Cuando contemplo a Hazel descansado en
su cuna recuerdo como Claudia creció rodeada de un misterio que no
comprendió hasta pasados algunos años. Una niña inocente que
necesitaba sangre, la cual ingería con avidez y deseo. Ella
paladeaba el sabor metálico y dulzón que poseía la sangre de los
numerosos mortales que devoraba en mi compañía.
Cierta noche recordé uno de los
momentos que más dudas acarreó a la pequeña hija que tuve con
Louis. Rowan descansaba con la niña y yo bajé a la biblioteca. Tomé
varios folios del cajón de la mesa y tomé la pluma comenzando a
narrar aquel viejo suceso antes que volviera a olvidar todo. En
ocasiones olvido fácilmente algunos detalles, pues son tantos
recuerdos que puedo perder la esencia de estos como recuperarlos en
cualquier instante.
La chimenea había sido encendida hacía
horas y la estancia era confortable, aunque me traía recuerdos
terribles, las ventanas se encontraban cerradas con las cortinas
echadas provocando que pudiera recordar sin desviar mi atención.
Era una noche fría de invierno en New
Orleans. Habíamos pedido al servicio intimidad. La pequeña Claudia
descansaba en su cama. Ella había regresado de una larga caminata y
terminó en mis brazos, aferrada a mi cuello, extremadamente cansada.
Sus rizos dorados habían acariciado mi hombro y sus pequeñas manos
jugaban con los míos. Al llegar la tumbé sobre el colchón, quité
sus pequeños botines y dejé que descansara algunas horas antes que
volviera a corretear por la biblioteca buscando nuevos libros que
leer.
Parecía un ángel en aquella
habitación de raso blanco y bordados dorados. Su pequeño rostro
tenía unos labios diminutos sonrosados, tenía las mejillas rojas y
sus pequeñas manos abrazaban una de las muñecas que le había
comprado durante nuestros largos paseos. Juro que la amaba mucho más
que Louis, pues ella era tan similar a mí que me dolía pensar que
pudiera llegar a detestarme. Había creado a la niña por puro
impulso y capricho, sin embargo no dudé en amarla.
Dejé a la pequeña en la habitación a
solas con sus muñecas, peluches, peines dorados y tocador lleno de
perfumes. Amaba los perfumes e incluso las muñecas tenían los suyos
propios. Después de dos años en nuestra vida habíamos llegado al
momento en el cual disfrutábamos como una familia.
Louis se encontraba en la sala de
lectura, como era habitual en él, con algunos nuevos ejemplares que
había comprado en su caminata en soledad. Sus libros eran los
mejores compañeros que podía desear y los codiciaba. En ocasiones
compraba varios ejemplares del mismo libro porque tenían una
encuadernación distinta. Admito que amaba su colección de libros y
en más de una ocasión yo también los he leído, sin embargo su
pasión era voraz.
Quedé en la puerta apoyado en el
marco, observé sus largos cabellos azabaches y como caían las
ondulas rozando sus marcados pómulos. Sus labios gruesos se movían
suavemente con leves sonrisas, aunque también se alzaban sus cejas a
modo de sorpresa o se fruncían por enfado. Vivía la obra como si él
mismo estuviese preso del papel y sus letras. Sus verdes esmeraldas
pasionales estaban clavadas en cada párrafo y ni siquiera se percató
que le observaba.
Había elegido una camisa de algodón
blanco, un pañuelo verde en el tono de sus ojos y un chaleco del
mismo color. Su pantalón era extremadamente elegante al igual que
sus zapatos. Tenía un aspecto encantador y arrollador. Sin duda
había hecho bien en no permitir que muriera en aquel muelle.
Por mi parte vestía con un chaleco
azul, corbata en el mismo tono y un traje negro elegante junto a una
camisa también blanca. Claudia había decidido vestir de azul y yo
elegí un chaleco y corbata que casara con el tono de su vestido.
Amaba que nos pararan por la calle para conversar con nosotros debido
a lo bien parecidos que éramos. Sin duda nadie pensaba que no era mi
hija, sino que era un joven viudo con una criatura que parecía un
ángel. Louis sin embargo se veía más maternal cuando la tomaba
entre sus brazos, su sonrisa era la de una mujer que acaba de dar a
luz y ve su retoño.
