Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 27 de junio de 2014

El jarrón

Archivo Talamasca que nos cede de nuevo David Talbot. 

Lestat de Lioncourt 


Archivo: XI234- C
Clasificación: Paranormal.

Datos:

Lugar: Cuba, La Habana.
Objeto: Jarrón de porcelana con motivos asiáticos.
Persona de contacto que dio los datos: Joaquín Jesús Olivar García hermano de Camila Olivar García, persona que le ocurrió los hechos plasmados en la historia.
A destacar: ---
Colaborador: ---
Comprobación: Sí.
Historia fiable: Sí.

Durante más de cinco años la señora Camila solía ver aquel jarrón, delicado y hermoso, en la tienda de antigüedades del barrio. Tenía inscripciones chinas y un hermoso jardín de cerezos resaltado en relieve. La base del jarrón es blanca y la tinta, con la cual estaba pintado, era celeste. Sentía que algo en su interior, sin saber qué era exactamente, le pedía comprarlo. Sin embargo, debido al elevado coste de la pieza siempre se negó el capricho. Aquel día, el que cambiaría por siempre su vida y la de los suyos, su esposo la obsequió con el jarrón. Era su cumpleaños número cincuenta y se merecía, según su esposo, un regalo especial.

Camila miraba los delicados y detallados dibujos, los tocaba con sus finos y pequeños dedos, mientras sonreía completamente maravillada. Era el jarrón perfecto para decorar la mesa de la sala en la cual solían hacer vida, tanto ella como el resto de la familia, y no sería sólo un regalo para sí sino para la casa. No iba a llenarlo de agua y colocar flores, pues quería que el jarrón destacara por sí solo.

Esa misma noche, cuando el silencio dominaba cada rincón de la casa, se escucharon pasos por el pasillo. Eran pasos diminutos, casi inaudibles hasta que se convirtieron en un trotar y una risa infantil de una niña, demasiado pequeña para ser su hija, llenó todo el pasillo mientras las luces se encendían. Camila y su esposo, Enrique, se sobresaltaron saliendo de la cama pensando que estaban alucinando, teniendo ambos un sueño extraño e incluso que habían perdido el juicio.

Con cuidado, y gran pavor, tocaron la cerradura de la puerta de entrada y giraron el pomo, para abrirla, el ruido cesó y las luces, que penetraban bajo la hoja de la puerta, desapareció. Ambos se miraron el rostro desencajado y las manos temblorosas. Aquella noche, ni ella ni él, no pudieron dormir. No podían pegar ojo pues sentían que la niña regresaría. Por la mañana su única hija y la mayor de sus tres hijos, Sara, comentó que había sentido movimientos raros en el pasillo pero que pensó que podía ser la televisión, sin embargo horrorizada confirmó que no era así. Joaquín, de quince años, y Enrique, de dieciséis, también habían escuchado ruidos extraños. Toda la familia estaba en alerta y desconocían que había podido ocurrir, pues no podían haber alucinado todos sin más.

Noches más tarde los fenómenos fueron más perturbadores. A veces se podían escuchar frases de canciones infantiles, un llanto amargo o risas incesantes. Las luces tintineaban, se encendían y apagaban cuando querían, los cajones de los muebles se abrían y lo único que permanecía en su lugar, como si nada ocurriera a su alrededor, era el jarrón. Todos, inclusive Camila, llegaron a la conclusión que era el jarrón quién había invitado a ese espíritu a quedarse con ellos.

Una semana más tarde, sintiéndolo mucho, su esposo regresó el jarrón a la tienda. La casa quedó de nuevo en silencio, pero el misterio continuó. Dicen que en ocasiones se ve a una niña, con un hermoso vestido azul, caminando entre los muebles murmurando el nombre de “Camila”.

Esto último no se ha podido averiguar, pero sí han ocurrido fenómenos extraños dentro de la tienda desde que el jarrón fue adquirido por Salvador Gómez, propietario y anticuario de prestigio en la ciudad. El Jarrón lleva en la tienda seis años y ha sido devuelto siempre.



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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt