Ya está aquí... ¡Suban al rin de boxeo! ¡Los milenario se van a dar una tunda! ¡Vamos, damas y caballeros! ¡No se pierdan los reproches! Yo digo que estos dos están enamorados de esa situación. Les gusta pelear. Aman discutir. Sin embargo, métete con uno de ellos y viene el otro de camorrista a golpearte.
Lestat de Lioncourt
Sentados frente a frente, como si fuese
un terrible duelo, ambos guardaban silencio mientras las ascuas se
avivaban. El rostro de Mael parecía más relajado, mucho menos
incómodo, que el de su antiguo compañero de peripecias. El antiguo
druida parecía algo ausente, como si intentara leer el alma de
Marius y se hubiese ahogado en sus oscuras y profundas aguas. Sin
embargo, Marius sólo observaba con desdén cada rasgo de aquel
celta, el que ordenó capturarlo y obligarlo a ser lo que era.
—Sigo sin comprender porque me has
traído aquí—dijo Marius.
La noche había comenzado hacía apenas
unas horas. Las estrechas aún no refulgían con todo su brillo. La
luna parecía inmensa, aunque ya no tanto como en las noches
anteriores que parecía poder tocarse con la mano. El bosque los
refugiaba en un extraño mundo donde los anfibios, reptiles, aves
nocturnas e insectos formaban un canto a la vida, la misma que ellos
hacía miles de años no poseían. Sus cuerpos, que parecían de dura
roca, estaban esculpidos por el paso del tiempo con una belleza
inaudita e impropia ya de estos tiempos modernos.
—Mael, te estoy hablando—gruñó
cruzándose de brazos—. Maldito druida—chistó.
—Que no te responda no significa que
no te escuche—dijo Mael, en un tono de voz quedo.
Se había inclinado hacia delante
mientras miraba las llamas. Las ramas quedaban consumidas, reducidas
a cenizas, mientras que la luz se expandía, como el humo, por aquel
pequeño claro. Los cabellos largos, casi blancos, de Mael parecían
hechos con la nieve recién traída de unas lejanas montañas. Su
ropa era simple. Sólo llevaba unos pantalones y botas negras de
cuero, una camisa negra y una chaqueta del mismo material que sus
pantalones y calzado. Parecía uno de esos motoristas que aullaban en
sus estruendosas máquinas, acelerando por la autopista y parando en
bares de mala muerte.
—¿Me vas a responder?—preguntó
impaciente frotándose las manos.
Marius vestía como un elegante hombre
de negocios, con un traje negro y una corbata roja que destacaba en
su indumentaria. Los zapatos que llevaba eran un mocasines italianos,
bien limpios, que había adquirido hacía tan sólo unas semanas en
Nápoles.
—Sólo quería verte de nuevo. Verte
a los ojos y preguntarte otra vez...
—¿Qué me vas a preguntar? Dilo
ya—respondió tajante.
—¿Por qué lo hiciste?—murmuró
sacando a Marius de ese estado de enojo. Comenzó a estar pendiente
de los labios de su acompañante—. ¿Por qué escribiste ese libro
donde me deja tan mal parado? ¿Es tu venganza, Marius? ¿No tengo
suficiente con haberme quedado durante siglos solo? ¿No tuve
suficiente con ser juzgado por ti, Avicus y cuanto inmortal he
conocido? No soy un idiota, jamás lo he sido. Tampoco soy tan viejo
y cascarrabias como dices. Tus argumentos son papel mojado, pero los
mortales se lo toman con una seriedad casi inaudita. Me he topado con
sabios de Talamasca, me han preguntado por nuestra enemistad y no he
sabido qué responder. ¿Soy tu enemigo? ¿Realmente lo soy? Si lo
soy ¿por qué me diste cobijo? ¿Fuiste benévolo con tu enemigo
para poder entrar al cielo? Pero, tú no crees en el cielo y tampoco
en el infierno. ¿Por qué?—eran muchas preguntas, pero todas
tenían un mismo origen. Todas se desataban en un mismo punto. Marius
se sintió acorralado, pero Mael parecía libre. Al fin preguntaba de
nuevo, abiertamente, el motivo que le llevó a decir tantas cosas de
él.
—Son demasiadas preguntas—le
recriminó.
—Es una sola—argumentó.
—Sí, quizás sí—dijo Marius
meneando la cabeza—. Creo que quise vengarme, pero no fue correcto.
—No lo fue, pues tú tuviste la culpa
de mi separación de Avicus—sus ojos brillaron como los de un
animal salvaje en la espesura—. No te lo reprocho ya, pero es algo
que bien sabes. He sufrido mucho por tu causa, ya sea directa o
indirectamente. También he llorado por tu destino. Sin embargo, me
ves como un desgraciado.
—¡Es porque tú tenías razón!
¡Amadeo fue mi perdición!—estalló poniéndose en pie. Marius no
podía soportarlo. Era algo que no soportaba.
—Y lo sigue siendo—dijo con una
breve sonrisa—. Sigue siendo una perdición peor que Pandora. Ella
al fin y al cabo sabe valerse sola, pero ese muchacho siempre se
expone demasiado. ¿No es así? Te rompe el corazón, pero haces como
si no ocurriese nada—miraba atentamente a Marius. Aquel gigante, de
su misma estatura, prácticamente bramaba. Él, sin embargo,
permanecía sentado y casi en la misma pose.
—Es porque ella no sufrió estando
lejos de mí, no ese calvario que él sí—susurró angustiado—.
Aún me pesa.
—Pero esa es una decisión que fue
tuya, como todo lo que has hecho en la vida salvo ser un
inmortal—respondió con agudeza—. No puedes reprocharme nada—dijo
mirándole a los ojos.
—Lo haré si eso me reporta una pizca
de paz—explicó tomando un mechón de sus cabellos, algo más
rubios que los de Mael, para dejarlo tras su oreja. Tenía la mirada
desafiante, el mentón algo apretado, y estaba a punto de comenzar
una terrible disputa.
—Echarle la culpa a otro... —susurró
incorporándose—. No tienes remedio, Marius. Eres mucho peor que
yo—musitó girándose para echar a caminar hacia el bosque.
—¡Y te congratulas de ello! ¡Maldito
bastardo!—gritó golpeando el aire.
—¡Por supuesto! ¡Romano
idiota!—respondió.
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