Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 26 de junio de 2014

Rabia

Es un fragmento de sus vidas, su dolor, la intensidad y la verdad que ambos viven: Petronia y Arion. Ellos han decidido compartirla.

Lestat de Lioncourt


Se encontraba sentado frente al lujoso tablero meditaba sobre como habían tallado cada pieza, pulido el mármol de la tabla y barnizado el borde de madera. Era un trabajo de artesanía único. Se maravillaba cuando pasaba sus dedos por cada figura, sobre todo por el caballo que parecía relinchar y moverse sobre la superficie. Sin embargo, la sintió frente a él y al alzar la vista la vio de pie, con aquel traje tan masculino y esos ojos llenos de tristeza.

Solía enmascarar su dolor, como si la tragedia no existiese en su vida y sus recuerdos, para llenar de odio cada acción y de fuerza cada golpe. La furia no la controlaba, como no controló en aquellos momentos, e hizo que el tablero se volcara de un sólo movimiento. Las piezas salieron despedidas, estrellándose contra el suelo del palazzo, y desquebrajando la fina tabla como si fuera una galleta.

—¡Petronia!—exclamó levantándose de inmediato.

Aquellas piezas perfectas habían quedado dañadas. Algunos caballos terminaron sin patas, los muros se desquebrajaron y una reina perdió su cabeza. La tabla, al ser fina y ella ejercer una fuerza brutal que la levantó casi hasta el techo, quedó rota en cuatro partes y astillada por una de las esquinas.

—¡Haces más caso a ese maldito juego que a mí!—estalló señalándolo con su largo y fino dedo índice.

—Sabes que no es cierto—intentó hablar sosegado, pero le alertaba esa clase de furia en ella.

—¡Me harta!—dijo apartándose de la mesa para ir hacia las piezas y pisotearlas con fuerza. Bajo su bota comenzaron a pulverizarse algunos detalles y él sintió una rabia intensa. Aquellas piezas habían sido hechas para él por un artesano importante de Nápoles.

—¡Para de una vez!—le dijo rodeándola por la espalda, para apartarla del pobre juego de mesa y llevarla lejos de la sala.

Por el pasillo ella se retorcía como rabo de lagartija, pataleaba e intentaba soltarse de ese fuerte agarre. Él era más fuerte y corpulento, así que no había forma de librarse. Cuando la soltó fue en su cama, tirándola sobre ésta y él cayendo encima. La tomó de las muñecas y alzó sus brazos sobre la cabeza. Ella gritaba palabras soeces, le escupía y se retorcía hasta que paró, lo miró a los ojos y se echó a llorar.

—¿Por qué?—dijo entre sollozos mientras lo abrazaba.

Él la había soltado, dejando que ella lo acariciara antes de pegarse a él. Petronia arrastraba miles de preguntas y pretendía que le diera con una sola, la única que lanzaba al aire, una respuesta digna para todas. Arion besó su rostro de mármol, muy distinto a su piel achocolatada, mientras ella dejaba que la tristeza y el dolor lamieran su alma haciéndola llorar.

—Todo irá bien, sólo deja que la tormenta pase—susurró echándose a un lado en la cama.

—Siempre soy el villano, pero incluso el más terrible villano tiene un corazón que rompen con facilidad—susurró acurrucándose contra él, hundiendo su rostro en su pecho y permitiendo que él la rodeara—. Maestro, estoy casada.


Tarquin había dado por completo la espalda a todo lo que ella le había enseñado, la vida en Nápoles, la decencia, el honor, la verdad y cualquier cosa buena que ella vio en él. El muchacho ya no era el mismo. Hacía tiempo que había crecido torcido.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt