Lestat de Lioncourt
Se encontraba sentado frente al lujoso
tablero meditaba sobre como habían tallado cada pieza, pulido el
mármol de la tabla y barnizado el borde de madera. Era un trabajo de
artesanía único. Se maravillaba cuando pasaba sus dedos por cada
figura, sobre todo por el caballo que parecía relinchar y moverse
sobre la superficie. Sin embargo, la sintió frente a él y al alzar
la vista la vio de pie, con aquel traje tan masculino y esos ojos
llenos de tristeza.
Solía enmascarar su dolor, como si la
tragedia no existiese en su vida y sus recuerdos, para llenar de odio
cada acción y de fuerza cada golpe. La furia no la controlaba, como
no controló en aquellos momentos, e hizo que el tablero se volcara
de un sólo movimiento. Las piezas salieron despedidas, estrellándose
contra el suelo del palazzo, y desquebrajando la fina tabla como si
fuera una galleta.
—¡Petronia!—exclamó levantándose
de inmediato.
Aquellas piezas perfectas habían
quedado dañadas. Algunos caballos terminaron sin patas, los muros se
desquebrajaron y una reina perdió su cabeza. La tabla, al ser fina y
ella ejercer una fuerza brutal que la levantó casi hasta el techo,
quedó rota en cuatro partes y astillada por una de las esquinas.
—¡Haces más caso a ese maldito
juego que a mí!—estalló señalándolo con su largo y fino dedo
índice.
—Sabes que no es cierto—intentó
hablar sosegado, pero le alertaba esa clase de furia en ella.
—¡Me harta!—dijo apartándose de
la mesa para ir hacia las piezas y pisotearlas con fuerza. Bajo su
bota comenzaron a pulverizarse algunos detalles y él sintió una
rabia intensa. Aquellas piezas habían sido hechas para él por un
artesano importante de Nápoles.
—¡Para de una vez!—le dijo
rodeándola por la espalda, para apartarla del pobre juego de mesa y
llevarla lejos de la sala.
Por el pasillo ella se retorcía como
rabo de lagartija, pataleaba e intentaba soltarse de ese fuerte
agarre. Él era más fuerte y corpulento, así que no había forma de
librarse. Cuando la soltó fue en su cama, tirándola sobre ésta y
él cayendo encima. La tomó de las muñecas y alzó sus brazos sobre
la cabeza. Ella gritaba palabras soeces, le escupía y se retorcía
hasta que paró, lo miró a los ojos y se echó a llorar.
—¿Por qué?—dijo entre sollozos
mientras lo abrazaba.
Él la había soltado, dejando que ella
lo acariciara antes de pegarse a él. Petronia arrastraba miles de
preguntas y pretendía que le diera con una sola, la única que
lanzaba al aire, una respuesta digna para todas. Arion besó su
rostro de mármol, muy distinto a su piel achocolatada, mientras ella
dejaba que la tristeza y el dolor lamieran su alma haciéndola
llorar.
—Todo irá bien, sólo deja que la
tormenta pase—susurró echándose a un lado en la cama.
—Siempre soy el villano, pero incluso
el más terrible villano tiene un corazón que rompen con
facilidad—susurró acurrucándose contra él, hundiendo su rostro
en su pecho y permitiendo que él la rodeara—. Maestro, estoy
casada.
Tarquin había dado por completo la
espalda a todo lo que ella le había enseñado, la vida en Nápoles,
la decencia, el honor, la verdad y cualquier cosa buena que ella vio
en él. El muchacho ya no era el mismo. Hacía tiempo que había
crecido torcido.
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