Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 27 de octubre de 2013

Una noche única

Arion x Petronia
El Jardín Salvaje


La noche había comenzado una vez más como si fuera una tragicomedia griega eterna que jamás termina. Tenías la comedia y el drama unidos con lazos demasiado fuertes. Manfred se hallaba frente a mí tras la última visita de Tarquin. Sus pequeños y arrugados ojos no se concentraban en el tablero y continuamente se acomodaba el escaso pelo que tenía sobre su cabeza. Torcía la boca, temblaba al tomar el caballo y se equivocaba con los movimientos de la reina. Suspiré pesadamente cuando comprendí que la partida quedaría en tablas al ver como se levantaba acomodando su chaleco negro sobre aquella camisa blanca de lino.

-Estoy demasiado nostálgico para concentrarme en una partida de ajedrez-me dijo rehuyendo mi mirada, como si temiera alguna muestra de enfado por mi parte- La visita de mi nieto me ha hecho recordar Blackwood Farm y mi exilio. Si es cierto, si puede ser cierto, que mi mujer aún está allí como espíritu me gustaría verla pero Petronia no lo permitirá. Eso me llena de un extraño deseo e impotencia- balbuceó las últimas palabras alejándose de mí precipitadamente.

Tomó su abrigo, uno de sus sombreros y un pañuelo para cubrir su arrugado cuello. Aquellas manos blancas con algunas pecas de edad tomaron el pomo, abrieron la puerta y después la cerró con sigilo. Sus pasos por la galería se perdieron rápidamente mientras escuchaba como otros precipitados iban y venían por los pasillos.

Petronia estaba en la mansión y se hallaba posiblemente exigiendo a sus esclavos mortales que la adoraran como a una diosa griega, acomodaran los mejores apliques en su cabello y maquillaran levemente sus labios mientras se fundía uno de esos elegantes trajes que marcaban su busto provocando en mí cierto deseo.

-¡Ese no maldito idiota!-escuché los gritos que le propinaba a uno de los muchachos a pesar de los gruesos muros-¡Te dije que quiero el blanco y no el rojo! ¡Ese no va bien con mi camafeo!

Decidí incorporarme acomodando mi camisa azul marina, también de lino como la de Manfred, y caminar hasta la puerta. Cuando fui a girar el pomo otro de sus gritos hizo tronar la madera. Negué un par de veces con la cabeza y abrí dirigiéndome hacia donde se encontraba.

Allí se hallaba ella terminando de colocar su camafeo con cierta furia. Me quedé en la puerta deseándola al contemplar aquella belleza andrógina rescatada del Vesubio y del circo. Deseé besarla estrechándola entre mis brazos y hablarle con cariño. Sin embargo, no sabía si su humor era terrible o simplemente insoportable. Comprendía que en ocasiones la ineficiencia de sus vasallos la aturdieran hasta generar una furia terrible, pero no entendía porque nos habíamos distanciado tanto en ciertos aspectos.

Sin embargo, cuando se acercó su esclavo favorito se serenó permitiendo que terminara de peinarla. Ella se observaba grácil y elegante en aquella silla mientras el joven le acomodaba los cabellos convirtiéndolos en ondulados con un suave recogido. Sus ojos se calmaron y pude notar un rictus menos furibundo. Él no hablaba y tan sólo dejaba que sus manos cálidas la sosegaran. Aquello era como magia.

-Petronia, desearía hablar contigo ésta noche-dije observando como el joven terminaba y aguardaba la orden de Petronia para marcharse.

Frunciendo el ceño volteo en mi dirección y en un suave gesto extendió el brazo para que el chico abrochase una pulsera, de oro y diamantes, ignorándome nuevamente manteniéndose distante echando un vistazo a los anillos que deseaba ponerse esa noche.

-Petronia, por favor-dije dando un par de pasos hacia ella esperando que aceptara una reunión informal, algo distendido como en los viejos tiempos y olvidarnos de ese muro que se oponía entre ambos.

La recordaba como una chiquilla atada a unos grilletes que provocaban marcas horribles en su piel, las cuales se infectaban y por ello tenía fiebres casi perpetuas, sin embargo su belleza era casi inaccesible y me enamoré perdidamente de sus rasgos firmes con ojos de fiera. Deseé cubrirla de joyas, telas elegantes y besos que únicamente se ofrece a una amante.

-Petronia, por favor.