-¿Ya llegaste a la parte en la que
ella muere?-pregunté socarronamente provocando que levantara la
vista del libro.
-¿Muere?-dijo angustiado- No puede
ser, no puede morir. Ella sólo está enferma. Lestat ¿por qué me
destrozas la obra?
-Ni siquiera la he leído. Sólo
bromeaba, Louis-contesté entrando en la habitación para quedar
frente a él.
Tenía un bonito sofá de dos plazas
estilo Louis V y una alfombra encantadora en tono burdeos igual que
el tapizado del sofá, la colcha y las cortinas. Era su habitación,
aunque en realidad era nuestra. Mi alcoba había terminado siendo un
pequeño despacho donde hacía pasar a mis abogados, firmábamos
acuerdos en mi escritorio de roble y anotaba en ocasiones algún
hecho relevante. Allí, ocultos a ojos de todos, se hallaba un baúl
lleno de tesoros que iba moviendo en el mercado. Aún poseía los
rubíes y joyas que Magnus me había dejado como herencia. Mi
habitación por lo tanto era el centro de mis negocios y la suya el
lugar donde ambos compartíamos ciertos placeres.
Cerré la puerta sin echar la llave y
caminé hacia él con cierta elegancia. Sus mejillas se ruborizaron
aún más mientras dejaba a un lado el libro. Él sabía que después
de horas alejados el uno del otro iría a buscarlo, aunque oliera a
perfume de mujer y coqueteara con las mujeres de cualquier tugurio.
Siempre regresaba a él y en aquella época era manso como un
cordero.
-¿Me harás el amor mon cour?-sus
manos acariciaron mis cabellos jugando con los mechones más rizados
y sonrió- ¿Seré tu ángel?
-Serás mi ángel seductor que viene
volando para liberarme del dolor que siento en lo más profundo de mi
ser- lo tomé por la muñeca del brazo derecho e hice que palpara mi
entrepierna- Duele porque no atiendes a tus deberes como esposa y
madre-dije de forma burlona provocando en él cierto enojo- Duele
porque únicamente tus labios, tu deliciosa boca, es capaz de hacerme
sentir en el paraíso.
-¿Y tus putas?-preguntó enojado-Sé
que muchas mujeres te miran y Claudia me lo ha confesado. Te ves con
otras mujeres y las besas.
-Las seduzco para conseguir mi botín-
respondí mientras él se apartaba.
Se levantó de inmediato a punto del
llanto. Louis se veía mucho más hermoso cuando la rabia, la
frustración y el dolor le golpeaban provocando que todo su cuerpo se
retorciera y sus ojos se iluminaran. Incluso sus labios parecían más
apetecibles y seductores mientras me lanzaba sus verdades. Podía
soportar verlo taimado leyendo, pero era imposible no desear a esa
pequeña fiera que de vez en cuando surgía provocando en mí un
deseo insaciable.
-¿Y cuál es tu botín? ¿Hundirte en
los senos que yo no tengo?-su voz se alzó, aunque no gritó como de
costumbre. Parecía querer contenerse por la niña.
Ella había visto demasiadas
discusiones y como ambos desaparecíamos escondiéndonos en uno de
los callejones para bajarnos aquella terrible fiebre de sexo. El
calor del momento nos sofocaba y él parecía estar más dispuesto
que nunca a darme placer para hacerme olvidar su desplante, aunque el
culpable fuese yo.
-La sangre, Louis- le lancé una
mentira, pero al menos serviría.
-No te creo- recriminó.
-Louis estoy aquí, ante ti, con deseos
de romperte la ropa y tirar de tus cabellos mientras introduzco mi
miembro en tu boca. Quiero hacerte mío de la forma más sucia en
ésta y en cualquier noche- fui hasta él dejándolo en un rincón
cerca del balcón de la habitación, pegándolo bien a la pared sin
permitirle movimiento alguno. Sus ojos se quedaron fijos en los míos
y mantuvimos una mirada de fuego.
-No, no quieres. Sólo me tienes por
capricho-balbuceó dejando escapar algunas lágrimas sanguinolentas.
-Louis, yo te amo. Te amo de forma
sincera y entregada- dije tomándolo del mentón y dejando mi boca
cerca de la suya.
-¿Eso es cierto?-susurró trémulo.
-Sí, lo es-respondí sinceramente
esperando doblegarle.
-Yo también te amo Lestat.
Cuando me respondía con aquella frase
sentía algo similar al frenesí del sexo. Podía decir que nadie me
había asegurado de forma tan vehemente que me amaba. Él era el
primero en al cual le había escuchado decirlo con tanta firmeza.
Nicolas sólo lo dijo en una ocasión y fue porque yo se lo rogué.
Tras meses en París busqué esas palabras en su boca y él
prácticamente me torció el gesto al decirlo.
Besé su boca sintiendo como sus
piernas temblaban igual que las de una jovencita ante su primer beso.
Sus manos torpes intentaban desabrochar mi chaqueta, para luego
hacerlo con mi chaleco y quitar mi corbata. Podía notar el
movimiento oscilante de sus caderas y como sus manos subían por mi
camisa hasta romperla. Louis ya no podía más y se convertía en una
fiera hambrienta.
-Je t'aime mon amour-murmuré cerca de
sus labios.
Él rompió mi camisa y pegó su rostro
a mi pecho comenzando a lamer mis pezones mientras desabrochaba mi
pantalón. Me quería desnudo siendo saboreado por aquella lengua que
se movía de forma sugerente y sensual. Sin embargo, me aparté para
tirar de él y arrojarlo en la cama. Su ropa quedó destrozada y
esparcida por toda la habitación. Rápidamente abrió sus piernas
deseando recibirme, pero aquello iba a ser tan rápido como él
pretendía.
Me senté en el borde de la cama y le
miré mientras me masturbaba mirándole. Él comprendió que deseaba
ciertas atenciones, por lo tanto gateó por el colchón hasta
deslizarse al suelo, entre mis piernas, y comenzar a lamer la punta
de mi glande. Sus ojos estaban inyectados en lujuria y los míos les
correspondían. Agarré a Louis por la nuca con la mano derecha y con
la izquierda sostuve mi miembro, el cual aún no estaba por completo
endurecido, para meterlo en su boca notando como el glande chocaba
con la campanilla de su garganta.
Pronto permití que tuviera él toda la
libertad y comenzó a lenguetear, morder y succionar de una forma
extremadamente erótica. Ni siquiera Nicolas me había hecho sentir
el sexo como él, aunque seguía recordándome extrañamente a él.
Mis manos estaban sobre su cabeza tirando de sus cabellos mientras
movía mis caderas de forma contraria que su cabeza. Sin embargo, él
se alejó quedando sentado en el suelo con las piernas abiertas.
-Dámelo, lo necesito-su voz estaba
ronca y parecía una orden en vez de una súplica- ¡Lo quiero!
Me aparté de la cama y fui hasta él
abofeteándolo para luego levantarlo del suelo tirando de su cabello.
Arrojé su cuerpo al colchón y abrí sus piernas entrando al fin en
él. Era un ritmo brusco y doloroso para otros amantes, pero él
disfrutaba gritando como una de las mejores putas parisinas que
podría haber pagado por aquella época. Ninguna mujer podía
compararse con la sensualidad de sus gemidos y gritos desesperados.
Sentía que mi cuerpo bullía con una
fuerza y un deseo que me impulsaba a ser brusco con él, pues las
delicadezas no iban a domesticar a la fiera que era realmente. Sus
manos se aferraron a la colcha tirando de ella en cada embestida,
dejando así la cama desecha y las ropas rasgadas por su fuerza.
Louis comenzó a gemir más seguido y alto, lo cual era síntoma que
llegaría al orgasmo, y lo hizo justo en el instante que la puerta se
abría.
Claudia estaba en la puerta aferrada al
pomo mientras observaba el glorioso rostro de Louis, gimiendo como
cualquier fulana, y el mío de sorpresa a pesar que el orgasmo vino
llenándolo como bien quería. De inmediato Louis intentó apartarme
para ir a por la pequeña, pero yo estaba algo aturdido y le fue
complicado apartarse de mí porque seguía aferrado a sus caderas. La
pequeña salió corriendo hasta su habitación y pegó un fuerte
porrazo.
Sin duda alguna durante algunos meses
observaba a Louis en silencio y en ocasiones tocaba su vientre. Creo
que en su bendita inocencia pensaba que tendría un nuevo hermano o
hermana, pero esa inocencia se vio interrumpida en algún momento y
creo nos odia en parte por aquellas noches en las cuales despertaba
por nuestros gemidos.
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