¿Cómo están pasando la noche? Seguro que estaban esperando este momento ansiosamente ¿verdad? Lo sabemos, lo sabemos. Aquí les dejamos las memorias de Daniel y Armand.
Lestat de Lioncourt
EL MISTERIO DE TU SILENCIO
Sentado frente a él podía contemplar
al hombre que una vez fue. La marca de las gafas y no afeaban el
hueso de su nariz. Las pequeñas arrugas, las cuales estaban
apareciendo en su joven rostro de a penas treinta años, se esfumaron
por arte de magia. Esas largas pestañas, tan doradas como sus cejas
y su propio cabello, casi no se movían. Tenía la apariencia de un
dios bondadoso que observaba con cuidado cada pequeño detalle de su
gran creación. La maqueta que se alzaba en la enorme mesa del salón
era San Francisco. Podía ver Golden Gate con sus minúsculos coches
y camiones, los cuales tenían incluso sus ocupantes, esperando
cruzar. Incluso había un descapotable con un joven en su interior,
con el cabello al viento y con un brazo apoyado en la puerta.
Daniel era un enigma en sí mismo. Se
envolvía de pliegues extraños que no lograba identificar. La mezcla
de dolor y desesperación era perfecta con el mutismo y la elegancia
de cada movimiento. Tenía una apariencia casi irreal aunque sus
ropas eran sencillas. La camisa blanca, tan pulcra y bien planchada,
se encontraba remangada hasta los codos y los pantalones tejanos
estaban deslavados. No llevaba zapatos ni calcetines, así que sus
perfectos pies acariciaban el suelo de madera que se extendía en
todas las direcciones.
—Tienes mucho talento—dije
rompiendo el silencio que se cruzaba en ambas direcciones—. Creo
que podrías vender algunas de tus obras. Estoy seguro que muchos las
contemplarían con enorme interés.
No movió sus suaves, aunque finos,
labios. Su boca era masculina y sensual, poseía una mandíbula
cuadrada aunque no muy marcada y un rostro fino. Pero lo más
impresionante de su rostro eran sus ojos violetas. Después de
transformarlo tomaron ese color, confiriéndole así una belleza
mágica y un irresistible encanto.
Había dicho tiempo atrás a David que
ya no lo quería, pues ya no había nada interesante en aquel
periodista que acogí entre mis brazos. Mentí. Mentí como a veces
hago. En ocasiones me creo mis propias mentiras y de ese modo sé
vivir despreocupado. Sin embargo no puedo olvidar que él está
sumido en el silencio y ocupado con unas estúpidas maquetas. Quiero
llamar su atención constantemente cuando lo visito, pero él parece
una escultura esculpida en el mármol más hermoso y con unas gemas
perfectas que no miran. Es como lirios incandescentes que se clavan
en tu alma y provocan escalofríos, pero él sigue impertérrito como
si fuese de hielo.
—Ayer visité el museo del teléfono.
Aunque no es un museo estático, sino que recorre los distintos
Estados del país—comenté echándome a reír intentando que él
también lo hiciera, pero no hubo siquiera un intento de sonrisa—.
¿Recuerdas?
Sus manos se detuvieron y quedaron
sobre la mesa. Tenía los dedos sobre el borde, acariciando el frío
cristal que la protegía, mientras su espalda se encorvaba como la de
un gato para observar minuciosamente los detalles. Al incorporarse
quedó con el rostro girado hacia mí aunque no me veía, pues miraba
a un punto perdido en la nada meditando.
Viéndolo así recordé una de nuestras
primeras noches. Había estado persiguiéndolo durante meses y
finalmente me permitió entrar en su dormitorio. Era un hotel poco
lujoso, aunque bien situado y con unas vistas magníficas. El
servicio de habitaciones era eficiente y la limpieza era extrema. Sin
embargo, aquel lugar tenía un aire decadente que casaba con él.
