Bonjour
No todos tenemos madres que nos amen, pues a veces las madres nos odian. Tarquin fue odiado desde su nacimiento debido a las complicaciones que tuvo su gemelo. Su madre no perdonó que él sobreviviera, pero el otro pequeño no. Era muy joven, a penas una niña, y eso hizo que se comportara de aquella forma injusta y desnaturalizada.
Tarquin lo comprende, pero no lo comparte. Él nos cuenta como acabó con su vida y sus sentimientos encontrados.
Lestat de Lioncourt
Quizás suene grotesco pero cuando
sentí su cuerpo lívido entre mis brazos, como si fuera una muñeca
o un peluche, la noche se abrió ante mí con la libertad que jamás
había sentido. Aquel lastre, doloroso y cruel, que ella me había
impuesto por fin había desaparecido. Había puesto punto y final a
nuestra trágica historia familiar. Mi hermano al fin descansaba,
allá donde fuese, y ella estaba muerta, aún caliente, entre mis
brazos con aquella bata color rosa pastel y sus ojos llenos de furia
callada.
Me odiaba. Sinceramente no he conocido
a nadie con tanto odio en su interior. Cuando pude leer su mente, o
mejor dicho me atreví, noté el desprecio pegado a cada
palabra. Exhalaba odio. La hiel más amarga estaba en su pecho, como
si fuera una colmena, debido a la muerte temprana de mi hermano y
todas las culpas, a pesar que yo era tan inocente como ella, cayeron
sobre mí como una pesada lápida. Aquel día, en el cual enterramos
a mi hermano, también fui enterrado. Sólo estaba a mi lado,
ofreciéndome alguna atención, porque mi abuelo le pagaba un mísero
salario para que ejerciera de madre.
Ni siquiera Nash podía calmar mi
llanto en aquellos momentos. Juro que lloré por ella, por mí y por
una relación que nunca fue posible. Sin embargo fue tan liberador,
tan erótico a la vez el sentir que ya no había lastres para mí,
que no siento pena por ninguno de nosotros. Tal vez me condené por
completo al infierno por ese acto salvaje, pero no me arrepiento.
Mentiría si dijera que lo hago. No obstante no sé mentir. Aprendí
desde pequeño que hay que afrontar nuestros sentimientos sin máscara
alguna.
Recuerdo como la tomé entre mis
brazos, igual que a una novia, y la llevé al pantano justo donde los
caimanes de Petronia aún devoraban una última golosina que ella
había arrojado la noche anterior. Había pedido que no se acercara
al Santuario, sin embargo ella no era mujer de tomar la palabra sino
de hacer aquello que realmente le apetece.
Miré a mi madre una última vez,
observé su rostro joven pero destrozado por las drogas y el SIDA,
para después arrojarla sin escrúpulos a los reptiles que corriendo,
casi celebrándolo con alborozo, clavaron sus dientes en ella. Me
pregunté si Lestat podía imaginar lo que estaba sucediendo, sin
embargo estaba muy ocupado llorando la muerte de Merrick.
—Hasta luego cocodrilo, nunca
llegaste a ser caimán—tarareé echándome a reír mientras me
llevaba las manos a la cabeza—. Pero ustedes son hermosos caimanes
¿verdad? Oh, sí—susurré quedándome sin aliento para luego
alejarme sollozando en silencio.
No lloraba por tristeza, sino por la
alegría que sentía vibrando torpemente por mis largos brazos y
piernas. Era un joven vampiro con toda la eternidad para purgar mis
glorias. Me juré en ese instante que no importaría quien me mirara
a mis, hermosos y grandes, ojos azules pues no temblaría, ni
quebraría mi voz, para decir yo la maté.
Sin embargo, con el paso de los años,
me doy cuenta que siempre deseé que me amara. De alguna forma busqué
su consuelo y cariño cuando supe que era mi madre. Pero nunca
sirvieron mis atenciones y mis anhelos. Tal vez fue mejor así. No sé
que hubiese sido de mí si ella tuviera influencia en mi vida o
educación. No me arrepiento de haberle dado final, pero quizás sí
el haberme desecho de ese modo de su cuerpo. Aunque ya nada tiene
importancia, ¿verdad? Ya no la tiene.
No hay comentarios:
Publicar un comentario