou con aquella expresión perdida en medio del más puro amor. Él sólo sonrió orgulloso, no era una sonrisa falsa sino una de esas escasas sonrisas que podía contemplar en él.

-Tiene mucha imaginación. Siempre me ha recordado a ti, creo que por eso os quiero tanto.-dijo con su voz imponente, pero con el aspecto de un enorme gigante bonachón que deseaba un abrazo.

sábado, 15 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 10 - You are my disease II






Parecía tener el don de hacerme sonreír como un auténtico idiota. Sus pequeñas manitas eran cálidas y suaves, se sentía bien notarlas sobre mi rostro y enredadas en mis cabellos. Terminé sentado con ella en uno de los enormes sofás, mientras dejaba que me peinara a su gusto. El peluche se encontró entre ambos, como si fuera la única frontera que pudiéramos poner. Estuve en silencio más de cinco minutos inspeccionándola, como si fuera un hada o un ángel. Ella reía bajo mientras terminaba las pequeñas trenzas que lograba hacerme.

Nunca había escuchado una sonrisa tan pura y maravillosa. Jamás había visto tanta belleza contenida en una diminuta figura. Sus pobladas pestañas eran el marco idóneo para esos ojos enormes y café. Parecían dos tazas de café recién hecho con purpurinas de estrellas para decorar, porque brillaban con dulzura. Sus mejillas estaban rojas, como si fueran dos cerezas, al igual que su diminuta boca. Su piel era clara, muy clara, y muy suave.

Acariciaba sus cabellos con miedo a romperla, pero a la vez quería estrecharla hasta sentir que era real. Porque había deseado tener un ángel así, un maravilloso ángel a mi cuidado, y en esos momentos lo poseía. Entendí entonces porque algunos coleccionan mariposas, tal vez para retener su belleza y no dejarla ir nunca.

-Tienes una risa muy bonita.-dije tocando la punta de su nariz.-Y una naricilla muy respingona.

-A mí me gusta tu sonrisa, es tan boba como la de papá.-comentó clavando sus ojos en los míos.-Y me gusta que tengas el pelo tan largo, más que papá, y que te dejes peinar. Él siempre se pone a bufar diciendo que luego se le hacen enredos.-suspiró tomándome del rostro.-Papá a veces es muy serio, me gustaría que fuera más divertido.

-¿Te gustaría vivir conmigo y con papá?-pregunté antes de sonreír ilusionado, imaginando su pequeño cuerpo bailando mientras mi piano sonaba y él la contemplaba orgulloso.-¿Te gustaría?

-¿Se puede eso?-dijo sonriendo.-¿Se puede?

-Se puede, pero tu papá piensa que no nos íbamos a llevar bien. ¿Verdad que es un tonto?-ella asintió frunciendo el ceño.-Por eso ha llorado estos días, piensa que nos íbamos a llevar mal y yo no te iba a querer.

-¿Me quieres?-preguntó tomando la cruz que siempre colgaba de mi cuello.

-Desde el primer momento en el cual te he visto, aunque nada más saber que existía te quise... y te quise antes que existieras. Siempre quise tener a alguien como tú en mi vida. Verás, tu papá es muy serio y necesito que alguien me siga las bromas.-comenté antes de sentir como me abrazaba.-Cariño, eres muy dulce.-susurré antes de acariciar sus cabellos.

-Tú hueles bien.-murmuró antes de dejarme un beso en la mejilla.-Hueles caramelo.

-Sí, es una colonia que me han regalado esta mañana.-dije riendo mientras pellizcaba sus mejillas.-Tú hueles como a chocolatinas.

-¡Sí! Papá me compra un champú que huele a chocolate.

Me di el lujo de besar su frente y después sus mejillas. Había deseado ser padre y podía conseguirlo ese mismo día. Fuera como fuese no permitiría a Kurou que me alejara de ella. Antes permitiría a cualquiera, incluso a él, que me amputaran los brazos que soltarla.

-¿Quieres que yo también sea tu papá?

Pregunté aquello tan confuso. Tuve un miedo terrible porque se quedó pensando. Supuse que me negaría su cariño. Temblé antes de sentir como una de sus dedos tocaban mis labios. Dibujaba una sonrisa, creo que mi sonrisa nerviosa.

-¿Se puede tener dos papás?-dijo insegura.-¿Se puede?

-Yo amo a tu padre, lo amo con todo mi corazón.-respondí.-Si alguien puede querer al serio de tu padre ¿no crees que puede lograr que tengas dos papá?

En ese momento vi como se giraba hacia la entrada. De inmediato correteó hasta aquella enorme mole negra. Corría abrazada a su peluche y nada más quedar frente a él alzó el muñeco. Comenzó a moverlo de un lado a otro como si volara y él palpó su cabeza, justo antes de mirarme sin saber bien qué expresión poner.

-Hemos llegado a una conclusión.-dije levantándome mientras hablaba.-Eres demasiado serio, pero los dos te queremos.

-¡Sí!-gritó ella abrazándose a una de sus largas piernas.-También que puedo tener dos papás, me gustaría tener dos papás.

-Yosh.

-Eres un idiota.-comenté antes de tomarla a ella en brazos.-Cariño, tápate los oídos.-dije mirándola a los ojos y ella me obedeció.-Eres un completo gilipollas. No creí que me casé con un imbécil como tú.-agachó la cabeza ocultando su mirada, sabía que se sentía avergonzado y estúpido.-¡Kurou! ¡No me mires como niño regañado! ¡Tú te lo has buscado!

-¡Sí! ¡Tú te lo has buscado!-gritó ella sorprendiéndome, me imitaba incluso en el tono de voz.-¿Qué se ha buscado papi Yosh?-preguntó picándome con uno de sus dedos en mi mejilla.

-El tonto de tu padre pensó que tú y yo nos íbamos a llevar mal, por eso cogió y me dejó tirado. ¿Has tenido novio alguna vez?

Sabía que los niños a su edad eran capaces de tener esos juegos. Eran más adelantados actualmente que cuando nosotros éramos niños, jugaban con ninocencia a ser como adultos... y luego de adultos todos queremos volver a sus años.

-¡Por dios! ¡Es una niña! ¿Cómo va a saber eso de los novios?-preguntó indignado.-Mi princesita no es así.

-Sí, tengo dos novios.-respondió sacándome una buena carcajada.-Pero sólo salgo con ellos porque el que me gusta está loco por una tonta.

-Oh, eso me pasaba a mí.-dije mirándola fijamente mientras ella me tomaba del rostro.-Lo digo de todo corazón. Salía con personas para poner celoso a tu padre, pero era tan idiota que sólo refunfuñaba y me decía que no eran lo mejor para mí.

-Papá es tonto.

La dejé en el suelo acomodando su vestido de bailarina. Ella sonrió moviendo el muñeco algo inquieta. Estaba nerviosa, como nosotros dos.

-Cariño, quiero que vayas a cambiarte.-susurró Kurou inclinándose.-Nosotros te esperaremos aquí.

-Hablaran cosas de mayores.-ambos asentimos.-Y se besarán.-ambos volvimos a decir que sí, pero esta vez bastante rojos.-Yo quiero ver eso.

-Cariño, si no vas no te voy a dar el otro regalo que tengo en mi hotel.-comenté notando como me miraba toda ilusionada.-Es algo que sé que te va a gustar mucho, pero mucho.

Y sin pensarlo ni dos veces comenzó a correr. Corría por el pasillo como si no hubiera un mañana certero. Sus piececillos se movían ágiles. Yo reí al verla tan emocionada, pero al girarme me vi al avergonzado de su padre.

