Bonjour
Lamentamos profundamente la tardanza pero problemas ajenos a nosotros nos han tenido sin poder responderles como debíamos. Aquí tienen las memorias de Marius y Armand.
Lestat de Lioncourt
Sobre la mesa de operaciones se
encontraba un sujeto aún vivo. Su corazón latía pausadamente
mientras abría mejor la caja torácica. Había inyectado un poderoso
anestésico que lo mantendría completamente sumido en deliciosos
sueños, de los cuales no despertaría jamás, ayudándome así en mi
tarea para analizar el cuerpo humano. No usaba guantes, pues el calor
de la sangre siempre era agradable, y aunque me provocaba deseos
beber hasta saciarme me controlaba porque deseaba comprender con
detenimiento todo aquello que había leído en mis libros de
biología. Las luces se centraban en la pista central, que no era más
que la camilla y la mesa repleta de instrumental médico, mis ojos
pardos asechaban tras unas enormes gafas que evitaban salpicaduras
innecesarias.
Las gráciles pisadas de Benji sonaron
por el pasillo bajando desde la escalera, girando hacia la derecha y
precipitándose hacia la puerta del fondo donde me hallaba. Abrió
sin preguntar siquiera y miró con asombro el joven, de cabellos
dorados y rostro anguloso, que se encontraba postrado en aquella fría
camilla metálica. No era alguien importante, ni siquiera lo había
visto en más de dos ocasiones, pero fue él, precisamente mi pequeño
discípulo, quien lo eligió por ser grosero con Sybelle en una de
nuestras salidas al centro comercial.
—Has empezado sin mí...—dijo con
ligero tono de sorpresa y fastidio—. Pero ahora no puedo molestarme
por eso. Hay visita para ti.
—Dile a David que no estoy
disponible—expliqué concentrado en los ventrículos de aquel
hermoso corazón.
—¿No lo notas?—interrogó
arrugando suavemente su nariz y torciendo sus pequeños labios—.
¿Tan concentrado estás Dybbuk?
Sus enormes ojos negros me miraban
desde el marco de la puerta. Tenía el pomo dorado entre sus pequeños
dedos y su escasa altura, al igual que la mía, nos dejaba en un
duelo de miradas equilibrado. Tenía el pelo revuelto y la camiseta
mal colocada. Posiblemente había estado holgazaneando por el tejado
tras robar algo en alguna de las tiendas cercanas.
—¿Qué debo notar?—alejé mis
manos del cuerpo, el cual era una tentación demasiado excitante,
para concentrarme en él.
—Su presencia—respondió sereno
aunque expectante. Posiblemente me observaba con sigilo del mismo
modo que haría un gato. Estaba seguro que esperaba una reacción
distinta a la que obtuvo cuando dijo su nombre—. Es Marius.
—Marius...—sin desearlo una sonrisa
estúpida se formuló en mi rostro y me bajé del taburete para ir
hacia la puerta—. Ve al cajón de los sobres de dinero y toma uno,
después lleva a Sybelle a la limusina e iros ambos al cine.
—Son la una de la madrugada y dudo
que algún cine esté abierto—dijo frunciendo ligeramente sus cejas
mientras torcía su pequeña boca. Sus rasgos árabes eran hermosos y
más aún con la noticia que tenía en mi corazón. Todo era perfecto
con tan sólo saber que Marius me buscaba.
Desconocía como me había olvidado de
su formidable fuerza, esa que ahora me taladraba las sienes y me
agitaba el alma, pero quizás era la emoción de aquel espécimen que
aún latía atado a la mesa de operaciones. Un ser que quedaría
apartado a un lado aguardando la muerte y mi curiosidad.
—Pues id a una cafetería o un local
donde tengan música en vivo—repliqué quitándome la bata para
arrojarla al suelo e intentar acomodar mis cabellos pelirrojos, los
cuales quedaron sucios por la sangre de mis largos dedos. No había
reparado en la sangre, pero eso ya no importaba.
—Pero...—intentó quejarse y sin
embargo no pudo. Coloqué mi índice de la diestra sobre su boca y
sonreí provocando que él suspirara apesadumbrado.
—¡Hazlo!—grité tomándolo de los
hombros—. Hazlo porque te amo.
—¿Y si te hace daño?—sus ojos
parecían diminutos por la tristeza, menguando poco a poco, porque el
miedo y el dolor le atormentaba.
—No lo hará—respondí con cierta
inocencia.
Marius siempre me provocaba cierto
estallido de felicidad que agudizaba mi ceguera. Mi corazón no se
alquilaba a otro inquilino salvo a él, muy a pesar de amar a Daniel,
Sybelle y Benji o desear a Lestat y David. Eternamente sería suyo y
pertenecería a sus manos. Me convertía a su lado en un pequeño
Pinocho que quiere cobrar vida, sin cables algunos, para bailar a su
alrededor ofreciéndole mi amor y ternura. Él sabía arrancar de mí
la bondad que ocultaba a todos, me sumergía en su tortuosa sonrisa y
me exponía como pieza de colección.
—¿Lo prometes?—me tomó de las
manos apretando con sus pequeños dedos los míos. Tenía las
mejillas coloreadas, quizás por cierta furia que contenía, y sus
lágrimas estaban a punto de aparecer provocando en mí un dolor
agudo. No podía ver que él llorara o sintiera miedo. Él era mi
pequeño Benji, mi corazón, mi amor y mi ternura misma. Sin duda era
parte de la luz en la oscuridad, como una vela siempre encendida
aguardando la llegada de un ángel.
—No puedo prometerte eso mi amor—dije
con una sinceridad que cayó como un balde de agua helada sobre él.
—Nunca puedes—susurró con
desaliento mientras se apartaba de mí para correr hacia las
escaleras.
Decepcionaba a Benji y quizás también
a Sybelle, sin embargo alguien debía creer y confiar en Marius.
Había aprendido que el amor no era fácil y posiblemente jamás se
me concedería como en aquellos primeros años. Esos meses fabulosos
en los cuales fui tratado como un príncipe veneciano y amado como un
pequeño ángel. En ocasiones me descubría a mí mismo fantaseando
con las posibilidades de mi actual vida. Pensé en los años robados
por Santino en muchas ocasiones cuando me hallaba bajo el cementerio
de Les Inocents, pero sobre todo lo hacía en la era tecnológica
donde todo parecía comprarse. Aunque realmente uno puede comprar
incluso un alma humana en algún servidor de Internet. Siempre hay
objetos extraños y propuestas horribles en las cuales caen
psicópatas ansiosos por ser reconocidos.
Marius era el bálsamo para mis días
oscuros; Benji jamás comprendería mis anhelos porque él siempre ha
tenido mi amor incondicional y el amor de Sybelle. Ella tal vez
comprenda a la perfección el deseo de ser la polilla de un tirano.
Pues así me siento. Soy como un insecto que se encamina a la luz
para ser aniquilado. Quizás lo sabe, quizás no, pero el insecto
vuela y agita tu su corazón pensando que se aproxima su gran meta en
este mundo. Es posible que mi gran meta sea morir en sus manos. Esas
garras blancas y frías como el mármol, con sus uñas perfectas y
brillantes, sosteniéndome como si fuera una rosa roja y aproximando
sus labios a mi cuello, para beber hasta saciarse, recordándome que
mi vida es suya y que mi existencia no tiene sentido si él no mueve
los hilos.
Subí hacia la planta superior mientras
escuchaba el ruido del motor de la limusina. Benji se marchaba con
ella, los dos dejándonos a solas, como le había pedido. A pesar que
había sido mi petición, o más bien un ruego, sentí cierto
abandono. Quizás con ellos frente a ambos se controlaba y era
posible un diálogo menos cruel y tormentoso.
—¡Por qué tardaste tanto en
venir!—gritó antes que pudiese aparecer por una de las puertas de
doble hoja del salón.
En el salón reinaba de mármol. El
suelo así como sus columnas, y sus doseles cargados de flores
talladas con una viveza y detalle increíble. Las altas y hermosas
vidrieras que había mandado instalar, las cuales representaban
momentos bíblicos y santos que yo mismo aún rezaba, le daban un
aspecto similar al de una iglesia salvo por el piano oscuro del fondo
con aquel hermoso jarrón de cristal cargado de rosas rojas, blancas
y amarillas. Podía oler la fragancia de cada pétalo y sentir la
carnosa suavidad de éstas contra mis labios. Poseía muebles muy
antiguos sacados de anticuarios de todo el país, así como algunos
europeos, y un par de huevos rusos de colección, muy preciados y
valiosos, en una de las estanterías repletas de libros. Los muebles
no eran meramente decorativos, sino que su comodidad era tal que a
veces dormitaba escuchando de fondo a Sybelle tocar para mí. Por lo
tanto reinaba el blanco, negro y dorado. La figura que se erguía con
aquel traje negro de chaleco y corbata roja color carmín destacaban
profundamente.
—¡Amadeo!—su voz hizo que los
cristales resonaran mientras sentía el leve latir rítmico de mi
corazón.
Me había alterado al contemplar su
belleza. El cabello lacio, bien peinado y dorado de Marius me
cautivaba. Ciertamente su belleza era atemporal y épica. Nadie
podría decir que aquel hombre de piel lechosa, casi tan blanca como
el papel con el cual aún se escriben hoy día muchas cartas, y de
ojos azules, ligeramente fríos como el hielo, no era la imagen misma
de un dios entre los hombres por su estatura, complexión muscular y
rasgos. Sus labios no eran carnosos, pero me provocaban deseos de
besarlos arrojándome a sus brazos.
Sin duda alguna me sentí desnudo con
mis pies sólo enfundados en unos calcetines, los cuales estaban
manchados de sangre, y los jeans deslavados junto a la camiseta
blanca que prácticamente estaba teñida de un rojo tan intenso como
el de sus prendas. Por ese motivo temía aproximarme demasiado ya que
no era mi mejor aspecto.
—Maestro—mi tono era suave y
conciliador—. Creí que no nos veríamos en mucho tiempo—supongo
que en mis ojos brillaba la esperanza y felicidad. Pues su visita
había roto mis esquemas. Pensé mil veces que no nos veríamos en
décadas debido a mi torpeza, aunque aún desconocía cual había
sido.
—Esa cuestión no es la que viene a
solucionar—respondió.
—Maestro...—mis pies se
precipitaron en una carrera suicida y terminé tan cerca de él que
mi cuerpo parecía fundirse con el suyo. Mis delgados brazos se
echaron entorno a su cuello quedando de puntillas mientras su cuerpo
se inclinaba hacia mí. Pude ver sus ojos de cerca y no vi alegría
al contemplarme de esa forma. En ese momento mi alma se agrietó y un
par de lágrimas se deslizaron por mis redondas mejillas—. ¿Qué
ocurre? Maestro...
—Apártate si no quieres que me saque
la correa y la use como látigo—dijo apartándome de un empujón—.
Dime si los rumores son ciertos.
—¿Cuáles?—mi voz sonó quebrada
porque quería llorar, pero no le permitiría ese lujo. Un par de
lágrimas había sido suficiente para engrandecer su orgullo.
—Lestat y Pandora. Ellos dos han
tenido un encuentro y deseo saber si es cierto. ¡Dímelo!—exclamó
buscando en mí algún secreto que ocultara la última jugarreta de
Lestat, pero ni siquiera yo estaba seguro si aquello era cierto.
—No lo sé—dije tomando una postura
digna mientras sonreía saboreando el momento—. ¿Te hace daño
saber que eres el segundo puesto de la dama? E incluso yo diría que
más allá del segundo puesto. ¿Duele?—la expresión de Marius se
transformó en algo grotesco, no obstante no cambié mi discurso ni
el tono de mi voz—. Lestat fue abandonado por Rowan y se dejó
perder por el placer. Ha encontrado en la cama de muchos el bálsamo
para su dolor. Entre ellos estoy yo y no me arrepiento. Aquella noche
me demostró que aunque no me ame, pues sus sentimientos son aún
para la Mayfair, me trata y agasaja mucho mejor que tú—percibí
como sus manos se cerraron y sus hombros se encogieron. Iba a
golpearme en cualquier momento preso del dolor de su orgullo de gallo
herido—. No me importa si me sacudes en este mismo instante, pues
eso no te hará callarme.
—¡Cómo has podido ser tan
puta!—gritó levantando su brazo derecho para sacudirme. Su puño
golpeó mi mejilla rompiendo mis tejidos, haciéndome caer al suelo y
desgarrando a la vez mi alma. El sonido seco contra el mármol aún
retumba en mis oídos, pero aún es más doloroso saber que sólo le
importa Pandora. Mi bienestar, sueños y necesidades son para él un
chiste mal contado— ¡Cómo te atreves!
—¡Tú me dejaste en un palazzo
abandonado la última vez!—grité— ¡Aún sonaban los ecos del
carnaval y tuviste la poca vergüenza de abandonarme como si fuera un
objeto sin valor! ¡Cómo te atreves tú a tratarme como una
mierda!—aquello avivó la llama de su furia y se lanzó sobre mí
arrancándome la ropa como si fuera la piel— ¡No me toques!
¡Basta! ¡Te ordeno que no me toques! ¡No soy tuyo! ¡No tienes
derecho sobre mí!
El sonido de la ropa rompiéndose al
rasgarla sus uñas era terrible. Había despertado la cólera de un
terrible tirano que no tenía siquiera reparos en mostrar su vileza.
Desconocía donde quedaba aquel maestro sensible frente al lienzo que
me cautivaba por su silencio y el misterio que le rodeaba. De él
sólo quedaba aquel frágil cascarón que era él, con sus
amenazadoras manos que cortaban como cuchillas y su cabello rubio
alborotándose por sus movimientos bruscos. Sus doradas cejas estaban
fruncidas y casi unidas, síntoma de furia en él.
—¡Quién demonios te crees para
tratarme de esa forma!—forcejeaba con él intentando que se moviera
de encima mía.
—¡Un ser con sentimientos!—dije
rompiendo en llanto.
—¡Cállate!—sus palabras eran
duras, pero más duro fue sentir aquel bofetón mientras me mostraba
sus dientes como los de un animal salvaje. Podía oler su aliento aún
manchado por la sangre de alguna víctima inútil, desprevenida o
simplemente seducida por su belleza, que había caído como si fuera
una mosca. Del mismo modo que yo estaba cayendo.
Mis ojos eran dos gemas de color café
con tonalidades miel, tan cálidos como destrozados, que observaban
sus acciones terribles y francamente grotescas. Buscó mi boca con la
suya devorándome como si no importara mis deseos y sus manos fueron
a mis muñecas obligándome a tocar su sexo por encima de la tela.
Sentí como mis dedos tocaban zarzas
ardientes y la visión de Dios, Nuestro Señor, se alzaba en mis
plegarias. No quería ser objeto del deseo de un monstruo peor que
Lucifer, pues este podía mostrar clemencia tal vez. Marius se
imponía con si vigorosa figura de hombros anchos, musculatura
terriblemente masculina y manos ásperas a pesar de haber sido tan
sólo un historiador romano. Un hombre adicto al arte del mismo modo
que a la tortura. Su lengua se hundía en mi boca domesticando mis
impulsos y mis dedos, mis frágiles dedos, terminaron por dejar de
resistirse para oprimir la bragueta que se notaba ligeramente dura.
Con rapidez apremiante desabroché su cinturón, el botón primero
del pantalón y finalmente hice bajar la cremallera. El sonido de
ésta quedó silenciada por el jadeo de mi boca y el torrente de
pensamientos que me aniquilaban mis ya derrotadas fuerzas.
Sus manos recorrían mis caderas y
costados, arañaban mi pelvis y abrían mis piernas que aún se
negaban a ceder. Sin embargo cuando sentí su miembro erecto entre
mis dedos no tuve más opciones. Abrí éstas y dejé que él se
introdujera sin remedio en mi interior. Mi boca se apartó de la suya
y dejé escapar un profundo quejido acompañado por un gemido que
retumbó rebotando por los altos techos. Mis ojos se cerraron porque
no quería ver su rostro; él era un atractivo monstruo que me
seducía con una sonrisa canalla, intentando consolarme por tan
crueles caricias, y era algo que no quería permitir. No obstante
acabé abriéndolos y descubriendo como su boca buscaba mis pezones,
los cuales empezó a succionar y mordisquear.
Mi figura vibraba por aquel destructivo
toque. Tenía un cuerpo delicado, fino y pequeño, que era fácil de
manipular en la cama incluso para un ser humano común. Marius me
movía como si fuera una pluma y se concentraba en las estocadas más
profundas y rápidas que ningún otro hombre me había ofrecido.
Intenté pensar en Lestat y en su forma delicada de acariciarme, esas
manos ligeramente sedosas y frías que me calentaron hasta sentirme
febril. Si bien no pude concentrarme mucho tiempo en el príncipe de
los vampiros y me quedé en el guardián de la corte, el villano que
atrapaba mi corazón echándolo a un lado con desprecio y el maestro
que muchos admiraban. Él era el único hombre que me había hecho
amar sin importar nada, pero él siquiera se dignaba a comprender mi
rabia. Posiblemente era el único que esperaba algo bueno de su
parte, pues Pandora era evidente que se había cansado hacía siglos
y que el resto sólo escuchaban sus ideas sin prestarle demasiada
atención. Ni siquiera se percataba que yo lo amaba de forma absoluta
y entregada. Mi cuerpo podía ser de cientos de amantes, pero
únicamente mis sentimientos más puros pertenecían a Marius.
Gemía vibrando mientras notaba como en
mi bajo vientre las cosquillas aumentaban. Mi sexo estaba erecto, al
igual que el de Marius antes de comenzar aquella excitante tortura.
Podía notar sus labios finos rodeando mis pezones, tirando de éstos
con succiones precisas y como sus colmillos perforaban la piel para
beber de mi sangre. El sonido seco de sus testículos chocando contra
mí era tentador y mis manos hacía rato que palpaban sus músculos
marcados del vientre. Jugaba con la zona de su pelvis y subía por
sus costillas hasta perderme en su espalda. Juro que no quería
deshacerme en caricias, pero lo hacía.
Alzó su rostro y me miró embelesado.
Por primera vez en mucho tiempo descubrí en él ciertos rasgos que
conocía. Esa forma de examinarme como un especimen único, debido a
mi cabello rojo desparramado por el suelo de la habitación, me hizo
sentir fuego en mi pecho. Comencé a decirle palabras de amor que
había olvidado y él sonrió divertido mientras apoyaba su frente en
la mía. Su cuerpo me cubría por completo. Él era un titán en
comparación conmigo. Siempre me sentí protegido en sus brazos pese
a todo lo que nos dividía.
Tras varias estocadas más sentí que
llegaba. Cada milímetro de su duro, grueso y largo miembro me
hicieron estallar. Sus pequeñas venas que lo rodeaban rozaban mi
rugoso interior, el mismo que lo retenía apretando con deseo y
ofreciéndole un calor similar al de la vagina de una mujer,
ofreciéndome un goce único. Mi cuerpo tenía una lámina de gotas
de sudor rosáceo, debido a cierta cantidad de sangre implícita en
nuestros fluidos, pero el suyo también lo estaba. Sin embargo su
cuerpo estaba aún cubierto por gran parte de su ropa a pesar del
forcejeo. Marius había sacado el borde de su camisa del pantalón y
abierto su chaleco para que yo pudiera meter mis manos, acariciarlo y
desearlo. Se veía erótico con aquel pecho ancho y fuerte, que
parecía tallado y que se marcaba bajo su camisa, inclinándose sobre
mí mientras sus brazos me retenían como fuertes columnas. Mis manos
acariciaron su rostro en aquel instante en el cual mi cuerpo se
quebró, el cosquilleo fue en aumento y eyaculé entre nuestros
cuerpos. Justamente palpaban sus labios manchados de mi propia
sangre, del mismo modo que sus colmillos, mientras rezaba por mi
alma. Había tropezado de nuevo con la misma piedra.
Él se apartó y me giró sobre el
mármol, para elevar mis caderas y azotar mis nalgas usando el
cinturón. Pude notar el cuero golpeándome duramente y haciéndome
heridas aunque eran heridas superficiales que se sentían
gratificantes. Su dedo índice y corazón entraron en mi orificio,
para luego dar paso a los otros y finalmente al puño. Escuché su
risotada mientras yo gemía pronunciado su nombre y diversos te amo.
Y cuando creí que volvería a tocar el placer, a pesar que él
parecía haberse olvidado de ello, me dejó en el suelo apartándose
por completo de mí.
Miré entonces por encima de mis
hombros y lo vi. Estaba de pie con su miembro entre los dedos de su
diestra. Apretaba con deseo la punta mientras me miraba. Estiró su
brazo izquierdo hacia mí, me levantó del suelo agarrándome
fuertemente de la nuca y me colocó el rostro a pocos milímetros de
su sexo. Mis labios se abrieron como si fuera un autómata y él
eyaculó explotando su simiente en mi boca.
—Bebe y recuerda de quien
eres—susurró con su voz tomada por el esfuerzo.
El sabor salado de su semen llenó mi
boca, pero no lo escupí. Tragué sus fluidos calientes, espesos y
blancuzcos mientras él se apartaba nuevamente. Observé como se
vestía y se marchaba hacia la puerta.
—¡Maestro!—grité sintiéndome
cansado y hundido.
Él ni siquiera se dignó a girarse
hacia mí y entonces mi corazón terminó de romperse. Quedé allí
aguardando su regreso y sólo logré silencio, el mismo que dejaron
sus pasos antes de cerrarse la puerta de entrada a la mansión. Si
bien no podía dejar de pensar en aquel tiempo que yo fui su ángel,
su inspiración y su amor. Dejé de ser el ángel de rasgos similares
a los que pintaba Botticelli para convertirme en la puta con la cual
se consolaba. Tan sólo un segundo puesto en su corazón en el cual
no había tiempo para mí, pero sí para Pandora. Ella no le
necesitaba y yo sí.
—¿Dónde quedaron mis alas?—pregunté
en silencio mientras colocaba algunos jirones de mi camiseta contra
mi desnudez— ¿Dónde quedó tu amor? Marius... ¿y el respeto
sagrado que me ofrecías? ¿Así me amas? Grandes son tus mentiras y
fuertes tus verdades...
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