Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 17 de diciembre de 2015

Pura pasión

Arion y Petronia son dos seres distintos a los comunes, pero a la vez llenos del mismo pecado que a todos nos une y llena. El único pecado verdadero, el que hay que promulgar, y es el amor.

Lestat de Lioncourt


—Eres pura pasión.

Hice acto de presencia en el alfeizar de su ventana. Desde allí la contemplaba apartando las finas cortinas de color púrpura con bordados de oro. Ella estaba dentro observando embelesada las joyas que había creado durante el día. Las mejores conchas, piedras preciosas y metales los conseguía para ella. Ofrecía los mejores materiales para que pudiese desarrollar su trabajo y dejar que su alma se desbordara. Habían pasado varios meses y parecía otra mujer, mucho más fuerte y apasionada. Era libre. Al fin era libre.

Ella ya sabía que tenía su propia voz, y que podía usarla para dejar constancia de sus pensamientos y sentimientos. Hay noches que siempre recordaré y esa, sin duda alguna es una de ellas. No puedo dejar de rememorarla pues se veía hermosa con aquellas telas vaporosas, las cuales dejaban poco a la imaginación. Sus pequeños pechos parecían rebosar de la tela de color cereza, sus labios carnosos estaban levemente pintados con pintura hecha con tinte natural de ciertas semillas de granada, mientras que su cabello se hallaba recogido en pequeñas trenzas decoradas con pequeños broches hechos por ella.

—¿Intentas seducirme?—dijo clavando sus ojos delineados a la perfección.

¡Ah! ¡Seducirla yo a ella! Si yo era quien caía ante aquella musa. Era impresionante su piel clara, como si fuera leche fresca, y esos ojos oscuros que parecían dos uvas tintas.

—Sólo soy sincero—susurré entrando por la ventana, como un ladrón—. Nada más mira tu trabajo. Haces magníficas obras de arte en miniatura, las cuales son fáciles de colocar a la vista de todos.

—Pues, para no intentarlo, lo logras—contestó.

Tenía los brazos adornados con algunos brazaletes dorados, con conchas pequeñas colgadas y pequeños camafeos. No sólo hacía broches, peines y espejos. Ella hacía todo tipo de joyas. El arte la rodeaba.

—Sólo deseo que seas feliz—dije tomándola del rostro.

—Soy feliz cuando me visitas porque me ofreces esperanza.

Sus palabras eran sinceras, pero a la vez seductoras. Con cuidado quitó el broche que sujetaba sus prendas y las deslizó hasta sus pies. Sus pequeños pechos se mostraron sin pudor, con sus pezones cafés erguidos esperando ser apreciados. Me incliné suavemente sobre su cuello, para dejar algunos besos breves, y después, como no, la punta de mi lengua recorrió un vertiginoso camino hasta cada uno de sus pezones, lamiéndolos para luego succionarlos. Sostuve sus pechos entre mi boca y manos, abarcándolos con codicia. Ella suspiraba aferrándose a mis brazos, acariciando mi musculatura.

Noté como temblaba, del mismo modo como suspiraba, del mismo modo que ella pudo apreciar que mis manos la agarraron por la cintura pegándola contra mí. La sostuve entre mis brazos, aspirando el aroma de sus cabellos y dejando un beso en su frente. Mis dedos acariciaban su espalda, tocándola con mimo y pasión contenida.

—Te equivocas—dije—. Tú eres la fuente de toda esperanza, la cual codicio al caer el sol.

Puse mi mano derecha sobre sus nalgas, para luego introducirla entre sus piernas. Introduje un dedo en su pequeña y extraña vagina, notándola húmeda y desesperada. Mi miembro siempre estaba duro, era una pieza de piedra que no sentía lo suficiente como en otras épocas. Sin embargo, para ella era placentero y yo se lo ofrecía siempre que ella lo necesitaba. Con cuidado la tomé entre mis brazos, permitiendo que los suyos me rodeara por los hombros, para luego dejar que su peso ayudara a hundirme en su interior.

Echó hacia atrás la cabeza, dejando a la vista su largo cuello. No lo dudé. Bebí de ella. Pude leer entonces en sus pensamientos los oscuros y pecaminosos deseos que ella tenía conmigo, con nuestra extraña relación.

—Necesito que me lleves contigo—musitó entre jadeos y gemidos. Su voz era trémula, entrecortada y con un tono quebrado. Sus muslos apretaron cálidos mis caderas mientras las suyas se movían frenéticas.

—Pronto, hermosa mía—dije apartando mi boca de su cuello.

—¿Realmente crees que soy hermosa?—dijo mirándome embelesada—. Me siento un monstruo, pero tú haces que crea que soy...—cortó su frase por un estrepitoso gemido.

—El monstruo soy yo—respondí recostándola sobre una mesa robusta que había libre. Coloqué sus tobillos sobre mis hombros y sus brazos por encima de su cabeza, atrapando sus muñecas con mi zurda y la diestra le alzaba las caderas, para luego dejar esa mano libre. Mis movimientos eran cada vez más fuertes, certeros y necesitados. Su miembro ligeramente atrofiado, con pequeños testículos casi insignificantes, estaban ahí aunque ella los detestaba. Sin embargo, no dudé en apretarlos y deslizar el dedo índice y corazón desde la base hasta el glande. Ella tiritó cerrando los ojos, dejando que su humedad me envolviera y sus músculos vaginales se contrajeran. Finalmente, como no, llegó al paraíso. Con cuidado la bajé, aunque sus piernas temblaban, y le ofrecí unas gotas de mi sangre hiriendo mi miembro y metiéndolo entre sus labios—. Ya lo comprenderás con el tiempo—dije acariciando sus pómulos marcados.

Su lengua se deslizó por todo mi sexo, hasta mis testículos, para luego recostarse nuevamente en la mesa pidiendo que lo repitiera. Y, obviamente, repetí aquel acto perverso y placentero para ella. Ésta vez até sus manos tras la espalda penetrando sus nalgas, las cuales rebotaban contra mi bajo vientre.

—Maestro...—dijo agotada después de un coro de gemidos—. Eres bueno conmigo...


Ella se lanzaba a mis brazos y yo me dejaba llevar. Con cuidado, y deseo, la tomé aquella noche, como las demás.  

No hay comentarios:

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt