Bonsoir mes amis
Les ofrecemos en esta ocasión a Armand en sus pensamientos previos en una noche de caza distinta.
Lestat de Lioncourt
Limpiando el dolor
Puedo asegurar con total rotundidad que
mi vida no ha sido una obra de arte maestra, sino un camino lleno de
desafortunados errores que han tenido su respuesta a lo largo de los
años. He comprendido como el fracaso más absoluto puede crear
heridas que jamás se salvan y como un corazón trémulo puede llegar
a convertirse en mármol. El amor ha estado rodeándome, bailando
junto a mí y quemándome como si fuera el fuego de una enorme
hoguera donde limpiar el mundo de impíos pensamientos.
Cada caricia que me han ofrecido he
tenido una bofetada, herida nueva o insultos crueles. He ganado como
perdido y he reconocido fracasos tan terribles que hubiesen destruido
a otros. Sin embargo, lo único que he logrado hacer ha sido sacudir
mi túnica, mirar a mi alrededor y acomodar mis cabellos de sangre.
Mis ojos tienen un toque dorado que cautiva a todo aquel que los
contempla, se quedan hechizados con mi aspecto y sonrío como si aún
tuviese la inocencia que me fue arrebatada el día de la ira.
No soy un chiquillo abandonado a su
suerte, más bien soy un asesino que se maneja con astucia mostrando
la faceta que más le agrada ver a otros. Muchos me admiran por mi
belleza, otros por mi inteligencia, algunos me tienen lástima por
todo el dolor que he soportado como una enorme losa en mis espaldas
desprovistas de alas y la minoría me temen. Los más sabios son los
últimos pues soy un monstruo cruel y desgarrador que sonríe con
encanto mientras juego con todos como si fueran figurillas.
Posiblemente he olvidado muchos
detalles de mi vida y por más que intente recupera estos sólo son
borrones. Puede que eso me mantenga sereno, aunque sólo en
apariencia, y provoque liberación cuando doy muerte a alguien con un
futuro espléndido. No me interesa la bondad paupérrima y superflua
que muchos dicen tener. El verdadero don está más allá de la
superficie y hay que indagar sobre ello.
Hoy observando el glorioso espécimen
que está situado sobre la camilla metálica y fría de mi
escondrijo, al cual he denominado laboratorio especial, me pregunto
por unos segundos si sentirá miedo ante mí. Sus ojos vidriosos me
hablan de recuerdos llenos de luz de sol bañando las costas que
tanto ama, esas mismas que no volverá a ver, y de mujeres hermosas
que han visto sus corazones rotos por sus crueles mentiras. Ahí,
refugiado en su pecho, hay un corazón que aún palpita mientras que
su cuerpo se retuerce. Quiere liberarse, pero eso no le hace especial
ni particularmente interesante.
En cuanto beba su sangre me desharé de
él arrojándolo al pantano, escavando una tumba sin nombre en el
jardín del patio trasero o simplemente incinerándolo en una
hoguera. Nadie más volverá a verlo. Yo seré la muerte, sacerdote,
enterrador y quien sepa realmente donde está hasta que me olvide de
su estúpida belleza y sus cabellos dorados.
Seguramente él no me aporte consuelo
al nuevo desplante de Marius, pero al menos calentará mi piel y dará
rubor a mis mejillas. Se sacrificará por darme la oportunidad de ver
la noche desde otra perspectiva saboreando su dolor.
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