Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 2 de noviembre de 2013

Noche de Halloween

Noche de Halloween

Armand y Marius
El Jardín Salvaje

-No comprendo porque deseas que esté contigo paseando por las calles en ésta noche. Ya los niños se recogieron y únicamente quedan adultos borrachos. Amadeo, no me divierte estar aquí perdiendo el tiempo. Podríamos estar en algún lugar cómodo con mortales más agradables- había colocado su largo brazo sobre los estrechos hombros de Armand, el cual miraba la basura acumulada con cierta despreocupación y clavaba sus ojos castaños en los viandantes que se topaban con ellos.

-Maestro -respondió en un tono divertido intentando no reír.

-Dime mi querubín – se detuvo para mirarle a los ojos y tomar su rostro con ambas manos.

-No me había percatado de algo- se detuvo y miró fijamente al mayor esbozando una sonrisa ligeramente cruel- Que con el paso de los años te has vuelto un amargado.

-¡Cómo puedes decir eso!- se había indignado, por supuesto, y la ira le consumía.

En ese preciso instante le tomó por la corbata roja que llevaba Marius y tiró de él inclinando a éste suavemente. Sus labios chocaron y sus lengua comenzaron a luchar. Los cabellos ligeramente peinados hacia atrás de Marius cayeron suavemente hacia delante, pero terminaron de alborotarse cuando su discípulo decidió tomarlo de la cabeza hundiendo sus finos dedos entre los mechones. Allí en mitad de la calle estaban ofreciendo un espectáculo único. Sus cuerpos se pegaban oscilando suavemente mientras los viandantes aún seguían celebrando a su modo la noche de las brujas, duendes, espíritus, toda clase de monstruos y sobre todo vampiros como ellos. Nadie sospecharía que aquel descarado jovencito era en realidad Armand, uno de los vampiros más influyentes y poderosos, y quien le ofrecía sus labios rendido ante su descaro era Marius, un Hijo de los Milenios.

La ira se disipó como si fuera una tormenta que no quiso descargar el aguacero, sin embargo la excitación creció y sus impulsos afloraron. Las manos de Marius no estaban quietas y se movían por la zona baja de la espalda y los glúteos de su discípulo. Era su hijo, amante y compañero al cual el destino le había ofrecido un rumbo cruel; pero ambos allí, acariciándose con deseo, habían olvidado las viejas grietas de sus corazones.

Al levantar el rostro y pasear su mirada por la larga St. Charles Avenue sintió cientos de miradas indiscretas. Mujeres que cuchicheaban la pérdida de semejante mercancía, hombres que se mofaban de ambos o se deshacían en deseo por la insinuante forma de acariciarlo. Se sentía expuesto al juicio de todos y aunque aquello le traía sin importancia decidió no incrementar la curiosidad de los mortales. Debía tomar una decisión, pero Armand lo hizo por los dos.

Aquel pelirrojo indecente se fugó de sus brazos y corrió hacia un callejón cercano. Sus ojos brillaron inquietantes en la oscuridad, como si fuera un felino salvaje deseando atrapar a su presa, y al ir tras él sintió como su miembro ya abultaba su entrepierna.

Sin embargo, aunque podía sentirlo cerca no podía descifrar donde estaba. Pero entonces pudo apreciar suaves lamidas sobre la tela de sus pantalones de vestir. Entre las sombras había surgido Armand, el cual cobraba forma a varios centímetros de su vientre completamente arrodillado mientras le observaba.

Marius decidió bajar su cremallera y ofrecerle su miembro, pues parecía ansioso con sentirlo en su boca. Sus labios presionaron rápidamente su glande e iniciaron lamidas, succiones y mordiscos que fueron encendiendo al milenario vampiro en un éxtasis que hacía años que no recordaba. En su mente empezaron a surgir recuerdos de los cálidos y tórridos momentos en los cuales Armand a penas era un joven mortal. Podía aún aspirar aquel sudor recorriendo su piel, sobre su torso muy cerca de sus tetillas, y como su vientre se contraía mientras le ofrecía nuevas estocadas. No quería pensar que habría sucedido si otro lo hubiese encontrado, pues para él fue su pequeño paraíso de perversión y satisfacción mundana.

Armand se dedicaba a ofrecerle su mejor labor. Sus manos se habían quedado aferradas a la correa de cuero que aún mantenía al pantalón subido. Únicamente había sacado su miembro como si tuviese miedo de desnudarse y que alguien pudiera observarlos. Era algo estúpido puesto que el pudor se perdía prácticamente con el pasar de los siglos.

Los ojos de su discípulo se clavaban en su retina y los suaves gemidos que le ofrecía instaban al pelirrojo a ser completamente descarado. Sintió que sus piernas temblaban suavemente y su pelvis comenzó a balancearse. Colocó las manos en la pared contraria dando gracias que el callejón fuera tan estrecho. Los gemidos aumentaban mientras de Armand sólo surgía suaves murmullos y un chupeteo incesante.

-Así, así mi querubín-dijo llevando su mano diestra a sus cabellos de sangre para jalonear de ellos.

Por la calzada seguían caminando numerosos viandantes. Era aproximadamente las dos de la mañana. Todos disfrutaban aún de cigarrillos, dulces y alcohol de las fiestas donde habían acudido. Algunos aún se dirigían a otro lugar, quizás abandonado, para saborear el misterio y poder usar la ouija con fines estúpidos como preguntar el almuerzo del día siguiente. Ellos mientras se dedicaban a ofrecerse miradas, caricias y perversiones que ningún mortal o inmortal hubiese pensado que sucedía en aquel estrecho lugar.

Pasados varios minutos sintió como el orgasmo llegaba y ayudó a su compañero a hundirse en su entrepierna, ofreciéndole así un sabor algo amargo y salino. El esperma llenó la boca de Armand mientras éste se soltaba del cinturón y movía suavemente su cabeza limpiando los restos que pudieran seguir cubriendo su ansiado, y merecido, premio.

Armand se incorporó acomodando sus cabellos y lamiendo sus labios con una sonrisa descarada, además de algo desafiante. Con cuidado guardó el miembro de Marius en su bragueta y le subió la cremallera, no sin antes pellizcar la punta riendo como si acabara de cometer una fechoría.

-Vamos Marius, quizás ahora que te encuentras más calmado me permitas seguir disfrutando de la noche-dijo surgiendo del callejón para caminar en dirección contraria a un grupo de mortales.


Marius lo siguió preguntándose hasta que punto Armand podía sorprenderle nuevamente, pues parecía que siempre le ofrecía gratas sorpresas.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt