Memorias de Nicolas y Memnoch, ¿no es lo que tanto esperaban? Aquí las tienen.
Lestat de Lioncourt
El regreso del diablo
Me sentía deteriorado, como un muñeco
desgastado, a punto de romperme. Había regresado a la vida después
de tantos siglos encontrándome con un mundo más perverso, menos
primitivo; aunque la palabra indicada sería diferente y a la vez tan
similar. Me emocionaba observar el sol del mismo modo que cuando era
un simple mortal, sin daños y con todos los privilegios; pues el
milagro oscuro que Memnoch había realizado conmigo me había dado
todo, aunque no la felicidad o la paz. Mis sentimientos se volvían
contradictorios y desapacibles. Se suponía que mi regreso traería
la venganza contra Lestat pero, después de leer sobre su sentimiento
de culpa y ver con mis propios ojos la esquela que dejó para mí, no
pude. Algo en mí me gritaba querer estar en sus brazos, sentir su
aroma y beber de sus labios hasta que mis piernas flaquearan.
Reconozco que me encaminé hacia su
vivienda después de tener conocimientos de la noticia, o mejor dicho
rumor, de la partida de Rowan de su vida. Quise aprovecharme, como
cualquier enamorado trágico hubiese hecho, porque sentía que lo
merecía. El amor de Lestat hacia mí fue puro y se transformó en
una luz cegadora que no soporté, pues quería destruirme en cada
paso y él glorificarme. Compartimos esa noche besos, caricias
demasiado íntimas y uní mi cuerpo al suyo en un desesperado sexo
que nada tuvo de romántico. Nuestras diferencias se habían agravado
con el paso de los siglos, pero sus manos frías sobre mi pecho me
hacían delirar como la última vez.
Juro que pude transportarme a la
pequeña habitación en el ático, lleno de polvo y partituras
emborronadas, justo en el momento que él entró en mí. Recordaba
cada centímetro de su cuerpo encajándose en el mío, como piezas
hechas para estar unidas, mientras mis nalgas apretaban con
desesperación su sexo en mi interior. Mis brazos temblaban, estaba
sudoroso y extasiado; él parecía estar más en otro mundo, como si
imaginase a una hermosa sirena de ojos fríos sobre su pelvis. No
quise pensar demasiado en lo terrible que era tener sexo con un
hombre que no olvidaba, o no quería olvidar, a la mujer que aún
decía amar.
—Je t'aime—jadeé cayendo sobre él
sintiendo como su miembro salía, igual que sus fluidos, quedándome
cansado.
—Oui... Je t'aime—balbuceó perdido
mientras notaba como me estrechaba contra su cuerpo duro y frío.
Durante meses estuve al servicio de
Memnoch, sentí sus caricias más crueles y un amor corrosivo. La
venganza perfecta para el demonio era tenerme en sus filas, ofrecerme
su consuelo barato y hacerme caer en los infiernos del placer. Cegado
por la pasión dije amarlo, me entregué como si fuera una fulana
barata y permití que me hundiera en sus perversiones. El cuerpo
cálido de un demonio está compuesto por un corazón frío, cruel y
despreciable; tal vez por eso me siento un demonio, pues he llegado a
ser cruel y despreciable, sin embargo jamás podré tener un corazón
de hielo.
En estos momentos no sé que sentir ni
que pensar. La ventana está abierta, las cortinas se mueven
suavemente como si fueran fantasmas, y la luna se alza en su plenitud
ofreciéndome unas vistas magníficas. Sobre mi escritorio sólo
tengo un par de velas encendidas y siento el zumbido de los insectos
muy cerca de mi oído. Pero lo importante es el dolor que estoy
controlando, ya tengo tantos sentimientos mezclados que me hieren. Ha
ocurrido algo trágico ésta noche que me ha hecho reflexionar y en
estos momentos no sé a quien amo.
Comenzaré por el principio, pues creo
que la historia debe ser narrada con todos sus siniestros detalles.
Pero antes, y espero que comprendan ésta petición, no me juzguen
hasta que hayan leído hasta el final. Es mi único deseo.
Eran aproximadamente las diez. La noche
había llegado hacía algo más de una hora. Las luces de las calles
aledañas llevaban encendidas un buen rato, los luminosos parpadeaban
invitando a beber y divertirse a todos los turistas y ciudadanos de
New Orleans. A lo lejos se escuchaba una trompeta y un saxo,
posiblemente ensayando para la próxima actuación. Había decidido
visitar a Lestat. Hacía algo más de dos semanas que no nos veíamos
a solas y necesitaba el veneno de sus besos salvajes, sus manos
rápidas desabrochando mi camisa y colándose en mi bragueta. Me
urgía la necesidad de sentirlo dentro de mí, mordiendo mi cuello
sin importarle el sabor de mi sangre, como cuando éramos tan sólo
unos muchachos salvajes, llenos de una rebeldía incontestable debido
a los cafés parisinos y cargados de sueños como único equipaje.
Juro que lo necesitaba. Él era mi nueva droga para templar mi
nerviosismo y mi destrucción.
Hacía dos días que nos habíamos
visto rodeados de una multitud insoportable de inmortales. No
soportaba sus ojos clavados en mí, algunos con curiosidad y otros
despectivos. Sabía que Louis me deseaba destruir por muchos motivos,
entre ellos celos. Desconozco si Louis ama a Lestat, pues es un ser
demasiado complicado y lleno de pensamientos contradictorios, pero no
soporta que lo comparen conmigo del mismo modo que yo no soporto que
me equiparen a un estúpido como él. No pude siquiera acercarme a
besar sus labios, acariciar sus cabellos dorados y jurarle amor.
Extrañaba su aroma pegado a mi piel, pero no sus miradas. Cuando él
me miraba en la reunión sentía que me excitaba y rogaba que los
echara a todos, quería que los expulsara de su casa, para que me
hiciera suyo haciéndole olvidar a esa maldita bruja.
Durante algunos días me había
recluido, alejado de cualquier ruido y visita, para poder escribir
una gran obra. Sabía que podría conseguir el renombre que tuve en
otra época, conseguir un grupo de patéticas marionetas mortales y
que representaran justo lo que yo quería que mostrasen. Los horrores
de los infiernos puestos al servicio de todos, como si fuera una obra
benéfica para la humanidad. Así que había decidido llevarle
aquella obra de teatro, junto a la música que sonaría, para que él
me diese su opinión. Jamás había pedido su aprobación, pero él
tenía mayor contacto con la época en la cual nos desenvolvíamos.
Me sentía ansioso por sus caricias y sus labios recitando cada
frase.
La ropa que había elegido estaba sobre
mi cama revuelta y yo me encontraba aún, a pesar de mis deseos, con
la toalla en la cadera. Un miedo atroz me hizo sentir mareado.
Comencé a sospechar que él no estaría en su mansión, sino que se
había desplazado a buscar a esa mujer. Así que rompí a llorar de
rabia. No suelo llorar de ese modo, lo juro, pero el saber que no era
capaz de dejar a un lado ese amor y entregarse a mí, como debía
hacer, me torturaba terriblemente. Con honestidad: Me molesta Rowan.
Aunque no creo que la odie, sino los sentimientos que tiene él hacia
ella. Odio que la ame y a mí me tenga como un juguete sexual. Nunca
lo he admitido y siempre me engaño a mí mismo, pues yo fui su
primer gran amor. Sin mí no sería nada ni nadie, me debe todo, así
que jamás he querido aceptar que él no volverá a sentir lo mismo.
Si se preguntan si haría daño a
Rowan, porque seguro que se lo preguntan, pues la respuesta es no.
