Cuando la furia te vence y la ira no te
deja ver más allá sientes la derrota tomándote por los hombros,
como si fuera un ángel compasivo. Los secretos que ocultas de todos
como si fuera pecado, esos que no quieres desvelar para no verte más
débil cada día, pueden aflorar como si fueran un trozo de corcho.
Saber que todo en lo que has creído se quema como viejos libros en
la hoguera, los mismos que tú escribiste para no olvidar quien eras
pero que ya no importa. Con el paso del tiempo nos volvemos más
nosotros mismos, nos encerramos en la verdad que conocimos y cuando
ésta queda destruida te percatas que no queda nada de ti.
El mundo olvida los nombres de dioses
que amaban, ¿cómo van a recordar el tuyo? Por mucho que vivas
durante milenios tendrás que presentarte continuamente y ver como
todo lo que conociste se pierde. El legado inmaterial no existe y si
existe nunca será tuyo. Te conviertes en un caminante lleno de
orgullo barato y con las manos ásperas por tanto luchar.
Pero entonces te arrodillas llorando
bajo la lluvia, hundes tu mano en el barro y sientes la tierra viva.
Sabes que ahí está la verdad que todos conocemos y que germina en
nuestro pecho. Olvidas entonces los fracasos y te apiadas de tu
propia estupidez. Terminas alzándote como los relámpagos marcados
en el cielo.
El día que te percatas que has vivido
tanto como para que el hombre llegue al borde de la locura, ese día,
sabes que una nueva revolución está a punto de iniciarse en cuanto
rompa sus cadenas. Quieres estar presente simplemente porque has
estado siempre ahí, tanto tiempo observando te dio la necesidad de
contemplar cientos de lunas y miles de estrellas. No importa ya nada.
Sólo la lluvia cayendo sobre ti en ese momento tan liberador.
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