Sentados ambos frente a
frente con la mirada perdida el uno en el otro, como si se
reconocieran en un reflejo imposible en un espejo de ópalo o quizás
se hechizaban en silencio escuchando el murmullo del discurrir de sus
deseos. Completamente enfervorecido quería gritarle cuanto había
extrañado tenerla a su lado, abrazarla y besar sus labios una y otra
vez hasta provocar desgastarlo. Pero, ella se mantenía firme con
aquellos ojos grises que parecían avecinar tormenta. Quería llorar,
veía que rompería en un llanto silencioso y cruel. Una belleza como
la suya, tan firme y serena en apariencia, quedaría consumida a una
mueca horrible por las lágrimas sanguinolentas que ahora, y desde
que era inmortal, producían sus lacrimales. Allí, parados sin tan
siquiera moverse, se preguntaban que hacer con sus manos, pies y
cuerpos si deseaban unirse de nuevo.
-Hace días que no sé de
ti-pronunció finalmente-¿Dónde has estado?
-No quería ser un
estorbo. He pensado que podía darte tu espacio, como bien querías-
replicó frunciendo sus cejas doradas mientras sus largos cabellos
rizados caían desparramados por su chaqueta de cuero.
-¡Me has dejado
sola!-vociferó-¡Decías que te quedarías a mi lado y no lo has
hecho!-lo señaló deseando abofetearle, pero a la vez quería
besarlo y rogarle que la disculpara.
-Simplemente, creí que
el hospital te necesitaba para investigar esa dichosa
bacteria-replicó con tono calmado mientras se levantaba.
-¡Mírate! ¡Pareces un
niño que acaba de salir de un concierto en el garaje de su
casa!-exclamó al ver una vez más la ropa que llevaba.
Lestat se había
personado con una camiseta negra agujereada, una chaqueta de cuero
con tachuelas metálicas y unos pantalones también de cuero con unas
botas que sólo a un roquero se le ocurriría llevar. Su pelo era una
maraña imposible de acomodar, aunque se veía suave y limpio. Aquel
hombre elegante con traje había quedado atrás. Pero ella sabía que
incluso así era Lestat, porque él era así.
Ella vestía unos
sencillos pantalones de vestir, una camisa blanca y una bata del
mismo color con su nombre en letras azules. En sus pies sólo había
unos zapatos cómodos que pudieran permitirle estar caminando sin
problemas. A pesar de ser una inmortal, como él, decidió seguir sus
viejas costumbres con discreción.
-Ya cielo-susurró
intentando de calmarla-Cariño, ya. Ya no pasa nada cariño. Todo irá
bien mi amor. Verás que todo se soluciona-comentó quedando junto a
ella para tomarla del rostro, pero antes que pudiera hacerlo sintió
una bofetada-¡Por qué!
-¿Crees que es sitio
para que vengas vestido así?-siseó molesta- ¿Crees que es lugar
para que vengas así vestido? Es un hospital.
-Seguro que hay más de
un rockero que se encuentra por aquí debido al consumo excesivo de
alguna sustancia y no precisamente tiene que ser cocaína- comentó
desenfadado- ¿No te gusta?
-Me has tenido abandonada
¿para qué? ¿Para ir por la calle vestido así?-lo agarró de las
solapas de la chaqueta y lo zarandeó- Dime.
-He estado lejos de ti
para que tú pudieras estudiar esa bacteria que se come la carne
humana y que está atacando a muchas personas en Florida. Te han
pedido colaboración a ti y a la clínica. No puedo hacer otra cosa.
¿Qué querías que hiciera? Sé cuanto odias cuando revoloteo por
aquí conversando con las enfermeras y distraiéndolas simplemente
porque tú rellenas y rellenas informe tras informe-los ojos de Rowan
cambiaron y dejaron de estar llenos de dolor, aunque Lestat no pudo
ver ese cambio porque agachó la cabeza buscando un lugar confortable
en su pecho.
Ambos quedaron abrazados
en silencio. Un silencio agradable en aquel lugar tan frío a pesar
de las obras de arte, y tan aseptico. Era la oficina que ella poseía
en la Clínica Mayfair. Era el sueño que una vez tuvo y que Mona
mandó seguir, el cual finalmente vio la luz y ella decidió tomar su
lugar como directora y también especialista.
Una mesa simple pero
resistente, la cual estaba cargada de libros, una vieja fotografía
de la casa llena de invitados que le recordaba que por ellos seguía
en New Orleans, además de por Lestat, y un ordenador portátil que
contenía numerosa, y por supuesto valiosa, información de cientos
de pacientes que aún se encontraban con las carpetas abiertas o que
ya habían terminado su tratamiento.
A sus espaldas una
ventana de un tamaño mediano, sin cortinas y con unas persianas
metálicas que tenían la cuerda algo pasada por el sol. Las sillas
parecían cómodas aunque eran un tanto tortuosas, las estanterías
perfectamente ordenadas y la planta necesitaba que la regara. Un
lugar común, discreto y no muy ostentoso a pesar de ser el lugar que
ocupaba la directora.
-¿Me amas?-preguntó
pasando sus brazos alrededor de su cuello- Dime ¿me amas?
-Si no te amara no
estaría aquí, Rowan-dijo buscando su boca para besar sus labios con
una pasión que únicamente él podía otorgarle. Un beso lleno de
deseo contenido.
-Entonces si me amas-
murmuró parando el beso para mirarlo a los ojos con una sonrisa
tímida en sus labios- Si me amas espérame cinco minutos y nos
marchamos a casa. Pero por favor, deja en paz a las enfermeras y no
armes escándalo.
-No lo haré-dijo sin
poder soltarla-Creo que tengo un problema y es que no quiero
apartarme de ti.
-Lestat... aquí
no-respondió-En casa.
Ella se giró forcejeando
con él y terminó dándole la espalda. El brazo izquierdo de Lestat
rodeaba la cintura de su bruja, la cual rápidamente sintió como la
mano derecha de su amante acariciaba sus senos por encima de la ropa.
En ese momento jadeó pegándose a él lo máximo posible, mientras
si brazo derecho se alzaba buscando con su mano el pelo enmarañado
del incorregible príncipe malcriado. Sus dedos se hundieron en los
rizos dorados, mientras su cabello rozaba la chaqueta de cuero, y la
mano derecha de Lestat desabrochaba su camisa.
Sin embargo, Rowan
intentaba recobrar la compostura y huir del deseo. Pero pronto
descubriría que quien ahora era su compañero, su amante, su esposo
y el vampiro que la deseaba de forma erótica era mucho más
persuasivo de como lo recordaba. Acabó sin bata y sin camisa, con
ambas prendas arrojadas en el piso de mármol, mientras su sujetador
de encaje pronto era arrebatado por las hábiles manos de Lestat.
-He dicho que no-chistó
regañándolo como si fuera un niño.
Tenía las mejillas algo
sonrojadas, pues había tomado algo de sangre de un cretino que
empezó a seguirla en el aparcamiento y pensaba atracarla. Ese rubor
se debía a que la sangre ingerida se agolpó en su rostro por motivo
de vergüenza.
Sin embargo, la imagen de
quinceañeras acariciándole el torso, abrazadas a él, subiéndose
en su moto y pidiendo que las arrullara con sus gritos infernales de
estrella del rock la desquiciaron y se aproximó a él besándolo en
los labios. Su lengua se coló traviesa y él hizo lo mismo.
Sus pechos empezaron a
ser acariciados por los las manos de largos y fríos dedos de su
amante, pero él sabía que sus pezones eran sensibles y que estaba
deseando que se los llevara a la boca. Él también tenía sus celos
y podía imaginarla conversando con Michael, incluso con Pierce
aunque ese bobalicón no tenía ojos para nadie más que para Mona
aunque no le hacía caso alguno, y con cualquier paciente que tratara
con algo más de amabilidad. Esos celos lo enjaulaban y provocaban
que sus succiones fueran más intensas. Rowan empezó a gemir bajo
intentando no montar ningún espectáculo.
Rápidamente desabrochó
el pantalón de cuero y después el suyo. El miembro de su amante
surgió de entre la tela salpicado de algo de pelo rubio, algo más
oscuro que el de su cabeza, y completamente erecto. Ella se sentía
húmeda sólo por los besos y mordiscos en sus pezones, pero eso no
era lo único que pensaba hacer Lestat. Nada más verla liberada de
sus pantalones, aunque lo hizo con algo de esfuerzo, apartó la tela
de sus pequeñas braguitas y hundió dos de sus dedos.
Su vagina estaba cálida
y húmeda dispuesta a recibirle sin más rodeos. Era un sexo rápido,
en un lugar donde podían verlos y que provocaba en ambos una
excitación tremenda. Volvió a besarla mientras la tomaba entre sus
brazos, levantando sus piernas del suelo y ayudando a la vez, con
algo de cuidado y mucho deseo, a enterrarse en ella. Su miembro se
hundió sintiendo rápidamente debido a la lubricación por los
fluidos de su Rowan, su bruja... la mujer que tanto amaba y deseaba.
El movimiento de pelvis
que ambos llevaban no era pausado, se escuchaban suaves golpes desde
fuera de su despacho y algunas enfermeras se preguntaban que demonios
estaba sucediendo. Ninguna fue a mirar, pues sabían que no eran de
su incumbencia y más aún cuando escucharon los largos gemidos de la
directora acompañados de otros masculinos, los cuales identificaron
rápidamente con los del joven rubio con el cual se había casado.
El rumor de una mujer de
su edad abandonado a su esposo para ir con un jovencito provocó que
muchas la envidiaran. Pero Rowan se veía hermosa a pesar de su edad
y para siempre quedaría congelada con esa imagen de mujer de mundo,
firme, de ojos hermosos y piel de porcelana. Y esa noche la
envidiaban aún más a pesar que todas la adoraban.
-Así, así...-gemía- Te
extrañé Lestat... no vuelvas a dejarme por ocupada que me
encuentres-casi no podía hablar y le costaba articular palabra, pero
creyó que debía saberlo.
-Je t'aime-dijo con sus
hermosos ojos violetas cerrados mientras la hacía retorcerse de
placer, al igual que él- Cherie... Cherie... Oui... Oui... Mon
Dieu!...
Y finalmente, en un largo
gemido de ambos tan alto como desesperado, llegaron al orgasmo
pegados a la pared y notando que uno de los cuadros se descolgaba.
Ambos se besaron notándose empapados por el sudor sanguinolento que
manchaban su ropa, rostro y parcialmente la papel pintada de un color
azulado que recordaba al del cielo de verano.
3 comentarios:
Jefe exijo uno conmigo
Jefe exijo uno conmigo
Sabes que tendrás uno. Tal vez mañana, Mona. Sabes que tenemos algo pendiente.
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