Bonjour mes amis!
Arion trae algo para ustedes. Es un pequeño relato que recuerda el carácter que posee Petronia y cuanto la ama.
Lestat de Lioncourt
Mi pequeña fiera
Parecía una noche tranquila, pero
sería como siempre. Estalló la pelea escuchándose como una lámpara
se rompía haciéndose añicos el delicado pie de porcelana, el cual
imitaba a un hermoso jarrón. Había comprado aquella lámpara hacía
al menos dos décadas y mucho había durado, pues Petronia siempre
lanzaba aquello que tenía a mano.
El sonido de los golpes secos, tan
fuertes y rápidos, me decía que era un momento de rabia que ni yo
podría controlar. Suspiré negando suavemente con la cabeza mientras
pasaba una nueva hoja de la revista de joyería, en la cual por
supuesto habíamos invertido algunos ahorros, que me habían
entregado la pasada noche.
—Ay Petronia, ay. Tú me pegas... tú
me chocas. ¡Estás loca!—gritó Manfred mientras intentaba
refugiarse, posiblemente tras uno de los enormes sofá que tenía
aquel salón.
—¡Loca! ¡Me has dicho
loca!—respondió furiosa.
—¡Arion!—llamarme no le libraría
en absoluto de los puñetazos, patadas y mordiscos que podría tener
de parte de ella.
—¡No lo llames! ¡Te voy a romper la
cabeza como si fuera melón maduro!
—¡Arion! ¡Arion!
El escándalo era tremendo. Podía
escuchar la discusión de ambos desde hacía varios minutos. Petronia
no tenía la suficiente paciencia con Manfred. Él era un hombre
extraño y excéntrico. Desconocía como despertaba tanta ternura en
ella, pero esa ternura la ocultaba con golpes duros y certeros.
Cerré la revista dejándola a un lado,
despejando así la mesa, para aproximar el portátil y comenzar a
dialogar con varios comerciales que teníamos en nuestras tiendas.
Eran joyerías de lujo desperdigadas por todo el mundo desde Nápoles
a Rusia y de Rusia a Mónaco o París. Joyas únicas, especiales,
para que las chicas pudieran cantar sobre sus buenos amigos los
diamantes. Los camafeos de oro, piedras preciosas y perfectos
relieves eran los más vendidos pero también había anillos,
pulseras y diversos colgantes de colección.
Entonces, mientras barajaba la
posibilidad de marcharme del palazzo durante algunas horas, ella
apareció con la ropa arrugada, sangre salpicando los puños de su
camisa blanca y arrugando el sombrero que llevaba en sus manos. La
miré largamente en silencio y entonces me gritó.
—¡O controlas a tu amigo o te juro
que no lo verás vivo mañana!—me dijo tensa y rabiosa.
—Ve al Santuario, descansa unos días
lejos de Manfred y cuando regreses estaré para ti. Iremos a caminar,
conversaremos sobre lo ocurrido y me contarás todo sin problemas.
—¡Me tratas como si tuviera que
obedecerte!—se movió rápida hacia mí y me abofeteó—. ¡Arion!
Me incorporé tomándola de las
muñecas, mirándola molesto, para besar su boca que temblequeaba. La
ira la dominaba, pero yo sabía calmar a mi modo ese sentimiento.
—¡Iré al Santuario!
—Bien—respondí taimado, pues sabía
que ese gesto o la enfurecería o la sosegaría. Fue una buena
elección sin duda alguna.
—¡Para no verte!—gritó antes de
marcharse dando un portazo.
Noches más tarde regresaría. Ella me
encontraría como siempre en mitad del salón con una partida de
ajedrez empezada, pero sin Manfred como oponente. La oscuridad
envolvía suavemente la estancia y mi figura era desdibujada, pero
ella supo encontrarme y abrir mis brazos para que la sostuviera. La
amaba a pesar de sus desplantes. Ella era y es la única mujer que he
logrado amar.
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