Tenía el cabello algo revuelto, las
gafas mal colocadas y un cigarrillo en sus labios. Tecleaba
incesantemente en su máquina de escribir. Había dado con una nueva
historia que narrar. Aunque posiblemente, pues así sucedía cada vez
con mayor frecuencia, serían pesadillas con seres como yo y como
ahora él. Los vampiros le perseguían, podía sentir sus miradas
enfocadas en sus hombros sutilmente anchos y su nuca.
En mis recuerdos llevaba una camisa
blanca, aunque algo descuidada. Los primeros botones de la camisa
estaban abiertos y no se encontraba remetida con el pantalón. Se
encontraba descalzo y con postura similar a la adoptada cuando
observa fijamente sus pequeñas maravillas. El sonido de la
campanilla del timbre marginal al llegar al final de cada frase era
agradable. No obstante la escasa luz, la cual provenía de una
pequeña lámpara de pie, y el humo del cigarro hacía el ambiente
insufrible. La ventana estaba abierta y prácticamente no se
apreciaba brisa alguna del exterior. Era primavera, pero los días
comenzaban a ser calurosos y aquel día había sido tórrido.
—¿Puedo ver como escribes?—pregunté
después de varios minutos en silencio.
Me había topado con él en una de las
grandes Avenidas. San Francisco era una ciudad inmensa y muy
cosmopolita. Sin duda era uno de mis lugares favoritos de Estados
Unidos, aunque prefería New York o New Orleans. Los viandantes
caminaban apelotonados a pesar de ser más de media noche, muchos
hablaban en voz alta y reían festejando el inicio del fin de semana.
Las luces brillantes caían como grandes haces de una pista de circo,
coloreaban mi silueta y se perdían en la marabunta.
Viajaba donde él iba, igual que
cualquier descerebrada fan de un grupo de rock, y conseguía todo lo
que escribía. Incluso conseguía los documentos que desechaba en la
papelera. Tener algo suyo era para mí extremadamente placentero.
Quería sentir sus manos rodeándome y su sexo abriéndome sin
piedad. Me derretía al imaginarnos a ambos unidos en uno de esos
pasajes románticos que en ocasiones leía. Los viejos libros de
Louis aún los conservaba y me deleitaba imaginando tantas cosas, las
cuales nunca se cumplieron, que mis piernas temblequeaban cuando él
me miraba serio y directo.
No recuerdo bien como sucedió, pero él
aceptó. Permitió que entrara en su habitación y me descalzara,
dejando las botas sucias en la entrada y la chaqueta en el perchero.
Tampoco puedo recordar, a pesar que lo he intentado, si me habló en
algún momento. Creo que nadie me dijo que me pusiera cómodo, pero
lo hice. Me quedé en pantalones tejanos negros, con uno de esos
cinturones de cuero con hebilla ancha, y una camiseta celeste que se
ajustaba a mi esbelta figura.
Estaba sentado en la cama y observaba
su espalda inclinada. Me había quedado absorto al comprobar que
algunos huesos se marcaban. Era delgado pero varonil y todo un
bohemio. Esa pasión por el periodismo de investigación me hacía
sentir extrañamente excitado.
—No—fue su seca y tajante
respuesta.
Si bien no pude contenerme. Me
incorporé y caminé hacia él para abrazarlo por la espalda. Besé
el lado derecho de su cuello y rocé su mejilla con la punta de mi
nariz. Su colonia era fuerte, pero aún más era el olor a whisky.
Había un vaso en la mesa donde escribía que olía como él, pero
prefería su cuello y el cigarrillo pegado a sus labios.
—Daniel—jadeé muy pegado a su
oreja mientras deslizaba mis manos por su torso.
Mis dedos de la mano derecha se colaron
dentro de la camisa, pero los zurdos acariciaron su vientre por
encima de la hebilla del pantalón. Sus manos se movían
precipitadamente sobre las teclas, empujaba el carro y levantaba el
folio para poder observar todo lo que había escrito. Era una hilera
de palabras que sueltas carecían de valor, pero unidas formaban un
texto periodístico que sin duda podría hacerle ganar millones.
—Daniel—mordí su oreja derecha y
me giré empujando la silla hacia atrás, subiéndome sobre sus
piernas y comenzando a jugar con los botones de su camisa—. Daniel
deseo que me poseas duro y salvaje.
Con total calma me miró acomodándose
las gafas empujando con sus dedos la montura. Sus ojos eran muy
hermosos, pero ahora son aún más fascinantes. Eran tan azules, tan
hermosos, tan propios de un ángel que sentía que me estaba mirando
el Señor con toda su benevolencia y sabiduría. Sentí mis labios
secos cuando noté como sus ojos se deslizaban por mi pequeña
figura, la cual era prácticamente la de un niño.
—Sé que puede sonar extraño pero te
he amado desde que te vi. He sentido una fuerte necesidad de poseerte
y ser poseído por ti— sentí que la sangre que había bebido, la
de dos jóvenes inmortales, se agolpaba en mis mejillas
ruborizándome—. Quiero que me ames tan profundamente como me estás
mirando— mis largos cabellos pelirrojos cayeron sobre mi frente y
una pequeña cortina, formada por varios mechones, taparon mis ojos.
Bajé los párpados y suspiré abriendo
los labios de una forma erótica para cualquier ser. Él sin embargo
sólo se acomodó mejor las gafas y me tomó de los hombros. Ese
roce, por breve y común que pueda parecer, me hizo temblar y mirarlo
con ilusión. Creí que me diría que ya me amaba, pero fue una
decepción terrible escuchar aquello de su propia voz.
—Tengo trabajo—dijo con voz
monocorde—. Necesito terminar este informe.
—Daniel...
Reconozco que su nombre supo amargo en
mis labios. Tenía un gusto ácido y doloroso porque mis lágrimas no
tardaron en aparecer. Cayeron largos ríos sanguinolentos que
mancharon mis mejillas, bajaron por mi mentón y acariciaron mi
cuello hasta salpicar mi camiseta. Mi aspecto sería grotesco y
cualquiera se hubiese asustado. Sin embargo él secó con sus
pulgares mis lagrimas y sentí que mi alma flotaba en ese preciso
instante.
Un gesto de amor, o comprensión, jamás
había tenido de ese modo. Ni siquiera Marius había sido capaz de
ofrecerme algo tan tierno e íntimo. Él permitía verme llorar hasta
la saciedad, sentir como mi cuerpo se quebraba bajo su látigo y
mostrarme la soledad con su nulo deseo de hacerse notar. Me ocultó
la verdad, pero Lestat estaría a punto de mostrarle al mundo que
Marius vivía y pronto rompería su silencio sobre Padre y Madre.
—¿Qué puedo hacer para que me
ames?—pregunté cabizbajo sintiendo como el mundo caía sobre mis
hombros como si fuese Atlas.
—Nada—respondió—. El amor no se
puede comprar, Armand.
Golpeé su pecho con la violencia de un
niño, pues no quería causarle serios daños internos. Él me abrazó
y pasó sus manos por mi espalda y permitió que mis lágrimas, las
cuales volvieron a surcar mi rostro, mancharan su camisa. Esa camisa
aún la conservo y es uno de mis bienes más preciados.
—Ámame—tenía mis manos sobre su
cuello y comencé a dejar algunas arrugas.
Su boca buscó la mía regalándome un
aliento cargado de alcohol, tabaco y una calidez que sólo podía
tener un mortal. Mis labios temblaron como si fuera un chiquillo
inexperto que besa por primera vez. Cuando su lengua se introdujo en
mi cavidad, acarició mis colmillos y palpó la mía sentí que el
mundo se transformaba en una montaña rusa.
Era nuestro primer beso. Un primer beso
que no pude olvidar jamás. Durante días sonreía llevándome la
mano a la boca, acariciando mis labios y deseando que él lo
repitiera una vez más. No obstante no quedó únicamente ahí. Pude
notar como sus brazos me envolvían y su cuerpo me ofrecía un cálido
refugio.
Noté como mis caderas se movían solas
sobre su entrepierna. Mi cuerpo oscilaba sobre el suyo como si
bailara un ritmo erótico. Aquel beso se profundizó y él me tomó
del rostro intentando sostener mi rostro alzado. Recuerdo bien como
él comenzó a jadear y yo lo miré con lascivia. Me amaría gracias
al vículo del sexo. Haría que me necesitara y buscara por toda la
ciudad. No iba a perder mi oportunidad de saberme suyo.
Detuve el beso y mordí su labio
inferior tirando suavemente de él. Daniel introdujo sus manos bajo
mi camiseta y palpó mi piel suave, aunque bajo esta piel estaba la
musculatura dura que había quedado gracias a los siglos. Las mías
bajaban por su torso abriendo la camisa para quitársela, arrojándola
a un rincón de la habitación, y comenzar a rozar su ombligo. Mis
uñas jugaban con el escaso vello que subía desde su sexo a su
vientre. Era suave, rizado y dorado. Tan suave y dorado como su pelo,
el mismo que apestaba a nicotina.
Cuando solté el primer botón abandonó
su mano derecha bajo mi mentón, alzándome el rostro, para luego con
la zurda apartar algunos mechones de mi cabellera. Tenía en sus ojos
claros mi reflejo y me hizo sonreír como un adolescente perdido en
un amor estúpido hacia sus grandes ídolos. Sí, me sentí como esas
chicas que forran sus carpetas con fotografías de sus héroes y
sueñan con tenerlos así de cerca.
Permití que me quitara la camiseta
echándola junto a la suya, quedando ambas muy cerca en el suelo,
mientras yo le quitaba las gafas dejándolas en la mesa junto a la
olivetti, el vaso, la botella de whisky, el cenicero y la cajetilla
de tabaco. Me deslicé con presteza cuando él echó la cabeza hacia
atrás, fue prácticamente al mismo tiempo que le arrancaba su
máscara de pulcritud y elegancia.
—Te haré subir a los cielos—musité
quedando arrodillado frente a él.
El bulto de su pantalón, el mismo que
había logrado con mis movimientos, pronto se liberó tras bajar la
cremallera y sacar su miembro. Su sexo estaba erguido, aunque no en
toda su plenitud, y poseía una mata de pelo rubio, casi castaño, en
su base. Sus testículos también tenían algo de bello. Tomé éste
con mi mano levantando su cabeza en mi dirección y con cierta
picardía lo besé. Miraba a los ojos a Daniel cuando hice aquello.
Él prácticamente no vería más que bultos de color, algún rasgo
difuso, y por lo tanto cierto misterio.
Apreté el glande con mis labios y rocé
este con mi lengua, tan húmeda como diestra. Él jadeó echando aún
más su cabeza hacia atrás, llevándose ambas manos al rostro para
frotárselo y finalmente incorporarse echando el cuerpo hacia el
frente. Sus manos cayeron en mis hombros, los cuales acarició con
cuidado y sigilo. Mi cabello pelirrojo caía hacia delante ocultando
su sexo, el cual fue directamente engullido tras relajar mi mandíbula
como si fuera una serpiente.
Mi lengua reptaba sobre su dureza y se
enroscaba cual serpiente. Estaba a punto de saborear el pecado
original. Él me ofrecería parte de su esencia. No me apartaría
hasta saborear su semen en mi boca y jugar con él hasta perderme en
la inconsciencia. Sus dedos rozaron mis mechones y pronto tiró de
ellos, pero poco después estaba sobre mi cabeza ayudándome a llevar
un ritmo rápido. Su sexo prácticamente entraba y salía de su boca
por completo, su glande chocaba con el inicio de mi garganta y
finalmente me sentía ahogado. Notaba como mi cabeza se movía
dependiendo como quisieran las manos sobre mi cráneo.
