Sybelle y otros vampiros a lo largo de la historia han demostrado que la sangre puede quedar en un segundo plano, pues la pasión por la música también los alimenta.
Lestat de Lioncourt
Para un músico cada nota es un latido.
Aprendí a vivir en la música olvidando el dolor. Podía tener mi
alma rota en mil pedazos, el ánimo arrastrándose hacia un
acantilado y mis ojos cubiertos de lágrimas, pero yo seguía tocando
con una fuerza desconocida. Mi mundo eran partituras y el hilo
frenético de la música de mi piano. Jamás creí encontrar a un
igual, alguien que comprendiera el dolor que yo albergaba y la
ilusión que aún me pertenecía.
Con el paso del tiempo no me creí tan
única. Comencé a abrirme al mundo después de ser introducida en la
Sangre por Marius. Sí, soy un vampiro. Muchos creen que perdí el
juicio mucho antes de ser transformada para convertirme en compañera
de Armand, un hermoso querubín que por siempre contará con
diecisiete años, y el intrépido Benji, que cuenta con trece años
eternos. Pero no es cierto. Tan sólo vivo de forma distinta la
necesidad de beber. Para mí tocar y beber sangre es lo mismo. Me
provoca tanto placer tocar el piano como sentir el bombeo acelerado
de mis víctimas.
Hay muchos vampiros como yo. Hay
cientos de ellos en todo el mundo. Incluso tras las horribles Quemas
que se propagaron a lo largo y ancho de éste paraíso de sangre,
oscuridad y secretos. Todavía hay quienes se alzan desde la
oscuridad con una canción en los labios, una melodía entre los
dedos o el ritmo introducido en sus zapatos. Los artistas de la
música y la sangre nos conmueve éste tipo de arte, pues se funde
con nuestra alma y nos hace vivir.
No hace mucho conocí a un vampiro que
me provocó un gran alivio. En ocasiones he pensado que estoy loca,
como así me definen muchos, pero he visto en sus ojos la misma
necesidad y furia. Él se deja llevar por el violín como un maldito
demonio, pero también se arroja contra el piano y toca con un
énfasis propio de una revelación religiosa. Dice que ama mi música,
pero yo amo la suya. Y si nuestras almas son música es posible decir
que le amo y admiro. Armand también lo ama. He visto como se miran
en silencio durante largo rato. Aprecia la ternura de sus ojos azules
y se deja llevar por el coqueteo de sus dedos sobre el violín. Benji
nos invita a diario a tocar para su magistral intervención en la
vida de todos, pues con su radio puede llegar más allá de la
ciudad, el país y el continente. Llega a todos los rincones del
mundo nuestra pasión, nuestra verdad... nuestro amor. Y el amor
siempre ha sido parte de la felicidad y la verdad de un mundo que
parece más podrido, roto y desmoronado que nunca. La música es
necesaria para que el nuevo brote de vida sea firme.
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