Armand nos ha querido brindar este texto donde habla de uno de los encuentros con Daniel.
Lestat de Lioncourt
Contemplaba cada movimiento que hacía
como si fuera algo especial y espectacular. Jamás había estado en
una vivienda igual, ni siquiera en una habitación de hotel con tanto
lujo. Me había quedado estancado en una vida más primitiva. Nunca
había tenido la necesidad real de sentir los brazos de la vida
humana actual. Las luces de los escaparates, algunas con juegos de
colores espectaculares, me sobrecogían tanto como las velas
encendidas en los altares. El mundo moderno era desconocido y
necesitaba un medio, la conexión con el nuevo siglo que estaba a
punto de terminar, y él era el mejor; Daniel era el medio.
—Pasa—dijo sacándose la chaqueta y
encendiendo un cigarrillo que llevó rápidamente a los labios— y
siéntate donde te de la gana, pero no molestes.
—¿Por qué me invitas?—pregunté
mirando las lámparas que iban iluminando el camino. Eran simples,
con base metálica parecida a un bastón y se encendían tirando de
un pequeño cable metálico. Las alfombras estaban desgastadas, casi
descoloridas, y las cortinas olían a nicotina. Era un apartamento
pequeño, aunque sólo era una habitación alquilada en un hotel
cualquiera. Podía haber sido ese o cualquier otro, pero él había
elegido aquella noche específica para aceptarme cerca suyo por más
de cinco minutos—. Me gustaría saberlo—dije acariciando una de
las lámparas hasta sentir la bombilla quemar mis dedos.
—Deseo saber por qué me
persigues—aquellas palabras me sacaron de mi ensimismamiento—.
Eres Armand.
—Sí, así me presenté y también lo
sabes por Louis—comenté acercándome a él para apoyar mis manos
en sus brazos—. Quiero conocerte y saber cómo aceptar estos años,
pues me asombran y aterran—sus brazos estaban desnudos, pues se
había remangado la camisa hasta los codos.
Olía a nicotina, sus labios tenían el
cigarrillo prendido y encendido, pero tenía un agradable aroma a
sangre viva, así como su calor, y una colonia agradable. Sus labios
finos tenían una mueca seria, su frente se encontraba fruncida de
forma suave y sus ojos, esos hermosos ojos que tenía, brillaban tras
la montura de pasta de sus gafas.
—No hay duda que estás desesperado
por conocerme—dijo apartándome para dar una calada al cigarro,
arrojando la colilla al cenicero.
Me sentía seducido por la distancia
que ponía entre ambos. Caía rendido cuando me miraba sintiendo
calor y mis mejillas iluminadas. Quise que me amara en aquel momento,
lo quise con todas mis fuerzas, y por eso me arrojé a sus brazos
rodeándolo con los míos, llorando desesperado. Siempre sentía el
abandono y como me apartaban.
Él me rodeó pegándome contra él,
haciéndome sentir protegido. Si hubiese sabido que él también me
dejaría, que terminaría distanciado hasta confines insospechados,
me habría marchado de allí en ese mismo instante. Sin embargo, me
sentí tan cómodo y reconfortado que sólo pude soñar con tener su
compañía para siempre.