Nicolas de Lenfent
Memnoch el diablo
Lestat de Lioncourt
Presentan:
El amor del diablo.
La noche parecía extremadamente
apacible y pesada. La humedad había aumentado en el ambiente, al
igual que el frío y el silencio. El murmullo de los comensales había
cesado, pues no me encontraba de humor para abrir las puertas de mi
hogar a nadie más que a mis amigos más cercanos. Desde hacía días
necesitaba hablar con alguien que me comprendiese, o al menos
quisiese hacerlo.
David pasaba largas horas en la
biblioteca de la vivienda encargándose de clasificar algunos
volúmenes extraños que habían aparecido en una de las casas
encantadas más míticas de New Orleans, al parecer estaban forrados
con piel humana y la tinta era sangre mezclada con tinta para
ofrecerle mayor consistencia, pero sangre al fin de cuentas. Algo
macabro, sin duda, pero era un entretenimiento fascinante para él
amo del misterio que seguía muy de cerca los sucesos más extraños
que se habían secuenciado en el barrio francés desde hacía casi
dos siglos.
Sabía que David me escucharía y
estaría encantado de conocer mis impresiones sobre la figura de
Nicolas, el cual ahora parecía decidido a mostrarme el dolor más
agudo. Por supuesto, no le comentaría demasiado sobre las ánimas
del cementerio pues las conocía bien e incluso conversaba con ellas
con natural calma.
Me dirigía a la biblioteca con la
esperanza de hallar algo de calma en sus ojos sabios llenos de una
larga vida mortal y cargados de paciencia, que a veces extralimitaba
y tensaba hasta desplomar su ira contra mí, cuando escuché sonidos
extraños para un lugar tan silencioso. Cuando coloqué mis manos
sobre el pomo quedé escandalizado.
Sobre la deliciosa mesa de roble con
hermosas patas de león y bella terminación en tonos más oscuros,
esa misma mesa que tanto amé cuando la encontré en el anticuario y
que era la mesa donde solía escribir mis nuevas memorias, se hallaba
Nicolas gimiendo cual puta parisina mientras que Memnoch arremetía
contra él con sus alas extendidas.
Ambos poseían unos cuerpos perfectos,
los cuales sin duda pudieron ser cincelados por Miguel Ángel, y
cabellos sedosos que se pegaban a sus frentes sudorosas. Los ojos de
Nicolas eran aún más dorados que noches atrás, siendo casi del
color del oro, mientras que sus labios parecían más carnosos y
sensuales. Sus caderas se movían mientras su cuerpo se retorcía, el
cual estaba demasiado bien formado. Memnoch tenía los cabellos
dorados alborotados y la mirada intensa clavada en mí. Pude apreciar
como sonreía mientras bombeaba dentro del cálido cuerpo de su nuevo
amante.
-¿Te agrada el espectáculo?-interrogó
lanzando una carcajada al aire que retumbó provocando que la lámpara
de lágrimas tintineara.
No pude responder. Mi cuerpo no quería
moverse. No tenía miedo, sino me encontraba molesto e indignado.
Sentía que mi vida se iba por mis labios entreabiertos por la
sorpresa. Mis doradas cejas estaban enmarcadas hacia arriba y al
tener el pelo recogido podían verse perfectamente. Mi rostro estaba
lleno de sensaciones mezcladas en una orgía similar a la que ambos
poseían.
Los gemidos de ambos, el sonido de sus
cuerpos chocando y el arrastre de la mesa me estaban volviendo loco
taladrándome el cerebro como si fuera una canción barata. Quería
llevarme las manos a las orejas para no escuchar. Aquello estaba
siendo superior a mis fuerzas. Estaban haciéndolo en medio de mi
biblioteca, manchando con sus fluidos mi mesa y dejando un hedor
terrible a infierno y sexo desparramado por cada centímetro de la
sala.
-Mon amour...-la voz melosa de Nicolas,
la misma que había usado siglos atrás conmigo, sacó a Memnoch del
trance burlón y se concentró en ofrecerle besos similares a los que
a mí me había dado.
Memnoch salió de Nicolás y éste se
bajó de una forma demasiado erótica. Su lengua serpenteó por el
torso desnudo de su amante e hizo bajar sus manos por los costados.
Nada más quedar arrodillado comenzó a succionar lentamente el
miembro del demonio y lo hacía con fascinación.
Sentí entonces que mi cuerpo al fin
reaccionó y logré apartar las manos del pomo, el cual había
apretado de tal forma que quedó reducido a un amasijo dorado que
cayó al suelo provocando cierto estruendo.
De inmediato salí corriendo de allí
con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas. No comprendía
porque me sentía tan abochornado y molesto. Ni siquiera quería
pensar en ello. Y al salir al jardín noté que allí se hallaba
Claudia con su hermoso vestido amarillo, su encantador lazo
recogiendo un mechón de su bucles perfectos, y sus zapatos limpios
casi resplandecientes.
-Oh, venía a darte el aviso pero creo
que ya descubriste. Has dejado de ser la puta del demonio, porque
creo que ha encontrado a alguien más interesante que tú. Al menos
los atormentados no dicen que no cuando se les tiende la mano- dijo
acomodando los pliegues de su falda- ¿Aún no sabes que te pasa?
¿Quieres que te lo diga padre querido?
-¡Largo!-grité furioso.
-Los celos te sientan tan
bien...-murmuró mientras desaparecía por completo de mi vista.
Caí de rodillas absolutamente
derrumbado sintiendo el menosprecio con el cual Memnoch había
actuado. Teníamos un acuerdo y se suponía que yo era su elección,
pero como todo en ésta vida uno siempre tiene una segunda carta en
la manga. No era el único sino uno más de su colección y aquello
me hizo sentir una ira incontenible. Sin embargo, lo único que hice
fue llorar rogando que me hubiese confundido y todo fuera un maldito
sueño.
Pasados unos minutos, y tras limpiar
con las mangas de mi camisa mis lágrimas, pude escuchar pasos sobre
el césped. Al girarme lo vi a él desnudo, perlado en sudor y aún
con manchas de semen en su miembro. Ya no tenía aquellas gigantescas
y monstruosas alas, sino el cuerpo de un joven mortal moldeado en
mármol.
-¿A caso creías que eras al único al
cual podía ofrecerle mi cuerpo y corazón?-preguntó con un tono
neutral.
-¡Se suponía que eras mío! ¡Qué
sólo me buscarías a mí!-quise gritarle algo distinto, pero aquello
fue lo único que logré escupir. Lo único que logré fue que
respondiera con horribles carcajadas.
-Mi interés por ti se ha disipado
¿comprendes? He encontrado a un discípulo mucho más atento y
generoso-me tomó entonces del mentón para verme a los ojos-Uno que
no chille cuando me ve sino cuando goza en mi compañía. Jamás he
tenido una puta mejor que Nicolas. Tú y tus remilgados miedos sólo
son un patético error del pasado-apartó sus dedos de mí y aunque
sólo se marchó esfumándose sentí una tremenda bofetada.
-Yo...-balbuceé mirando los desnudos
árboles del jardín.
-Típico...-su voz sonó en mi mente
como si fuera el eco de unas enormes y pesadas campanas-Te follas a
una virgen y ya piensan que son especiales.
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