Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 8 de agosto de 2014

Un abrazo, sólo eso

Las paradojas de la vida ¿verdad? Armand y Louis otra vez juntos, en una misma habitación, e hiriéndose ambos. ¿O quizás Louis no?

Lestat de Lioncourt


Pasaba largas temporadas lejos de New Orleans, pero desde hacía algunos años me sentía atraído cada vez más por mezclarme con el gran río humano que se formaba en sus calles principales. Después de las inundaciones todo quedó destruido, aunque el poder de los habitantes y el amor hacia su ciudad lograron milagros. Adquirí una mansión colonial, la reformé y la hice mi hogar. Benji y Sybelle pasaban largo rato en el jardín, dentro disfrutando del gran salón de mármol y conmigo por las calles de los barrios aledaños. Sin embargo, poseía un pequeño escondite donde únicamente iba para disfrutar de la soledad. Había vivido tanto tiempo solo que aún hoy me causa cierta sensación abrumadora, como si rodearan mi cuello unas manos invisibles, el estar siempre con ellos, acompañado por sus voces y el sonido de sus pisadas.

Era un apartamento pequeño y céntrico, en una de las Avenidas más concurridas cerca de French Quarter. Las vistas eran espectaculares y especialmente encantadoras. Podía asomarme al balcón, cargado de flores, y observar la noche en todo su esplendor. La fachada es blanca, pero igualmente impresionante. Posee ciertas molduras en las ventanas, una puerta gruesa y antigua como hall de entrada y diversos pequeños apartamentos a mi alrededor. Es un palacete antiguo, convertido en pequeños apartamentos tras su restauración y con un portero que se ocupaba del mantenimiento habitual de la escalera, caldera, tuberías y diversos apaños. En definitiva, un lugar apartado de todos.

El apartamento poseía suelo de mármol, aunque no de excelsa calidad, y se dividía en cuatro grandes zonas. Una de ella era la cocina, que quedó convertida en pequeño laboratorio para mis experimentos. El baño, de enorme amplitud y con una ventana bastante indiscreta, poseía tan sólo una gigantesca bañera con hidromasaje y varias estanterías con productos para mi higiene. Las otras dos habitaciones eran un salón y mi dormitorio.

El dormitorio lo había reconstruido tapiando la ventana. Cualquier seguridad es poca teniendo en cuenta en los años en los cuales nos movemos. Había forrado las paredes con un papel pintado color borgoña, la cama era amplia y poseía un cabezal de hierro bastante grande y retorcido. Ambos cabezales de la cama imitaban las hermosas enredaderas de un jardín, poseían flores y hojas de distinto tamaño y las varillas centrales estaban retorcidas como si fueran las ramas de un arbusto. Sin embargo, el inferior era bajo pero rotundamente hermoso como su compañero. El suelo tenía varias alfombras persas, cargadas de colores vivos y flores muy llamativas. En ocasiones seguía el dibujo del entramado y recordaba los momentos más duros, y emotivos, de mi vida. Podía volver a verme sobre una de ellas, con mi túnica violeta y mi cabello bien cepillado para agradar a los traficantes de esclavos. Poseía también un armario, oculto en la pared, que cuando lo abría daba a una pequeña sala construida a medida. Tenía varias zonas para mis camisas, camisetas, pantalones, chaquetas, zapatos y abrigos. Sin embargo, lo más impresionante era el espejo que poseía ocultando la sala. Un espejo muy elegante, con un marco dorado.

El salón era simple. Sólo tenía un enorme escritorio, numerosos libreros y un elegante sofá. El papel pintado era celeste, como celeste era la alfombra central y las cortinas. No había más, salvo una lámpara que iluminaba todo con gran potencia eléctrica.

Sin duda era mi paraíso, mi retiro espiritual. Poseía un pequeño equipo de música que conectaba nada más llegar, teniendo siempre los clásicos que tanto me agradaban y las Óperas más ilustres. Saboreaba cada nota como si fuera la última que fuese a escucharlas. Me embelesaba y bailaba solo hasta caer mareado sobre el sofá o contra la cama.

Aquella noche, observando el discurrir de la vida desde mi privilegiada posición, lo vi caminando por la calle como alma en pena. Tenía un aspecto elegante, pero algo descuidado. Su cabello negro y ondulado caía desgreñado sobre sus hombros, aunque el rosto estaba despejado. La camisa verde botella que llevaba estaba algo arrugada, aunque no los pantalones negros de vestir que había elegido y sus zapatos estaban lustrosos. Medité un par de segundos si bajar y saludarlo, para pedirle que me acompañara por una noche, pero fue él quien cruzó la mirada conmigo como si hubiese notado que alguien le observaba. Esos ojos verdes, tan impactantes, volvían a hundirse en los míos coloreando mis mejillas.

Minutos más tarde, como si él hubiese leído mi mente y aceptado mi invitación, llamaban a la puerta. Era él. Con su rostro frío y una sonrisa suave difuminada en sus labios, así como en sus ojos que brillaban en plena oscuridad. Louis siempre sería un punto importante en mi historia, aunque no fue el más decisivo. Él y yo vivimos juntos por un largo periodo, recorrimos el mundo y conversamos a ratos. Nos soportábamos, por así decirlo, para no caer ambos en una soledad terrible y sin embargo lo estábamos. Habíamos estado acompañando la soledad con mayor soledad, cosa que te provoca cierto dolor y angustia.

—¿Cómo has adivinado que deseaba tu compañía?—pregunté dándole paso hacia el interior de la vivienda.

—¿Por qué no ibas a desearla?—respondió encogiéndose de hombros—. Me mirabas como quien mira a una presa, igual que un águila desde su impresionante nido. Estaba seguro que dudabas en hacerlo, pero aún más seguro es que bajarías para cruzarte conmigo.

—Últimamente estás muy seguro de todo—dije cerrando la puerta para acompañarlo hacia el sofá, pero él no tomó asiento ni lo pidió.

Louis amaba los libros. En sí, cualquier inmortal ama los libros. Son un gran pasatiempo cuando tienes cientos de años por delante. Aún así, no puedo jurar que haya leído todos los libros impresos de éste mundo. Hay algunos que rechazo únicamente por su pretencioso título o por el autor. Detesto los nuevos vampiros que están surgiendo en la literatura barata y juvenil, añoro los verdaderos libros eróticos o la satisfacción de una poesía más elaborada, esa que toca con sus tibios dedos tu frío corazón y lo enternece. Sin embargo, poseo cientos de libros en cada lugar donde descanso o paso mis noches. Él era como yo, como Lestat y como tantos otros. No obstante, todos tenemos unos autores predilectos. El mío es Shakespeare, el suyo es Kafka y creo que Dickens también es parte de sus selectos gustos.

—Sí, creo que haber estado cerca de la muerte me ha dado esa cualidad. Además, he visto morir a vampiros jóvenes y débiles a mi alrededor, eso aún me endurece más el espíritu—una sonrisa frívola surcó sus labios, pero rápidamente cambió su semblante dejándolo con rasgos más suaves—. Desconocía que tuvieras una vivienda aquí, tan céntrica. No esperaba toparme con alguien salvo con alguna víctima.

—Y por tu aspecto ya lo hiciste—comenté aproximándome a él para mirarlo de cerca. Tenía vida en sus mejillas, pues poseía un leve rubor muy agradable. Las arrugas de la camisa se habían producido por el contacto con otro cuerpo, un forcejeo intenso quizás o simplemente un juego de seducción que le salió demasiado bien.

—Crees bien—susurró inclinándose hacia mí, perdiendo sus ojos en los míos por unos instantes, para luego erguirse y girarse hacia una de las estanterías.

—Louis...

—¿Sí?—preguntó, mientras llevaba su brazo derecho hacia la estantería y tocaba algunos volúmenes pesados. Había libros incluso de cocina. Todo lo que pudiese aprender del mundo, sus nuevos inventos y las historias que se producían en él, era para mí bienvenido.

—¿Puedo pedirte algo aunque suene extraño?—dije dando un paso al frente—. ¿Puedes abrazarme?—mi voz se quebró como lo habría hecho en otros tiempos. Mi aspecto posiblemente era el de un niño perdido entre la multitud.

Mi ropa juvenil, que constaba tan sólo de una camiseta amplia en color celeste y unos pantalones desgastados, ayudaban bastante a la imagen de niño perdido. Tenía el cabello suelto, algunos bucles caían sobre mi frente y rozaban mis mejillas como lo harían en el rostro de un querubín. Mis enormes ojos oscuros con centelleantes toques dorados, ofreciéndome el aspecto de miel líquida derramada sobre mis pupilas, clamaban por el contacto de su cuerpo. Él se giró con una pose excesivamente masculina, incluso para él, y me miró con simpleza. Sus ojos verdes eran como piedras preciosas engarzadas en unas pobladas y poderosas pestañas. Sus cejas se fruncieron suavemente, sus labios se contrajeron y un suave suspiro surcó la escasa distancia entre ambos. Rápidamente sus manos dejaron de tocar los libros para tocarme a mí, pegándome a su cuerpo como si fuera mi propia ropa.

Podía oler su propia y natural fragancia, el aroma húmedo del pantano, un perfume femenino desconocido y las flores que habían rozado su pecho. Estaba seguro que había recorrido las calles cercanas, donde los jardines se hacían notar, y había cazado en ellos para luego llevar el cadáver lejos de la vista de todos. Los pantanos seguían siendo peligrosos, la gente desaparecía si terminaba engullida por un caimán. Louis lo sabía y por eso acudía allí. Hundí mi nariz en su cuello mientras sus manos rozaban mi espalda. Estaba haciendo aquello por un motivo que desconocía, del mismo modo que yo había pedido una muestra de cariño tan extraña para ambos.

Mi mano derecha acarició su bragueta y él decidió meter las suyas bajo mi camiseta. Rápidamente nos encontramos besándonos como dos animales heridos. Su lengua se hundía en mi boca y sus labios acaparaban cada milímetro de ésta. Mis pequeñas manos se movían por su torso intentando desabrochar su camisa, abrirla y dejarla en el suelo. No era capaz de poder abrir siquiera uno de los botones, pues estaba demasiado concentrado en seguir ese beso tan animal y sorprendente. Finalmente, un estallido de botones rebotó por toda la habitación desperdigándose sobre la alfombra, contra los libros o el suelo de mármol. Mis dedos se convirtieron en los guías idóneos de un ciego, pues palpaban cada milímetro de su marcado abdomen hasta su torso y desde éste al cuello.

Rápidamente comenzamos a rompernos la ropa, deshaciéndonos de ella por toda la habitación. Sus ojos eran como los de una bestia a punto de convertirse en un monstruo aún peor. Sus labios gruesos eran perfectos para sacarme gemidos, sobre todo cuando se posaron sobre mis pezones y rozaron sutilmente mis costados. Su lengua era intrépida, jugaba con la aureola rosada cercana al pezón, para dejar paso a sus dientes que tiraban de mi piel con cierto erotismo. Mis manos se colocaban en sus hombros, pero a ratos tenía que pegarlas a su nuca invitándole a que siguiera con el juego. Involuntariamente moví varias veces mis caderas, sobre todo porque su pierna derecha quedó entre las mías y mi sexo se rozaba contra ésta.

Inesperadamente me tomó del rostro y me besó saboreando mis labios, los cuales ya estaban adormecidos por los besos anteriores y mi capacidad de mordisquear, succionar y juguetear con su cuello y hombros. Dominó mis sentidos mientras me guiaba hacia el dormitorio. Sus fuertes brazos, más que los míos pero mucho menos que los de Marius o Daniel, me transportaban como si fuera una pluma.

Cuando caí en la cama él se retiró, quedando a los pies de ésta observándome. Las sábanas eran de seda borgoña, los almohadones eran negros con un bordado de mis iniciales en borgoña y mis cabellos caían desparramados sobre estos. Mis piernas se abrieron sutilmente mientras mis manos acariciaban mi torso hasta mi cintura, para luego tocar mis caderas y palpar de forma seductora mis muslos. Era un ángel que pedía caer a los infiernos, o quizás la representación de un súcubo desesperado por ser alimentado con un sexo apasionado.

Estiró sus brazos introduciéndolos bajo mis piernas para obligar a mis tobillos a colocarse en mis hombros, rozando así sus cabellos negros que caían ahora más alborotados. Mis ojos se fundieron en los suyos, como si fueran brea caliente, mientras sentía como él caía sobre mí dejando que su frío aliento me bañara. No dudé en cerrar los ojos, echar la cabeza hacia atrás y elevar mis caderas. Me atrajo un poco más hacia el borde de la cama, dejando atrás los mullidos almohadones de mi cabeza. Mi cuerpo se movía como si fuera una gigantesca serpiente, siendo extremadamente sutil y erótico. Él sonrió como lo haría un canalla que sabe que se aprovecha de las debilidades ajenas, pues justo eso estaba haciendo.

Me encontraba débil, agotado y hundido. Marius había decidido prescindir de mí otra vez. Mi corazón estaba nuevamente herido. Sobre todo, desde que Daniel había optado por negarme incluso su silenciosa compañía. Ambos me habían dejado atrás, pero yo no podía abandonarlos. Ni siquiera la joven y refrescante compañía de Benji o Sybelle me hacían sentir feliz. Mi alma estaba triste y desolada, pero en esos momentos vibraba mientras mi miembro se endurecía cada vez más.

Noté como el glande de su miembro se hundía en mi entrada, la cual ni siquiera había rozado hasta ese momento, y también sentí claramente, con algo de dolor mudo, como ensanchaba las paredes de mi recto. Rápidamente mis músculos se contrajeron, pero logré relajarlos. Tras varios segundos donde gimoteé y moví mi cabeza hacia ambos lados, por el contacto brusco y precipitado, escuché el sonido seco de sus testículos contra mis nalgas. Mis labios se abrieron emitiendo un gemido largo y profundo, mis ojos se cerraron mientras mis hombros se clavaban en el colchón, y mi espalda se arqueaba.

—Louis... hazme tuyo de forma salvaje—jadeé estirando mis dedos hacia sus brazos, para atraparlos y tirar de él.

Sus caderas comenzaron a moverse, sus pies no dejaron de estar en el suelo sobre una de mis alfombras, y con cada impulso movía toda la cama. El cabezal, alto y de hierro, golpeaba con furia la pared. Me convertí en un sumiso a sus órdenes, como si él se hubiese convertido en mi amo y yo su esclavo más leal. Movía mi cuerpo para él, mi excitación aumentaba y llegó un momento en el cual mi mente se desconectó. Cada penetración era magnífica, casi mágica, y sacaba de mí gemidos incontrolados. Mi cuerpo ardía como si sintiera los infiernos fraguándose en aquella habitación, era un volcán que iba a erupcionar de forma más dramática que en Pompeya. Podía notar sus manos frías recorriendo mi rostro, completamente fascinado por lo excitado que estaba y como se mostraba en mis facciones perladas con sudor sanguinolento. No obstante sus jadeos eran más bajos, dejaba escapar algún gemido y gruñido pero se mantenía firme. Él estaba disfrutando a su modo, con su cínica sonrisa tatuada en su rostro y sus ojos cargados de melancólica, aunque cínica, sensualidad.

Un cosquilleo intenso cubrió mis partes nobles, subiendo sutilmente por mi vientre y bajando de nuevo por éste. Mis nalgas se apretaron y mis muslos se tensaron. Apreté los dientes e hice acopio de todas mis fuerzas, pues no quería llegar al orgasmo de ese modo. Me aparté mirándolo con cierta furia, sin saber bien el motivo, y lo arrojé al colchón subiéndome sobre su pelvis para penetrarme yo mismo. Él se echó a reír acariciando mi pecho, pellizcando y retorciendo mis pezones, mientras botaba sobre él como si cabalgara de nuevo sobre los viejos prados donde me crié. Mis labios rojos, como los suyos, mostraban mis colmillos puntiagudos y él me miraba fascinado. Tras varios movimientos, no demasiados, llegué al orgasmo final atrapando su miembro dentro de mí para ayudarle a llegar, pero no lo hizo. Así que simplemente me bajé, deslicé mi lengua por su vientre hasta su sexo y comencé a succionarlo. Su vello púbico, negro y muy rizado, rozó la punta de mi nariz y lo noté húmedo, tan húmedo como sus caderas cuando las atrapé para apoyarme. Mis uñas se hundieron en sus carnes duras y sus manos se apoyaron en mi nuca para provocar que todo su sexo quedara cubierto. Cuando la tuve por completo dentro, desde el glande hasta la base, eyaculó con un potente chorro caliente y espeso. Después, como si se tratara de un juego cruel, dio un par de embestidas y salió abandonándome en la cama.


Se marchó tomando su ropa, la cual estaba bastante dañada, y dio un potente portazo. Salí de mi habitación, para asomarme por la ventana y ver como caminaba a paso rápido, aunque con zancadas mortales, entre la multitud que cada vez era más escasa. Iba con la camisa abierta, el pelo empapado en sudor y algunas marcas, aunque ya escasamente apreciables, de mis uñas y mis dientes. Yo quedé allí, desnudo y confuso, deseando otro abrazo pero éste sin un final tan extraño. El amor no llegaba jamás, todos querían violar al niño con rostro de ángel y no amarlo. Ese sentimiento es demasiado complejo para un ser que parece cincelado en mármol y cuyo pasado es demasiado terrible.  

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Lestat de Lioncourt