Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 8 de marzo de 2014

Mi pequeña fiera

Bonjour mes amis!

Arion trae algo para ustedes. Es un pequeño relato que recuerda el carácter que posee Petronia y cuanto la ama. 

Lestat de Lioncourt

Mi pequeña fiera 

Parecía una noche tranquila, pero sería como siempre. Estalló la pelea escuchándose como una lámpara se rompía haciéndose añicos el delicado pie de porcelana, el cual imitaba a un hermoso jarrón. Había comprado aquella lámpara hacía al menos dos décadas y mucho había durado, pues Petronia siempre lanzaba aquello que tenía a mano.

El sonido de los golpes secos, tan fuertes y rápidos, me decía que era un momento de rabia que ni yo podría controlar. Suspiré negando suavemente con la cabeza mientras pasaba una nueva hoja de la revista de joyería, en la cual por supuesto habíamos invertido algunos ahorros, que me habían entregado la pasada noche.

—Ay Petronia, ay. Tú me pegas... tú me chocas. ¡Estás loca!—gritó Manfred mientras intentaba refugiarse, posiblemente tras uno de los enormes sofá que tenía aquel salón.

—¡Loca! ¡Me has dicho loca!—respondió furiosa.

—¡Arion!—llamarme no le libraría en absoluto de los puñetazos, patadas y mordiscos que podría tener de parte de ella.

—¡No lo llames! ¡Te voy a romper la cabeza como si fuera melón maduro!

—¡Arion! ¡Arion!

El escándalo era tremendo. Podía escuchar la discusión de ambos desde hacía varios minutos. Petronia no tenía la suficiente paciencia con Manfred. Él era un hombre extraño y excéntrico. Desconocía como despertaba tanta ternura en ella, pero esa ternura la ocultaba con golpes duros y certeros.

Cerré la revista dejándola a un lado, despejando así la mesa, para aproximar el portátil y comenzar a dialogar con varios comerciales que teníamos en nuestras tiendas. Eran joyerías de lujo desperdigadas por todo el mundo desde Nápoles a Rusia y de Rusia a Mónaco o París. Joyas únicas, especiales, para que las chicas pudieran cantar sobre sus buenos amigos los diamantes. Los camafeos de oro, piedras preciosas y perfectos relieves eran los más vendidos pero también había anillos, pulseras y diversos colgantes de colección.

Entonces, mientras barajaba la posibilidad de marcharme del palazzo durante algunas horas, ella apareció con la ropa arrugada, sangre salpicando los puños de su camisa blanca y arrugando el sombrero que llevaba en sus manos. La miré largamente en silencio y entonces me gritó.

—¡O controlas a tu amigo o te juro que no lo verás vivo mañana!—me dijo tensa y rabiosa.

—Ve al Santuario, descansa unos días lejos de Manfred y cuando regreses estaré para ti. Iremos a caminar, conversaremos sobre lo ocurrido y me contarás todo sin problemas.

—¡Me tratas como si tuviera que obedecerte!—se movió rápida hacia mí y me abofeteó—. ¡Arion!

Me incorporé tomándola de las muñecas, mirándola molesto, para besar su boca que temblequeaba. La ira la dominaba, pero yo sabía calmar a mi modo ese sentimiento.

—¡Iré al Santuario!

—Bien—respondí taimado, pues sabía que ese gesto o la enfurecería o la sosegaría. Fue una buena elección sin duda alguna.

—¡Para no verte!—gritó antes de marcharse dando un portazo.


Noches más tarde regresaría. Ella me encontraría como siempre en mitad del salón con una partida de ajedrez empezada, pero sin Manfred como oponente. La oscuridad envolvía suavemente la estancia y mi figura era desdibujada, pero ella supo encontrarme y abrir mis brazos para que la sostuviera. La amaba a pesar de sus desplantes. Ella era y es la única mujer que he logrado amar.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt