Recuerdo aquella primera noche como si
sucediera ahora mismo. Podía cerrar los ojos y describirte la
habitación con detalle. Los suntuosos cortinajes, los muebles de
época, la alfombra persona, el piano de fondo y la ventana abierta
dejando que la brisa llenara todo con aroma de azahar, dondiego y
flores silvestres. Louis se encontraba en el balcón oteando el
horizonte con el ceño suavemente fruncido mientras se mordía los
labios. Ella, sin embargo, se hallaba perfectamente vestida con
prendas que yo mismo había adquirido horas antes. Tenía el cabello
suelto, muy rizado y dorado, cayendo a ambos lados de su pequeña
carita.
—¿Y qué has aprendido con Louis?
Oh, no me digas que a sentirte deprimida—dije aproximándome a ella
provocando que riera—. Te traje vestidos muy bonitos para que
salgas conmigo a pasear.
—Tengo sed—murmuró inquieta.
—Lo sé mi ángel, lo sé. Pero no
iba a permitir que caminaras por ahí con esos harapos—susurré
llevándome las manos al pecho para luego tomar su rostro—. Eres
rotúndamente hermosa.
—¡No debiste hacerlo!—exclamó
girándose para mirarme amenazador.
—Anda vete y sigue llorando Louis,
sigue. No estoy hablando contigo sino con nuestra hijita—dije
abriendo los brazos provocando que ella me abrazara.
—Has hecho una monstruosidad y lo
sabes—contestó furioso señalándome.
Se veía hermoso con sus cabellos
ondulados y libres, su camisa de chorreras blancas, el pañuelo verde
prado al cuello como su chaleco y esos encantadores pantalones que me
excitaban con cada movimiento que hacía. Era magnífico. Pero
también era un estúpido amargado que pensaba que todo lo que hacía
estaba mal. Tal vez no debí hacerle eso a Claudia, pero se moría.
No quería que muriese y deseaba que él se quedara a mi lado, además
de amar a alguien y saber que es ser realmente un padre.
—¿Soy un monstruo?—susurró
tomándome de la cara para que la viera.
—No mi amor. El único monstruo es el
coco, pero él no vendrá por ti—respondí tocando su naricilla
como si fuera un punto pequeño en su rostro.
Esa noche la enseñé a comportarse
entre las calles y a mentir. Era fascinante como lograba beber de
unos y de otros. La sed en ella se agudizaba con el paso de los días
y era una perfecta asesina. Pero para mí era la niña que tomaba en
brazos, llenaba de besos y colmaba de regalos.
Lestat de Lioncourt
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