Cabellos que doró el sol de Italia
y nevó el frío de Auvernia.
Manos que gritaba libertad
mientras las cadenas se endurecían.
Tú me concediste esta vida mía
y el crecer sin dolor e infamia.
Tú me diste siempre de tus labios la
verdad
mientras tus ojos se humedecían.
Te he visto ajada por los años
convertida en un trapo sin valor
y con el corazón podrido de dolor
mientras tu cuerpo parecía firme.
Tú eres mi madre.
Tú eres mi vida.
Siempre he sido el elegido del rebaño
y he podido sentir tu calor.
Siempre he podido llevar impregnado tu
olor
y la pasión que sentías al verme
libre.
Que no te mientan, ni perjudiquen.
Por favor madre, te lo suplico.
Porque hay hierros peores que una
espada
y son las mentiras de las lenguas
puntiagudas.
Deja que te bese antes que abdiques
cualquier responsabilidad sobre tu
acólito.
Quiero que siempre te sientas amada
porque sé que eres tierna y no ruda.
Tú eres mi gran amor.
Tú eres mi convicción.
A Gabrielle, ella que por siempre estará lejos de mí pero muy próxima a mi corazón, de su hijo Lestat de Lioncourt
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