-No voy a jugar ajedrez si Manfred se fue. Además necesito ir a Sugar Devil Swamp a buscar unas cosas que deje olvidadas -fue su respuesta- Hiciste un buen trabajo esta noche. Puedes retirarte -entregó uno de aquellos anillos al chico, el cual se sorprendió, al observar como ésta se deshacía de él sin ningún reparo como si fuese una simple baratija, agradeciendo aquella muestra de generosidad retirándose y alabando a ésta. Ella entonces volteó hacia mí cruzando la pierna. Portaba un pantalón de vestir en color blanco junto a una blusa sin mangas del mismo color resaltada por botones de oro y zafiros- Si me adorasen y temiesen como mis esclavos otra cosa sería -pronunció dándome la espalda una vez más, buscando en aquel tocador un perfume que ella considerase mejor para aquella noche.

-No, no te temo es cierto-pronuncié aproximándome más hacia el tocador para quedar tras ella, con la vista clavada en el reflejo de ambos-No puedo temer algo que he creado y protegido tantos siglos-coloqué mis manos sobre el respaldo del asiento, no sobre ella porque sabía que podía tener un brusco cambio de carácter- Petronia, no deseaba pasar la noche frente al tablero de ajedrez sino frente a ti. Dices que no te adoro, pero ni siquiera me permites contemplar tu belleza últimamente-aquello pudo sonar a reproche, pero sólo era la realidad más cruda y profunda que ambos podían compartir.

Me observó entonces por el espejo y creí que sus ojos eran gemas de otro mundo. Deseé besarla pero sabía que estaba siendo generosa con soportarme. Conocía bien su molestia al contemplarme frente al tablero y aún así lo hacía noche tras noche.

-Tienes cinco minutos-dijo siguiendo con la búsqueda de aquella fragancia.

Sus manos se movían delicadas como las de una mujer y no las de un orfebre. Muchos de sus compañeros en la antigüedad, cuando vestía como un chico mugriento, quedaban asombrados, y casi cautivados, cuando tomaba su forma femenina. Sin embargo, terminaban burlándose de ella al saber la cruel realidad que se plasmaba en aquella dualidad. A mí jamás me importó porque para mí era ella, Petronia, mi hija y compañera, la mujer que rescaté del Vesubio y la esclavitud.

Coloqué mis manos sobre sus hombros y aspiré el perfume embriagador de su cabello. Había usado una crema especial de almendras y flores con toque de miel, la fragancia que más me agradaba oler en sus cabellos. La piel le olía jabón limpio sin fragancia excesiva para que el perfume no se confundiera. Su sus mejillas tenían un ligero aroma a maquillaje, el cual rocé con mis labios en un simple beso en su mejilla.

-En realidad, deseo estar en tu compañía sin decir mucho más. Por favor, permite que pase la noche a tu lado como cuando sólo éramos dos.

Me observó con severidad rehuyendo casi de inmediato a mi trato. Aquello provocó que me sintiera herido. Jamás me aceptaba a su lado desde que Manfred vino a unirse a nosotros. Poder tocar sus manos era algo que prácticamente no me permitía y besar sus mejillas era algo inusual.

-No estoy de humor para cursilerías -furiosa deshizo la trenza de su cabello dejando este caer libremente con leves ondas sobre su espalda y hombros.

-¿Por qué?-pregunté acariciando sus cabellos tan suaves como aquel día a pesar que estaban más limpios y cuidados- Pensé que desearías ésta vez concederme el honor de tu compañía- aparté sus cabellos hacia un lado y la miré por el espejo con una leve sonrisa- Incluso cuando no te encuentras de humor tienes un rostro hermoso, Petronia.

-Cursi...-fueron sus palabras al salir del vestidor en dirección a la terraza.

Nuestra terraza tenía unas vistas espléndidas de la isla. Podía verte los barcos llegando al puerto, tanto yates como otras embarcaciones menos lujosas, las tímidas luces de las casas vestidas de blanco y azul con sus comercios pequeños dando vida, los bares dejando que la música llegue suavemente hasta nosotros y la brisa. Esa magnífica brisa que entraba serpenteando cuando salíamos a nuestro mirador, un rincón mágico y que no era más que mi lugar favorito de la vivienda.

