Se había convertido en toda una mujer.
Una mujer distinta a las demás porque siempre tendría el aspecto de
una niña. Seis años perpetuos como una condena con labios
sonrosados, mejillas regordetas, un mentón suave y ojos enormes que
mostraban su verdadera edad en la forma de mirar. Elegante y
sofisticada con vestidos propios de una muñeca. Sus cabellos dorados
caían en bucles que parecían ser eternos, como ella.
¿Cómo no amarla? Una muñeca viva que
reía y lloraba, se movía con elegancia, bailaba al son de la música
del piano y recitaba poemas cada vez más extraños y retorcidos. Un
ser cruel con apariencia de ángel.
Nadie podía imaginar quien era
realmente. Su nombre se había perdido por los siglos de la memoria
destrozada de los mortales. Nadie recordaba algo más allá de hacía
veinte o treinta años, pues muchos de ellos habían muerto por
numerosas enfermedades y otros, los más afortunados, ya eran
prácticamente ancianos que perdían la memoria como único remedio a
su dolor.
Jamás pude olvidar mi amor por ella ni
aunque se convirtiera en cenizas. Aún guardo su imagen en mi memoria
y su fantasma aparece para torturarme. Sin embargo, extiendo mis
brazos y me digo culpable, no obstante en cada una de sus apariciones
recuerdo trozos de una vida que aún siguen siendo muy dulces.
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