No, no quiero hacerle daño. Por un lado admiro que sea capaz de amar
de ese modo, entregarse por completo a Lestat y sus estrafalarios
sentimientos, y por el otro creo que ella no tiene la culpa. No es
culpable en absoluto del amor que se tienen, pues es algo natural. El
odio, el cual llena el alma de cualquiera, no lo es. Odiar no es
natural, aunque suena extraño por parte de un demonio. Pues odiar
significa que amaste y no sabes aceptar que ya no tienes nada que
hacer en la vida de esa persona. Pero me gustaría que Lestat dejase
de amarla y venerarla como si fuese la Virgen María. Sí, eso sí
que lo odio. Odio que no puedan olvidarse el uno del otro, pues yo no
encajo en la ecuación.
Así que allí estaba de pie a la
ventana, escuchando la ciudad despertarse en plena oscuridad, rogando
una solución. Y creo que esos ruegos despertaron el interés de
cierto ser que creí desaparecido de mi vida.
—Vete—dije cerrando los ojos
mientras me rogaba a mí mismo ser fuerte—. Me abandonaste, así
que no tienes derecho ya sobre mí.
—Nicolas ¿cómo te atreves a
tratarme así?—susurró inclinando su alta figura contra la mía,
mucho más baja, mientras se apresuraba a rodearme con sus fuertes
brazos por debajo de mis axilas—. ¿Es así como tratas a tus
viejos amantes? Ah, no... debo ser Lestat para que te abras de
piernas ¿no es así?—sus palabras eran veneno y buscaban
molestarme.
—Rompiste tu pacto—abrí mis ojos
observando sus manos enormes, aunque indudablemente hermosas,
acariciar mi vientre y torso—. Y no fuimos amantes, pues tú jamás
me amaste.
—Si no te amo ¿por qué te soporto?
Yo te amo Nicolas y tú me amas—dijo con una voz acaramelada que
arrojó con un cálido aliento cerca de mi mejilla derecha, justo
bajo el mentón, provocando que jadeara.
—No te va ese disfraz—sonreí con
amargura.
—Está bien, no te amo—dijo
soltando una honda carcajada—. Pero como eres tan estúpido de
creerte los te amo de Lestat, pues pensé que conmigo sería
igual—aquello me hizo temblar.
Todos mis miedos estaban golpeando a la
puerta, con saña y decisión, mientras yo intentaba no dejarlos
pasar. Lestat debía amarme, pues todas esas palabras hermosas que me
ofrecía no podían ser otra cosa que amor. Aunque era cierto que
sólo lo hacía cuando estábamos en la cama, con él entre mis
piernas, y terriblemente satisfecho por como me llenaba.
—Piensa en esa bruja cuando te lo
hace ¿alguna vez te ha mirado a los ojos y te ha dicho todas esas
bonitas frases?—comentó con un tono divertido y grotesco.
—¡Me ama!—grité furioso para
girarme y verlo allí, con un traje de sastre impecable y el cabello
perfectamente peinado—. Vete, hemos roto nuestro pacto. Yo cuidaré
de Lestat, él no volverá con Rowan y tú puedes hacer a Julien
héroe de todos los Mayfair. No tienes que preocuparte por él si lo
tengo yo ¿no es así? Déjalo, olvídalo, márchate y abandona mi
vida—dije con la voz temblorosa.
—Que poco decidido—susurró
mirándose las uñas de la mano derecha—. ¿Realmente quieres que
me vaya? Entonces dame tu cuerpo, tus poderes... en definitiva... tu
vida.
—No, no puedo darte mi vida. Tengo
planes—dije asustado.
—Ah, planes—murmuró alzando ambas
cejas y frunciendo suavemente su ceño—. Que conmovedor. Suenas
igual que un mortal, ¿no es así? Bueno, así sonabas la primera vez
que nos conocimos.
—¿Qué quieres de mí?—pregunté
intentando parecer más razonable.
—No me gusta que mis juguetes los
toque otros—estiró su brazo derecho y me tocó el mentón con el
dedo índice y corazón— y por supuesto no me gusta que mis peones
se crean con derechos que yo no le he dado o daré.
—Lestat me necesita—susurré dando
un paso atrás y él decidió tomarme del rostro con ambas manos.
—¿Sabes con cuantos ha estado
mientras tú te esmerabas por pavonearte como puta en
rebajas?—preguntó clavándome otro doloroso puñal—. No sólo se
ha pasado por su bragueta a cuanta mujer ha deseado, sino también a
viejos amantes. ¿Y si ahora ha ido con Louis? Oh, ¿te imaginas? Él
Louis dulce y entregado a todos sus caprichos como fierecilla en
celo. Imagina únicamente el espectáculo de Louis oscilando sobre
él, gimiendo su nombre y él rogándole una nueva oportunidad—negó
suavemente mientras me acariciaba los pómulos y palpaba mis labios—.
¿Estás llorando? Nicolas ¿eso son lágrimas?—dijo echándose a
reír—. Ve, enséñale tus tontos poemas y dile que ha sido tu
inspiración. Ruégale cariño, ofrécele tu corazón y él te hará
el amor pensando en Rowan.
—¡No!—dije apartándome de él—.
Sólo me manipulas. Quieres que deje a Lestat para hacerle daño.
—¿Y eso no es lo que tú querías?—me
pegué a la pared sintiendo el frío del muro contra mi espalda, pero
más frío sentía en mi pecho.
—Yo...
—Él mismo te lo dijo Nicolas, pero
claro tú olvidas pronto—era horrible sentir sus manos en mi
rostro, pero aún más terrible fue ver como se movían hacia mi
pecho—. En cuanto está dentro de ti y te hace gemir como puta, una
puta bien entrenada, omites los detalles más dolorosos creyéndote
cada te amo falso que él repite para que te enciendas—cerré los
ojos y pude verme en su cama, con él encima sonriendo, jurándome en
francés que era su pequeño violinista, su gran amor, mientras me
dejaba bajar la ropa interior. Lestat amaba coquetear conmigo
haciéndome recordar momentos preciados de nuestro pasado, los cuales
venían como oleadas eléctricas de placer, y cuando lo sentía
dentro estallaba la locura. Su miembro algo más frío que mi
interior, tan duro como grueso, me hacía gemir con los pezones duros
y las piernas temblorosas buscando aprisionarlo contra mis muslos—.
Ni siquiera piensa en ti cuando arremete, sino en la cálida vagina
de una bruja que está a cientos de kilómetros y que no volverá a
tener—negué llorando, pero sabía que era cierto. Los besos de
Lestat siempre fueron falsos. En un principio me quería para saber
de París, después para ser su billete a la libertad y por último
para abrirle las puertas de aquel miserable teatro. Debí quemar el
teatro yo y no Louis. Y ahora, que había regresado para vengarme, me
usaba para hacerme olvidar todo el daño que me había hecho y me
hacía. Me usaba como su puta privada. Memnoch, con su voz profunda y
gruesa, me recordaba que era menospreciado por completo—. Mira que
has caído bajo ¿no lo crees? Dime ¿no has caído bajo? ¿No
prefieres volver a ser recordado y temido? ¿O es que ahora te gusta
ser la esclava de un vampiro? Al menos, a mi servicio, serías uno de
mis súcubos más poderosos.
—¿Qué debo hacer?—pregunté para
mí, no para él, pero de igual modo respondió.
—Hazle caso a tu amo, porque soy tu
amo Nicolas—dijo agarrándome del cuello con su diestra, casi
asfixiándome, para tirar de mi toalla con la izquierda—. Eres mi
puta y detesto que mi puta se abra para otros, así que voy a
recordarte quien te domina.
Sentí un ardiente deseo de observar su
miembro y sentirlo, del mismo modo que los golpes que él liberaba
contra mi cuerpo. Tomó con su mano izquierda mi muñeca derecha y
llevó mi mano a su bragueta. Gemí mordiéndome los labios y noté
como apretaba más sus dedos entorno a mi garganta. Estaba a punto de
perder el conocimiento por la fuerza bruta que estaba usando, pero
pronto relajó su agarre y puso su mano diestra contra mi hombro para
que me arrodillara.
Hundí mi rostro en su bragueta y
busqué el cierre con mis dientes, para bajarla y lamer su ropa
interior oscura. Él me miraba serio e implacable. Sabía que estaba
furioso y yo debía contentarle, aunque fuese unos minutos. Me soltó
para bajarse los pantalones, tomando la correa para doblarla y
dejarla enrollada en su mano derecha.
Su carne dura rozó mis labios y decidí
besarla, pero aquellos ojos encendidos me hicieron pasar a lamidas
intensas y pequeñas succionadas. Mi entrepierna cobraba vida y
pronto estaba excitado imaginando su sexo en mi interior. Levantó su
brazo derecho y me golpeó con la correa en el rostro.
—¡Más rápido puta! ¡Más
rápido!—dijo echándose a reír—. ¿Ves? Sólo eres una puta.
Aumenté mis succiones tirando de su
delicada piel, buscando abarcarlo mientras cerraba los ojos
disfrutando. Imaginaba otra expresión en su rostro, una que me
calentaba de pies a cabeza. Quería pensar que había regresado por
celos, como así había sido, pero hacia mí y no hacia Lestat. Mi
corazón se agitaba y mis sentimientos quedaron confusos. Sentía los
dedos de una de sus manos contra mis cabellos, acariciándolos como
si fueran de seda, para de inmediato notar como tiraba de ellos. Su
pelvis se descontroló y comenzó a follarme la boca, bombeando con
fuerza, con sus testículos golpeando con rabia mi mentón.
—Oh, así—susurró agarrándome con
sus enormes manos de la nuca.
Noté como se enterraba jadeando y
también como provocaba que me viniese. El suelo quedó manchado por
mi semen, igual que mi vientre y parte de mis muslos. Tosí porque me
ahogaba, ya que el venirme me hizo quedarme sin aliento.
—Perra—masculló saliendo de mí
con su miembro bien hinchado. Tenía decenas de venas rodeándolo,
con mi saliva pegada en varios hilos hacia mis labios y sus
testículos inflamados—. Esto es sólo un recordatorio.
Me levantó del suelo, pues temblaba y
jadeaba sin tener conocimiento de dónde estaba, para colocarme de
espaldas y penetrarme. Fue doloroso, grité echándome a llorar, pero
pronto estaba gimiendo su nombre y rogando que me amara.
—Ámame a mí, soy mejor que él—dije
en un momento dado mientras notaba sus labios pegarse a mis hombros,
justo antes de sentir sus dientes enterrándose en la carne.
Llevaba un ritmo brusco y rápido, pues
sólo buscaba su placer. A pesar de todo me excité de nuevo y al
eyacular dentro de mí, con un torrente cálido y pegajoso, yo llegué
a un orgasmo que me hizo liberar un poco más de mi semen contra la
pared. Pero ni siquiera pude disfrutar esa sensación pues antes que
pudiera girarme, para besar su boca y jurarle lealtad, se había ido.
Hace casi una hora que se fue y aún
siento su presencia. Estoy seguro que me vigila y está esperando a
que corra a brazos de Lestat, pues ahora confía en mí, para
manipularlo y llevarle por el camino que Memnoch desea. No sé que
hacer. Tengo miedo de estar equivocado y el amor que siento es tan
desastroso como temible. Debo obedecer, pues desapareceré si no lo
hago, pero algo me retiene observando mi obra de teatro. Posiblemente
esta noche yazca en brazos de Lestat jurándole amor, pero mañana
esté clavando la daga de al traición.
De violinista parisino a puta del
diablo, ¿podré redimir mis pecados?
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