Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 26 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte IV)



Canciones y cantantes como este no se ven ni se escuchan todos los días. Skid Row era una banda increíble, ahora ya no lo es tanto. A mi parecer Sebastian era una gran parte de la banda y bueno... se perdió al abandonarla.


No hay nada más difícil que amar a alguien y tener que escribir esto...



Cuando eran casi las diez apareció Anne, me había estado buscando por la casa. Con su dulce y tierna voz me pidió dormir conmigo. Aguanté las lágrimas hasta que se durmió, e incluso tuve que reír cuando sólo quería hundirme un poco más. Si bien, nada más cerrar sus ojos y notar su respiración lenta, me aferré a ella llorando.

Sinceramente casi no pude dormir, no sólo por la terrible decepción sino porque necesitaba su calor y sus latidos. Siempre pensé que él me cuidaría y en esos momentos me di cuenta que quizás era una ilusión. Recordé nuestros primeros besos, tímidos al principio porque él me ofrecía sus labios con ternura y después yo los volvía tórridos. Demandaba en esos besos todos los meses, e incluso años, que deseé tenerle. Prácticamente empezamos a vivir juntos nada más comenzar. No podía despertar en casa solo, yo quería hacerlo con él a mi lado para poder besarle y abrazarle antes y después de dormir.

El desayuno fue tenso, él no cesaba de mirarme y preguntarme si ya no estaba molesto. Anne simplemente preguntaba una y otra vez si habíamos discutido. Yo guardé silencio y no probé bocado. Cuando ella se levantó para lavarse los dientes, él aprovechó para intentar acercarse a mí. Lo hizo sin disimulo alguno, simplemente se colocó tras mi silla acariciando mis cabellos e intentando pedir disculpas una vez más.

-Esta noche no he podido dormir.-dijo en un murmullo, antes de inclinarse para susurrar a mi oído.-Tu aroma, tu calor, tus latidos y todo tú me hacen falta en la cama.-besó mi cuello y mi mejilla.-Eres la única persona que he amado de verdad.

-Y sin embargo, no te importó tratarme como me han tratado toda mi vida.-dije antes de apartarlo de mí, levantándome y desafiándole con la mirada.-Richard, no quiero que me vuelvas a tocar.

-Pero, eso será duro para mí.-murmuró antes de tomar una de mis manos, eso hizo un efecto en cadena porque le abofeteé con la libre.

-¡Te he dicho que no me toques!-grité alejándome de él.-Tú y yo ahora somos compañeros.-dije dejando claras las cosas.-Delante de mi familia, para no preocuparles, haremos el teatro que sea necesario.-susurré nervioso.-Hasta que sepa como decirles a todos que quiero el divorcio.

-Ha sido una discusión, un estúpido error.-intentaba explicarse.-Yosh

-Uno que me ha hecho verte de forma horrible, porque ahora te odio y desprecio con toda mi alma.-las lágrimas surgieron solas, no podía reprimirlas más y vi que él tampoco.-Y no me llamo Yosh, me llamo Yoshiki.

-Mi ángel, no me puedes dejar.-murmuró precipitándose hacia mí, intentando rodearme con sus brazos hasta pegarme a él, y eso tuvo como resultado varias bofetadas hasta que se apartó.

-¡No soy tu ángel!-grité.-No te soporto.

-Papá.-escuché antes la voz de Anne, su voz llena de tristeza.-¿A mí tampoco me soportas?

Me giré mirándola, tan pequeña y frágil, que deseé envolverla entre mis brazos y no dejarla ir nunca. Negué con la cabeza, puesto que no podía siquiera hablar. Alcé su pequeño cuerpo del suelo y la pegué a mí, para besar su mejilla.

-Más te vale que no me la quites.-dije acariciando los cabellos de la niña.-Haré lo que sea necesario para que ella se quede conmigo, no contigo.

Salí de la habitación mucho antes que él pudiera decir nada, yo llevaría a la niña al colegio ese día. Lo hice en silencio sentado en la parte de atrás del coche, conducía Sebastian con un rostro serio. Nos había escuchado discutir, estaba seguro, y sabía que cuando yo decía algo lo cumplía. Quería el divorcio porque no podía soportar la infidelidad y esos modos que me mostró. No fue un error, fueron varios.

Aquel primer día fue insufrible. Deseaba volver atrás y sentir que él era perfecto para mí, que siempre me cuidaría y que jamás me engañaría. Quería verlo como un hombre íntegro, no un monstruo que era capaz de verme llorar y no hacer nada. Pasé el día tocando, todo eran melodías y canciones tristes. Con el piano siempre transmitía lo que realmente sentía.

El segundo despertar lejos de él fue aún peor, tenía la habitación llena de rosas y flores variadas. Había jarrones repletos de margaritas, tulipanes, amapolas, gardenias e incluso violetas. En la mesilla de noche había una caja con mis bombones favoritos, eran algo caros y no me permitía el lujo de comprarlos con frecuencia. No era por el precio, sino porque no quería acostumbrarme y dejarlos como algo especial.

-Papi.-murmuró Anne abrazándose a mí.-¿Vas a perdonar ya a papá?

-No cariño, estás cosas no se perdonan con flores y chocolatinas caras.-dije levantándome de la cama.-Quédate aquí, no tienes clases.-susurré arropándola.-Dame cinco minutos mi amor.-murmuré antes de besar su frente.

Fui directo al salón, donde me esperaba con una caja enorme de una tienda de modas. Tenía un par de entradas en las manos, que ni miré para qué eran. Él estaba algo sonrojado y con los ojos de un niño en plena Navidad. Sin embargo, nada me importó tomar las entradas y destrozarlas. Se quedó serio mirando como se hacían confeti.

-Saca todas esas flores de mi nuevo cuarto, los bombones si quieres los tiras y esa ropa no pienso ni mirarla.-comenté serio.-Y por favor, si tienes dignidad no dirás nada.

-No tengo dignidad, me estoy humillando por ti.-dijo tomándome de los brazos.-¿No ves que soy distinto a ellos? ¿No ves cuánto te quiero?

-Sólo veo a un miserable que me engañó con flores, y que esta vez intenta arreglarlo de nuevo con ellas.-susurré antes de apartarlo de un empujón.-Veo a un estúpido que me prometió que jamás permitiría que alguien me dañara, el cual me juró que nunca me haría llorar y que me dijo mil veces que controlaría sus celos.-susurré.-No confías en mí, ni en mis sentimientos. ¿Cómo pretendes que te los de?-murmuré con cierta rabia.-¡¿Cómo pretendes que olvide que estuviste a punto de hacérmelo a la fuerza?!

-Yosh, yo te amo.-fue lo único que pudo decir, porque prácticamente no podía hablar. Lloraba tan arrepentido que me dio pena, pero no ternura. En otro momento hubiera ido hacia él, besado sus labios y rogado que no llorara.-Yo te amo, te amo.-balbuceó intentando agarrarme.-Necesito abrazarte.-dijo de forma entrecortada.-Yosh.

-Yo necesito que no me toques.-siseé.-El lunes haré venir a mi abogado, será mejor que tengas uno para entonces.

Todo aquel día fue tenso. Intentaba que Anne no preguntara si ya no estábamos peleados, lo hacía enseñándole a tocar el piano. Él me contemplaba desde su sillón sin perder detalle. Sus ojos se veían tiernos, preocupados y llenos de amargura. Creo que los míos era una muestra clara de decepción y tristeza.

La Navidad estaba cerca, tan sólo quedaba una semana. Había venido rápido, demasiado. Durante todo el año me veía inquieto por esas fechas. Desde que estaba casado siempre pedía lo mismo, tener un hijo o una hija para poder ver la magia de la Navidad.

Normalmente cuando uno crece deja de creer en la magia. Los ojos de un adulto son distintos a los de un niño. Donde tú ves simple decoración, ellos ven la ilusión de unas noches en las cuales les traerán regalos y comerán dulces. El calor dulce de una canción se siente distinta gracias a un coro de niños, es como si fuera más cálida e inocente. La Navidad en realidad está hecha para los niños, porque todos quieren juguetes, pasar el tiempo jugando con sus padres y sus amigos, así como comer dulces y que le cuenten cuentos.

Los adultos sólo vemos consumismo, nada de diversión salvo si no nos emborrachamos en cenas de empresas. Sentimos que nos duele la cartera, no los dientes por el dulce, y que todo es falso. No hay nada en qué creer, no habrá tipo gordo entrando la chimenea y tres idiotas con camello.

Íbamos a divorciarnos en plena Navidad. Tras ese fin de semana, en el cual pude ver la ilusión de mi pequeña hada, tuvimos ambos que asistir a la representación de la escuela, nuestra pequeña haría de ángel. Entonces me sentí decepcionado de mí mismo mientras miraba su actuación de Anne, completamente ansiosa por vernos entre el público. Siempre había querido sentir esa magia de nuevo, como si todo fuera posible, por ello tomé de la mano a Kurou y sonreí como si nada pasara. Los niños son fáciles de engañar en esos casos, al menos ella lo fue. Se notó más segura, radiante de felicidad y con ganas de bajar para abrazarnos.

-Richard.-susurré en su oído.-Hagamos que tenga una bonita Navidad.-murmuré apoyando mi cabeza en su hombro.-Nos divorciaremos después, quiero que ella tenga una fiesta feliz.

-¿Crees que será menos duro después?-preguntó aferrándose a mi mano.-Yosh, mi ángel.-murmuró antes de rozar mis labios, lo cual permití para que ella no viera extraño mi rechazo.-Dame una oportunidad.

-Esto sólo lo hago por ella y por mi deseo de ver una Navidad con los ojos de un niño.-murmuré antes de perderme en sus ojos.-Sigo deseando el divorcio, lo siento.-besé sus labios como si jamás nos hubiéramos peleado.

-Te amo.-murmuró aferrándose a mis manos.-Yosh, te amo.-dijo antes de besarme otra vez, olvidando mis palabras.

Estábamos en mitad de una representación escolar y no le importó besarme de esa forma, sus mejillas ardían y su lengua lo decía todo. En esos momentos sólo quería aferrarse a que la Navidad no acabara. Era tímido, pero dejó a un lado sus miedos y vergüenzas para quedarse con esos últimos besos que yo le iba a permitir.

Cuando terminó el acto de Anne ella no se lo pensó, corrió hacia donde estábamos para sentarse en brazos de su padre. Tenía una sonrisa tan viva y dulce que me hizo estremecerme. Él también sonreía contemplándome como si fuera un ángel real.

-¿Por qué tan contenta?-pregunté.-¿A caso Nico te dio un beso?-dije acariciando sus mejillas.

Se sonrojó por mi pregunta, sobretodo porque Nico hacía de otro ángel. Ambos habían estado participando en la obra. Sin embargo, negó todo cuando pudo apartar de su mente la vergüenza.

-Porque tengo mi regalo de Navidad antes de tiempo.-dijo con cierto orgullo.-Pensé que no me lo daría.-me tomó de las manos jugando con mis dedos.

-¿Qué regalo?-pregunté con dudas.

-Ya no estáis peleados.-su sonrisa inocente me lo decía todo.

“Lágrimas en forma de copos de nieve
resbalan sobre tus sonrojadas mejillas.
No puedes ocultar tu miseria,
la máscara se rompió dejando su huella.

Lágrimas en forma de copos de nieve
sobre la tristeza y su cruel semilla.
No puedes ocultar tus deseos
mientras contemplas la nieve caer fuera.

Sueña, sueña y tal vez se cumplan todas tus ilusiones.”

Pasé horas asimilando que iba a destrozar su deseo nada más quitar la decoración de la casa. Sin embargo, no tenía corazón de dar marcha atrás y seguir con el plan original. Sobretodo, cuando llegamos a casa tras cenar fuera. Ella pidió dormir entre nosotros, quería dormir abrazada a sus padres porque había sido su deseo.

En cuanto pude quedarme a solas con él, lejos de ella y de su fantasía, noté que no era la única. Él había obviado mis palabras y se dedicó a besarme. Sus manos acariciaban mi rostro con tanta ternura, igual que mis caderas cuando tiraba de ellas hacia mí pidiéndome un beso más. Yo sólo agaché la cabeza y apoyé mi frente en su torso.

Sentía su fragancia envolverme, así como el calor de su cuerpo contra el mío a pesar de la ropa, y sin embargo no podía dejar de olvidar esos ojos dominantes y despreciables. Notaba como sus labios se deshacían contra mis mejillas y mi cuello, besándome con desesperación y cuidado. Estaba nervioso, como en nuestras primeras citas, y yo simplemente quería apartarlo sin ser muy brusco. No quería empezar a discutir y que ella nos escuchara, o nos viera, rompiéndole sus ilusiones.

-Richard.-susurré sintiendo una de sus manos colarse bajo mi camisa.-Richard, no.

-¿Por qué?-preguntó confuso.-Sólo quiero besarte y acariciarte bajo el muérdago, lo he puesto por toda la casa.-dijo muy sonrojado, estaba tan rojo que parecía una de las bolas navideñas de nuestro abeto.-Así no tendré más remedio que besarte.-intentó hacerlo, pero lo esquivé.

-Recuerda que es un trato.-susurré bajo.-Esto lo hacemos por ella.-sus ojos se aguaron y la decepción le cayó como un balde de agua helada.-No hace falta que finjamos, es más no quiero que lo hagamos, si ella no nos ve.

-Entonces no entendí mal.-dijo rompiendo a llorar.-Esto se acaba.-murmuró temblando.

-Sí, así es.-sus manos se aferraron con fuerza a mi cuerpo, aunque sin hacerme daño.-Richard...

-No me gusta que me llames así, aunque ella no esté delante.-balbuceó entre lágrimas.-¿Por qué yo no puedo tener mi deseo de navidad? ¿Por qué a ella se le cumple y a mí no?-dijo casi sin aliento.

-Papá a todos no se nos cumple antes de tiempo, sólo a los que les caemos muy bien.-dijo Anne entrando en ese momento en la habitación.-¿Qué quiere papá?-me dijo tirando de mi pantalón.-Papi Yosh ¿qué quiere papá? Yo tal vez se lo puedo dar antes, tal vez podemos buscarle su regalo y dárselo antes.

-Quiere que nieve.-dije poniendo mi mejor rostro.-Quiere mucha nieve, muchísima, y hacer muñecos en familia.-comenté intentando que él me soltara, pero me abrazó aún mejor.

-Pero nos resfriaremos y entonces no podremos ir a la fiesta del tito Kamijo.

Días atrás nos había llegado una invitación para celebrar todos juntos la navidad, cantando villancicos y comiendo dulces toda la noche. Ella se emocionó igual que en Halloween, porque sabía que vería a todos los niños que había conocido aquel día y podría jugar con Sho.

-Es cierto.-dijo él.-Mejor pido cacao caliente y galletas, como las que toma Santa.

Mi pequeña hada comenzó a reír y yo la tomé en brazos, directo al dormitorio. No era consciente de mis mentiras, sólo creía que todo sería tan bonito como yo lo imaginé meses atrás. Sus manos me acariciaban las mejillas, mientras que las de su padre iban a mi cintura. Aprovechaba cualquier oportunidad para aferrarse a la ilusión de ese engaño.

Cuando estuvimos todos en la cama pude notar como él esperaba besos, los pedía con la mirada. Estaba ansioso de mis caricias, como si jamás se las hubiera dado y quisiera conocer qué se siente. Sus mejillas cada vez estaban más rojas y él más nervioso. Se olvidaba de todo porque se dejaba llevar por su deseo.

Nada más dormirse Anne noté sus dedos jugar bajo mi pijama, lo hacían sobre mi ombligo, mientras sus ojos rogaban un poco más de esas mentiras. Aproximó su boca a la mía, pero yo me negué a seguir el beso que me ofreció. Su lengua estaba inquieta, desesperada por sentir las mismas ansias en mí o al menos despertarlas, y sin embargo yo me quedé inmóvil demostrando que no sentía nada. Sin embargo, tras ese vino otro y otro más intenso.

-Quiero hacerte el amor, quiero demostrarte que no te haré daño.-murmuró cerca de mi boca.-Sé que si te demuestro que estás equivocado, que si lo hago, olvidarás lo que ha ocurrido.

-Estoy decepcionado.-comenté.-No voy a olvidar nada.-lo dije con tal convicción que dejó de tocarme.-Evita besarme, lo detesto.

-¿No habrá milagro?-dijo en un susurro.

-No.-mi sinceridad era aplastante, pero también sus ilusiones.

“Besos fríos, como el hielo,
son los que te regalo.
No puedo darte magia
cuando ya no me queda esperanza.

Besos de cigarra
y lágrimas de cordero,
serán los recuerdos que tengamos
y que ocultaremos.”

viernes, 25 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte III)



Recuerden que el autor también llora cuando escribe estas cosas. No soy un témpano de hielo, en eso soy muy parecido a Yoshiki.



Recordé a Emmanuelle, tan pretenciosa a veces y en otras tan tímida. Sus ojos llenos de ilusión cuando Kamijo aceptó tener un hijo con ella, Camil, y lo desesperada que se volvió cuando supo que no tendría posibilidades con él. Supuestamente era un hijo probeta, pero conociendo a Kamijo a veces lo dudo. Conocía sus criterios sobre ese tipo de prácticas médicas, decía que dar así vida era frío y le parecía poco amoroso para contárselo a un hijo. Si conocía bien a mi hermano podía dudar razonablemente de su historia.

-Sí, allí estuvo K.-murmuré.-Yo también estuve en uno un par de meses, por depresiones.-dije con una sonrisa amarga.-En Londres, para tratamiento intensivo y por miedo al suicidio.-me giré hacia él y le contemplé hundiendo mis ojos en él.-He visto casos como los de Claudia, van a peor y terminan degradándose por completo.

-Emma sólo pide ver a Kamijo y repite mil veces que no está loca, pero por lo que sé intentó agredirlo cuando le confirmó que no tenía posibilidades.-susurró antes de mirar al frente, justo donde la leña.

-¿Qué harás con Helena?-susurré.

