Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 27 de septiembre de 2014

Pelea de milenarios

Ya está aquí... ¡Suban al rin de boxeo! ¡Los milenario se van a dar una tunda! ¡Vamos, damas y caballeros! ¡No se pierdan los reproches! Yo digo que estos dos están enamorados de esa situación. Les gusta pelear. Aman discutir. Sin embargo, métete con uno de ellos y viene el otro de camorrista a golpearte. 


Lestat de Lioncourt 


Sentados frente a frente, como si fuese un terrible duelo, ambos guardaban silencio mientras las ascuas se avivaban. El rostro de Mael parecía más relajado, mucho menos incómodo, que el de su antiguo compañero de peripecias. El antiguo druida parecía algo ausente, como si intentara leer el alma de Marius y se hubiese ahogado en sus oscuras y profundas aguas. Sin embargo, Marius sólo observaba con desdén cada rasgo de aquel celta, el que ordenó capturarlo y obligarlo a ser lo que era.

—Sigo sin comprender porque me has traído aquí—dijo Marius.

La noche había comenzado hacía apenas unas horas. Las estrechas aún no refulgían con todo su brillo. La luna parecía inmensa, aunque ya no tanto como en las noches anteriores que parecía poder tocarse con la mano. El bosque los refugiaba en un extraño mundo donde los anfibios, reptiles, aves nocturnas e insectos formaban un canto a la vida, la misma que ellos hacía miles de años no poseían. Sus cuerpos, que parecían de dura roca, estaban esculpidos por el paso del tiempo con una belleza inaudita e impropia ya de estos tiempos modernos.

—Mael, te estoy hablando—gruñó cruzándose de brazos—. Maldito druida—chistó.

—Que no te responda no significa que no te escuche—dijo Mael, en un tono de voz quedo.

Se había inclinado hacia delante mientras miraba las llamas. Las ramas quedaban consumidas, reducidas a cenizas, mientras que la luz se expandía, como el humo, por aquel pequeño claro. Los cabellos largos, casi blancos, de Mael parecían hechos con la nieve recién traída de unas lejanas montañas. Su ropa era simple. Sólo llevaba unos pantalones y botas negras de cuero, una camisa negra y una chaqueta del mismo material que sus pantalones y calzado. Parecía uno de esos motoristas que aullaban en sus estruendosas máquinas, acelerando por la autopista y parando en bares de mala muerte.

—¿Me vas a responder?—preguntó impaciente frotándose las manos.

Marius vestía como un elegante hombre de negocios, con un traje negro y una corbata roja que destacaba en su indumentaria. Los zapatos que llevaba eran un mocasines italianos, bien limpios, que había adquirido hacía tan sólo unas semanas en Nápoles.

—Sólo quería verte de nuevo. Verte a los ojos y preguntarte otra vez...

—¿Qué me vas a preguntar? Dilo ya—respondió tajante.

—¿Por qué lo hiciste?—murmuró sacando a Marius de ese estado de enojo. Comenzó a estar pendiente de los labios de su acompañante—. ¿Por qué escribiste ese libro donde me deja tan mal parado? ¿Es tu venganza, Marius? ¿No tengo suficiente con haberme quedado durante siglos solo? ¿No tuve suficiente con ser juzgado por ti, Avicus y cuanto inmortal he conocido? No soy un idiota, jamás lo he sido. Tampoco soy tan viejo y cascarrabias como dices. Tus argumentos son papel mojado, pero los mortales se lo toman con una seriedad casi inaudita. Me he topado con sabios de Talamasca, me han preguntado por nuestra enemistad y no he sabido qué responder. ¿Soy tu enemigo? ¿Realmente lo soy? Si lo soy ¿por qué me diste cobijo? ¿Fuiste benévolo con tu enemigo para poder entrar al cielo? Pero, tú no crees en el cielo y tampoco en el infierno. ¿Por qué?—eran muchas preguntas, pero todas tenían un mismo origen. Todas se desataban en un mismo punto. Marius se sintió acorralado, pero Mael parecía libre. Al fin preguntaba de nuevo, abiertamente, el motivo que le llevó a decir tantas cosas de él.

—Son demasiadas preguntas—le recriminó.

—Es una sola—argumentó.

—Sí, quizás sí—dijo Marius meneando la cabeza—. Creo que quise vengarme, pero no fue correcto.

—No lo fue, pues tú tuviste la culpa de mi separación de Avicus—sus ojos brillaron como los de un animal salvaje en la espesura—. No te lo reprocho ya, pero es algo que bien sabes. He sufrido mucho por tu causa, ya sea directa o indirectamente. También he llorado por tu destino. Sin embargo, me ves como un desgraciado.

—¡Es porque tú tenías razón! ¡Amadeo fue mi perdición!—estalló poniéndose en pie. Marius no podía soportarlo. Era algo que no soportaba.

—Y lo sigue siendo—dijo con una breve sonrisa—. Sigue siendo una perdición peor que Pandora. Ella al fin y al cabo sabe valerse sola, pero ese muchacho siempre se expone demasiado. ¿No es así? Te rompe el corazón, pero haces como si no ocurriese nada—miraba atentamente a Marius. Aquel gigante, de su misma estatura, prácticamente bramaba. Él, sin embargo, permanecía sentado y casi en la misma pose.

—Es porque ella no sufrió estando lejos de mí, no ese calvario que él sí—susurró angustiado—. Aún me pesa.

—Pero esa es una decisión que fue tuya, como todo lo que has hecho en la vida salvo ser un inmortal—respondió con agudeza—. No puedes reprocharme nada—dijo mirándole a los ojos.

—Lo haré si eso me reporta una pizca de paz—explicó tomando un mechón de sus cabellos, algo más rubios que los de Mael, para dejarlo tras su oreja. Tenía la mirada desafiante, el mentón algo apretado, y estaba a punto de comenzar una terrible disputa.

—Echarle la culpa a otro... —susurró incorporándose—. No tienes remedio, Marius. Eres mucho peor que yo—musitó girándose para echar a caminar hacia el bosque.

—¡Y te congratulas de ello! ¡Maldito bastardo!—gritó golpeando el aire.

—¡Por supuesto! ¡Romano idiota!—respondió.



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Lestat de Lioncourt