Este Archivo Talamasca que me deja subir aquí David es bastante inquietante, como largo, por eso hemos decidido subir la primera parte, que es introducción, para que ustedes puedan ir introduciéndose.
Lestat de Lioncourt
PRIMER CONTACTO
Había llegado al cementerio
acobijándose bien con la chaqueta. A pesar de ser una noche de
primavera hacía frío, ese frío que entra en los huesos y te hace
castañetear. David se había preparado para lo peor. En un maletín
llevaba un par de cuadernos, un bolígrafo y una grabadora. Prefería
los viejos métodos a sistemas modernos que podían fallar, pues eran
más frágiles y a veces menos fiables. Las viejas cintas eran
mejores por su resistencia y él se negaba a usar grabadoras mucho
menos pesada, de tamaño reducido, que podían quedar en nada con un
mal golpe en una huida.
Sus pasos eran rítmicos sobre la
gravilla, la misma que crujía bajo su peso, mientras que sus ojos se
movían rápidamente buscando cualquier sombra. No se sentía solo,
pues sabía que allí también había ánimas aunque no tan
desafortunadas como las que solían rondar las viejas viviendas
coloniales. Se paró sobre una tumba en concreto, la fecha era de
1773 y estaba cubierta de hojarasca, moho y flores marchitas puestas
quizás por lástima; era imposible que alguien conociera a la
víctima, pues hasta su familia lo había olvidado.
Con curiosidad se agachó frente a
ésta, acarició la inscripción y suspiró. Había visitado aquel
lugar tantas veces que ya conocía el rugoso tacto de la piedra, como
ésta tenía una pequeña grieta y parecía estar cada día más y
más sucia. Dejó el maletín entre la lápida y él, lo abrió y
sacó la grabadora.
—He estado en tu casa—dijo
encendiendo el aparato—. Allí me has recibido, pero también te
siento aquí—miró el nombre y suspiró—. Leonore, por favor.
De improvisto sintió que alguien lo
vigilaba. Tras él había una delgada figura de cabellos negros,
moviéndose con la suave brisa sureña, y vestida con un traje blanco
de encaje. Él se giró lentamente para ver bien su rostro aniñado,
sus manos sobre sus faldas a punto de cruzarse entrelazando sus
dedos, y sus pies desnudos. Tenía una expresión afligida, pero
también denotaba en sus rasgos que se encontraba interesada en
David.
—No, no—negó.
—¿No?—preguntó—. ¿No eres tú?
—No, no—repitió—. No soy
yo—estiró su brazo hacia la tumba señalándola—. No estoy ahí,
no soy yo.
—Te enterraron aquí tus padres, tras
una terrible tragedia. Tu hermana desapareció y tú moriste poco
después—explicó recordando los datos anotados en una de sus
libretas.
—No, no—musitó antes de
desaparecer.
Durante más de una semana estuvo
investigando sobre la mujer que se hallaba en el cementerio. Sin
embargo, sus datos debían estar equivocados. Alguien le había
facilitado erróneamente datos confusos o equívocos, pero era
comprensible porque la familia de Leonore ya no se encontraba en New
Orleans, la vivienda había sido vendida hacía más de dos décadas
a otra familia y desde entonces intentaban vivir en ella; esta
familia no había logrado permanecer más de unas horas en la
vivienda sin sentirse vigilados, confusos e incluso agotados.
David ya no era miembro de la orden,
sin embargo, los misterios que se sucedían en la ciudad eran para él
fuente de inspiración, motivación y cierta empatía. Había logrado
amar New Orleans del mismo modo que amó en su día Brasil o los
pasillos de la vieja orden. Aquel misterio lo resolvería, costase lo
que costase. Viajaría si era preciso a Inglaterra donde vivía ahora
la familia, tras regresar a sus orígenes, si era preciso. No le
importaría hundirse en aquel misterio con tal de dar descanso a un
alma atormentada.
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