Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 15 de noviembre de 2013

Aquella ocasión

Cuando contemplo a Hazel descansado en su cuna recuerdo como Claudia creció rodeada de un misterio que no comprendió hasta pasados algunos años. Una niña inocente que necesitaba sangre, la cual ingería con avidez y deseo. Ella paladeaba el sabor metálico y dulzón que poseía la sangre de los numerosos mortales que devoraba en mi compañía.

Cierta noche recordé uno de los momentos que más dudas acarreó a la pequeña hija que tuve con Louis. Rowan descansaba con la niña y yo bajé a la biblioteca. Tomé varios folios del cajón de la mesa y tomé la pluma comenzando a narrar aquel viejo suceso antes que volviera a olvidar todo. En ocasiones olvido fácilmente algunos detalles, pues son tantos recuerdos que puedo perder la esencia de estos como recuperarlos en cualquier instante.

La chimenea había sido encendida hacía horas y la estancia era confortable, aunque me traía recuerdos terribles, las ventanas se encontraban cerradas con las cortinas echadas provocando que pudiera recordar sin desviar mi atención.

Era una noche fría de invierno en New Orleans. Habíamos pedido al servicio intimidad. La pequeña Claudia descansaba en su cama. Ella había regresado de una larga caminata y terminó en mis brazos, aferrada a mi cuello, extremadamente cansada. Sus rizos dorados habían acariciado mi hombro y sus pequeñas manos jugaban con los míos. Al llegar la tumbé sobre el colchón, quité sus pequeños botines y dejé que descansara algunas horas antes que volviera a corretear por la biblioteca buscando nuevos libros que leer.

Parecía un ángel en aquella habitación de raso blanco y bordados dorados. Su pequeño rostro tenía unos labios diminutos sonrosados, tenía las mejillas rojas y sus pequeñas manos abrazaban una de las muñecas que le había comprado durante nuestros largos paseos. Juro que la amaba mucho más que Louis, pues ella era tan similar a mí que me dolía pensar que pudiera llegar a detestarme. Había creado a la niña por puro impulso y capricho, sin embargo no dudé en amarla.

Dejé a la pequeña en la habitación a solas con sus muñecas, peluches, peines dorados y tocador lleno de perfumes. Amaba los perfumes e incluso las muñecas tenían los suyos propios. Después de dos años en nuestra vida habíamos llegado al momento en el cual disfrutábamos como una familia.

Louis se encontraba en la sala de lectura, como era habitual en él, con algunos nuevos ejemplares que había comprado en su caminata en soledad. Sus libros eran los mejores compañeros que podía desear y los codiciaba. En ocasiones compraba varios ejemplares del mismo libro porque tenían una encuadernación distinta. Admito que amaba su colección de libros y en más de una ocasión yo también los he leído, sin embargo su pasión era voraz.

Quedé en la puerta apoyado en el marco, observé sus largos cabellos azabaches y como caían las ondulas rozando sus marcados pómulos. Sus labios gruesos se movían suavemente con leves sonrisas, aunque también se alzaban sus cejas a modo de sorpresa o se fruncían por enfado. Vivía la obra como si él mismo estuviese preso del papel y sus letras. Sus verdes esmeraldas pasionales estaban clavadas en cada párrafo y ni siquiera se percató que le observaba.

Había elegido una camisa de algodón blanco, un pañuelo verde en el tono de sus ojos y un chaleco del mismo color. Su pantalón era extremadamente elegante al igual que sus zapatos. Tenía un aspecto encantador y arrollador. Sin duda había hecho bien en no permitir que muriera en aquel muelle.

Por mi parte vestía con un chaleco azul, corbata en el mismo tono y un traje negro elegante junto a una camisa también blanca. Claudia había decidido vestir de azul y yo elegí un chaleco y corbata que casara con el tono de su vestido. Amaba que nos pararan por la calle para conversar con nosotros debido a lo bien parecidos que éramos. Sin duda nadie pensaba que no era mi hija, sino que era un joven viudo con una criatura que parecía un ángel. Louis sin embargo se veía más maternal cuando la tomaba entre sus brazos, su sonrisa era la de una mujer que acaba de dar a luz y ve su retoño.