-Intentar que comprenda que no puedo ir rápido, que tal vez necesite que estén a mi lado y no todo el tiempo viajando.-murmuró para dejar pasar el aire intranquilo.-Fue una locura empezar a tenerla en mi cama, en mis brazos, como si no importara ni sus sentimientos ni los míos. Ella dice que sigue enamorada de un hombre que nunca volverá, se casó hace un tiempo y no se ve con fuerzas para conquistarlo.-tragué duro, porque sabía que era yo.-¿Sabes de quién se trata?

-No, Helena es muy suya.-dije con una sonrisa amarga.

-Lo sabes, te conozco poco pero eres expresivo cuando estás con la guardia baja.-murmuró.

-Soy yo.-susurré mi confesión antes de llorar.-Es una estúpida, le hace daño que me pasee con Kurou frente a sus narices pero luego me dice que no importa. Es una maldita estúpida, una idiota como siempre.-en esos momentos era él quien me apretaba las manos.-Es la única mujer que he querido, las demás sólo fueron fijación o atracción.

-Tranquilo, ya no le duele eso.-dijo con una sonrisa.-Es feliz al verte así.-me abrazó y terminé desplomándome.

Ambos llorábamos, cada uno por un sentimiento de frustración con raíces distintas. Él lo hacía por una mujer que ya ni siquiera le reconocía, de la cual todos dudábamos que le hubiera amado, y yo por el corazón roto de Helena. Cuando nos separamos secamos nuestras lágrimas e intentamos tener una charla distinta.

Él comenzó a contarme sobre sus próximas novelas, los argumentos y sus personajes, le apasionaba ese mundo mucho más que el político. Yo conversaba de forma animada sobre la música, le decía que comprendía su pasión y su esfuerzo por dar lo mejor de sí mismo. Cuando estuvo mi ropa limpia y seca decidí irme, al marcharme di las gracias a la chica que tenía de empleada y a él lo abracé deseando trasmitir mis ánimos.

Nada más regresar a casa tuve una fuerte regañina de Kurou. Había estado llamando a mi móvil y no contestaba, así como me demostró su preocupación y desesperación. Sin embargo, terminó abrazándome con lágrimas en los ojos. Regresar a casa y sentir que te aman de esa forma, que la preocupación es real, es algo único. Creo que en ocasiones desaparezco algunas horas sólo por sentir que él me rodea, su cuello pegado a mi nariz y sus brazos firmes entorno a mi espalda. Amo sentir el aroma de su colonia y el tacto algo áspero de sus manos. Inclusive podría decir que me excita.

-Necesitarás entrar en calor, una buena ducha.-murmuró notando que mis ropas estaban secas.-¿Por qué están secas?

-Me encontré con Paulo Wilde y lo acompañé a casa, estaba derrumbado por una mala noticia.-comenté acariciando sus mejillas.-Tenía incluso rotas las gafas, así que le hice de guía y su asistenta me pidió que me permitiera secarme la ropa.-murmuré pegándome a él.-Pero no entré en calor ni con el cacao caliente, ni siquiera con el baño o la chimenea.-sus ojos estaban fríos, muy molesto y celoso.-Sólo tú me haces entrar en calor.-susurré en su oreja derecha, antes de mordisquearla. Lo había hecho con un tono sensual, muy atrayente.

-Tu hija te espera arriba dibujando y muy preocupada.-murmuró seco apartándome.-Ve y habla con ella, dile que has sido un estúpido e irresponsable ahora mismo. Después hablaremos si quieres sobre tu escapada y la amabilidad que posees con otros.

Me quedé allí parado viendo como se iba por el pasillo, con zancadas de demonio y refunfuñando. Tenía un carácter fuerte cuando se molestaba, creo que más que no avisar le dolía que hubiera pasado esas cosas con alguien que no era él. Deseaba poseer cada uno de mis segundos, aunque tuvieran que se compartidos. Quería estar siempre presente en cualquier instante, como si fuera mi propia sombra, y yo necesitaba mis secretos, como los que él aún tenía y que aún desconozco.

Me sentí mal por Anne, había olvidado que ella se podía poner triste. Cuando subí se había dormido sobre su escritorio, casi era la hora de la cena y ni había tocado su pastelito. Tenía junto a ella un trozo de pastel de nata que aún esperaba ser probado. Tomé su pequeño cuerpo entre mis brazos, para tumbarla en la cama y dejarla descansar hasta la cena, mientras veía su dibujo. Había estado intentándolo muchas veces, todos eran réplicas del dibujo que me había hecho su padre.

Entonces tomé conciencia que había estado todo el día fuera, que eran más de las seis de la tarde y que no debí hacerlo. Era un idiota egoísta, sin embargo sabía que lo volvería a repetir sin lugar a dudas. Necesitaba llorar y que no me viera ni ella ni él, quería hacerlo en otro hombro que no fueran los suyos.

Dejé a la pequeña tumbada y arropada en su cama, con cuidado le quité sus zapatillas de peluche, eran dos conejos negros con la nariz rosada, y besé su frente. Noté en ese momento la presencia de Kurou a mis espaldas, como si vigilara mi labor de padre. Cuando me giré lo vi menos molesto, aunque seguía sintiendo sus celos por como me contemplaba.

-¿Se durmió?-preguntó lo obvio, porque no sabía romper el hielo de otra forma.-Necesito hablar contigo.

Simplemente asentí levantándome de los pies de la cama pequeña, porque allí me había sentado a vigilar sus sueños, para ir tras él por la casa hasta su despacho. Abrió la puerta haciéndome pasar, provocando en mí esos escalofríos incontrolables. Me sentía como un maldito colegial.

Se colocó tras mis espaldas, apartando mis cabellos para besar lentamente mi cuello. Sabía que estaba dejando marcas, quería marcarme como si fuera un animal de granja. Yo simplemente jadeaba lleno de nerviosismo, notaba que iba a ser más dominante que otras veces. Tenía miedo a sus caricias bruscas, y sin embargo jamás las había sentido. Me sacó el gabán, aún lo llevaba puesto, y me arrancó la camisa a jalones.

Cerré los ojos unos instantes notando sus manos ásperas bajar por mi torso, hasta mi vientre. Su boca seguía parada en mi cuello, mordiendo mi piel blanca para volverla morada. Desabrochaba mi cinturón con cierta mala leche, notaba sus jalones. Pronto me vi desnudo y con parte de la ropa raída a mis pies. Él seguía impecable, como si nada. Sus cabellos estaban bien colocados, igual que cada prenda.

-Kurou.-murmuré al notar que me abrazaba por la cadera con uno de sus brazos, pasando el otro por debajo de mis axilas, y a su vez hundía su rostro en el lado contrario del cuello.-Kurou, me harás muchas marcas.-me preocupaba que Anne se llorara al verlas, porque yo no sabría explicárselas.

-Pocas te haré.-repitió.-Y quiero escuchar bien claro mi nombre, no mi apodo.-murmuró.-Hoy lo deseo así.

-No, no.-murmuré.-No quiero sexo frío.-dije casi sin aliento, lleno de miedo porque se comportara de esa forma conmigo.-No quiero eso, no quiero.

Comencé a llorar cuando noté que no le importaba, que sus manos seguían acariciándome como aquellos hombres y este reaccionaba por instinto. Mis piernas se abrieron, mientras mis ojos no dejaban de mostrar mi terror. Estaba amaestrado para acceder a cualquier roce, fuera brusco o sensual, y mi cuerpo echaba los primeros en falta. Sin embargo, yo no quería saber nada de ese sexo violento que me rompía el alma en mil pedazos.

-Sí.-respondió tomando una de mis manos, las cuales intentaban clavarse en sus brazos sin lograr nada.-Ese sexo tendrás como castigo.-susurró antes de morder con fuerza mi hombro, eso hizo que gritara y mis piernas se abrieron aún más.

-Kurou.-balbuceé.-Me portaré bien, juro que me portaré bien.-dije sintiendo como me giraba para arrodillarme frente a su entrepierna.-Lo juro, juro que lo haré.

-No sé ya como decírtelo, necesitas una lección quizás.-susurró inclinándose para lamer mis labios, así como mis lágrimas.-Tendrás marcas por todo tu cuerpo, recordándote lo que hiciste este día y que no debes volver a repetir.

-Kurou, si haces esto que pretendes mañana no estaré a tu lado.-balbuceé temblando.-Te juro que me habré ido y no sabrás de mí, me llevaré a la niña conmigo. No volverías a vernos jamás, lo juro.

Paró entonces arrodillándose frente a mí, acariciando mis mejillas y después los moratones que ya tenía. Besó de forma tierna mis labios, pero yo no acepté el beso. Estaba aterrado, quería a mi Kurou y no al hombre que tenía frente a mí. Me pegó a él y yo hice el intento de apartarlo, no quería que me tocara.

-Yosh.-susurró preocupado.-Yosh, mi ángel.-murmuró.-Lo siento, lo siento mi ángel.-dijo acariciando mis cabellos, pero me daba asco sus dedos y toda su presencia.

-No, no quiero que me toques Richard.-dije herido.-No quiero que me toques.

-Estaba furioso, no pensaba de forma racional.-susurró con ese tono dulce que me hacía derretirme, pero en ese momento sólo quería golpearlo.

-¡¿Cómo se te ocurre tratarme así?!-grité rompiendo a llorar aterrado aún, cayendo hacia atrás para terminar escapando hacia un rincón de la habitación.-¡No me toques! ¡No me toques! ¡Yo no soy una puta! ¡No soy tu puta! ¡Si quieres una puta págala y olvídate de mí! ¡No me vuelvas a tocar! ¡No me toques!

-Claro que no eres mi puta.-susurró levantándose para quitarse la chaqueta.

-¡Tampoco soy de tu propiedad! ¡No soy de nadie!-grité.-Mis sentimientos eran tuyos, ¿a caso no te valían mis sentimientos?-se quedó gélido sin poderse mover.

-¿Eran?-dijo casi sin voz.

Yo no respondí, sólo me abracé a mí mismo. Dio un par de pasos más hacia mí, prácticamente derrumbado. Estaba terriblemente afectado por mis palabras. Creo que se dio cuenta que algo en mí se rompía ese día y que debía darse prisa para que no terminara hecho trizas, para que todo ese esfuerzo de años quedaran en nada.

Corrió hacia mí abrigándome con su chaqueta, pegándome contra su cuerpo mientras dejaba sinceras caricias. En ese momento quien lloraba era él. Sus celos le habían hecho tratarme de la peor forma posible, como si fuera una furcia barata. Sus dedos se enredaban en mis cabellos revueltos, haciéndome recordar a esas largas noches en las cuales me abrazaba. No éramos nada en aquellos días, sólo un par de almas solitarias, y él me acariciaba para que pudiera conciliar el sueño.

-¿Por qué eran?-murmuró con miedo.-Yosh, te juro que no hubiera tenido valor para hacerte nada.-dijo dubitativo, ni él estaba seguro.-Pero nada más escuchar tus palabras y ver bien tus lágrimas comprendí... me había dejado cegar por mis celos, por miedo a que otro hubiera usado hoy tu cuerpo como un amante entregado.-hundió su rostro en mi cuello, aspirando mi colonia y a su vez humedeciéndolo con sus lágrimas.-Yosh, yo te amo. Te amo de una forma enferma, estoy enfermo.

-Me has hecho daño.-dije aún aterrado, aunque al verlo tan débil y sumiso me enterneció.-¿Por qué?-pregunté.-¿A caso no te demuestro a diario que te amo? ¿Por qué debería acostarme con otro? ¿A caso tú lo has hecho y temes que yo lo haga?

-Hace mucho tiempo, cuando sólo habíamos salido un par de noches.-susurró en un balbuceo.-Estuve con una mujer, practiqué el sexo toda la noche y después me presenté ante ti con un enorme ramo de rosas.-aquello me hizo llorar, me dañó su sinceridad.-Jamás he estado más arrepentido que aquella mañana, sobretodo cuando te colgaste de mi cuello y me dijiste que me amabas. Yo pensaba que sólo era un juego para ti, un capricho de niño mimado, y cuando sentí tu amor me derrumbé. Esa expresión de ilusión en tu rostro, el cual parecía el de un niño pequeño, y como llorabas por unas tontas flores, no eran de un capricho. Yo no lloré sólo por la emoción de sentir que me querías como yo a ti, que era mutuo y fuerte, sino porque había traicionado tu confianza y tus sentimientos, así como los míos.

