Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 28 de agosto de 2011

Último beso en París


Esta imagen es regalo de una buena amiga, de una hermana para mí. Un hermoso regalo de cumpleaños. Gracias mi querida Nerissa... gracias mi Armand.

El texto les recuerdo que los personajes no son míos, pertenecen a Anne Rice y todos sus derechos estan reservados en sus obras.
Este documento que os plasmo digitalmente es fruto de mi imaginación, de mi amor por estos personajes y de mi necesidad por expresarme...



Buscaba una canción acorde al texto, creo que esta es la correcta.

Dedicado a ma Louise... mon cour



Último beso en París



El mundo no estaba hecho para soportarnos. Nosotros no éramos conscientes cuando ella estaba a nuestro lado, pero una vez se disiparon sus cenizas nosotros nos enjaulamos en un amor tormentoso. Mi amor era caprichoso, como mi necesidad de él. Me entregaba a lo exquisito de su piel y al rubor de sus mejillas, así como la ira que provocaba en su mirada, mientras me apartaba hastiado por la decadencia y la melancolía que me entregaba.

Por todo y por nada, quizás por demasiadas cosas que sucedieron y otras que jamás pudimos tener, me marché de su lado cuando prometí quedarme. Mentía, siempre lo hacía, y aunque él lo sabía parecía disfrutar como un niño iluso de mis palabras. Durante días vivía mi mentira, parecía florecer su ilusión y su inocencia como un jardín en primavera, mientras yo tanteaba como marcharme sin que se percatara.

Agosto estaba a punto de terminar, pero el sofocante calor provocaba que me marchara rápidamente entre las calles parisinas. Nos habíamos mudado a un pequeño apartamento, como si fuéramos dos estúpidos enamorados. Aproveché que mis actos eran impulsivos, como mi deseo de recorrer el mundo y saciarme lejos de él, para irme sin dejar siquiera una nota con un porque.

Aquella noche mis pasos se volvían más pesados y a la vez livianos. Me pesaba la culpa, pero a la vez el deseo me atraía a correr por las calles sin mirar atrás. Mis rubios cabellos caían sobre mi frente, rozándola y creando en mí una imagen de chico alocado en busca de amantes. Mi camisa blanca no estaba completamente cerrada, los primeros botones estaban desabotonados, y mis pantalones tenían un aspecto viejo. Era un bohemio huyendo de las fotografías de su reciente pasado, un inútil huyendo de la felicidad en pareja.

Mis pasos se volvieron pisadas cada vez más rápidas, pronto mis pies parecían despegarse del suelo y terminé a trote por los callejones más oscuros de París. La ciudad de las luces también tenía sombras, y en estas podías encontrar a la escoria de la sociedad brindando por su retorcido destino. Buscaba olvidarme de él, de sus sonrisas amables y de sus ruegos. Quería perderme en una danza macabra de sexo, sangre y château.

Acabé topándome con un prostíbulo. Entre aquellas calles decadentes los negocios turbios florecían, sobretodo aquellos que vendían jovencitas como pecaminosos manjares. La sangre que bullía en sus jóvenes y delicados cuerpos, así como el perfume barato que bañaba la piel sonrosada de cada una de ellas, era demasiada tentación para no hacer una parada en mi huida. Como un demonio pérfido, y sediento de sexo, hice mi aparición en la sala pidiendo que las más jóvenes y hermosas vinieran conmigo.

Muchachas de no más de veintitrés años y no menos de diecinueve, flores que se abrían perfumadas en la noche parisina. París no era la ciudad de las luces y el amor, sino del pecado y las sombras chinescas de jóvenes prostitutas. Empezaron a desfilar ante mí, seis chicas encantadoras, que atrapé con apetito entre mis labios y manos.

Tendría una orgía como las que narraban de la antigua Grecia y Roma. Poseería el calor de sus cuerpos como abrigo y sus almas como precio justo por estar conmigo. Sus bocas eran calientes, suaves y tentadoras. Sus manos me desnudaron mientras reían como si fueran ángeles y aquello fuera el paraíso.

Podía sentir como unas y otras se turnaban para besar mi fría piel, mientras yo robaba sorbos de sangre sin que ellas llegaran a tener sospecha alguna. Reía como demonio y disfrutaba como tal. Era uno de los encantos que me permitía, la lujuria, olvidando por completo mi deseo estúpido de fieles y altares. ¿Para qué deseaba yo velas y flores si podía tener a jovencitas rogándome consuelo para sus excitados cuerpos?

Si bien, aquel festín acabó de forma abrupta. La puerta de la habitación donde me encontraba se abrió, era Louis. El espectáculo le hirió, aunque sabía que solía dedicarme en mi tiempo libre a placeres tales como aquel. Sus ojos se enturbiaron llenos de rabia, la misma que le hizo cerrar la puerta maldiciendo en francés.

Durante varios segundos me pregunté qué debía hacer, qué haría en esos momentos. Mi huida ya estaba planeada, pero ver sus ojos llenos de furia y melancolía me provocaron el plantearme todo. Y como si me hubiera hechizado me aparté de ellas, arrojé un fajo de billetes en la cama y me coloqué la ropa. Huí, sí, pero del placer y no de él.

No tuve que caminar demasiado para encontrarlo. Terminó acurrucado en un portal de ese mismo callejón, llorando y lamentándose el haberme creído una vez más. Se abrazaba a sí mismo e intentaba sosegar las lágrimas sanguinolentas que bañaban sus mejillas. Al percatarse de mi presencia tembló conteniéndose en no lanzarse contra mí, en no intentar matarme allí mismo.

-¿Por qué lo hiciste?-susurró alzando su rostro para verme, aunque podía apostar que no podía hacerlo por las lágrimas. Su labio inferior temblaba, todo él seguía temblando.-¿Por qué? Dijiste que me amarías, que esta vez te quedarías. Jamás lo haces y yo como niño iluso me imagino que podremos soportarnos, estar juntos y finalmente descansar de tanto daño.

-Oh Louis.-dije con cierto fastidio, aunque me provocaba sentimientos encontrados verlo así. Algo en mí nacía y se llamaba remordimiento, siempre surgía cuando lo veía llorar de esa forma.-¿De nuevo haciéndote el mártir?

-¡¿Cómo puedes poseer tanta desfachatez?! ¡¿Cómo puedes ser así?!-gritó levantándose con furia.

-Tú fuiste quien creyó mis fantasías, aún a sabiendas que siempre te decepciono. El único culpable eres tú, no yo.-respondí acomodando mi camisa mientras notaba como temblaba aún más, parecía encontrarse bastante alterado.

-Me voy yo esta vez, esta vez me marcho yo. Me voy y no voy a regresar a tu lado, no pienso volver a caer en tus mentiras.-y el discurso de siempre volvió a sus labios, como si fuera una oración que me incitara a perseguirlo.

-Hazlo, vete y así yo puedo seguir entre las piernas de esas deliciosas criaturas. Los dos salimos ganando ¿no lo ves?-mi tono de voz era de crápula, pero mi mente y mi alma me rogaban que parase.-Vete lejos, corre y busca a otro que pueda hacerte temblar de rabia como de pasión. Estoy esperando Louis, estoy deseando que lo hagas, y así yo quedaré liberado para postrar ante mí a cualquiera que me quiera satisfacer.

-¡Lo dices como si yo no lo hiciera!-gritó molesto aferrándose a su propia camisa, tirando leve porque parecía ahogarle, como si llevara una soga firme rodeando su cuello.

-Tal vez no lo haces.-susurré con malicia mientras una sonrisa canalla se dibujaba en mis labios.

-Te odio.-susurró rompiendo nuevamente en sollozos.-¡Te odio!

-Si me odiaras no perderías el tiempo en buscarme, tampoco en recriminarme todo lo que hago y también lo que jamás he hecho. No estarías aquí Louis, no perderías el tiempo conmigo.-me apoyé en el muro de aquella casona desconchada.

-¿Tanto te cuesta amarme como yo lo hago?-dijo aproximándome a mí y yo me aparté.

-Decías que me odiabas hace unos segundos ¿puedo creer ahora tus palabras Louis?-susurré antes de comenzar a reír aún más cruelmente. Pero dejé de hacerlo cuando noté como caía frente a mí.

El aroma de sus lágrimas junto al de suciedad y sangre me envolvieron en un silencio que me ahogaba, me ahogaba todo lo que allí sucedía. Era cruel, lo sabía, me dolía esa crueldad en mí; pero los impulsos que me permitían serlo, sin siquiera pensarlo, eran mayores.

-Louis.-susurré arrodillándome frente a él e intentando acariciar sus mejillas, pero me apartó empujándome.

-No, no quiero que me toques con esas manos que han estado acariciando a esas furcias. No quiero que me abraces oliendo a ellas. No quiero nada de ti. Eres un monstruo, amo a un monstruo cruel que juega con mis celos y mi necesidad de él. Amo a Lestat de Lioncourt, cuyo ego y libertad son superiores a sus sentimientos y a sus deseos, los cuales dice que le produzco, pero que no es capaz de saciar conmigo sino con fulanas. Esas furcias jamás te van amar, nunca sabrán amarte, y a lo sumo se abrirán para que las hagas gemir por dinero. Las prefieres antes que a mí.-murmurá.-¿Qué clase de amor es ese el tuyo?

-Es un amor extraño.-susurré aún sentado en el suelo, mirándolo atónito y contemplando en él la verdad.-Un amor tóxico que me ata a ti.

-Maldito seas...-murmuró.-¡Maldito seas!

-Ya estoy maldito.-respondí.-Huyo del amor que me das porque no sé responderlo, pero tú sólo achacas deseos que nacen y mueren en mi bragueta. ¿Quién es el monstruo aquí Louis?-dije incorporándome para sacudir mis ropas y marcharme.-Será mejor que nos separemos.

Y así fue como aquella noche me separé de Louis, al cual busco ahora meses después en las calles de París. Dudo que aún esté aquí, que pueda encontrarlo en este Enero frío y húmedo. La nieve cae sobre mis cabellos dorados, mis pies están helados, pero he encontrado el apartamento y alguien está tocando el piano. Siento que es él, pero a la vez puede que mis deseos me estén jugando una mala pasada.

-Louis, perdóname... aunque no puedas oírme.

2 comentarios:

Kiseki dijo...

Pero que no se separeeen~! No... no quiero... ;______; (lo siento, sabes que me emociono en seguida)
No me esperaba ese final, me ha gustado, aunque ha sido triste... pobre Louis... u_u

Y lo sabía! Pensé "ya verás que le pilla en medio de la orgía" XD Bingo!

Deberían enseñar a Lestat a que cerrara la boca a veces, y a Louis a no ser tan masoca...
Me pregunto si alguna vez se podrá hacer un fic de estos dos en el que no anden peleando (lo dudo XD)

En lo personal, me ha gustado ^^ Seguro que a quien se lo dedicaste también le gusta! :3

Athenea dijo...

Aiis, estos dos siempre discutiendo... Louis debería poner en su sitio a Lestat, liándose con otro/a. Aunque el pobre, quiere demasiado a Lestat como para hacer algo así.

El final me ha gustado mucho. Se separan, porque no pueden estar juntos, pero Lestat vuelve un tiempo después, porque no puede vivir sin él. Y luego, el paisaje nevado de París, con el hombre tocando el piano (Que puede ser Louis o puede no serlo, ¿quién sabe?) me ha parecido el cierre perfecto para el fic. Aunque lo cierto es que me gustaría saber si es Louis o no, y que pasará entre ellos. ¿Habrá reconciliación? ¿Louis lo mandará a tomar viento fresco? ¿Lestat le suplicará que vuelva con él? Y lo más importante: ¿Harás una continuación del fic para responderme a todas estas preguntas?

En conclusión: me ha gustado mucho. ¡Un saludo!

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt