Armand y Marius
El Jardín Salvaje
-No comprendo porque deseas que esté
contigo paseando por las calles en ésta noche. Ya los niños se
recogieron y únicamente quedan adultos borrachos. Amadeo, no me
divierte estar aquí perdiendo el tiempo. Podríamos estar en algún
lugar cómodo con mortales más agradables- había colocado su largo
brazo sobre los estrechos hombros de Armand, el cual miraba la basura
acumulada con cierta despreocupación y clavaba sus ojos castaños en
los viandantes que se topaban con ellos.
-Maestro -respondió en un tono
divertido intentando no reír.
-Dime mi querubín – se detuvo para
mirarle a los ojos y tomar su rostro con ambas manos.
-No me había percatado de algo- se
detuvo y miró fijamente al mayor esbozando una sonrisa ligeramente
cruel- Que con el paso de los años te has vuelto un amargado.
-¡Cómo puedes decir eso!- se había
indignado, por supuesto, y la ira le consumía.
En ese preciso instante le tomó por la
corbata roja que llevaba Marius y tiró de él inclinando a éste
suavemente. Sus labios chocaron y sus lengua comenzaron a luchar. Los
cabellos ligeramente peinados hacia atrás de Marius cayeron
suavemente hacia delante, pero terminaron de alborotarse cuando su
discípulo decidió tomarlo de la cabeza hundiendo sus finos dedos
entre los mechones. Allí en mitad de la calle estaban ofreciendo un
espectáculo único. Sus cuerpos se pegaban oscilando suavemente
mientras los viandantes aún seguían celebrando a su modo la noche
de las brujas, duendes, espíritus, toda clase de monstruos y sobre
todo vampiros como ellos. Nadie sospecharía que aquel descarado
jovencito era en realidad Armand, uno de los vampiros más
influyentes y poderosos, y quien le ofrecía sus labios rendido ante
su descaro era Marius, un Hijo de los Milenios.
La ira se disipó como si fuera una
tormenta que no quiso descargar el aguacero, sin embargo la
excitación creció y sus impulsos afloraron. Las manos de Marius no
estaban quietas y se movían por la zona baja de la espalda y los
glúteos de su discípulo. Era su hijo, amante y compañero al cual
el destino le había ofrecido un rumbo cruel; pero ambos allí,
acariciándose con deseo, habían olvidado las viejas grietas de sus
corazones.
Al levantar el rostro y pasear su
mirada por la larga St. Charles Avenue sintió cientos de miradas
indiscretas. Mujeres que cuchicheaban la pérdida de semejante
mercancía, hombres que se mofaban de ambos o se deshacían en deseo
por la insinuante forma de acariciarlo. Se sentía expuesto al juicio
de todos y aunque aquello le traía sin importancia decidió no
incrementar la curiosidad de los mortales. Debía tomar una decisión,
pero Armand lo hizo por los dos.
Aquel pelirrojo indecente se fugó de
sus brazos y corrió hacia un callejón cercano. Sus ojos brillaron
inquietantes en la oscuridad, como si fuera un felino salvaje
deseando atrapar a su presa, y al ir tras él sintió como su miembro
ya abultaba su entrepierna.
Sin embargo, aunque podía sentirlo
cerca no podía descifrar donde estaba. Pero entonces pudo apreciar
suaves lamidas sobre la tela de sus pantalones de vestir. Entre las
sombras había surgido Armand, el cual cobraba forma a varios
centímetros de su vientre completamente arrodillado mientras le
observaba.
Marius decidió bajar su cremallera y
ofrecerle su miembro, pues parecía ansioso con sentirlo en su boca.
Sus labios presionaron rápidamente su glande e iniciaron lamidas,
succiones y mordiscos que fueron encendiendo al milenario vampiro en
un éxtasis que hacía años que no recordaba. En su mente empezaron
a surgir recuerdos de los cálidos y tórridos momentos en los cuales
Armand a penas era un joven mortal. Podía aún aspirar aquel sudor
recorriendo su piel, sobre su torso muy cerca de sus tetillas, y como
su vientre se contraía mientras le ofrecía nuevas estocadas. No
quería pensar que habría sucedido si otro lo hubiese encontrado,
pues para él fue su pequeño paraíso de perversión y satisfacción
mundana.
Armand se dedicaba a ofrecerle su mejor
labor. Sus manos se habían quedado aferradas a la correa de cuero
que aún mantenía al pantalón subido. Únicamente había sacado su
miembro como si tuviese miedo de desnudarse y que alguien pudiera
observarlos. Era algo estúpido puesto que el pudor se perdía
prácticamente con el pasar de los siglos.
Los ojos de su discípulo se clavaban
en su retina y los suaves gemidos que le ofrecía instaban al
pelirrojo a ser completamente descarado. Sintió que sus piernas
temblaban suavemente y su pelvis comenzó a balancearse. Colocó las
manos en la pared contraria dando gracias que el callejón fuera tan
estrecho. Los gemidos aumentaban mientras de Armand sólo surgía
suaves murmullos y un chupeteo incesante.
-Así, así mi querubín-dijo llevando
su mano diestra a sus cabellos de sangre para jalonear de ellos.
Por la calzada seguían caminando
numerosos viandantes. Era aproximadamente las dos de la mañana.
Todos disfrutaban aún de cigarrillos, dulces y alcohol de las
fiestas donde habían acudido. Algunos aún se dirigían a otro
lugar, quizás abandonado, para saborear el misterio y poder usar la
ouija con fines estúpidos como preguntar el almuerzo del día
siguiente. Ellos mientras se dedicaban a ofrecerse miradas, caricias
y perversiones que ningún mortal o inmortal hubiese pensado que
sucedía en aquel estrecho lugar.
Pasados varios minutos sintió como el
orgasmo llegaba y ayudó a su compañero a hundirse en su
entrepierna, ofreciéndole así un sabor algo amargo y salino. El
esperma llenó la boca de Armand mientras éste se soltaba del
cinturón y movía suavemente su cabeza limpiando los restos que
pudieran seguir cubriendo su ansiado, y merecido, premio.
Armand se incorporó acomodando sus
cabellos y lamiendo sus labios con una sonrisa descarada, además de
algo desafiante. Con cuidado guardó el miembro de Marius en su
bragueta y le subió la cremallera, no sin antes pellizcar la punta
riendo como si acabara de cometer una fechoría.
-Vamos Marius, quizás ahora que te
encuentras más calmado me permitas seguir disfrutando de la
noche-dijo surgiendo del callejón para caminar en dirección
contraria a un grupo de mortales.
Marius lo siguió preguntándose hasta
que punto Armand podía sorprenderle nuevamente, pues parecía que
siempre le ofrecía gratas sorpresas.
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