Las paradojas de la vida ¿verdad? Armand y Louis otra vez juntos, en una misma habitación, e hiriéndose ambos. ¿O quizás Louis no?
Lestat de Lioncourt
Pasaba largas temporadas lejos de New
Orleans, pero desde hacía algunos años me sentía atraído cada vez
más por mezclarme con el gran río humano que se formaba en sus
calles principales. Después de las inundaciones todo quedó
destruido, aunque el poder de los habitantes y el amor hacia su
ciudad lograron milagros. Adquirí una mansión colonial, la reformé
y la hice mi hogar. Benji y Sybelle pasaban largo rato en el jardín,
dentro disfrutando del gran salón de mármol y conmigo por las
calles de los barrios aledaños. Sin embargo, poseía un pequeño
escondite donde únicamente iba para disfrutar de la soledad. Había
vivido tanto tiempo solo que aún hoy me causa cierta sensación
abrumadora, como si rodearan mi cuello unas manos invisibles, el
estar siempre con ellos, acompañado por sus voces y el sonido de sus
pisadas.
Era un apartamento pequeño y céntrico,
en una de las Avenidas más concurridas cerca de French Quarter. Las
vistas eran espectaculares y especialmente encantadoras. Podía
asomarme al balcón, cargado de flores, y observar la noche en todo
su esplendor. La fachada es blanca, pero igualmente impresionante.
Posee ciertas molduras en las ventanas, una puerta gruesa y antigua
como hall de entrada y diversos pequeños apartamentos a mi
alrededor. Es un palacete antiguo, convertido en pequeños
apartamentos tras su restauración y con un portero que se ocupaba
del mantenimiento habitual de la escalera, caldera, tuberías y
diversos apaños. En definitiva, un lugar apartado de todos.
El apartamento poseía suelo de mármol,
aunque no de excelsa calidad, y se dividía en cuatro grandes zonas.
Una de ella era la cocina, que quedó convertida en pequeño
laboratorio para mis experimentos. El baño, de enorme amplitud y con
una ventana bastante indiscreta, poseía tan sólo una gigantesca
bañera con hidromasaje y varias estanterías con productos para mi
higiene. Las otras dos habitaciones eran un salón y mi dormitorio.
El dormitorio lo había reconstruido
tapiando la ventana. Cualquier seguridad es poca teniendo en cuenta
en los años en los cuales nos movemos. Había forrado las paredes
con un papel pintado color borgoña, la cama era amplia y poseía un
cabezal de hierro bastante grande y retorcido. Ambos cabezales de la
cama imitaban las hermosas enredaderas de un jardín, poseían flores
y hojas de distinto tamaño y las varillas centrales estaban
retorcidas como si fueran las ramas de un arbusto. Sin embargo, el
inferior era bajo pero rotundamente hermoso como su compañero. El
suelo tenía varias alfombras persas, cargadas de colores vivos y
flores muy llamativas. En ocasiones seguía el dibujo del entramado y
recordaba los momentos más duros, y emotivos, de mi vida. Podía
volver a verme sobre una de ellas, con mi túnica violeta y mi
cabello bien cepillado para agradar a los traficantes de esclavos.
Poseía también un armario, oculto en la pared, que cuando lo abría
daba a una pequeña sala construida a medida. Tenía varias zonas
para mis camisas, camisetas, pantalones, chaquetas, zapatos y
abrigos. Sin embargo, lo más impresionante era el espejo que poseía
ocultando la sala. Un espejo muy elegante, con un marco dorado.
El salón era simple. Sólo tenía un
enorme escritorio, numerosos libreros y un elegante sofá. El papel
pintado era celeste, como celeste era la alfombra central y las
cortinas. No había más, salvo una lámpara que iluminaba todo con
gran potencia eléctrica.
Sin duda era mi paraíso, mi retiro
espiritual. Poseía un pequeño equipo de música que conectaba nada
más llegar, teniendo siempre los clásicos que tanto me agradaban y
las Óperas más ilustres. Saboreaba cada nota como si fuera la
última que fuese a escucharlas. Me embelesaba y bailaba solo hasta
caer mareado sobre el sofá o contra la cama.
Aquella noche, observando el discurrir
de la vida desde mi privilegiada posición, lo vi caminando por la
calle como alma en pena. Tenía un aspecto elegante, pero algo
descuidado. Su cabello negro y ondulado caía desgreñado sobre sus
hombros, aunque el rosto estaba despejado. La camisa verde botella
que llevaba estaba algo arrugada, aunque no los pantalones negros de
vestir que había elegido y sus zapatos estaban lustrosos. Medité un
par de segundos si bajar y saludarlo, para pedirle que me acompañara
por una noche, pero fue él quien cruzó la mirada conmigo como si
hubiese notado que alguien le observaba. Esos ojos verdes, tan
impactantes, volvían a hundirse en los míos coloreando mis
mejillas.
Minutos más tarde, como si él hubiese
leído mi mente y aceptado mi invitación, llamaban a la puerta. Era
él. Con su rostro frío y una sonrisa suave difuminada en sus
labios, así como en sus ojos que brillaban en plena oscuridad. Louis
siempre sería un punto importante en mi historia, aunque no fue el
más decisivo. Él y yo vivimos juntos por un largo periodo,
recorrimos el mundo y conversamos a ratos. Nos soportábamos, por así
decirlo, para no caer ambos en una soledad terrible y sin embargo lo
estábamos. Habíamos estado acompañando la soledad con mayor
soledad, cosa que te provoca cierto dolor y angustia.
—¿Cómo has adivinado que deseaba tu
compañía?—pregunté dándole paso hacia el interior de la
vivienda.
—¿Por qué no ibas a
desearla?—respondió encogiéndose de hombros—. Me mirabas como
quien mira a una presa, igual que un águila desde su impresionante
nido. Estaba seguro que dudabas en hacerlo, pero aún más seguro es
que bajarías para cruzarte conmigo.
—Últimamente estás muy seguro de
todo—dije cerrando la puerta para acompañarlo hacia el sofá, pero
él no tomó asiento ni lo pidió.
Louis amaba los libros. En sí,
cualquier inmortal ama los libros. Son un gran pasatiempo cuando
tienes cientos de años por delante. Aún así, no puedo jurar que
haya leído todos los libros impresos de éste mundo. Hay algunos que
rechazo únicamente por su pretencioso título o por el autor.
Detesto los nuevos vampiros que están surgiendo en la literatura
barata y juvenil, añoro los verdaderos libros eróticos o la
satisfacción de una poesía más elaborada, esa que toca con sus
tibios dedos tu frío corazón y lo enternece. Sin embargo, poseo
cientos de libros en cada lugar donde descanso o paso mis noches. Él
era como yo, como Lestat y como tantos otros. No obstante, todos
tenemos unos autores predilectos. El mío es Shakespeare, el suyo es
Kafka y creo que Dickens también es parte de sus selectos gustos.
—Sí, creo que haber estado cerca de
la muerte me ha dado esa cualidad. Además, he visto morir a vampiros
jóvenes y débiles a mi alrededor, eso aún me endurece más el
espíritu—una sonrisa frívola surcó sus labios, pero rápidamente
cambió su semblante dejándolo con rasgos más suaves—. Desconocía
que tuvieras una vivienda aquí, tan céntrica. No esperaba toparme
con alguien salvo con alguna víctima.
—Y por tu aspecto ya lo
hiciste—comenté aproximándome a él para mirarlo de cerca. Tenía
vida en sus mejillas, pues poseía un leve rubor muy agradable. Las
arrugas de la camisa se habían producido por el contacto con otro
cuerpo, un forcejeo intenso quizás o simplemente un juego de
seducción que le salió demasiado bien.
—Crees bien—susurró inclinándose
hacia mí, perdiendo sus ojos en los míos por unos instantes, para
luego erguirse y girarse hacia una de las estanterías.
—Louis...
—¿Sí?—preguntó, mientras llevaba
su brazo derecho hacia la estantería y tocaba algunos volúmenes
pesados. Había libros incluso de cocina. Todo lo que pudiese
aprender del mundo, sus nuevos inventos y las historias que se
producían en él, era para mí bienvenido.
—¿Puedo pedirte algo aunque suene
extraño?—dije dando un paso al frente—. ¿Puedes abrazarme?—mi
voz se quebró como lo habría hecho en otros tiempos. Mi aspecto
posiblemente era el de un niño perdido entre la multitud.
Mi ropa juvenil, que constaba tan sólo
de una camiseta amplia en color celeste y unos pantalones
desgastados, ayudaban bastante a la imagen de niño perdido. Tenía
el cabello suelto, algunos bucles caían sobre mi frente y rozaban
mis mejillas como lo harían en el rostro de un querubín. Mis
enormes ojos oscuros con centelleantes toques dorados, ofreciéndome
el aspecto de miel líquida derramada sobre mis pupilas, clamaban por
el contacto de su cuerpo. Él se giró con una pose excesivamente
masculina, incluso para él, y me miró con simpleza. Sus ojos verdes
eran como piedras preciosas engarzadas en unas pobladas y poderosas
pestañas. Sus cejas se fruncieron suavemente, sus labios se
contrajeron y un suave suspiro surcó la escasa distancia entre
ambos. Rápidamente sus manos dejaron de tocar los libros para
tocarme a mí, pegándome a su cuerpo como si fuera mi propia ropa.
Podía oler su propia y natural
fragancia, el aroma húmedo del pantano, un perfume femenino
desconocido y las flores que habían rozado su pecho. Estaba seguro
que había recorrido las calles cercanas, donde los jardines se
hacían notar, y había cazado en ellos para luego llevar el cadáver
lejos de la vista de todos. Los pantanos seguían siendo peligrosos,
la gente desaparecía si terminaba engullida por un caimán. Louis lo
sabía y por eso acudía allí. Hundí mi nariz en su cuello mientras
sus manos rozaban mi espalda. Estaba haciendo aquello por un motivo
que desconocía, del mismo modo que yo había pedido una muestra de
cariño tan extraña para ambos.
Mi mano derecha acarició su bragueta y
él decidió meter las suyas bajo mi camiseta. Rápidamente nos
encontramos besándonos como dos animales heridos. Su lengua se
hundía en mi boca y sus labios acaparaban cada milímetro de ésta.
Mis pequeñas manos se movían por su torso intentando desabrochar su
camisa, abrirla y dejarla en el suelo. No era capaz de poder abrir
siquiera uno de los botones, pues estaba demasiado concentrado en
seguir ese beso tan animal y sorprendente. Finalmente, un estallido
de botones rebotó por toda la habitación desperdigándose sobre la
alfombra, contra los libros o el suelo de mármol. Mis dedos se
convirtieron en los guías idóneos de un ciego, pues palpaban cada
milímetro de su marcado abdomen hasta su torso y desde éste al
cuello.
Rápidamente comenzamos a rompernos la
ropa, deshaciéndonos de ella por toda la habitación. Sus ojos eran
como los de una bestia a punto de convertirse en un monstruo aún
peor. Sus labios gruesos eran perfectos para sacarme gemidos, sobre
todo cuando se posaron sobre mis pezones y rozaron sutilmente mis
costados. Su lengua era intrépida, jugaba con la aureola rosada
cercana al pezón, para dejar paso a sus dientes que tiraban de mi
piel con cierto erotismo. Mis manos se colocaban en sus hombros, pero
a ratos tenía que pegarlas a su nuca invitándole a que siguiera con
el juego. Involuntariamente moví varias veces mis caderas, sobre
todo porque su pierna derecha quedó entre las mías y mi sexo se
rozaba contra ésta.
Inesperadamente me tomó del rostro y
me besó saboreando mis labios, los cuales ya estaban adormecidos por
los besos anteriores y mi capacidad de mordisquear, succionar y
juguetear con su cuello y hombros. Dominó mis sentidos mientras me
guiaba hacia el dormitorio. Sus fuertes brazos, más que los míos
pero mucho menos que los de Marius o Daniel, me transportaban como si
fuera una pluma.
Cuando caí en la cama él se retiró,
quedando a los pies de ésta observándome. Las sábanas eran de seda
borgoña, los almohadones eran negros con un bordado de mis iniciales
en borgoña y mis cabellos caían desparramados sobre estos. Mis
piernas se abrieron sutilmente mientras mis manos acariciaban mi
torso hasta mi cintura, para luego tocar mis caderas y palpar de
forma seductora mis muslos. Era un ángel que pedía caer a los
infiernos, o quizás la representación de un súcubo desesperado por
ser alimentado con un sexo apasionado.
Estiró sus brazos introduciéndolos
bajo mis piernas para obligar a mis tobillos a colocarse en mis
hombros, rozando así sus cabellos negros que caían ahora más
alborotados. Mis ojos se fundieron en los suyos, como si fueran brea
caliente, mientras sentía como él caía sobre mí dejando que su
frío aliento me bañara. No dudé en cerrar los ojos, echar la
cabeza hacia atrás y elevar mis caderas. Me atrajo un poco más
hacia el borde de la cama, dejando atrás los mullidos almohadones de
mi cabeza. Mi cuerpo se movía como si fuera una gigantesca
serpiente, siendo extremadamente sutil y erótico. Él sonrió como
lo haría un canalla que sabe que se aprovecha de las debilidades
ajenas, pues justo eso estaba haciendo.
Me encontraba débil, agotado y
hundido. Marius había decidido prescindir de mí otra vez. Mi
corazón estaba nuevamente herido. Sobre todo, desde que Daniel había
optado por negarme incluso su silenciosa compañía. Ambos me habían
dejado atrás, pero yo no podía abandonarlos. Ni siquiera la joven y
refrescante compañía de Benji o Sybelle me hacían sentir feliz. Mi
alma estaba triste y desolada, pero en esos momentos vibraba mientras
mi miembro se endurecía cada vez más.
Noté como el glande de su miembro se
hundía en mi entrada, la cual ni siquiera había rozado hasta ese
momento, y también sentí claramente, con algo de dolor mudo, como
ensanchaba las paredes de mi recto. Rápidamente mis músculos se
contrajeron, pero logré relajarlos. Tras varios segundos donde
gimoteé y moví mi cabeza hacia ambos lados, por el contacto brusco
y precipitado, escuché el sonido seco de sus testículos contra mis
nalgas. Mis labios se abrieron emitiendo un gemido largo y profundo,
mis ojos se cerraron mientras mis hombros se clavaban en el colchón,
y mi espalda se arqueaba.
—Louis... hazme tuyo de forma
salvaje—jadeé estirando mis dedos hacia sus brazos, para
atraparlos y tirar de él.
Sus caderas comenzaron a moverse, sus
pies no dejaron de estar en el suelo sobre una de mis alfombras, y
con cada impulso movía toda la cama. El cabezal, alto y de hierro,
golpeaba con furia la pared. Me convertí en un sumiso a sus órdenes,
como si él se hubiese convertido en mi amo y yo su esclavo más
leal. Movía mi cuerpo para él, mi excitación aumentaba y llegó un
momento en el cual mi mente se desconectó. Cada penetración era
magnífica, casi mágica, y sacaba de mí gemidos incontrolados. Mi
cuerpo ardía como si sintiera los infiernos fraguándose en aquella
habitación, era un volcán que iba a erupcionar de forma más
dramática que en Pompeya. Podía notar sus manos frías recorriendo
mi rostro, completamente fascinado por lo excitado que estaba y como
se mostraba en mis facciones perladas con sudor sanguinolento. No
obstante sus jadeos eran más bajos, dejaba escapar algún gemido y
gruñido pero se mantenía firme. Él estaba disfrutando a su modo,
con su cínica sonrisa tatuada en su rostro y sus ojos cargados de
melancólica, aunque cínica, sensualidad.
Un cosquilleo intenso cubrió mis
partes nobles, subiendo sutilmente por mi vientre y bajando de nuevo
por éste. Mis nalgas se apretaron y mis muslos se tensaron. Apreté
los dientes e hice acopio de todas mis fuerzas, pues no quería
llegar al orgasmo de ese modo. Me aparté mirándolo con cierta
furia, sin saber bien el motivo, y lo arrojé al colchón subiéndome
sobre su pelvis para penetrarme yo mismo. Él se echó a reír
acariciando mi pecho, pellizcando y retorciendo mis pezones, mientras
botaba sobre él como si cabalgara de nuevo sobre los viejos prados
donde me crié. Mis labios rojos, como los suyos, mostraban mis
colmillos puntiagudos y él me miraba fascinado. Tras varios
movimientos, no demasiados, llegué al orgasmo final atrapando su
miembro dentro de mí para ayudarle a llegar, pero no lo hizo. Así
que simplemente me bajé, deslicé mi lengua por su vientre hasta su
sexo y comencé a succionarlo. Su vello púbico, negro y muy rizado,
rozó la punta de mi nariz y lo noté húmedo, tan húmedo como sus
caderas cuando las atrapé para apoyarme. Mis uñas se hundieron en
sus carnes duras y sus manos se apoyaron en mi nuca para provocar que
todo su sexo quedara cubierto. Cuando la tuve por completo dentro,
desde el glande hasta la base, eyaculó con un potente chorro
caliente y espeso. Después, como si se tratara de un juego cruel,
dio un par de embestidas y salió abandonándome en la cama.
Se marchó tomando su ropa, la cual
estaba bastante dañada, y dio un potente portazo. Salí de mi
habitación, para asomarme por la ventana y ver como caminaba a paso
rápido, aunque con zancadas mortales, entre la multitud que cada vez
era más escasa. Iba con la camisa abierta, el pelo empapado en sudor
y algunas marcas, aunque ya escasamente apreciables, de mis uñas y
mis dientes. Yo quedé allí, desnudo y confuso, deseando otro abrazo
pero éste sin un final tan extraño. El amor no llegaba jamás,
todos querían violar al niño con rostro de ángel y no amarlo. Ese
sentimiento es demasiado complejo para un ser que parece cincelado en
mármol y cuyo pasado es demasiado terrible.
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