El gramófono sonaba dándole vida a la
habitación con Non je ne regrette rien de Edith Piaf. Sus elegantes
pasos sonaban por el piso superior bajando hacia el primer piso,
cerca del salón acogedor que poseía aquel enorme balcón hacia el
jardín. Las encinas se movían suavemente, igual que el viejo roble,
las plataneras y los dondiegos.
Deslicé mi mano sobre mis cabellos
acomodando mis mechones. Tenía los ojos brillantes por los sueños
hermosos que habían acudido a mí. Me había visto vestido con un
elegante traje negro en medio de mi mansión bailando con Rowan en la
fiesta de Halloween. Mi traje blanco impecable, al igual que mis
caros y cómodos mocasines italianos, destacaba en la penumbra salvo
por su corbata roja que comencé a desechar al entrar en la cálida
estancia.
En ella, junto a la chimenea, había
una figura. Los brazos los tenía apoyados en el borde superior de la
chimenea, su cuerpo se encontraba reflexionado hacia delante y sus
cabellos sueltos ocultaban parte de su perfil. Llevaba unos
pantalones de cuerpo negros, botas altas new rock, y una simple
camiseta sin mangas. Aquel enigma lo conocía bien, sobre todo cuando
abrió sus alas blancas nuevamente frente a mí.
-¡Memnoch!-exclamé retrocediendo
hasta prácticamente tropezar con mis propios pies.
-Lestat, amigo mío-respondió
acercándose a él dando un par de pasos hacia delante.
-¡No somos amigos!-alcé aún más mi
voz reverberando hacia el techo-¡No quiero volver a saber de ti!
-¿Así tratas al diablo? ¿Qué será
de ti cuando bajes al sheol?-murmuró divertido mientras se
aproximaba a mí dejando atrás el calor agradable de la chimenea.
Sus manos cayeron como pesadas garras
sobre mis hombros y me miró a los ojos con tristeza. Parecía querer
hablar de nuevo conmigo, tomarme entre sus brazos y hacerme de nuevo
su gran oferta. Temblé como una hoja e intenté deshacerme de él.
-No, no...
Besó mi mejilla y acarició mis
cabellos con cuidado. Sus dedos jugueteaban con los mechones,
estiraba de estos para ver como regresaban a su longitud habitual al
soltarlos. Cerré mis ojos completamente aterrado. Sus suaves y
cálidos labios volvieron a mi mejilla y su cuerpo se pegaba al mío.
Podía escuchar como se movían sus alas y como el gramófono dejaba
de sonar. El viejo disco de vinilo que había comprado hacía algunos
días rodaba esperando que pusiera de nuevo la aguja en su lugar. Mi
mansión parecía una cárcel.
-Siempre volveré cuando me olvides,
para que sepas que hay algo más que tu horrible ego- dijo entre
carcajadas.
Cerré los ojos con fuerza y dejé de
sentir su presencia. Se había evaporado dejándome con su aroma
impregnado en mi ropa y cabellos, así como una sensación de
indefensión terrible. No había hecho nada por salvarme porque tal
vez quería saber que podía ofrecerme. La maldita tentación siempre
estaba ahí.
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