-¿Ya llegaste a la parte en la que ella muere?-pregunté socarronamente provocando que levantara la vista del libro.

-¿Muere?-dijo angustiado- No puede ser, no puede morir. Ella sólo está enferma. Lestat ¿por qué me destrozas la obra?

-Ni siquiera la he leído. Sólo bromeaba, Louis-contesté entrando en la habitación para quedar frente a él.

Tenía un bonito sofá de dos plazas estilo Louis V y una alfombra encantadora en tono burdeos igual que el tapizado del sofá, la colcha y las cortinas. Era su habitación, aunque en realidad era nuestra. Mi alcoba había terminado siendo un pequeño despacho donde hacía pasar a mis abogados, firmábamos acuerdos en mi escritorio de roble y anotaba en ocasiones algún hecho relevante. Allí, ocultos a ojos de todos, se hallaba un baúl lleno de tesoros que iba moviendo en el mercado. Aún poseía los rubíes y joyas que Magnus me había dejado como herencia. Mi habitación por lo tanto era el centro de mis negocios y la suya el lugar donde ambos compartíamos ciertos placeres.

Cerré la puerta sin echar la llave y caminé hacia él con cierta elegancia. Sus mejillas se ruborizaron aún más mientras dejaba a un lado el libro. Él sabía que después de horas alejados el uno del otro iría a buscarlo, aunque oliera a perfume de mujer y coqueteara con las mujeres de cualquier tugurio. Siempre regresaba a él y en aquella época era manso como un cordero.

-¿Me harás el amor mon cour?-sus manos acariciaron mis cabellos jugando con los mechones más rizados y sonrió- ¿Seré tu ángel?

-Serás mi ángel seductor que viene volando para liberarme del dolor que siento en lo más profundo de mi ser- lo tomé por la muñeca del brazo derecho e hice que palpara mi entrepierna- Duele porque no atiendes a tus deberes como esposa y madre-dije de forma burlona provocando en él cierto enojo- Duele porque únicamente tus labios, tu deliciosa boca, es capaz de hacerme sentir en el paraíso.

-¿Y tus putas?-preguntó enojado-Sé que muchas mujeres te miran y Claudia me lo ha confesado. Te ves con otras mujeres y las besas.

-Las seduzco para conseguir mi botín- respondí mientras él se apartaba.

Se levantó de inmediato a punto del llanto. Louis se veía mucho más hermoso cuando la rabia, la frustración y el dolor le golpeaban provocando que todo su cuerpo se retorciera y sus ojos se iluminaran. Incluso sus labios parecían más apetecibles y seductores mientras me lanzaba sus verdades. Podía soportar verlo taimado leyendo, pero era imposible no desear a esa pequeña fiera que de vez en cuando surgía provocando en mí un deseo insaciable.

-¿Y cuál es tu botín? ¿Hundirte en los senos que yo no tengo?-su voz se alzó, aunque no gritó como de costumbre. Parecía querer contenerse por la niña.

Ella había visto demasiadas discusiones y como ambos desaparecíamos escondiéndonos en uno de los callejones para bajarnos aquella terrible fiebre de sexo. El calor del momento nos sofocaba y él parecía estar más dispuesto que nunca a darme placer para hacerme olvidar su desplante, aunque el culpable fuese yo.

-La sangre, Louis- le lancé una mentira, pero al menos serviría.

-No te creo- recriminó.

-Louis estoy aquí, ante ti, con deseos de romperte la ropa y tirar de tus cabellos mientras introduzco mi miembro en tu boca. Quiero hacerte mío de la forma más sucia en ésta y en cualquier noche- fui hasta él dejándolo en un rincón cerca del balcón de la habitación, pegándolo bien a la pared sin permitirle movimiento alguno. Sus ojos se quedaron fijos en los míos y mantuvimos una mirada de fuego.

-No, no quieres. Sólo me tienes por capricho-balbuceó dejando escapar algunas lágrimas sanguinolentas.

-Louis, yo te amo. Te amo de forma sincera y entregada- dije tomándolo del mentón y dejando mi boca cerca de la suya.

-¿Eso es cierto?-susurró trémulo.

-Sí, lo es-respondí sinceramente esperando doblegarle.

-Yo también te amo Lestat.

