Bonjour
Comenzamos la noche con Arion y Petronia. Ésta pareja siempre nos da para momentos divertidos o distintos.
Lestat de Lioncourt
A penas había movido un músculo o
pestañeado. Se encontraba concentrado en aquel tablero de ajedrez.
Sus ojos oscuros seguían cada trazo de las hermosas figuras de
marfil. La mesa era redonda, justa en su tamaño, y con un pie
extremadamente atractivo. Manfred estaba frente a él con su
semblante serio, sus manos arrugadas y manchadas con síntomas de
vejez sobre el borde de la mesa y sus ojos, pequeños y vivarachos,
jugueteando de igual modo con las piezas.
—¡Por supuesto que estabais
aquí!—tronó la voz de Petronia cuando se abrieron las puertas—.
¡Par de zopencos inútiles! ¡Sólo eso sabéis hacer! ¡Me tenéis
molesta y cansada!
—¿Qué ocurre?—preguntó desviando
la mirada para contemplara.
Vestía un traje muy clásico, pero sin
corbata, y parecía dispuesta a salir a resolver algunos negocios.
Sus ojos eran llamativos por su pasión y su boca se veía ruda,
masculina y para nada sensual como cuando sonreía. Sus pómulos
estaban marcados y parecía el rostro de una gorgona. Furiosa,
completamente desatada, y con ganas de empezar una discusión que no
llevaría a nada bueno.
—¡Para colmo lo preguntas así!
¡Maldita sea! ¡Desgraciado!—gritó acercándose a
él—¡Imbécil!—espetó marcándole la cara con un fuerte
bofetón.
—Pues sí—dijo calmado mientras
notaba como Manfred se alteraba y se alejaba.
—¡No huyas Loco!—lo señaló con
ganas de agarrarlo, pero Arion la tomó del brazo y provocó que lo
abofeteara de nuevo— ¡Quítame tus sucias manos de encima!
—Dime ¿por qué tanto
alboroto?—preguntó mirándola a los ojos mientras ella contenía
la rabia por unos segundos.
—¡Tienes a otra! ¡He encontrado una
nueva colección que no me has mostrado! ¡Tienes a otra!—se
revolvió agarrándolo del cuello— ¡Miserable!
—¡Lo vas a matar!—dijo Manfred
armándose de valor mientras comenzaba a llorar— ¡Suéltalo!
Con cierta dificultad Arion se apartó
de ella y la miró desafiante, con una sonrisa en los labios que
pocas veces ella lograba ver. Esa sonrisa de satisfacción que
provocaba que su rostro se llenara de un atractivo distinto y
prácticamente se iluminara.
—La colección de los
reptiles—susurró y ella chilló histérica tirando la mesa, y por
lo tanto el tablero con sus piezas—. Era un regalo sorpresa ¿a
caso pensabas que iba a dárselo a otra?—aquello no la apaciguó,
pero sí la detuvo—. Es hermosa ¿verdad? Sobre todo las serpientes
y ese broche que aparenta ser el ojo de un caimán...
—¡Por qué!—masculló empujándolo—
¡Por qué no me lo dijiste negro miserable!
—Porque era una sorpresa—repuso
encogiéndose de hombros—. Por eso.
Petronia lo abofeteó y salió de la
habitación farfullando, pero en sus ojos se notaba la ilusión.
Había creado aquellas joyas para ella y las luciría. No le
importaría que pudieran pensar de esos extravagantes collares de
serpientes multicolores, anillos que aparentaban estar hechos con
escamas o el colgante del ojo del caimán. Eran para ella y los
luciría aunque fuese tan sólo para discutir con aquellos dos
inútiles.
Arion guardó la calma, pero cuando se
alejó lo suficiente empezó a reír bajo. Estaba enamorado de ella,
incluso con ese carácter que se gastaba. Pues él la amaba incluso
con aquellos arranques, porque demostraba que realmente había un
alma tras esa máscara perfecta que era su rostro.
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