Mis gemidos se ahogaban contra su
glande y toda la extensión de su miembro, sus testículos chocaban
violentamente contra mi mandíbula y mis manos temblaban buscando
sostenerse en sus caderas. Notaba la fuerte presión de mi ropa
interior y pantalones, pues tenía una erección descontrolada que
precisaba atenciones. Él no me hizo parar ni un segundo e incluso se
incorporó de la silla.
De pie se veía más imponente con
aquel pecho delgado suavemente delineado, de pezones pequeños y
rosados, con una cadera de hueso marcado. Tenía algún lunar
salpicando cerca de su ombligo y escaso vello más allá del bajo
vientre y las axilas. Daniel tenía un aspecto muy juvenil para estar
más allá de los treinta. Tenía una belleza indómita y con un
perfil quizás griego. Era un Adonis dedicado a escribir
compulsivamente sus pensamientos, sueños y revoluciones.
Saboreaba aquel trozo de carne con una
avidez impropia. Parecía una fulana que vendía su cuerpo en
cualquier esquina. Acabé llevando mis manos sobre mi pecho para
pellizcar mis pezones y bajar mis dedos por mi vientre. Con cuidado
él bajó su mano diestra por mi cuello hasta mis clavículas y buscó
uno de mis pezones. Gemí ahogado dejando que mis ojos se llenaran de
lágrimas de placer. Mis mejillas ardían y mis ojos brillaban
mientras quedé temblando.
—Eres hermoso y seductor—dijo sin
saber aún si fueron parte de sus mentiras.
Hubiese creído cualquier cosa que
viniese de sus labios. Sin embargo después supe que todo era
mentira. Su amor hacia mí fue una farsa que empezó aquel día. Su
mente enajenada se libra de mi venganza. En aquel instante esas
palabras me alzaron hacia una vórtice de placer insaciable. Mis
movimientos se volvieron más rápidos notando sus venas y el potente
torrente cálido que llenó mi garganta.
Él sacó su miembro de mí y acarició
mis labios. Sentía que ardía como si me hubiesen encendido una
fogata en mi pecho. De inmediato succioné y lamí sus dedos de forma
lasciva mientras llevaba mis manos a mis pezones. Me aparté de él
tirándome al suelo esperando que comprendiera que quería sexo, un
sexo brutal que me rompiera en dos dividiendo mi alma y cuerpo.
—Hazme tuyo—jadeé con las piernas
temblorosas mientras sentía como todo mi cuerpo expulsaba gotas de
sudor rosáceas—. Por favor... no te detengas...
Pude ver como se sacaba por completo el
pantalón y se arrodillaba entre mis piernas, sacándome el mío y
tirando mis botas a una esquina de la habitación. Su lengua rozó
mis pezones tan cálida que me hizo suspirar. Cuando bajó mi ropa
interior descubrió que estaba manchado de pequeñas gotitas de
semen. Había llegado al pre-semen si tan siquiera sentir más allá
de las costuras, y tela propia, de mis prendas.
—Quiero ser tu zorra y el esclavo de
tu mundo. Necesito que me domines hasta hacerme caer
extenuado—balbuceé—. Sé que me amas y por eso te haré parte de
la noche. Serás un dios entre los hombres y alcanzarás el nirvana
con la sangre.
—Silencio—me ordenó sin titubeos.
Callé mordiéndome mi labio inferior
mientras notaba sus largos dedos hundirse en mi boca, acariciar sin
cuidado mi lengua y apartarse para introducirse en mi recto. Mis
piernas se abrieron de forma involuntaria y mi espalda se arqueó.
Aquellos dedos buscaron mi próstata con un ritmo enloquecedor. Mis
gemidos se alzaban hacia el techo, acariciando las simples molduras
de escayola y haciendo temblequear la lámpara que colgaba sobre
nuestras cabezas.
La habitación era simple y
minimalista. Tan sólo había un mueble para la televisión, una cama
con su ropa, una mesilla de noche, un pequeño perchero y el bureau
endeble que venden las grandes superficies comerciales para algunas
oficinas. Sin embargo, para mí ese lugar era la celda del placer y
el edén cargado de flores que gemían del mismo modo que yo lo
hacía.
—Silencio—dijo nuevamente antes de
taparme la boca con su zurda.
Mis ojos se abrieron completamente
sorprendido mientras lo observaba profundamente consumido en la
locura. El tormento del placer, el desenfreno mismo, me agitaba como
si fuera una rama. Al apartar su mano volví a gemir como una puta,
sin vergüenza alguna y con una necesidad atroz. Él deslizó sus
dedos por mis pómulos y terminó rodeando mi garganta. Notaba como
presionaba con toda su fuerza mortal.
Sentí como todo mi cuerpo hormigueaba,
mis talones se clavaron en el suelo de madera y mi vientre tuvo unas
agradables cosquillas. Una punzada tiró de mis testículos y provocó
que eyaculara salpicando su rostro y pecho, así como también mi
vientre y mis manos que se atenazaban en su brazo.
—¿Quieres más?—preguntó
inclinándose sobre mí—. ¿Y si te dijera que puedo darte más?
—Mi amor... mi amor te daré todo...
todo... si me das más te daré mi mundo—sollozaba porque sentía
su amor, aunque todo era un engaño cruel, acariciarme con una
ternura bruta que me hacía sentirme al fin de alguien.
Sin esperas ni explicaciones sacó sus
dedos de mi interior, me penetró y comenzó a llevar un ritmo
trepidante. Mis piernas quedaron abiertas en V y sujetadas por los
tobillos gracias a sus manos de escritor. Sentía mi cabeza dar
vueltas, movía de un lado a otro y gemía con la boca tan abierta
que se veían mis amenazadores colmillos. Percibía su furia y deseo
e incluso noté como me escupió para luego reírse de mí.
Daniel bombeaba con un deseo
desconcertante. Sus ojos brillaban más que sus anteojos cuando se
hallaban sobre la punta de su nariz. Tenía el cabello rubio empapado
y pegado a su frente, así como las mejillas rojas como cerezas y sus
labios rosados muy antojadizos. Cuando quise percatarme estaba
llegando de nuevo a un orgasmo insufrible. Mis manos estaban a ambos
lados de mi cabeza tirándome del pelo mientras él intentaba
eyacular a la vez.
Juro que cuando acabamos él me recogió
entre sus brazos, besó mi rostro y me dijo que me amaba. Pero luego
huyó de nuevo, como si le hubiese entrado un pánico terrible. Tuve
que alcanzarlo en un restaurante de carretera donde le rogué
nuevamente un amor sucio y desesperado.
Sin embargo el presente es duro y
terrible. Daniel siempre está apagado como si alguien hubiese
desconectado cualquier pensamiento racional. Siempre me descubro a su
lado, acariciando sus cabellos y retirando alguna pelusa de sus
camisas. Él decía que podía controlarme, que era mi dueño y sin
embargo ha acabado siendo un muñeco al cual visto como si fuese un
juguete.
Esa noche me pegunté si aún quedaba
algo de sus bajas pasiones, por eso aparté la silla mientras él
meditaba y bajé su cremallera. Lamí mis labios humedeciéndolo
sintiendo cierto nerviosismo por lo que iba a realizar. Él no me lo
impidió, pero me tomó del rostro para verme a los ojos. Sonreí
como lo haría un niño y levanté su camisa para besar el pequeño
camino de vello de su vientre. Al abrir su cremallera y sacar su
miembro él suspiró. Era el primer gesto hacia mí en muchos años.
Agarré su sexo y lo llevé a mi boca
para lamerlo desde la base hasta la punta, igual que una golosina,
para nuevamente mordisquear y succionar como solía hacerle. Saqué
sus testículos para apretarlos entre mis manos mientras chupaba y en
ese preciso instante, cuando no esperaba nada, gimió llevando sus
manos a mi cabeza. A penas articulaba algún movimiento racional y
supuse que era puro impulso.
