Armand
El Jardín Salvaje
Bajo Licencia LCC y SG
El arte y yo
En ocasiones me he concentrado en miles
de esculturas observando cada minúsculo detalle. Me gusta ver como
éstas hermosas obras no cambian su aspecto, salvo problemas de mala
conservación. Son inmortales y hermosas, como si el mundo hubiese
decidido que se mantuvieran firme ante el desastre que aguarda cada
día en cualquier esquina de sus calles. Ellas son como nosotros. Las
pinturas también son un canto a la perfección, incluso cuando se
dibujan garabatos inconexos y de difícil comprensión que dejan a
más de uno insatisfecho. Mis obras favoritas son aquellas que
muestran la vida tal cual, con sus defectos y virtudes, como si
fueran capturadas por una cámara.
Claudia odiaba a los mortales porque
ella deseaba tener fotografías y nosotros no podíamos salir en
ninguna de ellas, pues se necesitaba la luz del sol y ésta siempre
fue nuestro mayor enemigo. Sin embargo, no paro de tomar fotografías
a todo ahora que poseo una cámara. Saco fotografías incluso a
lugares que he visitado y visto miles de veces. Quedo fascinado en la
quietud que se muestra en algunas instantáneas y el bullicio que
puedes hallar en otras.
Marius siempre opina que el arte es uno
de los inventos que el hombre debería conservar impertérrito. Sin
embargo, el arte era más hermoso verlo crear por sus manos aunque
tenían nuevas tonalidades muestras de una visión que va más allá
de los detalles superfluos, que se sumerge por completo en detalles
que pasan desapercibidos por los mortales.
Mi amor por el arte es también mi odio
por éste. Estaba destinado a pintar retablos de Dios en su
representación humana, Jesús, pero el destino influyó junto al
azar y caí en manos perversas. Sentí el azote del miedo, la
depravación y el dolor lacerante que cubría mi cuerpo con golpes
brutales mientras el mar movía el barco que me llevó a Venecia.
Aquella ciudad era la cuna del arte en aquellos momentos, parte de la
vanguardia y el desenfreno de fiestas pomposas y artistas brillantes.
Marius deseaba que tomara el pincel y
creara para él, pero mis obras eran muy distintas al refinamiento
que él deseaba. Trazos toscos, miradas frías y poca expresividad.
Me sentía devastado porque no lograba recordar algo más que el
viaje en barco hasta que un día los recuerdos llegaron, me
arrancaron el aliento y permitieron que volviera a Kiev siendo Amadeo
y no Andrei.
Mi mundo gira entorno al arte, como al
fuego. Ver destruidas las obras de mis compañeros y maestro me llenó
de odio, igual que de un miedo que me recorría la columna vertebral
hasta llegar a mi cráneo. Recuerdo como me alzaban por los aires
deseando que dijera la verdad que tan afanosamente Marius incluso
ocultó de mí. Me sentí vendido, menospreciado por no haber sido
conducido al misterio que él custodiaba y también solo. Esa
sensación de soledad sigue embriagándome, sin embargo cuando admiro
una obra de arte, sea cual sea, siento que la belleza sigue en pie y
que yo debo seguir mi camino.
Creo que por ello siempre he intentado
estar presente en el arte fuese como artista, modelo, director de un
teatro o finalmente amante del nuevo arte de comprender los objetos
modernos. Pero también el fuego, porque el fuego me ha arrebatado lo
que más he querido o he tenido como baluarte, aunque también he
condenado a otros a saborear sus llamas y el dolor que estás
ofrecen.
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