Cuando me respondía con aquella frase sentía algo similar al frenesí del sexo. Podía decir que nadie me había asegurado de forma tan vehemente que me amaba. Él era el primero en al cual le había escuchado decirlo con tanta firmeza. Nicolas sólo lo dijo en una ocasión y fue porque yo se lo rogué. Tras meses en París busqué esas palabras en su boca y él prácticamente me torció el gesto al decirlo.

Besé su boca sintiendo como sus piernas temblaban igual que las de una jovencita ante su primer beso. Sus manos torpes intentaban desabrochar mi chaqueta, para luego hacerlo con mi chaleco y quitar mi corbata. Podía notar el movimiento oscilante de sus caderas y como sus manos subían por mi camisa hasta romperla. Louis ya no podía más y se convertía en una fiera hambrienta.

-Je t'aime mon amour-murmuré cerca de sus labios.

Él rompió mi camisa y pegó su rostro a mi pecho comenzando a lamer mis pezones mientras desabrochaba mi pantalón. Me quería desnudo siendo saboreado por aquella lengua que se movía de forma sugerente y sensual. Sin embargo, me aparté para tirar de él y arrojarlo en la cama. Su ropa quedó destrozada y esparcida por toda la habitación. Rápidamente abrió sus piernas deseando recibirme, pero aquello iba a ser tan rápido como él pretendía.

Me senté en el borde de la cama y le miré mientras me masturbaba mirándole. Él comprendió que deseaba ciertas atenciones, por lo tanto gateó por el colchón hasta deslizarse al suelo, entre mis piernas, y comenzar a lamer la punta de mi glande. Sus ojos estaban inyectados en lujuria y los míos les correspondían. Agarré a Louis por la nuca con la mano derecha y con la izquierda sostuve mi miembro, el cual aún no estaba por completo endurecido, para meterlo en su boca notando como el glande chocaba con la campanilla de su garganta.

Pronto permití que tuviera él toda la libertad y comenzó a lenguetear, morder y succionar de una forma extremadamente erótica. Ni siquiera Nicolas me había hecho sentir el sexo como él, aunque seguía recordándome extrañamente a él. Mis manos estaban sobre su cabeza tirando de sus cabellos mientras movía mis caderas de forma contraria que su cabeza. Sin embargo, él se alejó quedando sentado en el suelo con las piernas abiertas.

-Dámelo, lo necesito-su voz estaba ronca y parecía una orden en vez de una súplica- ¡Lo quiero!

Me aparté de la cama y fui hasta él abofeteándolo para luego levantarlo del suelo tirando de su cabello. Arrojé su cuerpo al colchón y abrí sus piernas entrando al fin en él. Era un ritmo brusco y doloroso para otros amantes, pero él disfrutaba gritando como una de las mejores putas parisinas que podría haber pagado por aquella época. Ninguna mujer podía compararse con la sensualidad de sus gemidos y gritos desesperados.

Sentía que mi cuerpo bullía con una fuerza y un deseo que me impulsaba a ser brusco con él, pues las delicadezas no iban a domesticar a la fiera que era realmente. Sus manos se aferraron a la colcha tirando de ella en cada embestida, dejando así la cama desecha y las ropas rasgadas por su fuerza. Louis comenzó a gemir más seguido y alto, lo cual era síntoma que llegaría al orgasmo, y lo hizo justo en el instante que la puerta se abría.

Claudia estaba en la puerta aferrada al pomo mientras observaba el glorioso rostro de Louis, gimiendo como cualquier fulana, y el mío de sorpresa a pesar que el orgasmo vino llenándolo como bien quería. De inmediato Louis intentó apartarme para ir a por la pequeña, pero yo estaba algo aturdido y le fue complicado apartarse de mí porque seguía aferrado a sus caderas. La pequeña salió corriendo hasta su habitación y pegó un fuerte porrazo.


Sin duda alguna durante algunos meses observaba a Louis en silencio y en ocasiones tocaba su vientre. Creo que en su bendita inocencia pensaba que tendría un nuevo hermano o hermana, pero esa inocencia se vio interrumpida en algún momento y creo nos odia en parte por aquellas noches en las cuales despertaba por nuestros gemidos.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt