Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 9 de marzo de 2014

El misterio de tu silencio

¿Cómo están pasando la noche? Seguro que estaban esperando este momento ansiosamente ¿verdad? Lo sabemos, lo sabemos. Aquí les dejamos las memorias de Daniel y Armand.


Lestat de Lioncourt


EL MISTERIO DE TU SILENCIO

Sentado frente a él podía contemplar al hombre que una vez fue. La marca de las gafas y no afeaban el hueso de su nariz. Las pequeñas arrugas, las cuales estaban apareciendo en su joven rostro de a penas treinta años, se esfumaron por arte de magia. Esas largas pestañas, tan doradas como sus cejas y su propio cabello, casi no se movían. Tenía la apariencia de un dios bondadoso que observaba con cuidado cada pequeño detalle de su gran creación. La maqueta que se alzaba en la enorme mesa del salón era San Francisco. Podía ver Golden Gate con sus minúsculos coches y camiones, los cuales tenían incluso sus ocupantes, esperando cruzar. Incluso había un descapotable con un joven en su interior, con el cabello al viento y con un brazo apoyado en la puerta.

Daniel era un enigma en sí mismo. Se envolvía de pliegues extraños que no lograba identificar. La mezcla de dolor y desesperación era perfecta con el mutismo y la elegancia de cada movimiento. Tenía una apariencia casi irreal aunque sus ropas eran sencillas. La camisa blanca, tan pulcra y bien planchada, se encontraba remangada hasta los codos y los pantalones tejanos estaban deslavados. No llevaba zapatos ni calcetines, así que sus perfectos pies acariciaban el suelo de madera que se extendía en todas las direcciones.

—Tienes mucho talento—dije rompiendo el silencio que se cruzaba en ambas direcciones—. Creo que podrías vender algunas de tus obras. Estoy seguro que muchos las contemplarían con enorme interés.

No movió sus suaves, aunque finos, labios. Su boca era masculina y sensual, poseía una mandíbula cuadrada aunque no muy marcada y un rostro fino. Pero lo más impresionante de su rostro eran sus ojos violetas. Después de transformarlo tomaron ese color, confiriéndole así una belleza mágica y un irresistible encanto.

Había dicho tiempo atrás a David que ya no lo quería, pues ya no había nada interesante en aquel periodista que acogí entre mis brazos. Mentí. Mentí como a veces hago. En ocasiones me creo mis propias mentiras y de ese modo sé vivir despreocupado. Sin embargo no puedo olvidar que él está sumido en el silencio y ocupado con unas estúpidas maquetas. Quiero llamar su atención constantemente cuando lo visito, pero él parece una escultura esculpida en el mármol más hermoso y con unas gemas perfectas que no miran. Es como lirios incandescentes que se clavan en tu alma y provocan escalofríos, pero él sigue impertérrito como si fuese de hielo.

—Ayer visité el museo del teléfono. Aunque no es un museo estático, sino que recorre los distintos Estados del país—comenté echándome a reír intentando que él también lo hiciera, pero no hubo siquiera un intento de sonrisa—. ¿Recuerdas?

Sus manos se detuvieron y quedaron sobre la mesa. Tenía los dedos sobre el borde, acariciando el frío cristal que la protegía, mientras su espalda se encorvaba como la de un gato para observar minuciosamente los detalles. Al incorporarse quedó con el rostro girado hacia mí aunque no me veía, pues miraba a un punto perdido en la nada meditando.

Viéndolo así recordé una de nuestras primeras noches. Había estado persiguiéndolo durante meses y finalmente me permitió entrar en su dormitorio. Era un hotel poco lujoso, aunque bien situado y con unas vistas magníficas. El servicio de habitaciones era eficiente y la limpieza era extrema. Sin embargo, aquel lugar tenía un aire decadente que casaba con él.

Tenía el cabello algo revuelto, las gafas mal colocadas y un cigarrillo en sus labios. Tecleaba incesantemente en su máquina de escribir. Había dado con una nueva historia que narrar. Aunque posiblemente, pues así sucedía cada vez con mayor frecuencia, serían pesadillas con seres como yo y como ahora él. Los vampiros le perseguían, podía sentir sus miradas enfocadas en sus hombros sutilmente anchos y su nuca.

En mis recuerdos llevaba una camisa blanca, aunque algo descuidada. Los primeros botones de la camisa estaban abiertos y no se encontraba remetida con el pantalón. Se encontraba descalzo y con postura similar a la adoptada cuando observa fijamente sus pequeñas maravillas. El sonido de la campanilla del timbre marginal al llegar al final de cada frase era agradable. No obstante la escasa luz, la cual provenía de una pequeña lámpara de pie, y el humo del cigarro hacía el ambiente insufrible. La ventana estaba abierta y prácticamente no se apreciaba brisa alguna del exterior. Era primavera, pero los días comenzaban a ser calurosos y aquel día había sido tórrido.

—¿Puedo ver como escribes?—pregunté después de varios minutos en silencio.

Me había topado con él en una de las grandes Avenidas. San Francisco era una ciudad inmensa y muy cosmopolita. Sin duda era uno de mis lugares favoritos de Estados Unidos, aunque prefería New York o New Orleans. Los viandantes caminaban apelotonados a pesar de ser más de media noche, muchos hablaban en voz alta y reían festejando el inicio del fin de semana. Las luces brillantes caían como grandes haces de una pista de circo, coloreaban mi silueta y se perdían en la marabunta.

Viajaba donde él iba, igual que cualquier descerebrada fan de un grupo de rock, y conseguía todo lo que escribía. Incluso conseguía los documentos que desechaba en la papelera. Tener algo suyo era para mí extremadamente placentero. Quería sentir sus manos rodeándome y su sexo abriéndome sin piedad. Me derretía al imaginarnos a ambos unidos en uno de esos pasajes románticos que en ocasiones leía. Los viejos libros de Louis aún los conservaba y me deleitaba imaginando tantas cosas, las cuales nunca se cumplieron, que mis piernas temblequeaban cuando él me miraba serio y directo.

No recuerdo bien como sucedió, pero él aceptó. Permitió que entrara en su habitación y me descalzara, dejando las botas sucias en la entrada y la chaqueta en el perchero. Tampoco puedo recordar, a pesar que lo he intentado, si me habló en algún momento. Creo que nadie me dijo que me pusiera cómodo, pero lo hice. Me quedé en pantalones tejanos negros, con uno de esos cinturones de cuero con hebilla ancha, y una camiseta celeste que se ajustaba a mi esbelta figura.

Estaba sentado en la cama y observaba su espalda inclinada. Me había quedado absorto al comprobar que algunos huesos se marcaban. Era delgado pero varonil y todo un bohemio. Esa pasión por el periodismo de investigación me hacía sentir extrañamente excitado.

—No—fue su seca y tajante respuesta.

Si bien no pude contenerme. Me incorporé y caminé hacia él para abrazarlo por la espalda. Besé el lado derecho de su cuello y rocé su mejilla con la punta de mi nariz. Su colonia era fuerte, pero aún más era el olor a whisky. Había un vaso en la mesa donde escribía que olía como él, pero prefería su cuello y el cigarrillo pegado a sus labios.

—Daniel—jadeé muy pegado a su oreja mientras deslizaba mis manos por su torso.

Mis dedos de la mano derecha se colaron dentro de la camisa, pero los zurdos acariciaron su vientre por encima de la hebilla del pantalón. Sus manos se movían precipitadamente sobre las teclas, empujaba el carro y levantaba el folio para poder observar todo lo que había escrito. Era una hilera de palabras que sueltas carecían de valor, pero unidas formaban un texto periodístico que sin duda podría hacerle ganar millones.

—Daniel—mordí su oreja derecha y me giré empujando la silla hacia atrás, subiéndome sobre sus piernas y comenzando a jugar con los botones de su camisa—. Daniel deseo que me poseas duro y salvaje.

Con total calma me miró acomodándose las gafas empujando con sus dedos la montura. Sus ojos eran muy hermosos, pero ahora son aún más fascinantes. Eran tan azules, tan hermosos, tan propios de un ángel que sentía que me estaba mirando el Señor con toda su benevolencia y sabiduría. Sentí mis labios secos cuando noté como sus ojos se deslizaban por mi pequeña figura, la cual era prácticamente la de un niño.

—Sé que puede sonar extraño pero te he amado desde que te vi. He sentido una fuerte necesidad de poseerte y ser poseído por ti— sentí que la sangre que había bebido, la de dos jóvenes inmortales, se agolpaba en mis mejillas ruborizándome—. Quiero que me ames tan profundamente como me estás mirando— mis largos cabellos pelirrojos cayeron sobre mi frente y una pequeña cortina, formada por varios mechones, taparon mis ojos.

Bajé los párpados y suspiré abriendo los labios de una forma erótica para cualquier ser. Él sin embargo sólo se acomodó mejor las gafas y me tomó de los hombros. Ese roce, por breve y común que pueda parecer, me hizo temblar y mirarlo con ilusión. Creí que me diría que ya me amaba, pero fue una decepción terrible escuchar aquello de su propia voz.

—Tengo trabajo—dijo con voz monocorde—. Necesito terminar este informe.

—Daniel...

Reconozco que su nombre supo amargo en mis labios. Tenía un gusto ácido y doloroso porque mis lágrimas no tardaron en aparecer. Cayeron largos ríos sanguinolentos que mancharon mis mejillas, bajaron por mi mentón y acariciaron mi cuello hasta salpicar mi camiseta. Mi aspecto sería grotesco y cualquiera se hubiese asustado. Sin embargo él secó con sus pulgares mis lagrimas y sentí que mi alma flotaba en ese preciso instante.

Un gesto de amor, o comprensión, jamás había tenido de ese modo. Ni siquiera Marius había sido capaz de ofrecerme algo tan tierno e íntimo. Él permitía verme llorar hasta la saciedad, sentir como mi cuerpo se quebraba bajo su látigo y mostrarme la soledad con su nulo deseo de hacerse notar. Me ocultó la verdad, pero Lestat estaría a punto de mostrarle al mundo que Marius vivía y pronto rompería su silencio sobre Padre y Madre.

—¿Qué puedo hacer para que me ames?—pregunté cabizbajo sintiendo como el mundo caía sobre mis hombros como si fuese Atlas.

—Nada—respondió—. El amor no se puede comprar, Armand.

Golpeé su pecho con la violencia de un niño, pues no quería causarle serios daños internos. Él me abrazó y pasó sus manos por mi espalda y permitió que mis lágrimas, las cuales volvieron a surcar mi rostro, mancharan su camisa. Esa camisa aún la conservo y es uno de mis bienes más preciados.

—Ámame—tenía mis manos sobre su cuello y comencé a dejar algunas arrugas.

Su boca buscó la mía regalándome un aliento cargado de alcohol, tabaco y una calidez que sólo podía tener un mortal. Mis labios temblaron como si fuera un chiquillo inexperto que besa por primera vez. Cuando su lengua se introdujo en mi cavidad, acarició mis colmillos y palpó la mía sentí que el mundo se transformaba en una montaña rusa.

Era nuestro primer beso. Un primer beso que no pude olvidar jamás. Durante días sonreía llevándome la mano a la boca, acariciando mis labios y deseando que él lo repitiera una vez más. No obstante no quedó únicamente ahí. Pude notar como sus brazos me envolvían y su cuerpo me ofrecía un cálido refugio.

Noté como mis caderas se movían solas sobre su entrepierna. Mi cuerpo oscilaba sobre el suyo como si bailara un ritmo erótico. Aquel beso se profundizó y él me tomó del rostro intentando sostener mi rostro alzado. Recuerdo bien como él comenzó a jadear y yo lo miré con lascivia. Me amaría gracias al vículo del sexo. Haría que me necesitara y buscara por toda la ciudad. No iba a perder mi oportunidad de saberme suyo.

Detuve el beso y mordí su labio inferior tirando suavemente de él. Daniel introdujo sus manos bajo mi camiseta y palpó mi piel suave, aunque bajo esta piel estaba la musculatura dura que había quedado gracias a los siglos. Las mías bajaban por su torso abriendo la camisa para quitársela, arrojándola a un rincón de la habitación, y comenzar a rozar su ombligo. Mis uñas jugaban con el escaso vello que subía desde su sexo a su vientre. Era suave, rizado y dorado. Tan suave y dorado como su pelo, el mismo que apestaba a nicotina.

Cuando solté el primer botón abandonó su mano derecha bajo mi mentón, alzándome el rostro, para luego con la zurda apartar algunos mechones de mi cabellera. Tenía en sus ojos claros mi reflejo y me hizo sonreír como un adolescente perdido en un amor estúpido hacia sus grandes ídolos. Sí, me sentí como esas chicas que forran sus carpetas con fotografías de sus héroes y sueñan con tenerlos así de cerca.

Permití que me quitara la camiseta echándola junto a la suya, quedando ambas muy cerca en el suelo, mientras yo le quitaba las gafas dejándolas en la mesa junto a la olivetti, el vaso, la botella de whisky, el cenicero y la cajetilla de tabaco. Me deslicé con presteza cuando él echó la cabeza hacia atrás, fue prácticamente al mismo tiempo que le arrancaba su máscara de pulcritud y elegancia.

—Te haré subir a los cielos—musité quedando arrodillado frente a él.

El bulto de su pantalón, el mismo que había logrado con mis movimientos, pronto se liberó tras bajar la cremallera y sacar su miembro. Su sexo estaba erguido, aunque no en toda su plenitud, y poseía una mata de pelo rubio, casi castaño, en su base. Sus testículos también tenían algo de bello. Tomé éste con mi mano levantando su cabeza en mi dirección y con cierta picardía lo besé. Miraba a los ojos a Daniel cuando hice aquello. Él prácticamente no vería más que bultos de color, algún rasgo difuso, y por lo tanto cierto misterio.

Apreté el glande con mis labios y rocé este con mi lengua, tan húmeda como diestra. Él jadeó echando aún más su cabeza hacia atrás, llevándose ambas manos al rostro para frotárselo y finalmente incorporarse echando el cuerpo hacia el frente. Sus manos cayeron en mis hombros, los cuales acarició con cuidado y sigilo. Mi cabello pelirrojo caía hacia delante ocultando su sexo, el cual fue directamente engullido tras relajar mi mandíbula como si fuera una serpiente.

Mi lengua reptaba sobre su dureza y se enroscaba cual serpiente. Estaba a punto de saborear el pecado original. Él me ofrecería parte de su esencia. No me apartaría hasta saborear su semen en mi boca y jugar con él hasta perderme en la inconsciencia. Sus dedos rozaron mis mechones y pronto tiró de ellos, pero poco después estaba sobre mi cabeza ayudándome a llevar un ritmo rápido. Su sexo prácticamente entraba y salía de su boca por completo, su glande chocaba con el inicio de mi garganta y finalmente me sentía ahogado. Notaba como mi cabeza se movía dependiendo como quisieran las manos sobre mi cráneo.

Mis gemidos se ahogaban contra su glande y toda la extensión de su miembro, sus testículos chocaban violentamente contra mi mandíbula y mis manos temblaban buscando sostenerse en sus caderas. Notaba la fuerte presión de mi ropa interior y pantalones, pues tenía una erección descontrolada que precisaba atenciones. Él no me hizo parar ni un segundo e incluso se incorporó de la silla.

De pie se veía más imponente con aquel pecho delgado suavemente delineado, de pezones pequeños y rosados, con una cadera de hueso marcado. Tenía algún lunar salpicando cerca de su ombligo y escaso vello más allá del bajo vientre y las axilas. Daniel tenía un aspecto muy juvenil para estar más allá de los treinta. Tenía una belleza indómita y con un perfil quizás griego. Era un Adonis dedicado a escribir compulsivamente sus pensamientos, sueños y revoluciones.

Saboreaba aquel trozo de carne con una avidez impropia. Parecía una fulana que vendía su cuerpo en cualquier esquina. Acabé llevando mis manos sobre mi pecho para pellizcar mis pezones y bajar mis dedos por mi vientre. Con cuidado él bajó su mano diestra por mi cuello hasta mis clavículas y buscó uno de mis pezones. Gemí ahogado dejando que mis ojos se llenaran de lágrimas de placer. Mis mejillas ardían y mis ojos brillaban mientras quedé temblando.

—Eres hermoso y seductor—dijo sin saber aún si fueron parte de sus mentiras.

Hubiese creído cualquier cosa que viniese de sus labios. Sin embargo después supe que todo era mentira. Su amor hacia mí fue una farsa que empezó aquel día. Su mente enajenada se libra de mi venganza. En aquel instante esas palabras me alzaron hacia una vórtice de placer insaciable. Mis movimientos se volvieron más rápidos notando sus venas y el potente torrente cálido que llenó mi garganta.

Él sacó su miembro de mí y acarició mis labios. Sentía que ardía como si me hubiesen encendido una fogata en mi pecho. De inmediato succioné y lamí sus dedos de forma lasciva mientras llevaba mis manos a mis pezones. Me aparté de él tirándome al suelo esperando que comprendiera que quería sexo, un sexo brutal que me rompiera en dos dividiendo mi alma y cuerpo.

—Hazme tuyo—jadeé con las piernas temblorosas mientras sentía como todo mi cuerpo expulsaba gotas de sudor rosáceas—. Por favor... no te detengas...

Pude ver como se sacaba por completo el pantalón y se arrodillaba entre mis piernas, sacándome el mío y tirando mis botas a una esquina de la habitación. Su lengua rozó mis pezones tan cálida que me hizo suspirar. Cuando bajó mi ropa interior descubrió que estaba manchado de pequeñas gotitas de semen. Había llegado al pre-semen si tan siquiera sentir más allá de las costuras, y tela propia, de mis prendas.

—Quiero ser tu zorra y el esclavo de tu mundo. Necesito que me domines hasta hacerme caer extenuado—balbuceé—. Sé que me amas y por eso te haré parte de la noche. Serás un dios entre los hombres y alcanzarás el nirvana con la sangre.

—Silencio—me ordenó sin titubeos.

Callé mordiéndome mi labio inferior mientras notaba sus largos dedos hundirse en mi boca, acariciar sin cuidado mi lengua y apartarse para introducirse en mi recto. Mis piernas se abrieron de forma involuntaria y mi espalda se arqueó. Aquellos dedos buscaron mi próstata con un ritmo enloquecedor. Mis gemidos se alzaban hacia el techo, acariciando las simples molduras de escayola y haciendo temblequear la lámpara que colgaba sobre nuestras cabezas.

La habitación era simple y minimalista. Tan sólo había un mueble para la televisión, una cama con su ropa, una mesilla de noche, un pequeño perchero y el bureau endeble que venden las grandes superficies comerciales para algunas oficinas. Sin embargo, para mí ese lugar era la celda del placer y el edén cargado de flores que gemían del mismo modo que yo lo hacía.

—Silencio—dijo nuevamente antes de taparme la boca con su zurda.

Mis ojos se abrieron completamente sorprendido mientras lo observaba profundamente consumido en la locura. El tormento del placer, el desenfreno mismo, me agitaba como si fuera una rama. Al apartar su mano volví a gemir como una puta, sin vergüenza alguna y con una necesidad atroz. Él deslizó sus dedos por mis pómulos y terminó rodeando mi garganta. Notaba como presionaba con toda su fuerza mortal.

Sentí como todo mi cuerpo hormigueaba, mis talones se clavaron en el suelo de madera y mi vientre tuvo unas agradables cosquillas. Una punzada tiró de mis testículos y provocó que eyaculara salpicando su rostro y pecho, así como también mi vientre y mis manos que se atenazaban en su brazo.

—¿Quieres más?—preguntó inclinándose sobre mí—. ¿Y si te dijera que puedo darte más?

—Mi amor... mi amor te daré todo... todo... si me das más te daré mi mundo—sollozaba porque sentía su amor, aunque todo era un engaño cruel, acariciarme con una ternura bruta que me hacía sentirme al fin de alguien.

Sin esperas ni explicaciones sacó sus dedos de mi interior, me penetró y comenzó a llevar un ritmo trepidante. Mis piernas quedaron abiertas en V y sujetadas por los tobillos gracias a sus manos de escritor. Sentía mi cabeza dar vueltas, movía de un lado a otro y gemía con la boca tan abierta que se veían mis amenazadores colmillos. Percibía su furia y deseo e incluso noté como me escupió para luego reírse de mí.

Daniel bombeaba con un deseo desconcertante. Sus ojos brillaban más que sus anteojos cuando se hallaban sobre la punta de su nariz. Tenía el cabello rubio empapado y pegado a su frente, así como las mejillas rojas como cerezas y sus labios rosados muy antojadizos. Cuando quise percatarme estaba llegando de nuevo a un orgasmo insufrible. Mis manos estaban a ambos lados de mi cabeza tirándome del pelo mientras él intentaba eyacular a la vez.

Juro que cuando acabamos él me recogió entre sus brazos, besó mi rostro y me dijo que me amaba. Pero luego huyó de nuevo, como si le hubiese entrado un pánico terrible. Tuve que alcanzarlo en un restaurante de carretera donde le rogué nuevamente un amor sucio y desesperado.

Sin embargo el presente es duro y terrible. Daniel siempre está apagado como si alguien hubiese desconectado cualquier pensamiento racional. Siempre me descubro a su lado, acariciando sus cabellos y retirando alguna pelusa de sus camisas. Él decía que podía controlarme, que era mi dueño y sin embargo ha acabado siendo un muñeco al cual visto como si fuese un juguete.

