Lestat de Lioncourt
Ahogaba mis penas en alcohol, pero
éstas flotaban como un madero a contra corriente en mitad del mar.
Me sentía hundido en las profundidades de la oscuridad. Era un
monstruo soberbio que no había siquiera intentado su atormentado
corazón, pero ese tormento llegó a mí con su muerte. Mi hermano
yacía a varios metros bajo tierra. Era tan joven, tenía todo a su
favor, y yo sólo era un inútil que buscaba la maldición de la
muerte en los besos comprados a las prostitutas. Dejaba que la pena
me arrastrara, al igual que la necedad y el dolor. Su cadáver me
hablaba cuando estaba sereno, el ángel de su tumba me contemplaba
con los ojos fríos, como los de cualquier otra escultura similar, y
parecían condenarme ambos.
Sin embargo, desde que llegaste tú te
convertiste en la cruz de mi vida. Conocerte fue inesperado.
Aceptaste mi invitación y me atacaste con una oferta imposible de
rechazar. Aquella noche, a la luz de las velas de mi propio funeral,
acepté que tú fueras el nombre que quemara mi alma, marcándola con
cada uno de nuestros errores. Entre mis sábanas, las de nuestro
ataúd, nos envolvimos por el deseo. Siempre has ganado todas las
discusiones, aunque yo jamás te lo haya dicho. Deseo tus letales
caricias, las cuales dominan mis mentiras y la rabia contenida.
Soy esclavo de mis bajos instintos, que
son los mismos que los tuyos. Jamás comprenderé porqué soy un
cordero cuando me abrazas con la fuerza de miles de amantes. Atacas
mis labios arrancándome cualquier palabra formulada para la guerra,
la cual parece que jamás acaba entre los dos. Nunca creí amar tanto
a alguien y menos a un idiota que se pavonea jactándose de sus
mentiras, verdades y proezas malditas. Arrastras contigo la elegancia
y sofisticación del engaño, las pasiones de arrabal y el aroma del
amor más seductor. Tienes un aroma propio que me hunde en sueños
salvajes y rituales imposibles. Me vuelves loco y me he convertido en
esclavo de tus historias más perversas.
Han pasado más de dos siglos y
seguimos un ritual que nos ha hecho famosos. Discutimos, pero nos
amamos. Nos matamos, pero resucitamos entre caricias indecentes. Me
besas, pero me golpeas con tu indiferencia teatral. Me hablas en
francés y yo te grito en inglés. Nos miramos sin necesidad de
idiomas. Desnudamos nuestras almas sin arrancarnos ni un botón.
Bebemos el uno del otro y dejamos que la sangre nos caliente, del
mismo modo que nos calientan nuestros cuerpos desnudos fundidos en
infinidad de caricias. Poemas de lenguas hostiles, eso somos. Lenguas
que no dejan de pronunciar el amor que tenemos seguro en éste mundo.
Ven, acaríciame poco a poco, y deja que caiga suavemente a tus pies.
Dejé el dolor para afrontar el pecado
original.
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