-Lo siento.-murmuró.-Fui un cobarde, un idiota y sé que por mucho que pida disculpas no las aceptarás. Además, me sentí un tremendo idiota al dejarte aquel día y al no ir al hospital a verte. Kamijo me encontró, pero le dije que estaba tan arrepentido y con tanto miedo que no me atrevía a volver contigo.-se mordió el labio inferior antes de permitir que le tomara de las manos.-Me molesto con todo el mundo, no quiero que se acerque nadie a ti, para que no te hagan daño y soy yo quien más daño te ha hecho.-murmuró mientras colocaba sus manos en mi cintura.

-Estoy molesto porque no me has dicho nada sobre mi ropa nueva.-dije en un suspiro.-Lo demás lo he perdonado. Eres muy cobarde cuando te lo propones.-susurré acariciando su rostro.-Muy cobarde y muy tonto.-susurré antes de rodearlo por el cuello.-Sobretodo porque deberías estar besándome en vez de estar diciendo tonterías. Nuestra hija espera que nos besemos, así que no deberíamos decepcionarla.-dije antes de rozar sus labios colocándome de puntillas.

-¡Qué bonito!-escuché decir a la señora que ya tomaba su segunda taza de té.-¡Maravilloso! ¡Hacen una hermosa pareja! Luego dicen de los homosexuales, dicen que son personas que no saben amar y tampoco tener romanticismo. Pero yo siempre, siempre, he dicho que son los más sensibles y los hombres que mejor saben expresar sus sentimientos.-reí ante su explicación, mientras él estaba rojo como un tomate.

-Señora, soy bisexual.-dije mirando a Kurou.-Pero por este idiota me comprometo a ser de una sola persona, olvidándome de mujeres para siempre y adentrándome en mi lado más gay.-comenté antes de engancharme a su boca, justo cuando iba a replicar.

Aquel beso me supo igual que el primero. Su sabor era fresco, dulce y tan pasional que me hizo caer en una necesidad increíble. Me ardía la boca y me temblaban las piernas. Me abrazó pegándome a él, olvidando por un momento que estábamos en mitad de una academia de baile y que muchos ojos podían vernos. Mordisqueaba sus labios y él jadeaba aferrado a mi chaqueta. Yo acariciaba los cabellos de su nuca, mientras intentaba no caerme. Terminó por inclinarse y permitirme que fuera más cómodo para mí.

-Papis.-escuché decir después de unos minutos.-Papis.-su voz cálida me sorprendió, así como su mano tirando de mi pantalón.-Papi Yosh.

-Cielo, espera un momento.-balbuceé pegado aún a los labios de Kurou.-Estoy regañando a tu padre.

-Pues que regañina más rara.

viernes, 14 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 10 - You are my disease


Por si no se dieron cuenta Kaya es la persona que describo como Yura... el mismo de esta foto en sus dos conceptos.




Capítulo 10

You're my disease


Nada más pisar suelo británico, mejor dicho londinense, aprecié el cambio agradable de temperatura. Londres poseía un clima más fresco, no tan tibio como en la ciudad de las sombras y la crueldad hecha realidad, mientras dejaba que mis pies caminaran pesadamente por la terminal. Pensé en comprar dulces, pero no quería detenerme, y sólo deseaba llegar al hotel para poder ir a buscarlos.

Sabía que en unas horas la pequeña saldría de ballet, según mi sobrino, y también conocía su nombre. No quise saber ni su edad ni su aspecto. Pro supuesto sospechaba que tantas averiguaciones no provenían únicamente de él, un estudiante prácticamente fuera del ambiente en el cual me desenvolvía. Mi hermano sabía que él me empujaría a buscar a mi familia, olvidándome así de los lamentos absurdos y de las rabietas.

Pedí un taxi y me dediqué a contemplar la ciudad mientras. Veía aquellos barrios donde habían inspirado a músicos de todo tipo, poetas, pintores, escritores y a tantos, además de variados, artistas como estrellas posee el firmamento. Unos lograron la fama, otros lograron simplemente liberarse y quedar seducido por las peculiaridades de aquella delirante ciudad.

Las periferias contrastaban con los altos rascacielos, así como todos sus habitantes contrastaban entre sí. Era una de las ciudades más grandes del mundo. Un enorme gigante, un coloso, que se dejaba acariciar por su neblina tan característica. Londres me recordaba mucho a él no por su tan característico acento británico, y por supuesto su amor al té, más bien era por su belleza enigmática llena de contraste y por su magnificencia. Era un coloso en una colosal jungla de asfalto. Y allí, en ese enorme pajar, debía encontrar mi dulce aguja.

-Señor, llegaremos al destino en cinco minutos.-comentó.

-Perfecto.

El hotel era impresionante. Poseía unos jardines increíbles, pero no era momento para embelesarme y perderme entre plantas. El hall era increíblemente luminoso y lleno de hermosas alfombras a juego con las cortinas y tapizados. Los sofá se veían cómodos, los revisteros estaban repletos de periódicos de relevancia, y en el fondo se hallaba un pianista tocando extremadamente concentrado una animosa melodía. Los uniformes de las chicas de recepción eran sobrios y elegantes, todas poseían el mismo peinado. Debo admitir que pensé que eran ángeles, sus voces eran agradables y su eficiencia se igualaba a sus hermosas sonrisas. Me sentí en el paraíso.

-Buenas tardes.-dije acariciando la madera de roble de la recepción.-Sarah.-comenté tras ver su letrero.-¿Podrías darme la llave de la reservación a nombre de Yoshiki Clawson?

-Sí, estábamos esperándole señor.-comentó con una enorme sonrisa.

-Tienes una voz preciosa.-murmuré asombrado.-Podrías cantar o ser estrella del cine. Amaría escuchar tu voz en la radio.-ella se sonrojó de una forma muy dulce.

Era una joven de cabellos castaños con reflejos dorados, algo ondulados, y ojos verde lima. Sus labios eran pequeños y algo gruesos, parecía una hermosa muñeca. Su cuerpo se veía diminuto, no medía más de un metro y medio. Sus enormes tacones sonaban algo nerviosos, igual que sus delgadas manos jugueteaban con la tarjeta de mi habitación.
-Te sonrojas igual que mi esposo ¿es costumbre entre los británicos?-ella rió al escuchar mis palabras.-Oye, aquí entre nosotros ¿cuál es el mejor restaurante de esta ciudad? Quiero comida internacional ¿el del hotel es bueno?

-Sí, tenemos además un alto surtido de vinos y postres. Además, se lo podemos llevar a la habitación si así desea.-comentó con una leve sonrisa muy agradable.

-¿Y podría tener otra clase de servicios si pudierais prepararlos? Desearía que me encontrarais música jazz y blues, mayormente blues. Todo para esta noche.-dije mordisqueándome el labio inferior.-Pero antes debería arreglar unos detalles.

-Sí, por supuesto.-dijo atenta mientras anotaba.-Llame al servicio, yo le tendré preparado un cd con música para la ocasión y si lo necesita se lo haré llevar. Me ha caído usted muy bien, normalmente son muy secos.

-Los japoneses tenemos fama de fríos, pero es falso.-dije antes de regalarle una de mis pulseras.-Las hace mi sobrino, te la regalo.

Me pasó la tarjeta y sonrió como si fuera una niña. Era una pulsera con mariposas de colores. Estaba hecha a mano, incluso las figuras que tenía colgadas. Me marché subiendo cargado con las bolsas, no hacía falta que un botones me ayudara.

Nada más entrar en la lujosa habitación solté la ropa y me llevé únicamente el peluche. Haría una locura y esperaba que saliera bien. Porque lo que tenía planeado era un todo o nada.

Estaba aún vestido como me había dicho Hidehiko, mis cabellos estaban intactos y de peluquería, mis manos perfectas y aún así mi nerviosismo me delataba. Al pedir el taxi tuve que pasar la dirección con una nota. Iría directamente donde la pequeña tenía clases de ballet. Quería verla antes de abrazarla y golpear a su padre por idiota.

El recorrido se me hizo eterno. Veía a niños con sus padres en los jardines de sus casas, también en parques correteando de aquí para allá. Mi instinto paternal estaba más a flor de piel que nunca. Siempre quise tener hijos, desde que era pequeño, porque jamás me quisieron dar un hermano y deseaba tener a alguien a mi lado. Cuidar a un niño era un sacrificio, pero sabía que me podía dar un cariño único y puro.

Cuando el taxi paró frente al edificio me quedé muy quieto, aunque mis piernas temblaban y era incapaz de dar un sólo paso. Logré salir animado por el taxista, ya que empezó a preocuparse. Caminé hacia la puerta con cierta entereza recordando que nada debía salir mal. Recordé mi alocado plan antes de entrar a la enorme recepción.

Aquel lugar era una casa estilo típicamente londinense, tanto por dentro como por fuera, y me sentí algo abrumado. De fondo se escuchaban risas de niñas, algo de música clásica y mucha vida. La mujer que se encontraba en la recepción era de mediana edad, estaba leyendo una novela romántica que había leído unas cien veces.

-Disculpe.-dije mostrando mi aspecto más masculino, así como serio y calmado.-Busco a la pequeña Anne Clawson.-coloqué el peluche en el mostrador y sonreí breve.-Soy socio de Richard Clawson. Él no podrá recogerla hoy, me dijo que viniera a buscarla y esperáramos en el jardín que está a unas calles.

-Oh.-se quedó quieta mirándome de forma algo despectiva.-No va a poder ser.

-Bueno, puedo esperarlo aquí también mientras vigilo a la pequeña.-colocó bien sus gafas de bibliotecaria y alzó una de sus cejas.-Le diré la verdad.-murmuré mordisqueándome el labio inferior.-Richard Clawson es mi esposo, esa niña es su hija y el motivo por el cual me ha pedido el divorcio. Sólo quiero verla, nunca la he conocido, y deseo abrazarla. Quiero que sepa que yo amo a su padre y que la quiero a ella. Parezco un idiota contándole todo eso, como si fuera a creerme o no pareciera un psicópata. Estoy seguro que parezco un neurótico, un idiota, y un gran gilipollas. También estoy seguro que ahora sí que no me va a dejar ver a la nena.-acaricié el peluche con una sonrisa amarga.-Al menos, no sé si podría.-lo extendí hacia aquella señora como ruego.-Es un peluche que he comprado, no sé cuando cumpleaños y bueno pensé que sería bonito que tuviera un recuerdo de este día.

Aquella mujer que podría ser mi madre, por su edad, se levantó de la silla comenzando a llorar. Me abrazó, casi ahogándome, y comenzó a besarme. Chillaba como un cochino en plena matanza. Yo no comprendía nada, me estaba dejando atónito su reacción. Estaba seguro que aquella mujer de rostro serio no tenía sentimientos.

-Es como en los libros y en esas películas. Mi esposo dice que no existe este tipo de cosas en la vida real.-comentó sorbiéndose los mocos.-Además, ustedes hacen buena pareja.

-Entonces, por favor.-comenté pasándole un paquete pañuelos de papel.-Séquese las lágrimas y llámela, sólo quiero verla un rato.

-Sí.-dijo apartándose para ir flechada por el pasillo.

Sus zapatos bajos hacían cierto ruido, correteaba como una niña. Yo sonreí asombrado aún por su reacción, a veces uno logra grandes cosas si dice la verdad. Me asombró ese hecho, aunque supongo que pudo leer en mis ojos la sinceridad con la cual le hablaba.

“Lágrimas para el ángel,
dedicadas por la mariposa.
Lágrimas para el bohemio,
dedicado por la musa.
Sinceridad ebria recorre mi cuerpo,
en mis ojos podrás leer mis sueños.”

Después de un par de minutos apareció con la niña de la mano. Tenía los cabellos rubios, los ojos tan rasgados como Kurou y enormes. Su piel era clara, como la nieve más pura, y su cuerpo era frágil como el de cualquier niña. Eché cuentas y supuse que tenía unos seis años. Su ropa de ballet no era rosa, iba de negro y tenía un gatito blanco dibujado en el body.

-Hola.-dijo quedando frente a mí.-Konichiwa.-hizo una leve reverencia sonriendo mostrando la carencia de sus paletas.

-Hola cielo.-me incliné para dejar mi rostro frente al suyo.-Soy amigo de papá.-comenté antes de acariciar una de sus mejillas.-Sabía que eras bonita, pero no sabía que lo eras tanto.

-Tú también eres muy guapo, eres rubio como yo.-dijo mirando el peluche que tenía aún abrazado.-Tu peluche es también bonito.

-Cariño, este no es mi peluche.-dije arrodillándome para poder hablar frente a frente con ella.-Este peluche es para ti, no sé cuando es tu cumpleaños así que he decidido dártelo. Aunque sea meses antes o después.

-Cumplo años en septiembre, fue hace unas semanas. Pero a mí me gusta este mes, me gusta porque es halloween.-sonrió antes de tomar el peluche entre sus brazos.-¿Es mío de verdad?

-Así es.-comenté antes de notar como aquella mujer volvía a llorar.-Oiga, tome un poco de agua y relájese.-ella asintió y yo seguí mirando a la niña.-¿Cuántos añitos tienes?

-Ya tengo cinco años.-respondió.-Papá dice que ya soy toda una mujer. No debo llorar por cosas tontas, pero él siempre esta llorando ahora.

-Los adultos nunca hacemos caso a nuestros consejos.-arrugué la nariz y ella sonrió.-No crezcas jamás, así estás preciosa. Eres del tamaño justo para bailar sobre una caja de música.-se meció aferrada al peluche con sus mejillas rojas.

-Aún estoy aprendiendo, papá dice que debo aprender algo artístico para que no pierda la imaginación. Yo no entiendo esas cosas.

Su voz era dulce, así como su sonrisa. Kurou lo había hecho bien, no se parecía en nada a esa estúpida y sí bastante a él. Me parecía adorable, a pesar que era algo alta para su edad.

-Cielo, ¿puedo darte un abrazo?-no respondió con palabras, pero sí abrazándome.

Su colonia infantil me recordó al chocolate. Olía a chocolatinas sus cabellos. Eso me hizo sonreír antes de ponerme a llorar mientras la alzaba del suelo. Mi esposo era un tremendo imbécil pensando que todo podría ser malo si nos conocíamos.

-Lloras como papá.-comentó tocando mi rostro.-Pero eres más bajito.

“Hermosa y carismática bailarina,
tienes sueños de cristal.
Mi bonita sirena,
te he visto brillar.
Eres dulce y sincera,
hueles a chocolatinas
con una brizna de menta.
Hermosa y conquistadora bailarina,
haré que tus sueños se cumplan
mientras nos reímos de las pesadillas...
ja... ja... ja... ya lo verás.
Hermosa y orgullosa bailarina,
quiero que bailes este vals.
Sé que te gusta estar en tu caja,
pero las sirenas sueñan con la libertad.
Alas de mariposa, para que puedas volar.
Besos de amapola, para poder a duendes conquistar.
Te quiero sin conocerte,
porque eres un enigma...
mi dulce princesa de porcelana y coral.
Te invito a tomar helados en las estrellas...
Serán de arcoíris y diamantes ¿podrás? ”

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt