Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 23 de marzo de 2015

Dame un lugar

Benji y Armand, Armand y Benji... tanto monta, monta tanto. Un encuentro de esos dos, un momento a solas, algo perfecto... ¿e imperfecto?

Lestat de Lioncourt 


—¿Has pensado alguna vez que el mundo es extraño, intenso y a la vez minúsculo?—preguntó de pie, frente a las gigantescas cristaleras del apartamento, mientras miraba el mundo a sus pies despertando en mitad de una nueva locura.

El cielo ya estaba oscuro, las estrellas eran difíciles de ver debido a las luces artificiales, y los viandantes parecían hormigas. Las aceras estaban atestadas de muchachos desenfadados, empresarios buscando un taxi para llegar a casa, mujeres cargadas de responsabilidades y vagamundos que desconocían su futuro. En la parada del autobús había un muchacho, de unos veinte años, tomando un café para llevar de una empresa con un logotipo muy reconocido. Su aguda vista de vampiro le permitía ver algunos rasgos, aunque ligeramente difuminados, mientras golpeaba suavemente su frente contra el cristal.

—A veces—respondió.

—¿Crees que todos tenemos un lugar cierto?—susurró girándose, para dejar apoyada su espalda en la ventana, mientras le miraba con unos ojos tan adultos como oscuros.

No quedaba nada del niño que fue. La viva inteligencia se alimentaba de sus años. Ni siquiera sus diminutos rasgos infantiles eran visibles. Frente a él era un hombre joven, aunque adulto, con la seriedad de un hombre de negocios buscando la respuesta que todos buscamos. Estaba seguro que quería salir corriendo, quitarse la ropa y ser un animal salvaje.

Estaba cansado de lo políticamente correcto, de luchar para que otros terminasen olvidándose de dar las gracias, de amar sin ser correspondido como debía y de observar las injusticias que se acometían cada noche. Sin embargo, seguía de pie. Él emitía su programa nocturno en una radio en Internet. Explicaba con lujo de detalles las noticias más relevantes para los vampiros, confesaba sus miedos y esperaba, con cierta impaciencia, que otros contestaran con llamadas. Amaba a su público. Para Benji los demás, esos que estaban al otro lado, dependían de él como él dependía de ellos.

—Un lugar cierto... —murmuró.

Estaba frente a él. Sus ojos eran tan oscuros como los de Benji, pero sus cabellos fulguraban como llamaradas en la oscuridad. No se diferenciaban demasiado en estatura. Sin embargo, Armand optaba por los trajes blancos, las camisas celestes y la ropa que le diese un toque celestial. Benji estaba vestido como un pequeño discípulo de banquero. La americana negra, sin pañuelo ni chaleco a juego, creaba un contraste agradable con la camisa blanca de algodón, ligeramente desabrochada y sin corbata o gemelos, junto con los pantalones oscuros y los zapatos lustrosos. Era un hombrecito. Parecía un muchacho agradable para cualquier mujer, pero también para ciertos hombres. Armand, sin embargo, era un ángel con rasgos terriblemente andróginos.

—No sé si existe un lugar—aclaró—. Pero te aseguro que siempre tendrás mis brazos—susurró acercándose, pero Benji no hizo amago de ir con él—. Pequeño... cariño... amor mío... ¿qué ocurre?

—Confiáis en mí, me amáis, respetáis mi trabajo y aún así... aún así me siento un niño y soy querido como tal—pronunció con rabia—. ¡Mírame como a un hombre! ¡Atrévete a quererme como a cualquiera de tus amantes! ¿No soy yo más respetable que nuestro creador? ¡Armand!

—Te amé desde que te vi—susurró—. ¿Cómo podría no amarte?

—Me amas como a un niño—dijo, con una sonrisa amarga—. No soy tu nuevo Riccardo, ¿sabías?

—No eres él—se apresuró a decir—. Tú para mí eres una bendición.

Benji rompió a llorar, igual que lo haría un niño. Si bien, en sus lágrimas podías ver la amargura de un hombre adulto, condenado a una pasión terrible y un amor desesperado. Él se acercó, despejó su frente y dejó un pequeño beso sobre ésta. Después, como haría con sus otros amantes, le ofreció sus labios. Su boca, trémula y carnosa, era apetecible y Benji aceptó ese beso como una nueva confesión.


—Eres más que un niño—murmuró cerca de su boca, rozando sus labios con los de su joven compañero—. Tú eres mi compañero, mi amor, mi querido beduino... nadie podrá ocupar tu lugar. Tienes un lugar cierto y es en mi corazón.   

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt