Arion x Petronia
El Jardín Salvaje
La noche había comenzado
una vez más como si fuera una tragicomedia griega eterna que jamás
termina. Tenías la comedia y el drama unidos con lazos demasiado
fuertes. Manfred se hallaba frente a mí tras la última visita de
Tarquin. Sus pequeños y arrugados ojos no se concentraban en el
tablero y continuamente se acomodaba el escaso pelo que tenía sobre
su cabeza. Torcía la boca, temblaba al tomar el caballo y se
equivocaba con los movimientos de la reina. Suspiré pesadamente
cuando comprendí que la partida quedaría en tablas al ver como se
levantaba acomodando su chaleco negro sobre aquella camisa blanca de
lino.
-Estoy demasiado
nostálgico para concentrarme en una partida de ajedrez-me dijo
rehuyendo mi mirada, como si temiera alguna muestra de enfado por mi
parte- La visita de mi nieto me ha hecho recordar Blackwood Farm y mi
exilio. Si es cierto, si puede ser cierto, que mi mujer aún está
allí como espíritu me gustaría verla pero Petronia no lo
permitirá. Eso me llena de un extraño deseo e impotencia- balbuceó
las últimas palabras alejándose de mí precipitadamente.
Tomó su abrigo, uno de
sus sombreros y un pañuelo para cubrir su arrugado cuello. Aquellas
manos blancas con algunas pecas de edad tomaron el pomo, abrieron la
puerta y después la cerró con sigilo. Sus pasos por la galería se
perdieron rápidamente mientras escuchaba como otros precipitados
iban y venían por los pasillos.
Petronia estaba en la
mansión y se hallaba posiblemente exigiendo a sus esclavos mortales
que la adoraran como a una diosa griega, acomodaran los mejores
apliques en su cabello y maquillaran levemente sus labios mientras se
fundía uno de esos elegantes trajes que marcaban su busto provocando
en mí cierto deseo.
-¡Ese no maldito
idiota!-escuché los gritos que le propinaba a uno de los muchachos a
pesar de los gruesos muros-¡Te dije que quiero el blanco y no el
rojo! ¡Ese no va bien con mi camafeo!
Decidí incorporarme
acomodando mi camisa azul marina, también de lino como la de
Manfred, y caminar hasta la puerta. Cuando fui a girar el pomo otro
de sus gritos hizo tronar la madera. Negué un par de veces con la
cabeza y abrí dirigiéndome hacia donde se encontraba.
Allí se hallaba ella
terminando de colocar su camafeo con cierta furia. Me quedé en la
puerta deseándola al contemplar aquella belleza andrógina rescatada
del Vesubio y del circo. Deseé besarla estrechándola entre mis
brazos y hablarle con cariño. Sin embargo, no sabía si su humor era
terrible o simplemente insoportable. Comprendía que en ocasiones la
ineficiencia de sus vasallos la aturdieran hasta generar una furia
terrible, pero no entendía porque nos habíamos distanciado tanto en
ciertos aspectos.
Sin embargo, cuando se
acercó su esclavo favorito se serenó permitiendo que terminara de
peinarla. Ella se observaba grácil y elegante en aquella silla
mientras el joven le acomodaba los cabellos convirtiéndolos en
ondulados con un suave recogido. Sus ojos se calmaron y pude notar un
rictus menos furibundo. Él no hablaba y tan sólo dejaba que sus
manos cálidas la sosegaran. Aquello era como magia.
-Petronia, desearía
hablar contigo ésta noche-dije observando como el joven terminaba y
aguardaba la orden de Petronia para marcharse.
Frunciendo el ceño
volteo en mi dirección y en un suave gesto extendió el brazo para
que el chico abrochase una pulsera, de oro y diamantes, ignorándome
nuevamente manteniéndose distante echando un vistazo a los anillos
que deseaba ponerse esa noche.
-Petronia, por favor-dije
dando un par de pasos hacia ella esperando que aceptara una reunión
informal, algo distendido como en los viejos tiempos y olvidarnos de
ese muro que se oponía entre ambos.
La recordaba como una
chiquilla atada a unos grilletes que provocaban marcas horribles en
su piel, las cuales se infectaban y por ello tenía fiebres casi
perpetuas, sin embargo su belleza era casi inaccesible y me enamoré
perdidamente de sus rasgos firmes con ojos de fiera. Deseé cubrirla
de joyas, telas elegantes y besos que únicamente se ofrece a una
amante.
-Petronia, por favor.
-No voy a jugar ajedrez
si Manfred se fue. Además necesito ir a Sugar Devil Swamp a buscar
unas cosas que deje olvidadas -fue su respuesta- Hiciste un buen
trabajo esta noche. Puedes retirarte -entregó uno de aquellos
anillos al chico, el cual se sorprendió, al observar como ésta se
deshacía de él sin ningún reparo como si fuese una simple
baratija, agradeciendo aquella muestra de generosidad retirándose y
alabando a ésta. Ella entonces volteó hacia mí cruzando la pierna.
Portaba un pantalón de vestir en color blanco junto a una blusa sin
mangas del mismo color resaltada por botones de oro y zafiros- Si me
adorasen y temiesen como mis esclavos otra cosa sería -pronunció
dándome la espalda una vez más, buscando en aquel tocador un
perfume que ella considerase mejor para aquella noche.
-No, no te temo es
cierto-pronuncié aproximándome más hacia el tocador para quedar
tras ella, con la vista clavada en el reflejo de ambos-No puedo temer
algo que he creado y protegido tantos siglos-coloqué mis manos sobre
el respaldo del asiento, no sobre ella porque sabía que podía tener
un brusco cambio de carácter- Petronia, no deseaba pasar la noche
frente al tablero de ajedrez sino frente a ti. Dices que no te adoro,
pero ni siquiera me permites contemplar tu belleza
últimamente-aquello pudo sonar a reproche, pero sólo era la
realidad más cruda y profunda que ambos podían compartir.
Me observó entonces por
el espejo y creí que sus ojos eran gemas de otro mundo. Deseé
besarla pero sabía que estaba siendo generosa con soportarme.
Conocía bien su molestia al contemplarme frente al tablero y aún
así lo hacía noche tras noche.
-Tienes cinco
minutos-dijo siguiendo con la búsqueda de aquella fragancia.
Sus manos se movían
delicadas como las de una mujer y no las de un orfebre. Muchos de sus
compañeros en la antigüedad, cuando vestía como un chico
mugriento, quedaban asombrados, y casi cautivados, cuando tomaba su
forma femenina. Sin embargo, terminaban burlándose de ella al saber
la cruel realidad que se plasmaba en aquella dualidad. A mí jamás
me importó porque para mí era ella, Petronia, mi hija y compañera,
la mujer que rescaté del Vesubio y la esclavitud.
Coloqué mis manos sobre
sus hombros y aspiré el perfume embriagador de su cabello. Había
usado una crema especial de almendras y flores con toque de miel, la
fragancia que más me agradaba oler en sus cabellos. La piel le olía
jabón limpio sin fragancia excesiva para que el perfume no se
confundiera. Su sus mejillas tenían un ligero aroma a maquillaje, el
cual rocé con mis labios en un simple beso en su mejilla.
-En realidad, deseo estar
en tu compañía sin decir mucho más. Por favor, permite que pase la
noche a tu lado como cuando sólo éramos dos.
Me observó con severidad
rehuyendo casi de inmediato a mi trato. Aquello provocó que me
sintiera herido. Jamás me aceptaba a su lado desde que Manfred vino
a unirse a nosotros. Poder tocar sus manos era algo que prácticamente
no me permitía y besar sus mejillas era algo inusual.
-No estoy de humor para
cursilerías -furiosa deshizo la trenza de su cabello dejando este
caer libremente con leves ondas sobre su espalda y hombros.
-¿Por qué?-pregunté
acariciando sus cabellos tan suaves como aquel día a pesar que
estaban más limpios y cuidados- Pensé que desearías ésta vez
concederme el honor de tu compañía- aparté sus cabellos hacia un
lado y la miré por el espejo con una leve sonrisa- Incluso cuando no
te encuentras de humor tienes un rostro hermoso, Petronia.
-Cursi...-fueron sus
palabras al salir del vestidor en dirección a la terraza.
Nuestra terraza tenía
unas vistas espléndidas de la isla. Podía verte los barcos llegando
al puerto, tanto yates como otras embarcaciones menos lujosas, las
tímidas luces de las casas vestidas de blanco y azul con sus
comercios pequeños dando vida, los bares dejando que la música
llegue suavemente hasta nosotros y la brisa. Esa magnífica brisa que
entraba serpenteando cuando salíamos a nuestro mirador, un rincón
mágico y que no era más que mi lugar favorito de la vivienda.
Aparecí tras ella
metiendo mi mano derecha en mi pantalón para sacar un collar de oro
blanco que a la vista parecía simple, pero sus eslabones parecían
las escamas de un reptil. Con cuidado se lo coloqué alrededor del
cuello y cerré el broche esperando alguna respuesta. Había caminado
por las calles durante algunas noches sin más compañía que yo
mismo, sintiendo como el mundo a mi alrededor giraba demasiado rápido
y lento a la vez. Podía notar las miradas de mujeres y hombres
fijándose en mí como si fuera un turista perdido y de los turistas
como si fuera un igual. Pero una de esas noches, una de tantas, di
con una de las joyerías que creía cerradas por la mala situación
del país. Ahí estaba, con su perfecta técnica en grabados y
pulseras. Decidí comprarle ese collar que en realidad era una
baratija, aunque bastante caro para cualquier bolsillo. Aguardaba su
respuesta fuese buena o mala, pero la aguardaba.
Palpó aquel collar
sonriendo suavemente. Sabía casi con precisión que diría sobre él,
pero esperé que respondiera.
-Buen trabajo aunque no
tan bueno como el mío-respondió altiva y un tanto orgullosa de sí
misma retirando la mano y observando a lo lejos aquella algarabía de
los mortales en ciertos cafés y bares.
-No, no lo es. Pero en
cuanto lo vi pensé que podía adornar tu esbelto cuello-comenté
apoyando mis manos en sus hombros mientras miraba el ir y venir de
los habitantes- Deseaba pasear contigo ésta noche, tal vez sentarnos
como unos mortales en alguna de esas mesas de metal tan ligeras y
terminar en la zona costera. O tan sólo sentarnos y conversar sobre
nuestros proyectos. Hace mucho que no hablamos, Petronia. No hablamos
más de unas frases y extraño el timbre de tu voz.
-Si no te la vivieras con
Manfred tal vez interactuaríamos... ¿Por qué tengo una absurda
fascinación por los Blackwood? -lanzó la pregunta sin ni una otra
afirmación que sustentase lo dicho.
Acabé rodeándola con
mis brazos por su cintura, justo por encima de sus caderas que hacían
una curva sutil, mientras miraba la luna y las estrellas escuchando
sus palabras lanzadas al viento. Ese mismo viento que mecía
suavemente sus cabellos.
-Tal vez porque Manfred
halagó tu arte en un principio, pero después no sé que pudo
ser-murmuré guardando silencio nuevamente para meditar mi siguiente
oración-Pero te diré que suelo alejarme de ti porque pienso que
estorbo en tu trabajo y planes. Siento que hay un vacío inmenso
entre los dos que se ha convertido en un muro y cuando quiero
escalarlo tus palabras me hieren. Extraño sostenerte de ésta forma
y ver pasar las horas hasta prácticamente llegar el amanecer.
Sin pronunciar palabra
alguna, se acercó aun más a su cuerpo, recostado suavemente la
cabeza en su hombro negando mientras observaba el firmamento. Aparté
entonces el cabello de su cuello y lo besé mientras mis manos
acariciaban su vientre plano y diminuto en comparación con mis manos
algo grandes, quizás demasiado ásperas por los duros trabajos que
tuve que desempeñar como esclavo hasta que fui comprado por aquel
artista.
-Petronia, te
extrañaba-musité dejando algunos besos más antes de girarla
suavemente entre mis brazos, buscando ver sus ojos profundos oscuros
y sus pómulos marcados- Extrañaba incluso tu silencio-besé en ese
momento sus labios acariciando su rostro con mis manos, dejando que
estas se desvanecieran agarrándola por el cuello con la diestra y
mientras la zurda se deslizaba por su cintura hacia su espalda.
Tenía un cuerpo menudo a
pesar de su altura, un cuello largo y esbelto, pómulos marcados, un
pelo negro suave y unos ojos deslumbrantes. Sin duda alguna se habían
equivocado al tacharla de monstruo en muchas ocasiones. Las burlas
suelen ser de ignorantes que temen perder el juicio ante seres como
ella, pues ella era algo más que una simple mortal cuando la conocí.
Sufrir por tener ambos géneros pudo volverla loca, pero sólo la
hizo más fuerte. Recordé en ese instante la primera vez que rocé
sus labios de forma tímida, inseguro de mí mismo, y sosteniéndola
aún más delgada y con heridas por los grilletes que había tenido
casi toda su vida.
Se apartó entonces con
suavidad de mis brazos dejándome ver aquel maravilloso conjunto, el
cual se ceñía a su cuerpo y la hacían verse aún más atractiva.
-No daré un espectáculo
en la terraza-respondió entrando en la casa.
La seguí entonces
caminando hacia el interior y cerrando la terraza para pasar a
nuestro dormitorio, al menos el habitáculo donde teníamos ambos
nuestros diversos despachos y una amplia biblioteca con cómodos
divanes donde recostarnos. Sin embargo, a penas la usaba porque no
deseaba interrumpirla con mi presencia.
Allí mismo, con cierto
deseo, la tomé de la muñeca y con suavidad tiré de ella para besar
su boca de una forma más apasionada. Mi lengua se hundió en sus
labios algo llenos y sensuales, los mismos que demostraban palabras
dulces como llenas de una furia peor que mil tempestades en las
epopeyas. Acaricié su pelo enredándolo entre mis dedos de la mano
izquierda mientras la derecha acariciaba su escaso busto. Eran
pequeño medianos, casi pequeños, pero turgentes y suaves según
recordaba aunque hacía tantos años que había olvidado lo agradable
que era su tacto incluso con algunas capas de ropa.
-Dirás que soy cursi,
pero me muro de ganas de decirte te amo Petronia-dije cerca de sus
labios mientras buscaba rodearla con ansiedad, pero sin causarle daño
con mi fuerza ni retenerla de una forma de la cual no pudiera huir.
-No empieces con tus
cursilerias -respondió molesta alejándose dando un leve empujón-
Arion no estoy de humor para tus mimos ¿sabes?
Negué con los brazos en
jarra mientras la miraba suavemente, como si fuese a ser dócil en
ese momento pero mis manos se movieron rápidas y la alcanzaron
mientras que mis ojos se volvieron penetrantes. Ella no estaba de
humor para mis palabras amables y elegantes, pero quizás estaba
dispuesta a sentir al hombre que la deseaba tanto que ni se atrevía
a rozar su cuerpo por si emergía de él la bestia que tanto
controlaba.
-¿Y para mis
manos?-pregunté tomándola del rostro- ¿Y para la pasión que
contengo? ¿Para eso tampoco estás dispuesta?-susurré cerca de su
boca mientras la miraba cubriendo casi su rostro con mis manos
ásperas- Dime Petronia ¿a caso vas a seguir intentando ocultar lo
que sientes y necesitas por orgullo?
-Prefiero ser devorada
por los leones en el circo romano a soportar tu absurda lujuria
-profirió furiosa observándome con enojo y empujándome con más
fuerza.
Sin percatarse estaba
quedando acorralada cerca de una de las paredes de la vivienda. Era
un muro limpio, sin cuadros u otro adorno, tan blanco como el
encalado de las demás viviendas. Allí la pegué en un movimiento
rápido mientras abría la blusa que llevaba para observar sus
pechos. Mi lujuria era parte del amor que le profesaba, el cual
canalizaba usualmente en halagos que ni escuchaba y miradas que no
eran respondidas. Sabía que me abofetearía por ello, pero me llevé
uno a la boca mientras forcejeaba. Mis labios apretaron el borde de
la aureola de sus senos y mi lengua apretó con caricias húmedas su
pezón. Mis manos fueron a sus caderas apretándola a ella contra mí.
Era mi forma de recordar a su cuerpo como se deshacía cuando
encontraba el punto correcto. Mis ojos se clavaron en los suyos, tan
fieros y profundos que me electrocutaban con una sensación punzante
que recorría toda mi columna vertebral.
¡Infeliz! -grito furiosa
golpeándome con todas sus fuerzas- ¿Qué demonios crees que haces?
-profirió en gritos comenzando a masacrarme a golpes, pues detestaba
aquellas muestras de amor sin su consentimiento.
-¡Recordarte que eres
una mujer con deseos!-respondí furioso mientras una de mis manos
palpaba entre sus muslos rozando la costura de su pantalón blanco-
Que tienes un volcán más caliente que el Vesubio y que desea ser
calmado aunque lo niegues. ¡Por qué niegas lo evidente! ¡Por qué
siempre me haces llegar a éste punto!-la miraba a los ojos mientras
presionaba mi cuerpo contra el suyo, cubriendo su figura con la mía
por completo- ¿Qué sucedería si me buscara otra hembra que me
diese el calor de sus entrañas? ¿A caso amansaría la fiera que
tengo en casa? ¿Qué tal si lo hago esta misma noche?
Aquello la enfureció de
sobremanera provocando que me propinara un fuerte golpe en la cara
rompiendo así mi mandíbula.
-¡Vete a la mierda si
así lo prefieres maldito imbécil! ¡Me tienes harta!-espetó
mientras yo me recomponía.
Daba gracias a mis
milenios por la paciencia que poseía, pero sobre todo por mi rápido
poder de curación. Sin embargo, la paciencia pareció escurrirse al
igual que las gotas de sangre que surgieron de mis labios manchando
su blusa. Rompí sus ropas con rabia dejándola desnuda mostrando sus
pechos, su sexo masculino y femenino así comos sus piernas y su
delicada cintura.
Ella podía golpearme
cuanto quisiera, pero mis manos no se detendrían. Sabía que siempre
terminaba de ese modo. Nunca podíamos tener relaciones comunes, pues
las nuestras siempre estaban llenas de golpes. Mis manos acariciaron
sus cabellos completamente indomables ahora debido a su agitación y
mis labios rozaron los suyos en un beso apasionado. La empujaba
contra la pared y era posible que ya pudiera sentir mi miembro duro
rozando su vientre.
-Petronia-susurré
tomándola del rostro con mis manos para que me mirara-¿Por qué
siempre tan fiera?
-¡Púdrete maldito
infeliz! ¡Te mataré!- gritaba a todo pulmón golpeando con aún más
fuerza- ¡No voy a ser parte de tus malditas perversiones y lujurias!
¿Me oyes? -continuó gritando destrozando literalmente todos y cada
uno de mis órganos internos junto a mi miembro empujándome al otro
lado de la habitación sin ni un reparo en el ruido que pudiese
causar.
El ruido fue estrepitoso,
como si se hubieran caído todos los muebles de la vivienda. Sin
embargo, me recompuse quedando tirado en el suelo sin moverme ni un
milímetro. Era una maldita fiera y aunque la amara ella parecía
preferir que la detestara. Sin incorporarme la miré fijamente a los
ojos y sonreí.
-Buscaré otro amante que
sí me de aquello que deseo. Me marcharé y no volverás a saber de
ti. Ni siquiera Manfred sabrá donde me encuentro- dije apoyándome
en los codos antes de acabar por levantarme- Prefería a la muchacha
que se vestía con ropas ajadas y que cubría con besos, calmaba su
dolor con caricias y me creía cuando le decía que el mundo iba a
ser suyo. ¿Qué eres ahora? Sólo una fiera de circo. Eso mismo que
jamás quisiste ser, eso eres-la miré con tristeza mientras caminaba
hacia mi habitación.
Recogería mis cosas para
olvidarme de ella. Había soportado demasiado esperando que cambiara.
Mis cosas eran escasas más allá de algunas joyas valiosas, algo de
dinero en efectivo y la escasa ropa decente que aún conservaba. Era
un inmortal con cuantiosos tesoros, los cuales tan sólo contemplaba
como lo hacía con Petronia. Era mero placer de mirar el oro, los
rubíes, perlas y esmeraldas así como trajes de alta costura y
hermosas embarcaciones que yo mismo había mandado construir para
después deshacerme de ellas porque terminaban por ser demasiado
inestables. Mi vida giraba entorno a riqueza, aunque seguía
necesitando de poco para vivir.
Al abrir un cajón
encontré uno de los primeros camafeos que ella había hecho para mí.
Su sonrisa inocente y aún humana, esos ojos profundos que
demostraban admiración y no sólo furia, me transportaron a una
época en la cual realmente fui feliz y que como el Vesubio acabó
consumiéndose en cenizas.
-Debí notar antes que mi
presencia la irritaba de esa forma-dije para mí apoyándome en los
bordes de una cómoda y mirándome al espejo.
Vi a un hombre de color
con los ojos embarrados en sangre, igual que los labios y la nariz.
Estaba magullado aún físicamente, pero no así mi alma. Me iría
para dejarla tranquila. Sin embargo, cuando fui a despedirme sentí
un vuelco en mi pecho.
No había obtenido
respuesta a pesar de haberle dicho fiera. Mantuvo la calma y con
tranquilidad se sentó al borde de la cama, la cual era de pequeño
tamaño para descansar de nuestros oficios, cubriéndose con la
sabana de cama y haciéndose un ovillo bajo ésta. Se encontraba
recordando el sufrimiento de aquella época que representó ser
primeramente una bestia para el teatro y en segunda una fiera
indomable para los demás.
Me aproximé a ella
descubriendo su cuerpo mientras me sentaba a su lado. Acaricié sus
mejillas suavemente y deposité un tímido beso en su frente antes de
apartarme.
-No sé donde ha ido esa
niña que salvé. Porque eras como una niña deseando aprender que
era el significado de amor y respeto. Recuerdo que eras mi pequeña
fiera por como atacabas a todos y sin embargo a mí me dejabas
tocarte. ¿Por qué no me permites ahora siquiera abrazarte para
consolar tu corazón?-dije en un murmullo antes de incorporarme por
completo arropándola para marcharme-Me voy. No sé cual será el
lugar más apropiado para mí, pero así no tendré que observar tu
belleza sin poder siquiera tocarte. Se ha vuelto tedioso y difícil
para mí no poder hacerlo. Ya no dejas que te consuele y eso me hace
más daño que tus bofetadas-miré a mi alrededor cada uno de los
libros que había adquirido con el paso de los años y sonreí-Puedes
tirarlos si quieres, pero sé que los amas tanto como yo. La vivienda
es tuya, así como los barcos del muelle, el dinero y las esculturas.
No volveré, pero espero que sepas amar todo ésto más que todo lo
que me has amado a mí- me giré para tomar la maleta que había
dejado en la puerta y eché a caminar hacia la galería central,
donde me abrirían la puerta por última vez.
-¡Arion!-gritó al ver
como me marchaba y acabó bajando por la escalera rápidamente. Se
lanzó a mis brazos sin siquiera decir algo más-Calla y bésame -fue
lo último que dijo antes de rodearme con los suyos entre apasionados
besos.
Aún estaba desnuda y con
el cabello alborotado, mucho más hermosa que recién peinada y
vestida con las ropas más elegantes de su vestuario. La acomodé
entre mis brazos pegándola contra mi pecho, acariciando su espalda y
sintiendo ciertas miradas recelosas de los esclavos mortales que ella
mantenía.
Solté del todo la maleta
y me encaminé con ella hasta un salón privado. Allí había enormes
sofás que nadie usaba excepto nosotros en raras ocasiones, mesas de
maderas nobles y suntuosas cortinas de terciopelo. Los candelabros de
oro, el piano de cola, los jarrones llenos de flores rebosantes y una
penumbra sutil nos dieron la bienvenida.
Acomodé su cuerpo
delicado sobre el sofá cubriendo su rostro de besos intensos,
mientras mi mano derecha acariciaba su vientre camino de su sexo. Mi
lengua se fundía con la suya y mis dedos se hundían en su vagina
estrecha, la cual estaba oculta tras su sexo masculino. Jamás hice
mucho caso a ese tormento que ella mantendría por siempre. Primero
el dedo corazón estimulado su pequeño clítoris hasta deslizarse
por su abertura. Sus labios se abrían húmedos y calientes, tal como
le había dicho que estarían. Me hallaba arrodillado besándola y
tocándola con delicadeza. Deseaba escucharla gemir bajo mi nombre
mientras sus pechos se movieran suavemente oscilando por el placer.
Sus pezones color café se endurecerían pronto, tan pequeños como
el aro que le rodeaba. Blanca como la leche, delgada y sensual se
abriría ante mí mostrándome sus encantos. Yo lo sabía. No
preguntaría nada y tan sólo la haría mía a mi modo dejando huella
en cada una de mis caricias.
Su respiración comenzó
a tornarse más agitada y en un leve empujón se acomodo mejor en
aquel sofá rojo. Suavemente abrió los labios y entre gemidos
pronunció mi nombre. Aquello fue como alcanzar el cielo para mí.
-Arion... mi dulce
maestro... -susurró dispuesta y complaciente para mí, retorciéndose
ante cada maniobra o movimiento de mis dedos.
Me retiré para apartar
la escasa ropa, aún manchada con mi sangre, de mi cuerpo para
mostrarle lo excitado que me tenía sólo con aquella mirada llena de
placer y esas sutiles palabras. Tomé su mano diestra y la dejé
sobre mi miembro el cual palpitaba y contrastaba con la blancura de
su piel. Mi boca buscó la suya besándola mientras mis manos seguían
acariciando sus muslos y el interior de sus labios inferiores. Tenía
vello escaso en esa zona, pues jamás tuvo demasiado pelo en su
cuerpo, y éste era suave como el de su cabeza.
Su mano se movía por
inercia sobre mi miembro provocando que se endureciera. Ella tenía
un cuerpo delicado en contraste con el mío. Podía cubrirla con un
abrazo y eso fue lo que más me atrajo. Poder protegerla y amarla sin
importar donde o cuando, pues la ocultaba de todos e incluso, a
veces, de ella misma. Besé su boca quedando de rodillas como si
estuviera postrado ante un altar cristiano, mi mano se apartó y
decidí bajarla del sofá.
En el suelo, sobre la
hermosa y colorida alfombra, la dejé recostada apartando el cabello
de su rostro e incorporándola. Ella de inmediato comenzó a lamer mi
miembro y yo, como era habitual, jadeaba bajo observando como su
lengua humedecía cada milímetro de piel. Mis manos tomaron sus
senos pequeños, de pezones duros y sensibles, mientras movía
suavemente la cadera.
Petronia era como un
ángel de las pinturas y frescos que tanto amaban los hombres. Una
imagen de una diosa quizás, más que de un ángel. Una diosa cruel
en ciertos aspectos, pero delicada y bondadosa en otros. Aparté su
rostro de mi entrepierna para poder contemplarla. Sus ojos destilaban
deseo y una necesidad que me hizo sentir calor en lo profundo de mi
pecho. Rápidamente besé su boca mientras notaba que incluso su
miembro masculino cobraba algo de forma, aunque jamás llegó a ser
vigoroso ni ella a usarlo salvo para la conversión de Quinn como
burla.
Dejé de tocarla para
contemplar su cuerpo una vez más llenándola de besos y lamidas.
Cubría toda su piel con mi boca y con la punta de mis dedos. Me
incorporé para tomar uno de los cojines dejándolo bajo su cabeza y
abrí sus piernas para acomodarme entre ellas. Pronto la punta de mi
miembro entró en su vagina. Era estrecha, pero húmeda y caliente.
Sabía que me estaba buscando y necesitando.
Sus brazos se abrieron
como si fueran las enormes alas de un ángel y me rodearon dejando
que su piel, mucho más pálida que la mía, hiciera contraste y
rozara contra mi espalda. Mis codos quedaron clavados en la alfombra
y mis piernas empezaron a estar flexionadas mientras las suyas me
rodeaban por la cadera. Cuando me sentí dentro de ella fue como una
explosión de sensaciones que me otorgó un nerviosismo nuevo, como
si fuera la primera vez debido al tiempo que habíamos pasado
separados de éste modo. Mi boca y la suya, con besos profundos y
cargados de palabras que no nos decíamos y que simplemente dejábamos
morir con cada sensación. Creo que puedo describir perfectamente el
momento porque mi piel se eriza al imaginarme nuevamente entre sus
brazos, siendo besado y acariciado con lujuria.
Tenía un brillo en su
mirada penetrante y creo que la mía era la de un hombre plenamente
enamorado. Aún sigo enamorado de ella. Ella es la mujer que más he
amado y la única que he deseado retener junto a mí. Una mujer
extraña por su carácter y pasado, pero una mujer mucho más hermosa
que cualquier otra que pudieran poner ante mis ojos.
Cada movimiento de mi
pelvis era suave y contrario a la suya. Su vagina me atrapaba con sus
músculos, pedía que me quedara en ella, mientras que su sexo
masculino rozaba mi vientre. Podía notar sus dedos dejando caminos
largos y extraños, igual que sus uñas que se enterraban hiriéndome
por breves segundos. El olor de mi sangre la excitaba, podía notarlo
en sus besos cada vez más intensos y acabé por ofrecerle un poco de
mi sangre. Aquello provocó que gimiera y gritara mi nombre, algo que
me estremeció.
Cada minuto, o mejor
dicho cada segundo, vivido sobre aquella alfombra merecieron la pena.
El sudor sanguinolento que nos cubría, las gotas de sangre que caían
de mi espalda y el pequeño hilo rojo de mi boca a la suya es quizás
dantesco para un mortal pero para nosotros era lo más atractivo y
lujurioso que habíamos tenido en años. Ella y yo de nuevo unidos
hasta alcanzar el orgasmo.
No quise salir de ella de
inmediato, sino que me dediqué a cubrir su cuerpo con besos mientras
me miraba confusa y algo agotada. Sabía que aquello sólo ocurría
cuando ambos explotábamos por completo y sobre todo cuando no estaba
Manfred. El amor era un misterio aún para nosotros y el como
mantenerlo un prodigio.
-Te amo- dije retirándome
para caer a su lado.
-No seas cursi-respondió
levantándose para caminar a duras penas, con las piernas temblorosas
aún-Muévete de ahí antes que llegue Manfred. ¡Vamos!
Hubiese dado todo porque
esos minutos prosiguieran aún hoy y no regresara tan rápidamente a
su mal, aunque típico, carácter. Aún así sigue siendo la mujer
que quiero a mi lado y me conformo con besos a escondidas de
cualquier curioso y sexo clandestino cuando el miedo por perdernos
nos invade.
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