Aparecí tras ella metiendo mi mano derecha en mi pantalón para sacar un collar de oro blanco que a la vista parecía simple, pero sus eslabones parecían las escamas de un reptil. Con cuidado se lo coloqué alrededor del cuello y cerré el broche esperando alguna respuesta. Había caminado por las calles durante algunas noches sin más compañía que yo mismo, sintiendo como el mundo a mi alrededor giraba demasiado rápido y lento a la vez. Podía notar las miradas de mujeres y hombres fijándose en mí como si fuera un turista perdido y de los turistas como si fuera un igual. Pero una de esas noches, una de tantas, di con una de las joyerías que creía cerradas por la mala situación del país. Ahí estaba, con su perfecta técnica en grabados y pulseras. Decidí comprarle ese collar que en realidad era una baratija, aunque bastante caro para cualquier bolsillo. Aguardaba su respuesta fuese buena o mala, pero la aguardaba.

Palpó aquel collar sonriendo suavemente. Sabía casi con precisión que diría sobre él, pero esperé que respondiera.

-Buen trabajo aunque no tan bueno como el mío-respondió altiva y un tanto orgullosa de sí misma retirando la mano y observando a lo lejos aquella algarabía de los mortales en ciertos cafés y bares.

-No, no lo es. Pero en cuanto lo vi pensé que podía adornar tu esbelto cuello-comenté apoyando mis manos en sus hombros mientras miraba el ir y venir de los habitantes- Deseaba pasear contigo ésta noche, tal vez sentarnos como unos mortales en alguna de esas mesas de metal tan ligeras y terminar en la zona costera. O tan sólo sentarnos y conversar sobre nuestros proyectos. Hace mucho que no hablamos, Petronia. No hablamos más de unas frases y extraño el timbre de tu voz.

-Si no te la vivieras con Manfred tal vez interactuaríamos... ¿Por qué tengo una absurda fascinación por los Blackwood? -lanzó la pregunta sin ni una otra afirmación que sustentase lo dicho.

Acabé rodeándola con mis brazos por su cintura, justo por encima de sus caderas que hacían una curva sutil, mientras miraba la luna y las estrellas escuchando sus palabras lanzadas al viento. Ese mismo viento que mecía suavemente sus cabellos.

-Tal vez porque Manfred halagó tu arte en un principio, pero después no sé que pudo ser-murmuré guardando silencio nuevamente para meditar mi siguiente oración-Pero te diré que suelo alejarme de ti porque pienso que estorbo en tu trabajo y planes. Siento que hay un vacío inmenso entre los dos que se ha convertido en un muro y cuando quiero escalarlo tus palabras me hieren. Extraño sostenerte de ésta forma y ver pasar las horas hasta prácticamente llegar el amanecer.

Sin pronunciar palabra alguna, se acercó aun más a su cuerpo, recostado suavemente la cabeza en su hombro negando mientras observaba el firmamento. Aparté entonces el cabello de su cuello y lo besé mientras mis manos acariciaban su vientre plano y diminuto en comparación con mis manos algo grandes, quizás demasiado ásperas por los duros trabajos que tuve que desempeñar como esclavo hasta que fui comprado por aquel artista.

-Petronia, te extrañaba-musité dejando algunos besos más antes de girarla suavemente entre mis brazos, buscando ver sus ojos profundos oscuros y sus pómulos marcados- Extrañaba incluso tu silencio-besé en ese momento sus labios acariciando su rostro con mis manos, dejando que estas se desvanecieran agarrándola por el cuello con la diestra y mientras la zurda se deslizaba por su cintura hacia su espalda.

Tenía un cuerpo menudo a pesar de su altura, un cuello largo y esbelto, pómulos marcados, un pelo negro suave y unos ojos deslumbrantes. Sin duda alguna se habían equivocado al tacharla de monstruo en muchas ocasiones. Las burlas suelen ser de ignorantes que temen perder el juicio ante seres como ella, pues ella era algo más que una simple mortal cuando la conocí. Sufrir por tener ambos géneros pudo volverla loca, pero sólo la hizo más fuerte. Recordé en ese instante la primera vez que rocé sus labios de forma tímida, inseguro de mí mismo, y sosteniéndola aún más delgada y con heridas por los grilletes que había tenido casi toda su vida.

Se apartó entonces con suavidad de mis brazos dejándome ver aquel maravilloso conjunto, el cual se ceñía a su cuerpo y la hacían verse aún más atractiva.

-No daré un espectáculo en la terraza-respondió entrando en la casa.

La seguí entonces caminando hacia el interior y cerrando la terraza para pasar a nuestro dormitorio, al menos el habitáculo donde teníamos ambos nuestros diversos despachos y una amplia biblioteca con cómodos divanes donde recostarnos. Sin embargo, a penas la usaba porque no deseaba interrumpirla con mi presencia.

Allí mismo, con cierto deseo, la tomé de la muñeca y con suavidad tiré de ella para besar su boca de una forma más apasionada. Mi lengua se hundió en sus labios algo llenos y sensuales, los mismos que demostraban palabras dulces como llenas de una furia peor que mil tempestades en las epopeyas. Acaricié su pelo enredándolo entre mis dedos de la mano izquierda mientras la derecha acariciaba su escaso busto. Eran pequeño medianos, casi pequeños, pero turgentes y suaves según recordaba aunque hacía tantos años que había olvidado lo agradable que era su tacto incluso con algunas capas de ropa.

-Dirás que soy cursi, pero me muro de ganas de decirte te amo Petronia-dije cerca de sus labios mientras buscaba rodearla con ansiedad, pero sin causarle daño con mi fuerza ni retenerla de una forma de la cual no pudiera huir.

-No empieces con tus cursilerias -respondió molesta alejándose dando un leve empujón- Arion no estoy de humor para tus mimos ¿sabes?

Negué con los brazos en jarra mientras la miraba suavemente, como si fuese a ser dócil en ese momento pero mis manos se movieron rápidas y la alcanzaron mientras que mis ojos se volvieron penetrantes. Ella no estaba de humor para mis palabras amables y elegantes, pero quizás estaba dispuesta a sentir al hombre que la deseaba tanto que ni se atrevía a rozar su cuerpo por si emergía de él la bestia que tanto controlaba.

-¿Y para mis manos?-pregunté tomándola del rostro- ¿Y para la pasión que contengo? ¿Para eso tampoco estás dispuesta?-susurré cerca de su boca mientras la miraba cubriendo casi su rostro con mis manos ásperas- Dime Petronia ¿a caso vas a seguir intentando ocultar lo que sientes y necesitas por orgullo?

-Prefiero ser devorada por los leones en el circo romano a soportar tu absurda lujuria -profirió furiosa observándome con enojo y empujándome con más fuerza.

Sin percatarse estaba quedando acorralada cerca de una de las paredes de la vivienda. Era un muro limpio, sin cuadros u otro adorno, tan blanco como el encalado de las demás viviendas. Allí la pegué en un movimiento rápido mientras abría la blusa que llevaba para observar sus pechos. Mi lujuria era parte del amor que le profesaba, el cual canalizaba usualmente en halagos que ni escuchaba y miradas que no eran respondidas. Sabía que me abofetearía por ello, pero me llevé uno a la boca mientras forcejeaba. Mis labios apretaron el borde de la aureola de sus senos y mi lengua apretó con caricias húmedas su pezón. Mis manos fueron a sus caderas apretándola a ella contra mí. Era mi forma de recordar a su cuerpo como se deshacía cuando encontraba el punto correcto. Mis ojos se clavaron en los suyos, tan fieros y profundos que me electrocutaban con una sensación punzante que recorría toda mi columna vertebral.

¡Infeliz! -grito furiosa golpeándome con todas sus fuerzas- ¿Qué demonios crees que haces? -profirió en gritos comenzando a masacrarme a golpes, pues detestaba aquellas muestras de amor sin su consentimiento.

-¡Recordarte que eres una mujer con deseos!-respondí furioso mientras una de mis manos palpaba entre sus muslos rozando la costura de su pantalón blanco- Que tienes un volcán más caliente que el Vesubio y que desea ser calmado aunque lo niegues. ¡Por qué niegas lo evidente! ¡Por qué siempre me haces llegar a éste punto!-la miraba a los ojos mientras presionaba mi cuerpo contra el suyo, cubriendo su figura con la mía por completo- ¿Qué sucedería si me buscara otra hembra que me diese el calor de sus entrañas? ¿A caso amansaría la fiera que tengo en casa? ¿Qué tal si lo hago esta misma noche?

Aquello la enfureció de sobremanera provocando que me propinara un fuerte golpe en la cara rompiendo así mi mandíbula.

-¡Vete a la mierda si así lo prefieres maldito imbécil! ¡Me tienes harta!-espetó mientras yo me recomponía.