Esa noche me pegunté si aún quedaba algo de sus bajas pasiones, por eso aparté la silla mientras él meditaba y bajé su cremallera. Lamí mis labios humedeciéndolo sintiendo cierto nerviosismo por lo que iba a realizar. Él no me lo impidió, pero me tomó del rostro para verme a los ojos. Sonreí como lo haría un niño y levanté su camisa para besar el pequeño camino de vello de su vientre. Al abrir su cremallera y sacar su miembro él suspiró. Era el primer gesto hacia mí en muchos años.

Agarré su sexo y lo llevé a mi boca para lamerlo desde la base hasta la punta, igual que una golosina, para nuevamente mordisquear y succionar como solía hacerle. Saqué sus testículos para apretarlos entre mis manos mientras chupaba y en ese preciso instante, cuando no esperaba nada, gimió llevando sus manos a mi cabeza. A penas articulaba algún movimiento racional y supuse que era puro impulso.

Aquello hizo que la atrapara con mayor deseo y succionara hasta sentir mi propia erección, la cual liberé y comencé a estimular al mismo tiempo que lo hacía con la suya. Sus dedos se enredaron en varios mechones y pude notar un brillo de inteligencia, no de lujuria sino de inteligencia, en su mirada. Cuando eyaculó me aparté para terminar de masturbarme con su sabor almizcleño entre mis dientes, sobre mi boca y más allá de mis labios.

Él no se movió para abrazarme y yo me sentí un estúpido. Era prácticamente un vegetal. Se había convertido en un ser lleno de defectos. No había nada de pasión en él salvo hacia sus maquetas. No se movió de la silla y quedó con la cabeza gacha durante unos segundos, los mismos que sentí eternos y me hicieron notar cierta angustia, para después ver como volvía a su entretenimiento sin siquiera percatarse que tenía el pene fuera.

Quise gritar. Juro por el Señor que quise gritar. Era un maldito demonio. Sin duda alguna era el vástago de Lucifer pese a mi aspecto. Merecía la condenación eterna por jugar con aquel cuerpo sin mente. Pero era él, lo veía de perfil y no podía dejar de pensar en su ropa oliendo a whisky y tabaco. Aquella colonia, tan varonil, aún la llevaba aunque sin ser ensalzada por el sudor, el cigarro y el alcohol. Me llevé las manos a la boca y comencé a llorar, después corrí hacia el aseo donde me quité la ropa a toda velocidad.

Decidí darme una ducha para llorar diluyéndolas con el chorro cálido que salía de la regadera, sin embargo escuché sus pasos desnudos por la madera y finalmente en las baldosas. Cuando quise percatarme él estaba detrás, agarrándome de la cintura y penetrándome mientras mordía mi cuello succionando gran parte de mi sangre. Mis manos temblaron sobre los azulejos, los cuales se quebraron porque los golpeé al intentar sujetarme de algún modo, y mis caderas le concedieron un ritmo violento y sensual.

Él estaba vestido y tan sólo tenía la cremallera bajada, su pelo se empapaba y parecía brillar con luz propia. Yo parecía estar bañado en fuego y sangre, pues mis mechones caían sobre mis hombros y acariciaban mis pezones. Pronto sentí sus manos arañando mis caderas, abriendo más mis piernas y pellizcando con violencia mi mis senos masculinos. Masajeaba aquel pecho, que era casi el de un niño, con una lascivia propia de un demonio. Aquella violación no la rechacé, sino que la disfruté gimiendo su nombre y palabras de amor que creí olvidadas.

—Daniel... Daniel... ámame como tú sabes... Daniel... por favor... quiero que seas mío de nuevo—él no respondió a mis palabras con otras, sino con gruñidos y gemidos desbocados.

Cuando quise darme cuenta él ya había eyaculado y me dejaba tirado en la placa de ducha, como si fuera una marioneta a la cual le han cortado las cuerdas, con el chorro de agua caliente cayendo sobre mí en forma de lluvia. Durante algunos minutos medité intentando no llorar, pero finalmente lo hice al ver que él había regresado a su estatismo y minucioso trabajo.

—He jurado que ya no te amo, pero es volver a verte y creer que en algún momento, por extraño y patético que hubiese sido, tú me amaste como yo lo sigo haciendo—susurré antes de vestirme y marcharme de allí.


Daniel era vigilado noche y día por otros vampiros más jóvenes, leales a mí, y algunos mortales. Ellos lo cuidaban como si fuera un misterio, el cáliz del cual bebió el Señor o una reliquia de un beato. Pero él es simplemente Daniel, el único misterio que yo deseo olvidar y no puedo.  

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Lestat de Lioncourt