-A diferencia de ti.-dije serio, aunque me estaba volviendo loco queriendo saber quién era ella.-No he podido mantener sexo con nadie desde que me percaté que era más que un capricho, que era un amor venenoso que me mataba y que esas ilusiones de niño estúpido eran algo más. Salía con mujeres y hombres, pero no lograba ir más allá de unos besos.-murmuré tiritando.-Llevaba más de un año sin tener sexo porque quería tus manos, quería que fueran tus manos y tus labios los que rozaran mi piel.

-Pero yo no soy capaz de aceptar eso.-dijo con amargura.

-¿Qué no eres capaz?-murmuré.

-De aceptar que me amas de ese modo, aunque lo sienta.-susurré.-Porque yo te traicioné, a pesar de haberte amado años y de saber que eras lo más importante en mi vida.-hizo un inciso para tomarme del rostro, acariciando mis mejillas. Sus ojos se veían tiernos, más que nunca.-Porque tú me sigues amando ¿verdad?

-Ahora te tengo miedo.-susurré.-Asco también.-dije apartando sus manos de mi.-Has metido la pata, Richard.

-Dime, dime como puedo hacer que te olvides de todo esto.-susurró nervioso, lleno de un miedo que parecía consumirlo.-Dime, por favor.

-No lo sé, de momento no quiero dormir contigo en la misma cama.-dije serio.-No quiero que me toques.-le miré a los ojos de una forma que le paralizó.-Por ahora tendremos una relación estrictamente profesional, tendrás que volver a demostrarme que me amas y esta vez no quiero errores.-fruncí el ceño.-Eres incluso libre para irte con cualquier golfa que desees, para probar así tus sentimientos.-me había dolido ese engaño, esas primeras rosas que presumí ante muchas personas con orgullo.

Aquel ramo de rosas era el primero que me regalaba un amante, todos eran de ofrecerme joyas o coches. Los regalos que solían darme eran tan materiales y fríos como ellos. Pero con aquellas rosas, una de mis flores favoritas, había logrado llenarme con un sentimiento cálido. En esos momentos me preguntaba si esas rosas no eran las únicas que compró por remordimientos, si había más mujeres y más noches. Sentía como si mi matrimonio fuera un fraude y todos esos momentos especiales meras esperanzas, porque yo sólo era un trofeo. Yo era Yoshiki, ese que suele jugar con todos y que su frivolidad espanta a sus amantes de su lecho. Me imaginé como trofeo de caza, no como esposo fiel y entregado. No quiero decir como veía a mi marido, porque incluso hoy me duele esa imagen suya.

Me levanté arrojando su chaqueta, no la quería, tomé mi gabán, algo dañado por sus jalones, y me cubrí con él para ir hacia mi dormitorio. Allí arranqué las sábanas, la colcha y toda la ropa de cama, porque no quería su olor a la hora de dormir. Sin embargo, el colchón estaba impregnado en su aroma y los recuerdos se volvían dagas. Así que terminé marchándome a una de las habitaciones de invitados, quedándome allí sin querer cenar.

Cuando eran casi las diez apareció Anne, me había estado buscando por la casa. Con su dulce y tierna voz me pidió dormir conmigo. Aguanté las lágrimas hasta que se durmió, e incluso tuve que reír cuando sólo quería hundirme un poco más. Si bien, nada más cerrar sus ojos y notar su respiración lenta, me aferré a ella llorando.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte II)



20 años sin él... aunque parezca que fue ayer porque no podemos dejar de recordarle, admirarle y sentir que tras su perdida se fue un trozo de felicidad que aún brilla con luz propia.


Ofreció su brazo para que lo tomara, así le sería de ayuda. Suponía que no veía sólo borroso por sus dioctrías. Había llorado tanto que tenía embarrados los ojos en lágrimas, a pesar de la lluvia podía ver claramente que no eran gotas de agua. Pocas veces había visto llorar así a un hombre, con una forma tan desesperada. Me recordó a mi padre, cuando se hundió de tal forma que terminó con su vida y un escalofrío recorrió toda mi columna.

Llegamos a su casa después de darme un par de indicaciones. Yo mismo abrí el portal y le ayudé a subir por la hermosa escalera de caracol que daba al piso superior, el inferior era únicamente un salón para fiestas. Conocía bien esas casas, sobretodo esa en concreto. Había sido restaurada por Kamijo con algunas subvenciones especiales del ayuntamiento, ya que era parte del patrimonio artístico y arquitectónico de la ciudad, después la puso en venta y Paulo la adquirió.

Aquel enorme caserón se veía frío, aunque sólo fuera en apariencia. Paulo había dejado la decoración que a ella le interesaba, no la que él amaba. Se notaba que nada de aquellos muebles presuntuosos y llenos de mal gusto no pertenecían a Paulo, sino a la arrogancia de su querida Claudia. Al llegar al pasillo entramos en la habitación de la pequeña, puesto que estaba siendo cuidada por la chica que tenía contratada.

Él quiso mirar antes a su hija, aunque fuera sólo el bulto en su cuna. Ese lugar si era acogedor, lleno de referencias a Londres pintadas en las paredes. Dibujos llenos de encanto, con personajes de obras inglesas de la literatura infantil y juvenil. Del techo colgaban aviones, estrellas, una luna y un hada diminuta. Había cientos de libros, juguetes de peluche y alguna caja musical. Era una habitación enorme, en realidad era la más grande de esa planta.

-¿Decoraste tú esto?-pregunté tomando uno de los peluches, un oso hecho a mano de la forma más clásica.-Parece el país de Nunca Jamás rodeado de viejos recuerdos de Londres.

-Desde el Big Ben podrás ver a los chicos volar.-dijo aferrado a la cuna, notando que la pequeña dormía calmada.-Pero puedes encontrar al gran detective de todos los tiempos aferrado a su lupa observando las huellas del gran viajero Fogg.

-Es cierto.-dije antes de notar entre las nubes a Oscar Wilde sentado junto a Lennon.-Música, literatura, historia y la gran ciudad de Londres.

-La casa se volvió impersonal, incluso mi despacho, a Claudia le gustaba poner todo como si fuera una revista de decoración.-murmuró antes de soltar un suspiro pesado.

-Deberías cambiar todo, poner todo a tu gusto.-comenté intentando darle una buena idea.-Si quieres puedo ayudarte a encontrar tiendas, algunas son muy interesantes.

En ese momento entró la chica, una mujer de unos diecinueve años con la piel blanca y las pestañas muy pobladas. Poseía una belleza de muñeca, parecía uno de esos maniquí perfectos y envidiables de las tiendas más elegantes y sofisticadas. Sus mejillas algo sonrojadas le daban un toque de inocencia, mientras que sus curvas eran provocadoras. Vestía un vestido algo ajustado, pero sobrio en colores, y un delantal lleno de estampados, parecía confeccionado por ella misma con trozos de otros dándole un toque especial y único.

-Susan.-dijo girándose hacia ella.-¿Puedes traerme las gafas?

-Paulo, deberías de cambiarte de ropa.-comentó preocupada, acercándose a él.-Estás empapado, podrías pillar un resfriado e incluso una pulmonía.-me miró a mí fijamente.-Y usted está igual.-él sólo sonrió con un gesto dulce, intentando calmarla.-Me prometiste que te cuidarías, además de tu empleada soy una buena amiga y no quiero ver a un amigo enfermar.

-Di la verdad.-susurró.-Lo único que deseas es que no me acatarre para no hacer caldos todos los días.-murmuró provocando que ella riera bajo.

-Id al salón, quedaros frente a la chimenea mientras preparo los aseos.-comentó con una leve sonrisa.-Prepararé también ropa cómoda y algo de cacao mientras se secan y entran en calor.

No pasó ni una hora cuando ya pudimos sentarnos en el sofá, ambos secos y frente a la chimenea contemplando el fuego. Ella nos había preparado cacao, también nos había dejado ropa muy cómoda mientras lavaba y secaba las otras. Fue agradable darme un baño tras ese frío tan intenso, ambos estábamos más sosegados. Sin embargo, en los ojos de Paulo podía leerse amargura.

-Me duele perder de este modo todo, si hubiera muerto en el parto aceptaría que ya no vive. Igual que si hubiera terminado en coma, o muerta, en el accidente de coche que tuvo meses antes de quedar en estado.-dijo antes de tomar un sorbo del cacao.

-Te cuesta aceptar que su cuerpo lata, pero no esté ella ahí.-murmuré antes de tomar una de sus manos, para apretarla.-Si quieres puedes superarlo, sólo olvídate de ir a verla y deja que ellos la cuiden.

-¿No ir a visitarla?-preguntó estrechando mi mano, para luego mirarme a los ojos con esa amargura.

-No es un crimen, allí no hay nada. Sólo quedan los vestigios del pasado, los trajes elegantes ni siquiera se los permiten.-susurré antes de abrazarlo, se veía tan derrumbado que me poseyó ese deseo imposible de pegarlo contra mí.-No hay nada Paulo, ya no te queda nada con ella y debes afrontarlo. Además, tus fans te necesitan.

Sus admiradores estaban desesperados por no tener las nuevas novelas que prometió, todas las tenía sin acabar, y había pedido plazos. Únicamente había logrado dejar en las librerías un libro de cuentos dedicados a Marie, la pequeña que estaba rodeada de literatura inglesa y de juguetes que aún no necesitaba. Una pequeña que crecería fuerte entre la magia de las letras, de eso estaba seguro.

Él se aferró a mi sudadera, una color vino tinto que me habían ofrecido, lloraba en mi hombro mojando mi cuello con sus lágrimas. Sus sollozos me rompían el corazón. Temblaba como un niño regañado. Sin embargo, tenía que ser sincero de algo que no quería ver. No deseaba aceptar la realidad, porque nadie quiere afrontar algo tan amargo.

La institución donde se encontraba se había hecho cargo del hermano de mi Kamijo. Tenía un gemelo enfermo, afectado por una enfermedad agravada por el tratamiento que tuvo durante años. Su aspecto era idéntico al de su hermano, salvo sus cabellos algo más oscuros, y una sonrisa más tímida. Su mente estaba revuelta, como si alguien hubiera entrado y hecho caer cada recuerdo al suelo. Era un niño de no más de doce años, aunque poseyera una mente brillante en sus escasos momentos de lucidez. Había salido de aquel centro no porque fuera malo, era uno de los mejores y más honestos en cuanto a sus informes. Kamijo tuvo que sacarlo por seguridad, desde el primer momento tuvo un nuevo hogar con las más altas medidas de seguridad y también con enfermeras que seguían los tratamientos recetados por sus psiquiatras. Killian Camil Artois Yuuji, conocido por todos como K y amado por su hermano, así como aquel que lo conocía.

-¿Fue Kamijo quién te habló del centro?-pregunté acariciando sus cabellos.

-Sí, allí está su amiga Emma y estuvo K.-sabía de ellos, porque Kamijo tenía fe ciega en él.

Paulo Wilde no era un ser normal, sino alguien excepcional. Detestaba la corrupción habitual, pero Kamijo era un mafioso distinto. Ambos formaban una pareja peculiar, dos hombres elegantes cultivados en colegios europeos y de gustos refinados, cargados de diferencias sobre su punto de vista en temas tan relevantes para ellos como el arte.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte I)






Capitulo 18


La locura.


Hacía tiempo que no veía a Paulo Wilde, sus intereses y los míos ocupaban nuestras agendas. Estaba seguro que él se sentía más relajado, pero supongo que me equivoqué. Nadie puede dejar de amar de un día para otro, se precisa de tiempo y a veces es lo que no tenemos. El amor es una cadena que si se sabe llevar es liviana, pero si se llena de trabas el camino es un suplicio. Él estaba comenzando a conocer a Helena, aunque ella era una nómada y jamás estaba mucho tiempo en un mismo lugar. El fantasma de su primer amor siempre le había perseguido, y el segundo dicen que es el más fuerte y eso fue para él Claudia.

Paulo jamás había amado de igual forma como lo hacía en estos momentos. Era un alma libre, un solitario, que decidió no anclarse a nada, y terminó siendo un idiota que regalaba flores a una mujer que deseaba diamantes. Un romántico estúpido muy diferente al hombre de letras, el misterioso y seductor escritor de novelas, que hacía delirar a hombres y mujeres. Uno de esos galanes experimentados que jamás aman, pero se había convertido en una sombra tan sólo. Helena le había devuelto la luz, pero el fósforo se apagaba por momentos. Pude comprobarlo una tarde lluviosa, muy lluviosa, en la cual me tropecé con él por casualidad.

Sabía que el frío para mis huesos, como para mi salud en general, no era bueno y sin embargo amaba caminar bajo la lluvia. Sentir el frío en mi cuerpo, mi piel helada y húmeda, me recordaba que estaba vivo y que podía seguir haciéndolo. Mi inspiración en los días de lluvia era mayor que en los días soleados, así como mi soledad se agudizaba cuando la lluvia caía. Me sentía desprotegido y el regresar después de un paseo bajo la lluvia me provocaba deseos irresistibles de abrazar a Kurou, de sentir que seguía ahí y que no lo había necesitado por unas horas. Por ello salí, lo hice sin paraguas pero bien resguardado por mi abrigo rojo y unas botas excelentes para los días como aquel.

Estuve fuera de casa por más de tres horas, llegando incluso al centro económico de la ciudad donde se encontraba La Bolsa y el Ayuntamiento. La tormenta se intensificaba, incluso estaba inundando ciertas zonas de la ciudad, e incluso podía escuchar de lejos las sirenas de los bomberos, y yo sin embargo me sentía como un niño frente a un enorme charco. Sonreía con cierta melancolía notando el frío en mi cuerpo, el cual me hacía tiritar y desear una taza de cacao bien caliente.

Sin ni siquiera proponérmelo choqué inesperadamente con Paulo, fue un golpe fortuito. Juro que vi lágrimas en sus ojos claros, aunque la lluvia lo difuminaba todo, si bien cuando me abrazó todo atisbo de duda se evaporó. Me pegaba hacia él con desesperación, como si fuera un ángel amoroso que hubiera bajado del cielo para liberarlo de su pesada carga. Pude escuchar sus sollozos por encima del sonido tintineante de la lluvia, los truenos y las sirenas así como los angustiosos claxon.

Cuando me atreví a dejar algunas pequeñas caricias sobre sus cabellos, hacia su nuca, noté como se desplomaba cayendo de rodillas. Sus gafas cayeron rompiéndose sin remedio, sus manos se quedaron aferradas a mi abrigo empapado y mis ojos se quedaron fijos en su cuerpo trémulo. Coloqué mis manos sobre sus hombros comenzando a llorar junto a él, porque su agonía me atrapaba y me hacía sentir inútil.

Llevaba una gabardina gris, un traje caro que había quedado arruinado como sus zapatos de mocasines clásicos. Todo en él estaba arruinado, supongo que también sus esperanzas. Uno siempre las mantiene, a pesar de saber que es una somera estupidez albergarlas y que no te evitaran un fuerte golpe.

-No hay vuelta atrás.-murmuró al fin casi sin aliento.-La he perdido, no hay vuelta atrás.-dijo antes de alzar su rostro, el cual me pareció totalmente distinto sin aquellas gafas de estúpido ególatra intelectual.-¡He perdido! ¡No me gusta saber que he perdido! ¡Odio perder una batalla cuando ni siquiera la he comenzado!

-Calma.-dije ayudandole a ponerse en pie.-¿Qué ocurre?

-Claudia ha experimentado nuevos brotes, ahora ni habla.-sus manos estaban aferradas a mis hombros, las mías a sus costados.-No reconoce nada, ni sus pinturas. Hace unos días entró en una crisis fuerte, se arrancó cabello y estuvo dándose cabezazos contra algunas de las paredes. Inclusive atacó a varias enfermeras y enfermas de su unidad.-murmuró casi sin aliento.-Se escapó de ellas hacia el jardín y la encontraron desnuda frotándose contra los rosales, tiene el cuerpo lleno de heridas y ni se queja cuando la curan. Está como si no estuviera.

-Igual que si se hubiera marchado un momento a caminar y hubiera dejado como prenda su cuerpo.-intervine provocando que él sollozara aún más.-Paulo, creí que poco a poco lo estabas aceptando y lo superarías. Inclusive has conocido a Helena.

-Es una buena mujer, no lo niego.-admitió separándose de mí, aunque temblaba y no sé si era por impotencia o por la hipotermia que ambos estábamos experimentando.-Pero mantenía una brizna de esperanza.

-Cuando la esperanza muere hay que buscar otra salida, olvídate de ella aunque sea duro y rehaz tu vida. Tu hija te necesita, tus amigos te necesitan también y por supuesto tu partido. Tu trabajo, los tuyos y tu orgullo no deberían dejarte caer.-dije antes de dar un paso hacia él.-¿Me invitas a un cacao caliente y hablamos con calma?

Un inmenso silencio se hizo entre los dos, nuestros ojos se cruzaron contemplándonos como dos idiotas en medio de una tormenta. Mi aspecto no era el mejor, estaba helado y comenzaba a sentirme débil. Él estaba hecho un revoltijo de ropas arruinadas y prácticamente no veía bien por culpa de haber perdido sus gafas. Me agaché para entregárselas, pero él simplemente las rechazo.

-Mi casa no está lejos, en sí salí del trabajo para refugiarme allí y llorar a solas.-confesó antes de tomar una de mis manos.-Tendrás que guiarme, veo todo borroso.

“Mariposas desnudas de hermosas sensaciones,
dolor que aniquila los latidos de nuestro mundo
y cuervos que renacen llevándonos poemas oscuros...
Somos dos extraños que se conceden una oportunidad.

La amistad más allá de las nubes,
de cualquier camino angustioso
y por encima de cualquier memoria vana.
Seré tu escudero siempre que me necesites.

Mariposas ciegas y luciérnagas sin luz
cargan a cuesta nuestros pecados
y caen de rodillas rezando en el huerto...
campos de sangre y lágrimas para ambos.

El destierro hubiera sido mucho mejor,
mejor que las falsas esperanzas.”

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt