Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 3 de abril de 2014

Arrancando las alas a un ángel

Bonjour

Lamentamos profundamente la tardanza pero problemas ajenos a nosotros nos han tenido sin poder responderles como debíamos. Aquí tienen las memorias de Marius y Armand. 


Lestat de Lioncourt


Sobre la mesa de operaciones se encontraba un sujeto aún vivo. Su corazón latía pausadamente mientras abría mejor la caja torácica. Había inyectado un poderoso anestésico que lo mantendría completamente sumido en deliciosos sueños, de los cuales no despertaría jamás, ayudándome así en mi tarea para analizar el cuerpo humano. No usaba guantes, pues el calor de la sangre siempre era agradable, y aunque me provocaba deseos beber hasta saciarme me controlaba porque deseaba comprender con detenimiento todo aquello que había leído en mis libros de biología. Las luces se centraban en la pista central, que no era más que la camilla y la mesa repleta de instrumental médico, mis ojos pardos asechaban tras unas enormes gafas que evitaban salpicaduras innecesarias.

Las gráciles pisadas de Benji sonaron por el pasillo bajando desde la escalera, girando hacia la derecha y precipitándose hacia la puerta del fondo donde me hallaba. Abrió sin preguntar siquiera y miró con asombro el joven, de cabellos dorados y rostro anguloso, que se encontraba postrado en aquella fría camilla metálica. No era alguien importante, ni siquiera lo había visto en más de dos ocasiones, pero fue él, precisamente mi pequeño discípulo, quien lo eligió por ser grosero con Sybelle en una de nuestras salidas al centro comercial.

—Has empezado sin mí...—dijo con ligero tono de sorpresa y fastidio—. Pero ahora no puedo molestarme por eso. Hay visita para ti.

—Dile a David que no estoy disponible—expliqué concentrado en los ventrículos de aquel hermoso corazón.

—¿No lo notas?—interrogó arrugando suavemente su nariz y torciendo sus pequeños labios—. ¿Tan concentrado estás Dybbuk?

Sus enormes ojos negros me miraban desde el marco de la puerta. Tenía el pomo dorado entre sus pequeños dedos y su escasa altura, al igual que la mía, nos dejaba en un duelo de miradas equilibrado. Tenía el pelo revuelto y la camiseta mal colocada. Posiblemente había estado holgazaneando por el tejado tras robar algo en alguna de las tiendas cercanas.

—¿Qué debo notar?—alejé mis manos del cuerpo, el cual era una tentación demasiado excitante, para concentrarme en él.

—Su presencia—respondió sereno aunque expectante. Posiblemente me observaba con sigilo del mismo modo que haría un gato. Estaba seguro que esperaba una reacción distinta a la que obtuvo cuando dijo su nombre—. Es Marius.

—Marius...—sin desearlo una sonrisa estúpida se formuló en mi rostro y me bajé del taburete para ir hacia la puerta—. Ve al cajón de los sobres de dinero y toma uno, después lleva a Sybelle a la limusina e iros ambos al cine.

—Son la una de la madrugada y dudo que algún cine esté abierto—dijo frunciendo ligeramente sus cejas mientras torcía su pequeña boca. Sus rasgos árabes eran hermosos y más aún con la noticia que tenía en mi corazón. Todo era perfecto con tan sólo saber que Marius me buscaba.

Desconocía como me había olvidado de su formidable fuerza, esa que ahora me taladraba las sienes y me agitaba el alma, pero quizás era la emoción de aquel espécimen que aún latía atado a la mesa de operaciones. Un ser que quedaría apartado a un lado aguardando la muerte y mi curiosidad.

—Pues id a una cafetería o un local donde tengan música en vivo—repliqué quitándome la bata para arrojarla al suelo e intentar acomodar mis cabellos pelirrojos, los cuales quedaron sucios por la sangre de mis largos dedos. No había reparado en la sangre, pero eso ya no importaba.

—Pero...—intentó quejarse y sin embargo no pudo. Coloqué mi índice de la diestra sobre su boca y sonreí provocando que él suspirara apesadumbrado.

—¡Hazlo!—grité tomándolo de los hombros—. Hazlo porque te amo.

—¿Y si te hace daño?—sus ojos parecían diminutos por la tristeza, menguando poco a poco, porque el miedo y el dolor le atormentaba.

—No lo hará—respondí con cierta inocencia.

Marius siempre me provocaba cierto estallido de felicidad que agudizaba mi ceguera. Mi corazón no se alquilaba a otro inquilino salvo a él, muy a pesar de amar a Daniel, Sybelle y Benji o desear a Lestat y David. Eternamente sería suyo y pertenecería a sus manos. Me convertía a su lado en un pequeño Pinocho que quiere cobrar vida, sin cables algunos, para bailar a su alrededor ofreciéndole mi amor y ternura. Él sabía arrancar de mí la bondad que ocultaba a todos, me sumergía en su tortuosa sonrisa y me exponía como pieza de colección.

—¿Lo prometes?—me tomó de las manos apretando con sus pequeños dedos los míos. Tenía las mejillas coloreadas, quizás por cierta furia que contenía, y sus lágrimas estaban a punto de aparecer provocando en mí un dolor agudo. No podía ver que él llorara o sintiera miedo. Él era mi pequeño Benji, mi corazón, mi amor y mi ternura misma. Sin duda era parte de la luz en la oscuridad, como una vela siempre encendida aguardando la llegada de un ángel.

—No puedo prometerte eso mi amor—dije con una sinceridad que cayó como un balde de agua helada sobre él.

—Nunca puedes—susurró con desaliento mientras se apartaba de mí para correr hacia las escaleras.

Decepcionaba a Benji y quizás también a Sybelle, sin embargo alguien debía creer y confiar en Marius. Había aprendido que el amor no era fácil y posiblemente jamás se me concedería como en aquellos primeros años. Esos meses fabulosos en los cuales fui tratado como un príncipe veneciano y amado como un pequeño ángel. En ocasiones me descubría a mí mismo fantaseando con las posibilidades de mi actual vida. Pensé en los años robados por Santino en muchas ocasiones cuando me hallaba bajo el cementerio de Les Inocents, pero sobre todo lo hacía en la era tecnológica donde todo parecía comprarse. Aunque realmente uno puede comprar incluso un alma humana en algún servidor de Internet. Siempre hay objetos extraños y propuestas horribles en las cuales caen psicópatas ansiosos por ser reconocidos.

Marius era el bálsamo para mis días oscuros; Benji jamás comprendería mis anhelos porque él siempre ha tenido mi amor incondicional y el amor de Sybelle. Ella tal vez comprenda a la perfección el deseo de ser la polilla de un tirano. Pues así me siento. Soy como un insecto que se encamina a la luz para ser aniquilado. Quizás lo sabe, quizás no, pero el insecto vuela y agita tu su corazón pensando que se aproxima su gran meta en este mundo. Es posible que mi gran meta sea morir en sus manos. Esas garras blancas y frías como el mármol, con sus uñas perfectas y brillantes, sosteniéndome como si fuera una rosa roja y aproximando sus labios a mi cuello, para beber hasta saciarse, recordándome que mi vida es suya y que mi existencia no tiene sentido si él no mueve los hilos.

Subí hacia la planta superior mientras escuchaba el ruido del motor de la limusina. Benji se marchaba con ella, los dos dejándonos a solas, como le había pedido. A pesar que había sido mi petición, o más bien un ruego, sentí cierto abandono. Quizás con ellos frente a ambos se controlaba y era posible un diálogo menos cruel y tormentoso.

—¡Por qué tardaste tanto en venir!—gritó antes que pudiese aparecer por una de las puertas de doble hoja del salón.

En el salón reinaba de mármol. El suelo así como sus columnas, y sus doseles cargados de flores talladas con una viveza y detalle increíble. Las altas y hermosas vidrieras que había mandado instalar, las cuales representaban momentos bíblicos y santos que yo mismo aún rezaba, le daban un aspecto similar al de una iglesia salvo por el piano oscuro del fondo con aquel hermoso jarrón de cristal cargado de rosas rojas, blancas y amarillas. Podía oler la fragancia de cada pétalo y sentir la carnosa suavidad de éstas contra mis labios. Poseía muebles muy antiguos sacados de anticuarios de todo el país, así como algunos europeos, y un par de huevos rusos de colección, muy preciados y valiosos, en una de las estanterías repletas de libros. Los muebles no eran meramente decorativos, sino que su comodidad era tal que a veces dormitaba escuchando de fondo a Sybelle tocar para mí. Por lo tanto reinaba el blanco, negro y dorado. La figura que se erguía con aquel traje negro de chaleco y corbata roja color carmín destacaban profundamente.

—¡Amadeo!—su voz hizo que los cristales resonaran mientras sentía el leve latir rítmico de mi corazón.

Me había alterado al contemplar su belleza. El cabello lacio, bien peinado y dorado de Marius me cautivaba. Ciertamente su belleza era atemporal y épica. Nadie podría decir que aquel hombre de piel lechosa, casi tan blanca como el papel con el cual aún se escriben hoy día muchas cartas, y de ojos azules, ligeramente fríos como el hielo, no era la imagen misma de un dios entre los hombres por su estatura, complexión muscular y rasgos. Sus labios no eran carnosos, pero me provocaban deseos de besarlos arrojándome a sus brazos.

Sin duda alguna me sentí desnudo con mis pies sólo enfundados en unos calcetines, los cuales estaban manchados de sangre, y los jeans deslavados junto a la camiseta blanca que prácticamente estaba teñida de un rojo tan intenso como el de sus prendas. Por ese motivo temía aproximarme demasiado ya que no era mi mejor aspecto.

—Maestro—mi tono era suave y conciliador—. Creí que no nos veríamos en mucho tiempo—supongo que en mis ojos brillaba la esperanza y felicidad. Pues su visita había roto mis esquemas. Pensé mil veces que no nos veríamos en décadas debido a mi torpeza, aunque aún desconocía cual había sido.

—Esa cuestión no es la que viene a solucionar—respondió.

—Maestro...—mis pies se precipitaron en una carrera suicida y terminé tan cerca de él que mi cuerpo parecía fundirse con el suyo. Mis delgados brazos se echaron entorno a su cuello quedando de puntillas mientras su cuerpo se inclinaba hacia mí. Pude ver sus ojos de cerca y no vi alegría al contemplarme de esa forma. En ese momento mi alma se agrietó y un par de lágrimas se deslizaron por mis redondas mejillas—. ¿Qué ocurre? Maestro...

—Apártate si no quieres que me saque la correa y la use como látigo—dijo apartándome de un empujón—. Dime si los rumores son ciertos.

—¿Cuáles?—mi voz sonó quebrada porque quería llorar, pero no le permitiría ese lujo. Un par de lágrimas había sido suficiente para engrandecer su orgullo.

—Lestat y Pandora. Ellos dos han tenido un encuentro y deseo saber si es cierto. ¡Dímelo!—exclamó buscando en mí algún secreto que ocultara la última jugarreta de Lestat, pero ni siquiera yo estaba seguro si aquello era cierto.

—No lo sé—dije tomando una postura digna mientras sonreía saboreando el momento—. ¿Te hace daño saber que eres el segundo puesto de la dama? E incluso yo diría que más allá del segundo puesto. ¿Duele?—la expresión de Marius se transformó en algo grotesco, no obstante no cambié mi discurso ni el tono de mi voz—. Lestat fue abandonado por Rowan y se dejó perder por el placer. Ha encontrado en la cama de muchos el bálsamo para su dolor. Entre ellos estoy yo y no me arrepiento. Aquella noche me demostró que aunque no me ame, pues sus sentimientos son aún para la Mayfair, me trata y agasaja mucho mejor que tú—percibí como sus manos se cerraron y sus hombros se encogieron. Iba a golpearme en cualquier momento preso del dolor de su orgullo de gallo herido—. No me importa si me sacudes en este mismo instante, pues eso no te hará callarme.

—¡Cómo has podido ser tan puta!—gritó levantando su brazo derecho para sacudirme. Su puño golpeó mi mejilla rompiendo mis tejidos, haciéndome caer al suelo y desgarrando a la vez mi alma. El sonido seco contra el mármol aún retumba en mis oídos, pero aún es más doloroso saber que sólo le importa Pandora. Mi bienestar, sueños y necesidades son para él un chiste mal contado— ¡Cómo te atreves!

—¡Tú me dejaste en un palazzo abandonado la última vez!—grité— ¡Aún sonaban los ecos del carnaval y tuviste la poca vergüenza de abandonarme como si fuera un objeto sin valor! ¡Cómo te atreves tú a tratarme como una mierda!—aquello avivó la llama de su furia y se lanzó sobre mí arrancándome la ropa como si fuera la piel— ¡No me toques! ¡Basta! ¡Te ordeno que no me toques! ¡No soy tuyo! ¡No tienes derecho sobre mí!

El sonido de la ropa rompiéndose al rasgarla sus uñas era terrible. Había despertado la cólera de un terrible tirano que no tenía siquiera reparos en mostrar su vileza. Desconocía donde quedaba aquel maestro sensible frente al lienzo que me cautivaba por su silencio y el misterio que le rodeaba. De él sólo quedaba aquel frágil cascarón que era él, con sus amenazadoras manos que cortaban como cuchillas y su cabello rubio alborotándose por sus movimientos bruscos. Sus doradas cejas estaban fruncidas y casi unidas, síntoma de furia en él.

—¡Quién demonios te crees para tratarme de esa forma!—forcejeaba con él intentando que se moviera de encima mía.

—¡Un ser con sentimientos!—dije rompiendo en llanto.

—¡Cállate!—sus palabras eran duras, pero más duro fue sentir aquel bofetón mientras me mostraba sus dientes como los de un animal salvaje. Podía oler su aliento aún manchado por la sangre de alguna víctima inútil, desprevenida o simplemente seducida por su belleza, que había caído como si fuera una mosca. Del mismo modo que yo estaba cayendo.

Mis ojos eran dos gemas de color café con tonalidades miel, tan cálidos como destrozados, que observaban sus acciones terribles y francamente grotescas. Buscó mi boca con la suya devorándome como si no importara mis deseos y sus manos fueron a mis muñecas obligándome a tocar su sexo por encima de la tela.

Sentí como mis dedos tocaban zarzas ardientes y la visión de Dios, Nuestro Señor, se alzaba en mis plegarias. No quería ser objeto del deseo de un monstruo peor que Lucifer, pues este podía mostrar clemencia tal vez. Marius se imponía con si vigorosa figura de hombros anchos, musculatura terriblemente masculina y manos ásperas a pesar de haber sido tan sólo un historiador romano. Un hombre adicto al arte del mismo modo que a la tortura. Su lengua se hundía en mi boca domesticando mis impulsos y mis dedos, mis frágiles dedos, terminaron por dejar de resistirse para oprimir la bragueta que se notaba ligeramente dura. Con rapidez apremiante desabroché su cinturón, el botón primero del pantalón y finalmente hice bajar la cremallera. El sonido de ésta quedó silenciada por el jadeo de mi boca y el torrente de pensamientos que me aniquilaban mis ya derrotadas fuerzas.

Sus manos recorrían mis caderas y costados, arañaban mi pelvis y abrían mis piernas que aún se negaban a ceder. Sin embargo cuando sentí su miembro erecto entre mis dedos no tuve más opciones. Abrí éstas y dejé que él se introdujera sin remedio en mi interior. Mi boca se apartó de la suya y dejé escapar un profundo quejido acompañado por un gemido que retumbó rebotando por los altos techos. Mis ojos se cerraron porque no quería ver su rostro; él era un atractivo monstruo que me seducía con una sonrisa canalla, intentando consolarme por tan crueles caricias, y era algo que no quería permitir. No obstante acabé abriéndolos y descubriendo como su boca buscaba mis pezones, los cuales empezó a succionar y mordisquear.

Mi figura vibraba por aquel destructivo toque. Tenía un cuerpo delicado, fino y pequeño, que era fácil de manipular en la cama incluso para un ser humano común. Marius me movía como si fuera una pluma y se concentraba en las estocadas más profundas y rápidas que ningún otro hombre me había ofrecido. Intenté pensar en Lestat y en su forma delicada de acariciarme, esas manos ligeramente sedosas y frías que me calentaron hasta sentirme febril. Si bien no pude concentrarme mucho tiempo en el príncipe de los vampiros y me quedé en el guardián de la corte, el villano que atrapaba mi corazón echándolo a un lado con desprecio y el maestro que muchos admiraban. Él era el único hombre que me había hecho amar sin importar nada, pero él siquiera se dignaba a comprender mi rabia. Posiblemente era el único que esperaba algo bueno de su parte, pues Pandora era evidente que se había cansado hacía siglos y que el resto sólo escuchaban sus ideas sin prestarle demasiada atención. Ni siquiera se percataba que yo lo amaba de forma absoluta y entregada. Mi cuerpo podía ser de cientos de amantes, pero únicamente mis sentimientos más puros pertenecían a Marius.

Gemía vibrando mientras notaba como en mi bajo vientre las cosquillas aumentaban. Mi sexo estaba erecto, al igual que el de Marius antes de comenzar aquella excitante tortura. Podía notar sus labios finos rodeando mis pezones, tirando de éstos con succiones precisas y como sus colmillos perforaban la piel para beber de mi sangre. El sonido seco de sus testículos chocando contra mí era tentador y mis manos hacía rato que palpaban sus músculos marcados del vientre. Jugaba con la zona de su pelvis y subía por sus costillas hasta perderme en su espalda. Juro que no quería deshacerme en caricias, pero lo hacía.

Alzó su rostro y me miró embelesado. Por primera vez en mucho tiempo descubrí en él ciertos rasgos que conocía. Esa forma de examinarme como un especimen único, debido a mi cabello rojo desparramado por el suelo de la habitación, me hizo sentir fuego en mi pecho. Comencé a decirle palabras de amor que había olvidado y él sonrió divertido mientras apoyaba su frente en la mía. Su cuerpo me cubría por completo. Él era un titán en comparación conmigo. Siempre me sentí protegido en sus brazos pese a todo lo que nos dividía.

Tras varias estocadas más sentí que llegaba. Cada milímetro de su duro, grueso y largo miembro me hicieron estallar. Sus pequeñas venas que lo rodeaban rozaban mi rugoso interior, el mismo que lo retenía apretando con deseo y ofreciéndole un calor similar al de la vagina de una mujer, ofreciéndome un goce único. Mi cuerpo tenía una lámina de gotas de sudor rosáceo, debido a cierta cantidad de sangre implícita en nuestros fluidos, pero el suyo también lo estaba. Sin embargo su cuerpo estaba aún cubierto por gran parte de su ropa a pesar del forcejeo. Marius había sacado el borde de su camisa del pantalón y abierto su chaleco para que yo pudiera meter mis manos, acariciarlo y desearlo. Se veía erótico con aquel pecho ancho y fuerte, que parecía tallado y que se marcaba bajo su camisa, inclinándose sobre mí mientras sus brazos me retenían como fuertes columnas. Mis manos acariciaron su rostro en aquel instante en el cual mi cuerpo se quebró, el cosquilleo fue en aumento y eyaculé entre nuestros cuerpos. Justamente palpaban sus labios manchados de mi propia sangre, del mismo modo que sus colmillos, mientras rezaba por mi alma. Había tropezado de nuevo con la misma piedra.

Él se apartó y me giró sobre el mármol, para elevar mis caderas y azotar mis nalgas usando el cinturón. Pude notar el cuero golpeándome duramente y haciéndome heridas aunque eran heridas superficiales que se sentían gratificantes. Su dedo índice y corazón entraron en mi orificio, para luego dar paso a los otros y finalmente al puño. Escuché su risotada mientras yo gemía pronunciado su nombre y diversos te amo. Y cuando creí que volvería a tocar el placer, a pesar que él parecía haberse olvidado de ello, me dejó en el suelo apartándose por completo de mí.

Miré entonces por encima de mis hombros y lo vi. Estaba de pie con su miembro entre los dedos de su diestra. Apretaba con deseo la punta mientras me miraba. Estiró su brazo izquierdo hacia mí, me levantó del suelo agarrándome fuertemente de la nuca y me colocó el rostro a pocos milímetros de su sexo. Mis labios se abrieron como si fuera un autómata y él eyaculó explotando su simiente en mi boca.

—Bebe y recuerda de quien eres—susurró con su voz tomada por el esfuerzo.

El sabor salado de su semen llenó mi boca, pero no lo escupí. Tragué sus fluidos calientes, espesos y blancuzcos mientras él se apartaba nuevamente. Observé como se vestía y se marchaba hacia la puerta.

—¡Maestro!—grité sintiéndome cansado y hundido.

Él ni siquiera se dignó a girarse hacia mí y entonces mi corazón terminó de romperse. Quedé allí aguardando su regreso y sólo logré silencio, el mismo que dejaron sus pasos antes de cerrarse la puerta de entrada a la mansión. Si bien no podía dejar de pensar en aquel tiempo que yo fui su ángel, su inspiración y su amor. Dejé de ser el ángel de rasgos similares a los que pintaba Botticelli para convertirme en la puta con la cual se consolaba. Tan sólo un segundo puesto en su corazón en el cual no había tiempo para mí, pero sí para Pandora. Ella no le necesitaba y yo sí.


—¿Dónde quedaron mis alas?—pregunté en silencio mientras colocaba algunos jirones de mi camiseta contra mi desnudez— ¿Dónde quedó tu amor? Marius... ¿y el respeto sagrado que me ofrecías? ¿Así me amas? Grandes son tus mentiras y fuertes tus verdades...  

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Lestat de Lioncourt