Aquello hizo que la atrapara con mayor
deseo y succionara hasta sentir mi propia erección, la cual liberé
y comencé a estimular al mismo tiempo que lo hacía con la suya. Sus
dedos se enredaron en varios mechones y pude notar un brillo de
inteligencia, no de lujuria sino de inteligencia, en su mirada.
Cuando eyaculó me aparté para terminar de masturbarme con su sabor
almizcleño entre mis dientes, sobre mi boca y más allá de mis
labios.
Él no se movió para abrazarme y yo me
sentí un estúpido. Era prácticamente un vegetal. Se había
convertido en un ser lleno de defectos. No había nada de pasión en
él salvo hacia sus maquetas. No se movió de la silla y quedó con
la cabeza gacha durante unos segundos, los mismos que sentí eternos
y me hicieron notar cierta angustia, para después ver como volvía a
su entretenimiento sin siquiera percatarse que tenía el pene fuera.
Quise gritar. Juro por el Señor que
quise gritar. Era un maldito demonio. Sin duda alguna era el vástago
de Lucifer pese a mi aspecto. Merecía la condenación eterna por
jugar con aquel cuerpo sin mente. Pero era él, lo veía de perfil y
no podía dejar de pensar en su ropa oliendo a whisky y tabaco.
Aquella colonia, tan varonil, aún la llevaba aunque sin ser
ensalzada por el sudor, el cigarro y el alcohol. Me llevé las manos
a la boca y comencé a llorar, después corrí hacia el aseo donde me
quité la ropa a toda velocidad.
Decidí darme una ducha para llorar
diluyéndolas con el chorro cálido que salía de la regadera, sin
embargo escuché sus pasos desnudos por la madera y finalmente en las
baldosas. Cuando quise percatarme él estaba detrás, agarrándome de
la cintura y penetrándome mientras mordía mi cuello succionando
gran parte de mi sangre. Mis manos temblaron sobre los azulejos, los
cuales se quebraron porque los golpeé al intentar sujetarme de algún
modo, y mis caderas le concedieron un ritmo violento y sensual.
Él estaba vestido y tan sólo tenía
la cremallera bajada, su pelo se empapaba y parecía brillar con luz
propia. Yo parecía estar bañado en fuego y sangre, pues mis
mechones caían sobre mis hombros y acariciaban mis pezones. Pronto
sentí sus manos arañando mis caderas, abriendo más mis piernas y
pellizcando con violencia mi mis senos masculinos. Masajeaba aquel
pecho, que era casi el de un niño, con una lascivia propia de un
demonio. Aquella violación no la rechacé, sino que la disfruté
gimiendo su nombre y palabras de amor que creí olvidadas.
—Daniel... Daniel... ámame como tú
sabes... Daniel... por favor... quiero que seas mío de nuevo—él
no respondió a mis palabras con otras, sino con gruñidos y gemidos
desbocados.
Cuando quise darme cuenta él ya había
eyaculado y me dejaba tirado en la placa de ducha, como si fuera una
marioneta a la cual le han cortado las cuerdas, con el chorro de agua
caliente cayendo sobre mí en forma de lluvia. Durante algunos
minutos medité intentando no llorar, pero finalmente lo hice al ver
que él había regresado a su estatismo y minucioso trabajo.
—He jurado que ya no te amo, pero es
volver a verte y creer que en algún momento, por extraño y patético
que hubiese sido, tú me amaste como yo lo sigo haciendo—susurré
antes de vestirme y marcharme de allí.
Daniel era vigilado noche y día por
otros vampiros más jóvenes, leales a mí, y algunos mortales. Ellos
lo cuidaban como si fuera un misterio, el cáliz del cual bebió el
Señor o una reliquia de un beato. Pero él es simplemente Daniel, el
único misterio que yo deseo olvidar y no puedo.
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