Aún siento el sudor recorrer mi frente
provocando que mis cabellos se pegaran a la piel, mis manos temblaban
y mis pies se hundían en la nieve. Si no recuerdo mal faltaban pocos
días para la navidad. Los cánticos a nuestro señor Jesucristo que
vino a la tierra como hombre y concedió a estos la salvación no era
para nada similares a los que hoy en día se escuchan, aún así
existían canciones populares que pronto iban creando cierto espíritu
de paz, amor y festividad. Si bien, lo más escuchado eran rezos en
la Misa del Gallo y plegarias de las madres mientras realizaban una
cena mucho más austera que la actual. Aquellos días fueron
terribles, los lobos acechaban y yo caí en un bucle de desolación.
Estuve a punto de morir, pero Dios me dio la oportunidad de conocer
otra navidad.
Los siglos han pasado y se ha
convertido en mundo muy distinto. Ya los caballos de madera no son
suficiente para los más jóvenes, aunque en mi época era un lujo
que sólo los más adinerados poseían. La tecnología inundan los
bajos de los árboles y los calcetines de las chimeneas. Se espera
navidad por los regalos y no por la cálida sensación de estar con
aquellos que uno ama. Sin embargo, para mí sigue siendo igual de
maravillosa y colorida que cuando comprendí su significado.
Dios vino a este mundo para sufrir y en
su recorrido halló a personas maravillosas. No sólo se celebra su
nacimiento sino la vida y conocimientos que concedió a todos
nosotros. Él fue la luz, la verdadera estrella de oriente, y que a
pesar que lo dibujen rubio de ojos azules posiblemente era de tez
tostada, cabellos negros y ojos almendrados. Un hombre hermoso a
pesar de todo, pues la bondad de su alma y el amor que poseía era
igual que su padre, el cual era él mismo reencarnado en ser humano.
Me encuentro frente al fuego recordando
esas historias, el frío de la nieve y los lobos clavando sus
colmillos en la tela de mis pantalones. Pude morir sin conocer el
verdadero significado de la navidad, sin sentir la calidez de
aquellos que en mis largos años como inmortal que han ofrecido y sin
tener la posibilidad de tener una hija, una que realmente yo deseara
tener, a mi lado entre mis brazos y con los ojos enormes
contemplándome como se contempla a un ángel.
La mujer que amo, la mujer que me
enseñó a amar de forma pura y desinteresada, descansa en el diván
de la habitación mientras permite que el cojín acaricie parte de su
rostro y la manta cubra sutilmente su cuerpo enfundado en un camisón
escueto. Ella ha decidido venir esta noche navideña a darme la
compañía que nunca he tenido. Su sutil presencia llena la
habitación y mi mundo se vuelve más pequeño, pero tan intenso y
hermoso que no interesa nada más.
Las personas que amo están cerca de
mí, aunque Louis posiblemente esté inmerso en sus pensamientos
mientras camina por las gélidas calles de la ciudad. El Louis que
amé ya no existe y sólo queda un envoltorio cínico, frío y cruel
que puede catalogarse como ángel de la muerte. David se encuentra
ensimismado en el jardín, hace rato pude ver como conversaba quizás
con un espíritu y es posible que el mismo que se aparece frente a mí
para maldecirme. Inclusive hay Hijos de los Milenios que se han
desplazado para acompañarme en silencio esperando quizás una mirada
de gratitud. Mi hogar está lleno de calidez, pero sobre todo de amor
puro gracias a Rowan. Ella es quien ha creado este milagro que pocos
creerían poder ver en mí.
Lestat de Lioncourt
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