¿No han tenido jamás la
sensación que su vida se convierte en un enorme rompecabezas y
faltan piezas? Siempre he intentado encontrar la pieza necesaria para
seguir existiendo. Sin embargo, en los últimos tiempos la búsqueda
se ha convertido en una misión suicida. Por ello, en las últimas
semanas me había apartado de la vida monótona y común, viviendo
persecuciones de película y visitando tan sólo el hogar para estar
unas horas junto a ella.
Rowan no me había dicho
nada en absoluto de mi extraño comportamiento, pues sabía que todos
tenemos ciertos deseos de estar solos unas horas. Ella estaba cada
vez más inmersa en nuevas inversiones en el Hospital Mayfair, el
cual cada vez asistían a mayor número de pacientes subvencionados
por fondos sociales gubernamentales y de diversas organizaciones sin
ánimo de lucro.
Aquella noche estaba solo
en un pequeño apartamento que había adquirido en uno de los barrios
más seguros y céntricos de New Orleans. Rowan había decidido
marcharse al hospital para arreglar ciertos asuntos y el resto se
hallaba en la mansión, la cual seguía tan llena de vida como de
costumbre. Me sentía inquieto y ciertamente molesto. A penas podía
moverme de entre las suaves, blancas y cálidas sábanas que cubrían
tan sólo mi cintura. Estaba desnudo y con el cabello alborotado, sin
ánimos para salir al balcón y dar las buenas noches a una ciudad
que tanto amaba, y extremadamente cansado.
Había dejado cerrada la
ventana, pero no había cortinas ni persianas impidiendo la vista.
Las luces se habían encendido impidiendo ver las estrellas. El
letrero del hotel próximo creaba ciertos destellos de aurora boreal.
La ciudad había despertado de nuevo en plena noche. Se escuchaban de
fondo las sirenas de vehículos de policía o ambulancias, así como
música de locales en toda la calle y las risas de unos jóvenes
ebrios bajo el balcón. En mi apartamento todo era silencio salvo el
murmullo por el roce de las sábanas, cuando me movía en la cama
demasiado inquieto.
De improvisto varias
imágenes se agolparon en mi mente torturándome. Desconocía porque
me ocurría aquello desde hacía días y sobre todo el sentimientos
de celos, frustración y necesidad que tan bien se avivaban en mí.
Las imágenes eran como fotogramas de unos hechos insólitos. Me
había dejado tratar como a un pobre infeliz en manos de un demonio
poco usual. El sexo desenfrenado con Memnoch y mi forma de
entregarme, casi extasiado, en cuerpo y alma había sido un error.
Sin embargo, era un error que quería volver a repetir.
Percibí entonces como
cierto sopor me adormecía. Era como si alguien me hubiese
anestesiado. Mi cuerpo quedó entumecido y a penas podía abrir los
párpados. Sentí cierto pánico, pero era imposible no dejarse guiar
por la apetecible sensación de caer prisionero en el sueño. La
punta de mis dedos, tanto de manos como pies, se adormecieron. Pude
escuchar a la perfección abrirse el balcón y como el frío del
otoño entraba en la habitación, pero también pude escuchar como se
cerraba la puerta y nuevamente la manecilla del balcón.
Notaba como una presencia
fuerte rondaba mi habitación y como sus ojos se clavaban en mi
cuerpo desnudo bajo las sábanas, el mismo que quedó expuesto cuando
tiró de ellas. Rogaba poder moverme, pues quería conocer al menos
el rostro de mi agresor. Si bien, ni siquiera era capaz de mover una
de mis pestañas. Aquello tenía que ver con un poder mental elevado
que me petrificaba. Unas manos parcialmente ásperas y con largas
uñas puntiagudas recorrieron mis piernas y pecho.
El ambiente se volvió
denso y empecé a sentirme pegado al colchón, para luego, de forma
súbita, recuperar la movilidad y poder contemplar los temibles ojos
de Memnoch y su carismática sonrisa que parecía cargada de bondad.
Sus labios algo gruesos, rosados y ligeramente húmedos parecían los
de un santo y no los de un ser maldito, y egoísta, que me maltrataba
en las últimas semanas con su rechazo.
Miré a mi alrededor y la
situación había cambiado. Las paredes eran de papel pintado negro
con elegantes filigranas, en un tono menos oscuro, que destacaban
gracias a las sutiles velas que se hallaban encendidas, las cuales
desprendían el aroma habitual a cera muy típico aún en las
iglesias. El mobiliario era estilo XV en negro con forros granates,
las cortinas eran del mismo color que el forro y la cama poseía una
colcha negra, sábanas grises con un sutil bordado en M en color
rojo. El dosel era una maravilla, tanto por la tela de raso negro
como por los barandales. En el techo había una lámpara de tela de
araña con pequeñas velas iluminando todo, la cual no tenía nada
que envidiar a las actuales eléctrica y sí mucho que presumir.
Él se hallaba desnudo
subido en la cama, colocado de rodillas y entre mis piernas abiertas.
Sus manos acariciaban aún mi vientre y torso con aquellas manos
similares a garras. Sus uñas arañaban mi cuerpo sin dejar mayores
marcas que una suave rojez. Me incorporé con curiosidad y deseo,
como si aquella terrorífica sensación me hubiese despertado un lado
lujurioso que ni siquiera conocía.
Me abracé a Memnoch,
mientras él tomaba una postura más cómoda, permitiendo que mi
trasero rozara su miembro, el cual aún estaba dormido. Sin miedo
alguno lamí sus labios con la punta de mi lengua y la introduje en
su boca ansiando el contacto. Entonces, sin reticencia alguna, me
tomó de las caderas instándome a moverme como si fuera una
serpiente. Eran movimientos sutiles que provocaba que mi cuerpo
serpenteara contra el suyo. De improvisto me tomó del cuello y me
pegó al colchón con una mirada dominante que evitó que pudiese
decir cualquier otra cosa.
-¿Vas a ser mi
sumisa?-preguntó apretando sus dedos entorno a mi cuello. Sentía
como aplastaba mi tráquea y me hundía contra el almohadón.
-Sí...-dije a duras
penas- Sí mi amo.
-No permitiré lloros ni
intentos de soborno. Si quieres ganarte de nuevo tu lugar tendrás
que mostrarme que tan puta y sumisa puede llegar a ser el orgulloso y
tozudo Lestat- se había inclinado sobre mí y sus labios rozaban el
lóbulo de mi oreja derecha. Su aliento cálido me excitó del mismo
modo que la rudeza de sus palabras.
Cuando liberó a mi
garganta de la presión de su garra no pude contenerme y gemí. No
comprendía porque tenía aquellas reacciones, tal vez el haber sido
rechazado y humillado me hacía desear ofrecerle una amarga derrota a
Nicolas. Memnoch pudo traicionarme traiéndolo de nuevo a la vida,
acostándose con él en mi presencia y proferirlo sobre mí pero
acabaría reconociendo que yo era su única obsesión.
-Muy bien puta-dijo con
su boca muy cerca de la mía- Hoy te enseñaré como se debe hacer
sentir a un hombre de verdad y no a nenitas como tú. Verás la
diferencia que hay entre los dos y comprenderás que nunca vas a
poder ver el sexo de igual modo que antes- me miró con algo de furia
y deseo, lo cual me calentó, y al apartarse tan sólo unos
centímetros noté una tremenda bofetada en mi rostro provocando que
mi pómulo sangrara- Incluso vas a gemir cuando te pegue sólo porque
sabrás que tras el dolor viene el placer.
Se movió de la cama
hasta una cómoda muy elegante. Tenía unos hermosos pomos que
parecían pequeños puños. Rebuscó en el cajón sacando varias
cadenas, correas, cuerdas y una pequeña mordaza. Sonrió caminando
de nuevo hacia mí ofreciéndome una ligera idea del dominio que
tendría sobre mí.
-No son cadenas normales.
Tampoco estás en un lugar normal. No podrás romper estas cadenas y
estás siendo privado de tus poderes mentales gracias a mi fuerza. ¿A
caso crees que te dejaría alguna solución si te echas
atrás?-murmuró sentándose en la cama para agarrarme del pelo,
tirando de mí como si fuera una pluma, y al fin colocarme la correa
en el cuello, las diversas esposas que iban enganchadas a la correa
por una cadena plateada y una cinta de cuero en mi miembro, el cual
quedó apretado e incluso empezaba a molestarme nada más apartar sus
manos.
Se incorporó quedando de
pie frente a la cama y tiró de mi correa para que bajara. De
inmediato obedecí su orden notando el suelo de mármol negro, tan
frío como oscuro, bajo mis pies lechosos. Mis ojos violetas buscaron
los suyos y entonces me asestó otro golpe. Ni siquiera me permitía
mirarlo como acostumbraba y no era capaz de rechistar. Me sentía
aturdido pero desesperado por comenzar.
Una vez en el suelo me
arrodilló frente a él y alargó el brazo hacia un látigo negro, el
cual parecía haber sido trenzado su mango a mano y tenía algunos
detalles en metal. Eran de esos cortos, de siete colas, con pequeñas
púas en sus extremos. No tenía que ser uno demasiado inteligente
para saber que me golpearía con aquel artilugio, por ello agaché la
cabeza y noté que su miembro empezaba a erectarse, quizás por
cierta anticipación. Si bien, no pude recrearme con aquella visión,
o imaginar su sabor, porque comenzó a llenarme de azotes tirando de
la cadena. Gemía de dolor y placer al mismo tiempo mientras que él
no emitía sonido alguno. Aquello era un duelo entre mis gritos y el
murmullo del látigo contra mi piel. No permitía que pudiera
curarme, pues rápidamente había un nuevo azote cubriendo mi cuerpo,
y cuando se cansó hundió mi rostro en su entrepierna provocando que
tragara todo su miembro desde el glande hasta sus testículos.
-Ahora mírame puta- dijo
agarrándome del pelo con ambas manos- Mírame y óyeme bien- siseó-
Esto es sólo el principio.
Mi vista se alzó hacia
la suya y descubrí unos ojos dominantes que lejos de provocarme
terror, como hubiese pasado tiempo atrás, me hicieron gemir ahogado.
Mi cabeza se movía a un ritmo brusco y rápido, pero finalmente él
me agarró del cráneo y empezó a penetrarme. Sus testículos
chocaban contra mi mentón con una velocidad pasmosa y mis ojos se
voltearon quedando en blanco por el placer. Deseaba correrme pero me
era imposible y sentí que dolía. Sin embargo, quien logró correrse
fue él hundiendo bien su miembro entre mis labios, dejando que el
esperma bañara cada rincón y obligándome a tomarlo como si fuera
una pócima sagrada.
Mi sudor y la sangre de
mis heridas se mezclaban ofreciendo un aroma único a la sala, pues
olía a sangre fresca como si hubiese tenido lugar un crimen. Miré
de reojo mis cabellos y estaban rojizos, debido al contacto con mis
fluidos. Él sin embargo estaba impoluto salvo por una pequeña
mancha blanquecina en su miembro.
Pensé por unos segundos
que me dejaría recobrar fuerzas, pero lo único que tuve fue un
nuevo golpe en mi rostro mientras me tiraba a la cama. Allí tirado
sentí su peso contra el mío y liberé en esos instantes un largo
gemido. Mis ojos se cerraron pensando que al fin sería tocado y
penetrado, pero obtuve más dolor. Él se apartó tomando una de las
velas y echó la cera sobre mis endurecidos y sensibles pezones.
Memnoch me estaba mostrando ciertamente otra forma de llegar al
límite, sin embargo no sabía siquiera en esos momentos que podría
ser peor.
Se marchó dejándome
allí en la cama, para luego aparecer con un aparato cubierto por una
especie de sábana oscura. Al descubrirlo, con un movimiento rápido,
me mostró un potro de BSDM. Era tan sólo una pequeña superficie
para colocar el cuerpo con unas esposas y cadenas a ambos lados.
Tenía un pequeño hueco para meter el pene y poder estar más
cómodo, aunque la comodidad en un aparato como ese no solía darse.
Él no tuvo que ordenarme en absoluto que me aproximara, pues
rápidamente lo hice y sin cuidado alguno me colocó en el artefacto,
liberándome de las anteriores cadenas para imponerme las nuevas.
Desde aquella posición,
con inclusive el cuello inmovilizado, no podía ver que tramaba. Sin
embargo, pude sentir rápidamente un artilugio metálico y frío
entrando por mi recto. Era un vibrador que rápidamente empezó a
funcionar prácticamente a toda potencia. Empecé a gemir, aunque no
podía mover mis caderas debido a las ataduras, y él me calló con
la mordaza.
-No puedes gemir, puta.
Sólo si yo quiero podrás demostrar cuanto te gusta todo lo que te
estoy haciendo- musitó dejando caer de nuevo un poco de cera, pero
ésta vez sobre mi espalda, e hizo ondear de nuevo el látigo para
que impactara contra mi trasero.
Pasados casi cinco
minutos de deliciosa tortura liberó mi miembro, el cual nada más
sentirse libre eyaculó manchando el piso y el aparato. El vibrador
se alejó de mi ano y él me penetró de una vez, de forma muy ruda y
moviéndose violentamente. Podía percibir sus manos acariciando mi
espalda, las cuales dejaban surcos por mis costados hacia mis
caderas.
-Puta, eso eres. Una puta
cualquiera que sólo querrá estar conmigo. Nadie, ni siquiera tu
Rowan, podrán hacerte llegar a estos orgasmos tan deliciosos- decía
entre gruñidos y jadeos.
Recuerdo que terminé
corriéndome de nuevo y él me rellenó quedando más que satisfecho.
Cuando salió fue hacia mi rostro, me quitó la mordaza y me
introdujo el glande en le boca. Él deseaba que lo limpiara y eso
hice. Con mi lengua limpié cada gotita de esperma que quedara en su
sexo.
-Te amo- dije en un jadeo
bajo mientras me agarraba del pelo y me hundía de nuevo su miembro
en mi boca. Aquel pene era algo más grueso que el mío y se sentía
delicioso entre mis nalga, pero también entre mis labios.
Creo que cuando estaba a
punto de soltar mis cadenas me desvanecí. Sentí aquel sopor
horrible que me trajo hasta él. Al despertar estaba en mi
apartamento, tumbado en mi cama, pero lleno de cera y sangre como
único recuerdo. No había sido una fantasía, sino algo real que me
había dado un placer único.
Llevo dos noches
encerrado en el apartamento aguardando el momento en el cual llegue.
No soy capaz de marcharme por miedo a las consecuencias. Temo mirar a
Rowan a los ojos y decirle que aún la amo pese a todo, engañar a
todos como si nada hubiese ocurrido y también tengo miedo de
encontrarlo frente a frente y no poder guardar las distancia frente a
los demás.
1 comentario:
Hola.
Tuve varios puntos altos con este fanfic. Iban más por Memnoch, Lestat se emparejó. Pero... Memnoch, se llevó mi noche. Siendo sincera, se me hacía mejor que Lestat estuviera más tiempo en la banca de espera sin embargo acá me hicieron cambiar un poquito de parecer. Fue fantástico.
Gracias.
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