Hay un hombre que ama tanto a Rowan como yo y ese es Michael. Él le ha dejado este texto hoy.
Lestat de Lioncourt
En mi memoria está grabado el día que
la vi tan débil y consumida, recostada en nuestra cama de matrimonio
con aquel camisón rosa pálido y sus mejillas hundidas. Era un
pequeño esqueleto de huesos, piel amoratada y cabellos sin brillo.
Parecía un cadáver más que mi joven y enigmática esposa. Sus
pequeños pechos se habían consumido aún más, su cintura era
demasiado estrecha y sus manos, de neurocirujana, estaban llenas de
cortes. El calvario que había pasado era peor que el de Jesús
subiendo a cuestas la cruz.
—Rowan—solía llamarla por su
nombre, acariciando sus mejillas con mis manos ásperas, mientras
esperaba un milagro.
Estaba allí, pero no estaba. Era como
ver una imagen opuesta a la que deseas contemplar. La última vez que
la había visto huía. Nuestras últimas palabras fueron una
discusión que aún no comprendía, ni quería comprender y que jamás
lo haré a ciencia cierta.
Ahora, recostada en la cama, con el
cabello perfumado y revuelto, sus labios surcados por una sonrisa y
su piel nívea que envuelven sus carnes firmes, me provoca cierto
sentimiento de paz y excitación. Al fin es ella, la mujer de la cual
me enamoré, y hemos dejado poco a poco miedos, obsesiones y momentos
en los cuales creí que mi matrimonio, como mi vida, llegaba a su
fin.
Amar es complicado, pero es lo mejor
que puede ocurrir. La vida en sí es amor. Aprendes desde pequeño,
mucho antes de conocer los viejos preceptos de la Biblia, que el amor
está en el mundo y que el odio no es más que la carencia de amor.
Comprendes que el bien existe, que la bondad está alojada en los
corazones, aunque algunos la hayan olvidado. Y ese amor, aunque
crezcas en un hogar destrozado como era el mío, surge como las
flores entre las losas del asfalto. El amor es imparable y te llena
de una satisfacción única. Rondaba los cuarenta años cuando ella
apareció y me hizo saber que el amor, ese tan puro y fresco, que
había estado esperando estaba ahí, frente a mí, vestido de
neurocirujana con ciertos aires masculinos, desafiantes y
encantadores. Mi amor era ella, una de las brujas más fuertes de la
familia.
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