Bonjour
Armand me ha pedido que publique esto. Yo como Pilatos me lavo las manos ante la reacción de Marius.
Lestat de Lioncourt
La maldición de un tirano
Me he derrumbado tantas veces y he
cubierto mi rostro con miles de remiendo de máscaras que tú mismo
quiebras. Mis lágrimas son ríos caudalosos, silenciosos y
dolorosos. He aprendido a encajar cada golpe, aunque sea con palabras
y no con tus grotescas manos que me provocan los suspiros más
terribles. Cuando me miras veo el vacío de tu alma y caigo
precipitado al abismo. Quisiera apoyarme sobre tus hombros, rozar tus
mejillas con mis labios y susurrar en tus oídos que siempre guardaré
en mi pecho el calor del amor que me provocas. Y sin embargo lo único
que hago es arrodillarme, implorar y suspirar porque tú vuelves a
marcharte dejándome hecho una marioneta con las cuerdas rotas.
¿Cuántas veces he quebrado mi voz y roto mis promesas? Tal vez las
mismas que tú has roto mis alas y destrozado mi alma hasta que ya
prácticamente no quedaba ni una columna en pie.
Hay grandes tragedias en la historia y
sangre derramada en cada bote de tinta. Sin embargo, quizás porque
es la mía, siento que ésta es la peor de todas. Mucho peor que los
sueños destruidos de Cleopatra o el dolor insoportable de Romeo ante
su Julieta muerta. Tal vez no sea digno de una odisea o epopeya, pero
tal vez sí es digno de lamentarse y caer al suelo con los brazos
quebrados por el esfuerzo. He sujetado tus miedos, las mentiras, el
silencio, el frío de la verdad miserable de tus ojos frívolos, tus
venenosas caricias y los golpes más duros que han roto mi cuerpo en
mil pedazos. Lo he aguantado todo por ti y tú ni siquiera eres capaz
de mirarme a la cara, sostener mi mirada y decirme todo lo que
cuentas en tus memorias, a cualquiera que se acerque a ti y pretenda
adularte. Eres terco y cruel. No eres más que un maldito tirano y no
sé como no puedo despreciarte después de todo. Y mírame, como si
fuera una obra de Shakespeare, me inclino por el no ser ante la
cuestión mientras sostengo tu rostro entre mis manos.
Nunca podré odiarte, pero a veces creo
que tú siempre me has odiado.
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