Daba gracias a mis milenios por la paciencia que poseía, pero sobre todo por mi rápido poder de curación. Sin embargo, la paciencia pareció escurrirse al igual que las gotas de sangre que surgieron de mis labios manchando su blusa. Rompí sus ropas con rabia dejándola desnuda mostrando sus pechos, su sexo masculino y femenino así comos sus piernas y su delicada cintura.

Ella podía golpearme cuanto quisiera, pero mis manos no se detendrían. Sabía que siempre terminaba de ese modo. Nunca podíamos tener relaciones comunes, pues las nuestras siempre estaban llenas de golpes. Mis manos acariciaron sus cabellos completamente indomables ahora debido a su agitación y mis labios rozaron los suyos en un beso apasionado. La empujaba contra la pared y era posible que ya pudiera sentir mi miembro duro rozando su vientre.

-Petronia-susurré tomándola del rostro con mis manos para que me mirara-¿Por qué siempre tan fiera?

-¡Púdrete maldito infeliz! ¡Te mataré!- gritaba a todo pulmón golpeando con aún más fuerza- ¡No voy a ser parte de tus malditas perversiones y lujurias! ¿Me oyes? -continuó gritando destrozando literalmente todos y cada uno de mis órganos internos junto a mi miembro empujándome al otro lado de la habitación sin ni un reparo en el ruido que pudiese causar.

El ruido fue estrepitoso, como si se hubieran caído todos los muebles de la vivienda. Sin embargo, me recompuse quedando tirado en el suelo sin moverme ni un milímetro. Era una maldita fiera y aunque la amara ella parecía preferir que la detestara. Sin incorporarme la miré fijamente a los ojos y sonreí.

-Buscaré otro amante que sí me de aquello que deseo. Me marcharé y no volverás a saber de ti. Ni siquiera Manfred sabrá donde me encuentro- dije apoyándome en los codos antes de acabar por levantarme- Prefería a la muchacha que se vestía con ropas ajadas y que cubría con besos, calmaba su dolor con caricias y me creía cuando le decía que el mundo iba a ser suyo. ¿Qué eres ahora? Sólo una fiera de circo. Eso mismo que jamás quisiste ser, eso eres-la miré con tristeza mientras caminaba hacia mi habitación.

Recogería mis cosas para olvidarme de ella. Había soportado demasiado esperando que cambiara. Mis cosas eran escasas más allá de algunas joyas valiosas, algo de dinero en efectivo y la escasa ropa decente que aún conservaba. Era un inmortal con cuantiosos tesoros, los cuales tan sólo contemplaba como lo hacía con Petronia. Era mero placer de mirar el oro, los rubíes, perlas y esmeraldas así como trajes de alta costura y hermosas embarcaciones que yo mismo había mandado construir para después deshacerme de ellas porque terminaban por ser demasiado inestables. Mi vida giraba entorno a riqueza, aunque seguía necesitando de poco para vivir.

Al abrir un cajón encontré uno de los primeros camafeos que ella había hecho para mí. Su sonrisa inocente y aún humana, esos ojos profundos que demostraban admiración y no sólo furia, me transportaron a una época en la cual realmente fui feliz y que como el Vesubio acabó consumiéndose en cenizas.

-Debí notar antes que mi presencia la irritaba de esa forma-dije para mí apoyándome en los bordes de una cómoda y mirándome al espejo.

Vi a un hombre de color con los ojos embarrados en sangre, igual que los labios y la nariz. Estaba magullado aún físicamente, pero no así mi alma. Me iría para dejarla tranquila. Sin embargo, cuando fui a despedirme sentí un vuelco en mi pecho.

No había obtenido respuesta a pesar de haberle dicho fiera. Mantuvo la calma y con tranquilidad se sentó al borde de la cama, la cual era de pequeño tamaño para descansar de nuestros oficios, cubriéndose con la sabana de cama y haciéndose un ovillo bajo ésta. Se encontraba recordando el sufrimiento de aquella época que representó ser primeramente una bestia para el teatro y en segunda una fiera indomable para los demás.

Me aproximé a ella descubriendo su cuerpo mientras me sentaba a su lado. Acaricié sus mejillas suavemente y deposité un tímido beso en su frente antes de apartarme.

