Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 7 de abril de 2014

Malditos por el odio

Bonjour 

No todos tenemos madres que nos amen, pues a veces las madres nos odian. Tarquin fue odiado desde su nacimiento debido a las complicaciones que tuvo su gemelo. Su madre no perdonó que él sobreviviera, pero el otro pequeño no. Era muy joven, a penas una niña, y eso hizo que se comportara de aquella forma injusta y desnaturalizada. 

Tarquin lo comprende, pero no lo comparte. Él nos cuenta como acabó con su vida y sus sentimientos encontrados. 

Lestat de Lioncourt

Quizás suene grotesco pero cuando sentí su cuerpo lívido entre mis brazos, como si fuera una muñeca o un peluche, la noche se abrió ante mí con la libertad que jamás había sentido. Aquel lastre, doloroso y cruel, que ella me había impuesto por fin había desaparecido. Había puesto punto y final a nuestra trágica historia familiar. Mi hermano al fin descansaba, allá donde fuese, y ella estaba muerta, aún caliente, entre mis brazos con aquella bata color rosa pastel y sus ojos llenos de furia callada.

Me odiaba. Sinceramente no he conocido a nadie con tanto odio en su interior. Cuando pude leer su mente, o mejor dicho me atreví, noté el desprecio pegado a cada palabra. Exhalaba odio. La hiel más amarga estaba en su pecho, como si fuera una colmena, debido a la muerte temprana de mi hermano y todas las culpas, a pesar que yo era tan inocente como ella, cayeron sobre mí como una pesada lápida. Aquel día, en el cual enterramos a mi hermano, también fui enterrado. Sólo estaba a mi lado, ofreciéndome alguna atención, porque mi abuelo le pagaba un mísero salario para que ejerciera de madre.

Ni siquiera Nash podía calmar mi llanto en aquellos momentos. Juro que lloré por ella, por mí y por una relación que nunca fue posible. Sin embargo fue tan liberador, tan erótico a la vez el sentir que ya no había lastres para mí, que no siento pena por ninguno de nosotros. Tal vez me condené por completo al infierno por ese acto salvaje, pero no me arrepiento. Mentiría si dijera que lo hago. No obstante no sé mentir. Aprendí desde pequeño que hay que afrontar nuestros sentimientos sin máscara alguna.

Recuerdo como la tomé entre mis brazos, igual que a una novia, y la llevé al pantano justo donde los caimanes de Petronia aún devoraban una última golosina que ella había arrojado la noche anterior. Había pedido que no se acercara al Santuario, sin embargo ella no era mujer de tomar la palabra sino de hacer aquello que realmente le apetece.

Miré a mi madre una última vez, observé su rostro joven pero destrozado por las drogas y el SIDA, para después arrojarla sin escrúpulos a los reptiles que corriendo, casi celebrándolo con alborozo, clavaron sus dientes en ella. Me pregunté si Lestat podía imaginar lo que estaba sucediendo, sin embargo estaba muy ocupado llorando la muerte de Merrick.

—Hasta luego cocodrilo, nunca llegaste a ser caimán—tarareé echándome a reír mientras me llevaba las manos a la cabeza—. Pero ustedes son hermosos caimanes ¿verdad? Oh, sí—susurré quedándome sin aliento para luego alejarme sollozando en silencio.

No lloraba por tristeza, sino por la alegría que sentía vibrando torpemente por mis largos brazos y piernas. Era un joven vampiro con toda la eternidad para purgar mis glorias. Me juré en ese instante que no importaría quien me mirara a mis, hermosos y grandes, ojos azules pues no temblaría, ni quebraría mi voz, para decir yo la maté.


Sin embargo, con el paso de los años, me doy cuenta que siempre deseé que me amara. De alguna forma busqué su consuelo y cariño cuando supe que era mi madre. Pero nunca sirvieron mis atenciones y mis anhelos. Tal vez fue mejor así. No sé que hubiese sido de mí si ella tuviera influencia en mi vida o educación. No me arrepiento de haberle dado final, pero quizás sí el haberme desecho de ese modo de su cuerpo. Aunque ya nada tiene importancia, ¿verdad? Ya no la tiene.    

No hay comentarios:

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt