Tenemos aquí el drama de la noche... quiero decir un texto muy entrada la madrugada de Armand y Marius.
Lestat de Lioncourt
La mansión se hallaba inmersa en un
silencio sofocante y terrorífico. Mi cuerpo temblaba de rabia debido
a mi encuentro con Nicolas. Benji y Sybelle estaban ya en el
dormitorio que compartíamos, pues ocasionalmente solíamos dormir
los tres aferrados los unos con los otros. La noche estaba a punto de
finalizar y yo sentía mi corazón vacío.
No podía regresar al frío refugio de
Daniel. Volver a la Isla por unas noches sería terrible para mí.
Contemplar sus ojos inapetentes, sus labios con una mueca torcida por
la indiferencia y ess manos frías, tan frías como su corazón, me
helarían. Era mejor no volver a verlo en algún tiempo. Él estaría
bien cuidado por mi servicio y un par de vampiros jóvenes que me
adoraban. Sin embargo no encontraba lugar alguno en el mundo en el
cual hundirme.
La música de Sybelle tan sólo me
calmaba algunas horas, pero se transformaba en una trampa horrible.
Caía precipitadamente desde el abismo a un suelo frío, duro y
similar al alquitrán. Sus delicadas manos eran como amapolas de
nieve, se movían igual que bailarinas y arrancaban de mi garganta
quejidos de angustia. No podía escuchar esa música por más de unas
horas. No podía. Después de lo ocurrido con Lestat era imposible.
Benji era para mí la luz en las
tinieblas. Si embargo no podía dejar sobre sus hombros el peso de mi
mundo. Él no podía ser Atlas y yo no podía ser un verdugo. Quería
confesar mi gran miedo y dolor, pero no era capaz de articular más
de unas palabras. Me gustaba más hundirme en mis experimentos y que
él los observara, mucho más que contar algo tan desgarrador.
Santino era el pasado. No quería
volver a saber de sus ratas en un buen tiempo. Si había regresado de
entre los muertos como Nicolas, igual que él, no era de mi interés.
Deseaba su aspecto de santo, pero no su condena.
Y cuando pensé que él no vendría, ni
se presentaría ante mí, allí estaba en el inicio de mi escalera de
mármol. Estaba ataviado con un traje negro, la camisa también era
negra, pero llevaba chaleco y corbata roja en tono granate. Quise
abofetearlo, pero me contuve.
—He querido volver mil veces contigo,
pero es imposible—confesó—. Te he amado Amadeo. Has sido mi gran
amor en Venecia. Pero un amor que fue sustituido por el fuego.
—Por una furcia dirás—dije riendo
negando con la cabeza—. No me mientas más. No te intereso.
—Amadeo las cosas no son como
crees—estiró sus brazos hacia mí y yo me alejé.
—¿Y cómo son?—alcé la voz
apretando los dientes—. ¡Cómo son!—grité a punto de empezar a
llorar—. Te vas de cama en cama, desapareces un tiempo y me haces
llegar algún rumor. Yo llego, me entrego a ti como un borrego listo
para el sacrificio, me penetras de la forma más horrible hasta
aniquilar cualquier suspiro de amor, y luego te marchas. ¡Te
marchas! Me dejas siempre roto y mudo con los ojos llenos de
lágrimas—dije llevándome las manos a mi pecho—. Aquí hay un
corazón.
—No me comprendes—susurró—. Ese
es tu problema. No has sabido ver mi tristeza y necesidades.
—¡Tus necesidades!—me eché a reír
socarronamente mientras estaba a punto de ir hacia él para
empujarlo—. ¿Y a qué vienes? ¿A colmar tus necesidades del alma
o de tu bragueta? Dime—mis ojos brillaban con una ira ciega y no
podía ver más allá—. ¿Quieres que me vista de mujer y me pinte
los labios? Eso sería el colmo que lo pidieras. Es lo único que me
has evitado hacer.
—No puedo hablar contigo en estas
circunstancias ni en ninguna otra—sentenció caminando hacia mí
hasta rebasarme y abrir la puerta de la vivienda—. Adiós Amadeo.
Esta vez será definitivo.
—Maestro...—sentí mis piernas
flojas y mi corazón dinamitarse.
—Adiós—dijo cerrando la puerta
tras de sí.
Me dirigí rápido hacia la puerta pero
al abrirla ya surcaba los cielos. Su figura se perdía. Él odiaba
por completo ese transporte por los aires, si bien lo estaba usando.
Se había ido. Tenía miedo que fuese para siempre. Un miedo horrible
que me congeló el alma y el aliento. Aquel amanecer lo pasé
encerrado en la habitación de Benji sollozando, aferrado a la
almohada y rogando porque regresara.
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