-No sé donde ha ido esa niña que salvé. Porque eras como una niña deseando aprender que era el significado de amor y respeto. Recuerdo que eras mi pequeña fiera por como atacabas a todos y sin embargo a mí me dejabas tocarte. ¿Por qué no me permites ahora siquiera abrazarte para consolar tu corazón?-dije en un murmullo antes de incorporarme por completo arropándola para marcharme-Me voy. No sé cual será el lugar más apropiado para mí, pero así no tendré que observar tu belleza sin poder siquiera tocarte. Se ha vuelto tedioso y difícil para mí no poder hacerlo. Ya no dejas que te consuele y eso me hace más daño que tus bofetadas-miré a mi alrededor cada uno de los libros que había adquirido con el paso de los años y sonreí-Puedes tirarlos si quieres, pero sé que los amas tanto como yo. La vivienda es tuya, así como los barcos del muelle, el dinero y las esculturas. No volveré, pero espero que sepas amar todo ésto más que todo lo que me has amado a mí- me giré para tomar la maleta que había dejado en la puerta y eché a caminar hacia la galería central, donde me abrirían la puerta por última vez.

-¡Arion!-gritó al ver como me marchaba y acabó bajando por la escalera rápidamente. Se lanzó a mis brazos sin siquiera decir algo más-Calla y bésame -fue lo último que dijo antes de rodearme con los suyos entre apasionados besos.

Aún estaba desnuda y con el cabello alborotado, mucho más hermosa que recién peinada y vestida con las ropas más elegantes de su vestuario. La acomodé entre mis brazos pegándola contra mi pecho, acariciando su espalda y sintiendo ciertas miradas recelosas de los esclavos mortales que ella mantenía.

Solté del todo la maleta y me encaminé con ella hasta un salón privado. Allí había enormes sofás que nadie usaba excepto nosotros en raras ocasiones, mesas de maderas nobles y suntuosas cortinas de terciopelo. Los candelabros de oro, el piano de cola, los jarrones llenos de flores rebosantes y una penumbra sutil nos dieron la bienvenida.

Acomodé su cuerpo delicado sobre el sofá cubriendo su rostro de besos intensos, mientras mi mano derecha acariciaba su vientre camino de su sexo. Mi lengua se fundía con la suya y mis dedos se hundían en su vagina estrecha, la cual estaba oculta tras su sexo masculino. Jamás hice mucho caso a ese tormento que ella mantendría por siempre. Primero el dedo corazón estimulado su pequeño clítoris hasta deslizarse por su abertura. Sus labios se abrían húmedos y calientes, tal como le había dicho que estarían. Me hallaba arrodillado besándola y tocándola con delicadeza. Deseaba escucharla gemir bajo mi nombre mientras sus pechos se movieran suavemente oscilando por el placer. Sus pezones color café se endurecerían pronto, tan pequeños como el aro que le rodeaba. Blanca como la leche, delgada y sensual se abriría ante mí mostrándome sus encantos. Yo lo sabía. No preguntaría nada y tan sólo la haría mía a mi modo dejando huella en cada una de mis caricias.

Su respiración comenzó a tornarse más agitada y en un leve empujón se acomodo mejor en aquel sofá rojo. Suavemente abrió los labios y entre gemidos pronunció mi nombre. Aquello fue como alcanzar el cielo para mí.

-Arion... mi dulce maestro... -susurró dispuesta y complaciente para mí, retorciéndose ante cada maniobra o movimiento de mis dedos.

Me retiré para apartar la escasa ropa, aún manchada con mi sangre, de mi cuerpo para mostrarle lo excitado que me tenía sólo con aquella mirada llena de placer y esas sutiles palabras. Tomé su mano diestra y la dejé sobre mi miembro el cual palpitaba y contrastaba con la blancura de su piel. Mi boca buscó la suya besándola mientras mis manos seguían acariciando sus muslos y el interior de sus labios inferiores. Tenía vello escaso en esa zona, pues jamás tuvo demasiado pelo en su cuerpo, y éste era suave como el de su cabeza.

Su mano se movía por inercia sobre mi miembro provocando que se endureciera. Ella tenía un cuerpo delicado en contraste con el mío. Podía cubrirla con un abrazo y eso fue lo que más me atrajo. Poder protegerla y amarla sin importar donde o cuando, pues la ocultaba de todos e incluso, a veces, de ella misma. Besé su boca quedando de rodillas como si estuviera postrado ante un altar cristiano, mi mano se apartó y decidí bajarla del sofá.

En el suelo, sobre la hermosa y colorida alfombra, la dejé recostada apartando el cabello de su rostro e incorporándola. Ella de inmediato comenzó a lamer mi miembro y yo, como era habitual, jadeaba bajo observando como su lengua humedecía cada milímetro de piel. Mis manos tomaron sus senos pequeños, de pezones duros y sensibles, mientras movía suavemente la cadera.

Petronia era como un ángel de las pinturas y frescos que tanto amaban los hombres. Una imagen de una diosa quizás, más que de un ángel. Una diosa cruel en ciertos aspectos, pero delicada y bondadosa en otros. Aparté su rostro de mi entrepierna para poder contemplarla. Sus ojos destilaban deseo y una necesidad que me hizo sentir calor en lo profundo de mi pecho. Rápidamente besé su boca mientras notaba que incluso su miembro masculino cobraba algo de forma, aunque jamás llegó a ser vigoroso ni ella a usarlo salvo para la conversión de Quinn como burla.

Dejé de tocarla para contemplar su cuerpo una vez más llenándola de besos y lamidas. Cubría toda su piel con mi boca y con la punta de mis dedos. Me incorporé para tomar uno de los cojines dejándolo bajo su cabeza y abrí sus piernas para acomodarme entre ellas. Pronto la punta de mi miembro entró en su vagina. Era estrecha, pero húmeda y caliente. Sabía que me estaba buscando y necesitando.

Sus brazos se abrieron como si fueran las enormes alas de un ángel y me rodearon dejando que su piel, mucho más pálida que la mía, hiciera contraste y rozara contra mi espalda. Mis codos quedaron clavados en la alfombra y mis piernas empezaron a estar flexionadas mientras las suyas me rodeaban por la cadera. Cuando me sentí dentro de ella fue como una explosión de sensaciones que me otorgó un nerviosismo nuevo, como si fuera la primera vez debido al tiempo que habíamos pasado separados de éste modo. Mi boca y la suya, con besos profundos y cargados de palabras que no nos decíamos y que simplemente dejábamos morir con cada sensación. Creo que puedo describir perfectamente el momento porque mi piel se eriza al imaginarme nuevamente entre sus brazos, siendo besado y acariciado con lujuria.

Tenía un brillo en su mirada penetrante y creo que la mía era la de un hombre plenamente enamorado. Aún sigo enamorado de ella. Ella es la mujer que más he amado y la única que he deseado retener junto a mí. Una mujer extraña por su carácter y pasado, pero una mujer mucho más hermosa que cualquier otra que pudieran poner ante mis ojos.

Cada movimiento de mi pelvis era suave y contrario a la suya. Su vagina me atrapaba con sus músculos, pedía que me quedara en ella, mientras que su sexo masculino rozaba mi vientre. Podía notar sus dedos dejando caminos largos y extraños, igual que sus uñas que se enterraban hiriéndome por breves segundos. El olor de mi sangre la excitaba, podía notarlo en sus besos cada vez más intensos y acabé por ofrecerle un poco de mi sangre. Aquello provocó que gimiera y gritara mi nombre, algo que me estremeció.

Cada minuto, o mejor dicho cada segundo, vivido sobre aquella alfombra merecieron la pena. El sudor sanguinolento que nos cubría, las gotas de sangre que caían de mi espalda y el pequeño hilo rojo de mi boca a la suya es quizás dantesco para un mortal pero para nosotros era lo más atractivo y lujurioso que habíamos tenido en años. Ella y yo de nuevo unidos hasta alcanzar el orgasmo.

No quise salir de ella de inmediato, sino que me dediqué a cubrir su cuerpo con besos mientras me miraba confusa y algo agotada. Sabía que aquello sólo ocurría cuando ambos explotábamos por completo y sobre todo cuando no estaba Manfred. El amor era un misterio aún para nosotros y el como mantenerlo un prodigio.

-Te amo- dije retirándome para caer a su lado.

-No seas cursi-respondió levantándose para caminar a duras penas, con las piernas temblorosas aún-Muévete de ahí antes que llegue Manfred. ¡Vamos!


Hubiese dado todo porque esos minutos prosiguieran aún hoy y no regresara tan rápidamente a su mal, aunque típico, carácter. Aún así sigue siendo la mujer que quiero a mi lado y me conformo con besos a escondidas de cualquier curioso y sexo clandestino cuando el miedo por perdernos nos invade.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt